El único pecado que Dios no puede perdonar, es aquél por el cual nos rehusamos a pedir perdón.

Bienvenid@

¡Oh, pobre, pequeña alma ilusa! Dime: ¿Si te perdono, me amarás todavía? Dime: ¡Si tiendo a ti mis brazos, vendrás? Dime: ¿Tienes sed del amor bueno?… Pues entonces ven y renace. Vuelve a los pastos santos. Llora. Tu llanto con el mío lavarán las huellas de tu pecado.
Yo, para nutrirte -porque estás consumida por el mal que te ha abrasado-, me abro el pecho, me abro las venas, y te digo: “¡Nútrete! ¡Y vive!”.

Ven, te tomaré en mis brazos. Iremos más veloces a los pastos santos y seguros.
Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada. Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se regocijarán al verte regresar. Sí, porque te digo -oveja mía perdida que he venido a buscar desde muy lejos y he encontrado y rescatado- que hacen más fiesta los buenos por uno que, habiéndose extraviado, regresa, que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.


Viene el Señor:

"Yo los bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El los bautizará en Espíritu Santo y fuego". Mateo 33:11.