El Enemigo

El sendero se ensancha y muestra en el fondo una blancura de casas. Debe ser un pueblo que se va haciendo cada vez más cercano. En las márgenes, construcciones pequeñas, blanquísimas y sin más aberturas que una en una pared. Parte están
abiertas; la mayoría, sin embargo, cerradas herméticamente. En los alrededores de ellas no hay nadie. Están diseminadas en un terreno yermo y agreste; parece abandonado. Sólo yerbajos y pedruscos.

-DM: ¡Vete! ¡Vete! ¡Retrocede o te mato!

¡Ahí está el poseso y nos ha visto! Yo me marcho.
Yo también.
Y yo os sigo.

-JS: No temáis. Quedaos y ved.
Jesús se muestra tan seguro que los… valientes obedecen, aunque, eso sí, se ponen detrás de Jesús. También se quedan atrás los discípulos. Jesús va adelante solo y solemne, como si nada viera ni oyera.

-DM: ¡Vete!
El grito de la voz es desgarrador, tiene componentes de gruñido y aullido. Parece imposible que pueda salir de garganta humana.

-DM: ¡Vete! ¡Atrás! ¡Te mato! ¿Por qué me persigues? ¡No quiero verte!
El poseso pega saltos, completamente desnudo, moreno, barba y pelo largos y enredados. Los mechones negros e hirsutos, llenos de hojas secas y polvo, le caen por encima de los ojos torvos, inyectados de sangre, móviles alrededor de sus órbitas; y llegan hasta la boca, abierta mientras grita y mientras emite demenciales carcajadas que parecen una pesadilla, hasta la boca que emite espuma y dice: ¿Por qué no te puedo matar? ¿Quién me ata la fuerza? ¿Tú? ¿Tú?

Jesús lo mira y sigue adelante.

El loco se revuelca por el suelo, se muerde, echa más espuma todavía, se golpea con su piedra, se pone de nuevo en pie bruscamente, apunta el índice hacia Jesús, mirándolo fuera de sí, y dice: ¡Oíd! ¡Oíd! Este que viene es…

-JS: ¡Calla, demonio del hombre! Te lo ordeno.

-DM: ¡No! ¡No! ¡No! No me callo, no, no me callo. ¿Qué hay entre nosotros y Tú? ¿Por qué no nos dejas tranquilos? ¿No te ha bastado habernos encerrado en el reino de infierno? ¿No te basta venir, haber venido para arrebatarnos al hombre? ¿Por qué nos impeles hasta allá abajo? ¡Déjanos vivir en nuestras presas! Tú, grande y poderoso pasa y conquista, si puedes. Pero déjanos a nosotros gozar y hacer daño. Para eso estamos. ¡Oh! ¡Mal…! ¡No! ¡No puedo decirlo! ¡No te lo dejes decir! ¡No te lo dejes decir! ¡No puedo maldecirte! ¡Te odio! ¡Te persigo! ¡Te espero para torturarte! ¡Te odio a ti y a Aquel de quien procedes, y odio a Aquel que es vuestro Espíritu! ¡Odio el Amor, yo que soy Odio! ¡Quiero maldecirte! ¡Quiero matarte! Pero no puedo. ¡No puedo! ¡No puedo todavía! Pero te espero, Cristo, te espero. ¡Muerto te veré! ¡Oh, hora de felicidad! ¡No! ¡No felicidad! ¿Muerto Tú? No. No muerto. ¡Y yo vencido! ¡Vencido! ¡Siempre vencido’… ¡¡¡Ah!!!…
El paroxismo toca su culmen.

Jesús sigue andando hacia el poseso, teniéndolo bajo el rayo de sus ojos magnéticos. Ahora Jesús está completamente solo. Apóstoles y lugareños se han quedado atrás. Éstos, detrás de los apóstoles, los apóstoles, separados de Jesús unos treinta metros al menos.

Algunos habitantes del pueblo, que parece muy poblado y también rico, han salido, atraídos por los gritos; están observando la escena, preparados también para huir como el otro grupo. Así la escena se desarrolla de esta manera: en el centro el poseso y Jesús, ya a pocos metros el uno del otro; detrás de Jesús, a la izquierda, apóstoles y lugareños; a la derecha, detrás del poseso, los habitantes de pueblo.

Jesús, después de la orden de callar, no ha vuelto a hablar. Solamente mira fijo al poseso. Pero ahora Jesús se detiene y alza los brazos, los extiende hacia el endemoniado, está para hablar. Los gritos se hacen verdaderamente infernales. El poseso se retuerce, da saltos a la derecha, a la izquierda, hacia arriba. Parece como si quisiera huir o arremeter, pero no puede. Está clavado allí y aparte de sus contorsiones no se le concede ningún otro movimiento. Cuando Jesús tiende sus brazos, con las manos extendidas como quien jura, el demente grita más fuerte y, después de mucho haber imprecado, reído y blasfemado, se pone a llorar y a suplicar.

-DM: ¡En el infierno no! ¡No en el infierno! ¡No me mandes allí! Horrenda es mi vida ya aquí, en esta cárcel de hombre, porque quiero recorrer el mundo y despedazarte a tus criaturas. ¡Pero allí, allí, allí! ¡No! ¡No! ¡No! ¡Déjame fuera!…

-JS: Sal de éste. Te lo mando.

-DM: ¡No!

-JS: ¡Sal!

-DM: ¡No!

-JS: ¡Sal!

-DM: ¡No!

-JS: ¡En el nombre del Dios verdadero, sal!

-DM: ¡Oh! ¿Por qué me vences? Pero no salgo, no. Tú eres el Cristo, Hijo de Dios, pero yo soy…

-JS: ¿Quién eres?

-DM: Yo soy Belcebú, Belcebú soy, el Amo del mundo, y no me doblego. ¡Te desafío, Cristo!
El poseso se inmoviliza de golpe, rígido, casi hierático, y mira fijo a Jesús con ojos fosforescentes, apenas moviendo los labios con palabras no inteligibles y haciendo, con las manos llevadas hacia los hombros, los codos flexionados, leves movimientos.

Jesús también se ha detenido. Ahora tiene los brazos recogidos sobre el pecho. Lo mira. También Jesús mueve levemente los labios. Pero no oigo ninguna palabra.
Los presentes esperan con opiniones contrarias:

¡No lo consigue!
Sí, ahora el Cristo lo consigue.
No. Vence el otro.
Es bien fuerte.
¡Sí!,
¡No!

Jesús abre los brazos. Su rostro es un resplandor de imperio, su voz un trueno.
-JS: Sal. Por última vez. ¡Sal, Satanás! ¡Lo mando Yo!

-DM: ¡Aaaaah! (es un grito larguísimo de aflicción infinita. No lo emite así uno que sea traspasado lentamente por una espada). Y luego el grito se concreta en palabras.

-DM: Salgo, sí. Me has vencido. Pero me vengaré. Tú me echas a mí, pero tienes un demonio a tu lado (seguramente Judas Iscariote) y en ése entraré para poseerlo, invistiéndolo con todos mis poderes. Y no habrá orden tuya que me lo arrebate. En todo tiempo, en todo lugar, me engendro hijos. Yo, el autor del Mal. Y como Dios se ha generado por sí mismo yo por mí mismo me genero. Me concibo en el corazón del hombre, y éste me da a luz, da a luz un nuevo Satanás que es él mismo, y yo exulto, ¡exulto de tener tanta prole! Tú y los hombres siempre encontraréis estas criaturas mías que son otros idénticos a mí. Voy, Cristo, a tomar posesión de mi nuevo reino, como Tú quieres, y te dejo este trapo de hombre maltratado por mí. Por este que te dejo, limosna de Satanás a ti, Dios, me tomo ahora mil, diez mil, y los encontrarás cuando seas un sucio harapo de carne, arrojada como escarnio a los perros; y tomaré otros, en el transcurso de los siglos, millares y millares, para hacer de ellos mi instrumento y tu tormento. ¿Crees vencer alzando tu Signo? Los míos lo echarán abajo y yo venceré… ¡Ah! ¡No, no te venzo! ¡Pero te torturo en ti y en los tuyos! …

Se oye un fragor como de rayo. Pero no hay ni culebrina de luz ni rumor de trueno. Sólo un estallido seco y desgarrador, y, mientras el poseso cae como muerto al suelo y se queda allí, un grueso tronco que está cerca de los discípulos cae al suelo, como si a un metro de la base hubiera sido segado por una sierra de acción fulmínea. El grupo apostólico apenas si tiene tiempo de apartarse. ¿Y los lugareños?… Huyen del todo.

Pero Jesús, que se ha agachado a tomar de la mano al hombre caído, se vuelve, estando así agachado y teniendo la mano del liberado en la suya, y dice:
-JS: ¡Venid. No temáis!

Temerosa, la gente se acerca.
-JS: Está curado. Traed una túnica.

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El Exorcismo de Marta: Descargar aquí


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