El Pastor Fiel

-Se ve la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos; una casa de campo, pero rica y cómoda. Pedro y Simón se adelantan para avisar.

Sale Doras. Un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso: ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa detrás de una barba más blanca que negra.

Salud, Jesús – dice en tono familiar y con clara ostentación de benevolencia.

Jesús no dice: «Paz»; responde:
-JS: Que ella vuelva a ti.

Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.

-JS: Como una persona honesta – replica Jesús.
Doras se ríe, como si se hubiera tratado de una gracia.

Jesús se vuelve y les dice a los discípulos, que no han sido invitados a entrar:
-JS: Entrad – Y añade: «Son mis amigos».

Que entren… pero… ¿ése no es el recaudador de tributos, hijo de Alfeo?

-JS: Éste es Mateo, el discípulo del Cristo – dice Jesús, en un tono que… el otro entiende y… vuelve a reírse más forzadamente que antes.

Doras pretende aplastar al “pobre” maestro galileo bajo la opulencia de su casa, fastuosa por dentro, fastuosa y gélida; los servidores parecen esclavos. Caminan encorvados; si entran en escena, desaparecen furtivamente y con rapidez, como quien teme siempre un castigo. Se tiene la impresión de una casa en que reinan la frialdad y el odio.

Pero Jesús no se apabulla ante la exposición de riquezas, ni ante el recuerdo de censo y parentela… y Doras, que percibe la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el pomar jardín, mostrando árboles raros y ofreciendo sus frutos – los servidores los acercan en bandejas y copas de oro.

Soy el único que las tiene en toda Palestina, y creo que ni siquiera en toda la península las hay como éstas. Las he mandado traer de Persia, y de más lejos aún. La caravana me costó el precio de un talento. Ni siquiera los Tetrarcas disponen de estos frutos; quizás ni siquiera César los tiene. Cuento las piezas y exijo todos los huesos. Las peras sólo se consumen en mi mesa, porque no quiero que se lleven ni una semilla. A Anás le mando algunas peras, pero sólo de las cocidas porque así son estériles.

-JS: Son plantas de Dios, y los hombres son todos iguales.

¿Iguales? ¡No, hombre, no! ¿Yo igual que… que tus galileos?

-JS: El alma viene de Dios, y Él las crea iguales.

¡Pero yo soy Doras, el fiel fariseo!...- diciendo esto parece esponjarse como un pavo.

Jesús lo asaetea con sus ojos de zafiro, cada vez más encendidos (signo que en Él denuncia que rebosa de piedad o de severidad). Jesús es mucho más alto que Doras y lo domina; está majestuoso con su vestido purpúreo al lado del pequeño y un poco encorvado fariseo, apergaminado, que lleva un vestido de una holgura y una abundancia de franjas impresionante.

Doras, después de un rato de autoadmiración, exclama:
Pero Jesús, ¿por qué has enviado a casa de Doras, el puro fariseo, a Lázaro, hermano de una meretriz? ¿Amigo tuyo, Lázaro? ¡No debes permitirlo! ¿No sabes que está anatematizado porque su hermana, María, es una meretriz?

-JS: No conozco más que a Lázaro y sus acciones, que son honestas.

Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa y ve que su mancha se extiende entre los amigos… No vayas a esa casa. ¿Por qué no eres fariseo? Si lo deseas… yo soy poderoso… hago que te acojan como tal a pesar de que seas galileo. Yo lo puedo todo en el Sanedrín. Está en mi mano Anás como lo está esta orla de mi manto. Te temerían más.

-JS: Deseo sólo ser amado.

Yo te amaré. ¿Ves como ya te amo al condescender a tu deseo dándote a Jonás?

-JS: He pagado por él.

Es verdad, y estoy asombrado de que hayas podido abonar tal suma.

-JS: No Yo, un amigo por mí.

Bien, bien. No quiero indagar. Mira como es verdad que te amo y deseo satisfacerte: tendrás a Jonás después de la comida. Sólo por ti hago este sacrificio… – y se ríe con su cruel risa.

Jesús, con los brazos cruzados a la altura del pecho, cada vez más severo, lo traspasa con la mirada. Todavía están en el huerto jardín en espera de la comida.

Pero tú tienes que concederme una cosa. Satisfacción por satisfacción. Yo te doy mi mejor siervo, por tanto me privo de una futura ganancia. Este año tu bendición – sé que viniste cuando comenzaba el calor fuerte – me ha proporcionado una recolección que ha hecho famosas mis propiedades. Bendice pues ahora mis rebaños y mis campos. El próximo año no echaré de menos a Jonás… y entre tanto, encontraré uno como él. Ven, da tu bendición. Dame la satisfacción de que me celebren en toda Palestina y de tener rediles y graneros saturados de bienes. Ven – Y lo aferra y trata de arrastrarlo, invadido por la fiebre del oro.

Pero Jesús se resiste:
-JS: ¿Dónde está Jonás? – pregunta severo.

En la aradura. No ha querido marcharse sin hacer este trabajo para su buen patrón, pero antes de terminar de comer vendrá. Mientras, ven a bendecir rebaños, campos, árboles frutales, cepas y almazaras. Todo, todo… ¡Ah, qué fértiles serán el año próximo! ¡Ven!

-JS: ¿Dónde está Jonás? -truena Jesús más fuerte.

¡Pero si ya te lo he dicho! Está dirigiendo la aradura. Es el primero entre mis servidores y no trabaja: preside.

-JS: ¡Embustero!

¿Yo? ¡Lo juro por Yeohveh!

-JS: ¡Perjuro!

¿Yo? ¿Yo perjuro? ¿Yo que soy el fiel más fiel? ¡Cuidado cómo hablas!

-JS: ¡Asesino! – Jesús ha ido levantando la voz, y la última palabra es un trueno.

Los discípulos hacen un círculo en torno a Él, los criados se asoman a las puertas, temerosos. El rostro de Jesús transparenta una severidad insostenible. Los ojos parecen emanar rayos fosforescentes.

Doras siente un momento de miedo. Se hace más pequeño, madeja de estofa finísima junto a la alta persona de Jesús, vestida de pesada lana rojo oscuro. Pero luego la soberbia vuelve a hacerse con él. Doras se pone a gritar con su voz chillona: ¡En mi casa doy órdenes sólo yo! ¡Vete, vil galileo!

-JS: Me iré después de maldecirte a ti, a tus campos, a tus rebaños y a tus cepas, para éste y para los futuros años.

¡No, eso no! Sí. Es verdad. Jonás está enfermo, pero se le está cuidando, se le está cuidando bien. Retira tu maldición.

-JS: ¿Dónde está Jonás? Que un criado me conduzca a él, inmediatamente. Yo lo he pagado, y, dado que para ti es una mercancía, una máquina, tal lo considero; y puesto que lo he comprado, lo quiero.

Doras saca del pecho un pequeño silbato de oro y silba tres veces. Una nube de servidores de la casa y de las tierras acude de todas partes; corren – encorvados hasta el punto de que casi rozan el suelo – hasta donde está el temido patrón.

Traedle a Jonás a éste y entregadlo. ¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde. Sigue a los servidores que, presurosos han cruzado el jardín en dirección a las casas de los campesinos, los misérrimos cuchitriles de los míseros campesinos.

Entran en el tugurio de Jonás. Éste está completamente esquelético, jadeante a causa de la fiebre, semidesnudo, sobre un cañizo; como colchón, un vestido remendado; como manta, un manto aún más roto. Una joven lo cuida como puede.

-JS: ¡Jonás! ¡Amigo mío! ¡He venido a llevarte conmigo!

¿Tú? ¡Mi Señor! Me estoy muriendo… pero me siento feliz de tenerte aquí.

-JS: Amigo fiel, ahora eres libre. No morirás aquí. Te llevo a mi casa.

¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Me prometiste que vería a tu Madre.

Jesús, combado hacia el miserable lecho del infeliz, es todo amor, mientras que Jonás, de alegría, parece reanimarse.

-JS: Pedro, tú eres fuerte, levanta a Jonás. Vosotros, poned aquí vuestro manto; es demasiado duro este lecho para uno en su estado.

Los discípulos se despojan de sus mantos con prontitud, los pliegan en varios dobleces y los extienden; con algunos hacen la almohada. Pedro deposita su carga de huesos y Jesús tapa a Jonás con su propio manto.

-JS: Pedro, ¿tienes dinero?

Sí, Maestro, tengo cuarenta denarios.

-JS: Bien. ¡Vamos! ¡Ánimo, Jonás! Todavía un poco de esfuerzo; luego mucha paz en mi casa, con María…

María… sí… ¡tu casa!

El pobre Jonás está en el límite de sus fuerzas y llora; lo único que es capaz de hacer es llorar.

-JS: Adiós, mujer; el Señor te bendecirá por tu misericordia.

Adiós, Señor. Adiós, Jonás. Ora, orad por mí – La joven llora…

Llegados al umbral de la puerta, aparece Doras. Jonás tiene una reacción de temor y se cubre el rostro; mas Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado, más severo que un juez. La mísera comitiva sale al rústico patio y toma el sendero del huerto.

¡Ese lecho es mío; te he vendido el siervo, no la cama!
Jesús le arroja a los pies la bolsa sin decir nada.

Doras la coge, la vacía:
Cuarenta denarios y cinco didracmas. ¡Es poco!

Jesús mira fijamente, de arriba abajo, – es imposible describir su gesto – al codicioso y repugnante cómitre, y no responde.

Al menos dime que retiras tu maldición.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una breve frase:
-JS: Te remito al Dios del Sinaí – y pasa erguido, al lado de la tosca camilla que, con cuidado, transportan Pedro y Andrés.

Doras, viendo que todo es inútil y que la condena es cierta, grita:
¡Volveremos a vernos, Jesús! ¡No pienses que te has librado de mis zarpas! ¡Te haré la guerra a muerte! Llévate si quieres ese pingajo de hombre; ya no me sirve. Me ahorro la sepultura. ¡Vete, vete, maldito Satanás! Pero te pondré en contra a todo el Sanedrín. ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús no hace ni siquiera ademán de haber oído. Los discípulos están consternados. Jesús se ocupa sólo de Jonás; busca los senderos más llanos, más protegidos, pero el camino a Nazaret es largo y además no se puede ir deprisa con esa conmovedora carga humana.

A lo largo de la calzada principal no hay ningún carro, ninguna carreta, nada. Continúan caminando en silencio. Jonás parece dormir, pero no suelta la mano de Jesús.

A1 atardecer, un carro militar romano pasa a su lado.
-JS: ¡En nombre de Dios, parad! – dice Jesús levantando el brazo.

Dos soldados detienen el carro; el comandante, un hombre todo pomposo, se asoma, descorriendo un poco el toldo con que acababa de cubrir el carro porque empezaba a llover.

¿Qué quieres? – le pregunta a Jesús.

-JS: Tengo un amigo que está agonizando. Lo que os pido es un lugar para él en el carro.

No se podría hacer… pero… sube. Al fin y al cabo, no somos perros.
Se sube la camilla.

¿Tu amigo? ¿Tú quién eres?

-JS: El rabí Jesús de Nazaret.

¿Tú? ¡Oh!... – el militar lo mira con curiosidad.

Si eres Tú, entonces… montad cuantos más podáis. La única cosa es que tratéis de que no se os vea… Así está ordenado… pero, por encima de las órdenes está la humanidad, ¿no? Y Tú eres bueno, yo lo sé. Nosotros, los soldados, sabemos todo… ¿Que cómo es que lo sé? Hasta las piedras hablan, bien o mal; y nosotros tenemos oídos para oírlas, para servir al César. Tú no eres un falso Cristo como los demás de antes, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe. Este hombre… está muy mal.

-JS: Por eso lo llevo donde mi Madre.

¡Poco tiempo podrá cuidarlo! Dale un poco de vino. Está en esa cantimplora. Tú, Aquila, instiga a los caballos, y tú, Quinto, dame la ración de miel y de mantequilla; es mía, pero le sentará bien. Tiene mucha tos y la miel es medicinal.

-JS: Eres bueno.

-No. Soy menos malo que muchos, y estoy contento de tenerte conmigo. Acuérdate de Publio Quintiliano, de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Tolemaida. Inspección de rigor.

-JS: No estás en enemistad conmigo.

¿Yo? Soy enemigo de los malos, jamás de los buenos. Y desearía ser yo también bueno. Dime: para nosotros, hombres de armas, ¿qué doctrina predicas?

-JS: Una es la doctrina, para todos: justicia, honestidad, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos. Incluso en la dura necesidad de las armas, seguir la humanidad. Tratar de conocer la Verdad, o sea, a Dios Uno y Eterno; sin este conocimiento toda acción queda privada de gracia y, por tanto, de premio eterno.

Pero, una vez muerto, ¿para qué me sirve el bien que haya hecho?

-JS: Quien se llega al Dios verdadero encuentra ese bien en la otra vida.

¿Renazco otra vez? ¿Llego a ser tribuno, o incluso emperador?

-JS: No. Eres como Dios, desposándote con su eterna beatitud en el Cielo.

¿Cómo? ¿En el Olimpo yo? ¿Entre los dioses?

-JS: No hay dioses. Existe el Dios verdadero, el que Yo predico, el que te oye y signa tu bondad y tu deseo de conocer el Bien.

¡Esto me gusta! No sabía que Dios se pudiera ocupar de un pobre soldado pagano.

-JS: Él te ha creado, Publio; por eso te ama y querría tenerte consigo.

Bueno, ¿y por qué no? Pero… nadie nos habla de Dios… nunca….

-JS: Iré a Cesárea y me oirás.

Sí, iré a oírte. Allí está Nazaret. Querría servirte más, pero si me ven…

-JS: Bajo, y te bendigo por tu bondad.

Adiós, Maestro.

-JS: Que el Señor se muestre a vosotros, soldados. Adiós.
Bajan. Se ponen a caminar de nuevo.

-JS: Dentro de poco descansarás, Jonás – dice Jesús para animarlo.
Jonás sonríe. Cada vez más tranquilo, a medida que la tarde va cayendo y que está seguro de estar lejos de Doras.

Juan con su hermano se adelanta corriendo para avisar a María.
Y, cuando la pequeña comitiva llega a Nazaret, casi desierta al caer de la tarde, María está ya en el umbral de la puerta esperando a su Hijo.

-JS: Madre, éste es Jonás. Se acoge a tu dulzura para empezar a gustar su Paraíso. ¿Contento, Jonás?

¡Contento! ¡Contento! – susurra como en éxtasis el exhausto.
Le llevan a la pequeña habitación en donde murió José.

-JS: Estás en la cama de mi padre, y aquí está mi Madre, y aquí estoy Yo. ¿Ves? Nazaret se hace así Belén, y tú ahora eres el pequeño Jesús entre dos que te quieren, y éstos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves a los ángeles, pero sus alas de luz espiran sobre ti y cantan las palabras del salmo natalicio…

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que se va apagando por momentos. Parece como si hubiera resistido hasta este momento para morir aquí… Pero su estado es beato. Sonríe, trata de besar la mano de Jesús, la de María, y de decir, decir… pero el jadeo quiebra la palabra. María, como una madre, lo conforta.

Y él repite:
Sí… sí – con su sonrisa beata en ese rostro suyo esquelético.

Los discípulos, que están a la puerta del huerto, guardan silencio y observan con conmoción.

-JS: Dios ha escuchado tu prolongado deseo. La Estrella de tu larga noche viene a ser ahora la Estrella de tu eterna mañana. Tú sabes su Nombre -dice Jesús.

¡Jesús, el tuyo! ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles… ¿Quién me está cantando el himno angélico? El alma lo está oyendo… También el oído lo quiere escuchar… ¿Quién, para que yo duerma feliz?… ¡Tengo mucho sueño! ¡He trabajado mucho! Muchas lágrimas… Muchos insultos… Doras… yo lo perdono… pero no quiero oír su voz y la oigo… Es como la voz de Satanás en la hora de mi muerte. ¡Alguien que me cubra esa voz con las palabras provenientes del Paraíso!

Es María quien con la misma melodía de su canción de cuna entona dulcemente: «Gloria a Dios en los altos Cielos y paz a los hombres aquí abajo». Y lo repite dos o tres veces porque ve que Jonás oyéndola se calma.

Ya no habla Doras – dice, pasado un rato – Sólo los ángeles… Era un Niño… en un pesebre… entre un buey y un asno… y era el Mesías… y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…

La voz se pierde en un breve gorgoteo dando paso al silencio.
-JS: ¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! Ha muerto. Le pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos junto al padre mío justo – dice Jesús.


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