Anécdotas de Sant@s

De Ana Catalina Emmerick:
Cuando iba a orar al cementerio de noche, sentía yo en algunos sepulcros una oscuridad más profunda que la de la misma noche; esto me parecía más negro que lo enteramente negro, como sucede cuando se abre un agujero en un paño negro, que el agujero parece todavía más negro que el paño. A veces veía salir de ellos como un vaho negro que me estremecía. Me sucedía también que cuando el deseo de ayudar me impulsaba a penetrar en estas tinieblas, me sentía repelida hacia atrás. En estos casos la idea viva de la santísima justicia de Dios era para mí como un ángel que me libraba de lo que hay de espantoso en tales sepulcros. LINK

De Sor Ana de los Ángeles:
Un día no tenía dinero para los gastos de la próxima fiesta de san Nicolás y pidió a las almas benditas del purgatorio que movieran el corazón de alguien para que le ayudara. Y al rato vino al convento el obispo don Pedro de Ortega, quien le preguntó en qué estaba ocupada. Ella le respondió que pedía a las almas que movieran a alguien a ayudarle para celebrar la fiesta de San Nicolás. Y el obispo le respondió: ¡Qué grandes ladronas son estas almas! Yo estaba para dormir y me parecía que se llenaba la casa de gente y me decían: “La Madre te llama”. Y, por eso, vengo medio vestido para ver de qué tiene necesidad. Y el obispo dio todo lo que necesitaba para la fiesta. LINK

De Eduviges Carboni:
Una amiga de Eduviges, siendo niña, vio que la sierva de Dios oraba en medio de una luz vivísima en la cual se movían algunas figuras. Cuando vio aquel maravilloso espectáculo, gritó y la visión desapareció. Eduviges volvió en sí del éxtasis, vio a la niña de pie junto a la puerta y le dijo: “¿Niña mía, por qué te has levantado? ¿Qué has visto? Debes prometerme que no vas a contar a nadie lo que has visto esta noche”. La niña no pudo mantener su promesa. LINK

De Mariana de San José:
Una vez, siendo la hora de ir al comedor no había en casa más que dos panecillos y algunos pocos mendrugos y, para no faltar a la obediencia, se partió el pan y se lo puso en las mesas lo mejor que pudo, con la confianza de que, en tanto se juntaba el convento y se bendecía la mesa, llegaría la panadera. El pan era tan poco y las religiosas veintiséis, sin embargo, comieron cuanto hubo menester, sin que viniese la panadera y sobraron algunos pedazos con que comieron las criadas que servían afuera. LINK

De Marta Robín:
La inedia o ayuno absoluto es el fenómeno místico de no comer ni beber durante mucho tiempo. Marta superó a todos, pues estuvo en ayuno absoluto, según algunos desde 1928, aunque en el reporte médico del año 1942 se habla de su ayuno absoluto comprobado desde 1932, lo que significa que vivió sin comer ni beber durante unos 50 años. Y lo que es más sorprendente para la ciencia médica es que estuvo sin dormir también durante estos 50 años. LINK

De San Alonso de Orozco:
El padre Juan de Herrera certifica que un día vino una mujer a ver al siervo de Dios con un niño en los brazos a pedirle limosna. Él le dijo: “Aguarde, voy a ver si tengo algo”. Vino a la celda y no halló cosa alguna. Se fue a la cocina y halló en una mesa un cuarto de carnero y dos panes. Los tomó y se lo dio a la pobre, volviéndose a la celda. El cocinero vino a su cocina y mirando por el cuarto de carnero y los dos panes que había dejado sobre la mesa, no los halló. Preguntando a los mozos de cocina quién había entrado en la cocina, le dijeron que el siervo de Dios fray Alonso de Orozco. Fue a su celda y le dijo: “Padre, ¿acaso ha entrado en la cocina?”. Y respondió: “Váyase, hermano, que Dios lo proveerá todo”. Y entrando en la cocina, halló su cuarto de carnero y sus dos panes en la mesa, donde los había dejado. Salió luego al claustro y daba voces diciendo a todos el gran milagro que el siervo de Dios había hecho. LINK

De San Juan Bosco:
Un muchacho, de unos quince años, llamado Carlos, que frecuentaba el Oratorio, cayó gravemente enfermo en 1849 y, en poco tiempo, murió. Don Bosco se encamino y fue acompañado hasta el difunto y dijo: Retírense, déjenme solo. Hizo una breve y fervorosa oración. Bendijo y llamó dos veces al joven, con tono imperativo: Carlos, Carlos, levántate.
A aquella voz, el muerto empezó a moverse, como si despertara de un profundo sueño, abre los ojos, mira en torno, se incorpora un poco y dice: ¡Oh!, ¿por qué me encuentro así?
Después se vuelve, fija su mirada en Don Bosco y, apenas lo reconoce, exclama: ¡Oh, Don Bosco! ¡Si usted supiera! ¡Cuánto le he esperado: le buscaba precisamente a usted…, lo necesito mucho. Es Dios quien lo ha mandado… ¡Qué bien ha hecho viniendo a despertarme!
Y Don Bosco le respondió: Dime todo lo que quieras; estoy aquí para ti.
Y el jovencito prosiguió: ¡Ah, Don Bosco! Yo debería estar en el lugar de perdición. La última vez que me confesé no me atreví a manifestar un pecado cometido hace algunas semanas… Fue un mal compañero que con sus conversaciones… He tenido un sueño que me ha espantado mucho. Soñé que me encontraba al borde de un inmenso horno de cal y que huía de muchos demonios que me perseguían y querían prenderme: ya estaban para abalanzarse sobre mí y echarme en aquel fuego, cuando una Señora se interpuso entre mí y aquellas horribles fieras, diciendo: ¡Esperad; aún no está juzgado! Después de un momento de angustia, oí su voz que me llamaba y me he despertado; ahora deseo confesarme.
Entre tanto, la madre, espantada ante aquel espectáculo y fuera de sí, a una señal de Don Bosco salió con la tía de la habitación y fue a llamar a la familia. El pobre muchacho, animado a no tener miedo de aquellos monstruos, comenzó enseguida su confesión con señales de verdadero arrepentimiento, y mientras Don Bosco le absolvía, volvía a entrar la madre con los demás de casa, que de este modo pudieron ser testigos del hecho. El hijo, volviéndose a su madre, le dijo: Don Bosco me salva del infierno
Don Bosco le dijo: Ahora estás en gracia de Dios: tienes el cielo abierto. ¿Quieres ir allá arriba o quedarte aquí con nosotros?
– Quiero ir al cielo, respondió el muchacho.
– Entonces, ¡hasta volver a vernos en el paraíso!
El muchacho dejó caer la cabeza sobre la almohada, cerró los ojos, quedó inmóvil y se durmió en el Señor. LINK

De San Juan de Sahagun:
Acaeció un día que salieron por la ciudad de Salamanca y, como fuese su fama grande, todos los que lo veían le besaban el hábito y la mano. Y entre otros… fue una dueña honrada, la cual le pidió la mano, pero él no se la quiso dar. Y ella, turbada, le dijo: “Padre, ¿por qué hace esto conmigo?”. Respondió: “No quiero dártela, porqué tienes el demonio en el cuerpo”. Ella se turbó y disimuló por entonces. Y, despidiéndose de él, aguardó para cuando volviese al monasterio. Y preguntando al portero por él, él bajó a hablar y arrodillándose la dueña a sus pies, le pidió con palabras de mucha humildad le declarase cómo tenía el demonio en el cuerpo o qué pecado había hecho, ofendiendo a Dios, para que le viniese tanto mal. El siervo de Dios le dijo: “Yo sé que tienes determinado matar una hija tuya que está preñada de cierto hombre; y pues el demonio te ha puesto ese mal pensamiento, deséchalo de ti y no hagas tal cosa, porque te hago saber que ella parirá un niño y aquel hombre se casará con tu hija. Y esto tenlo por cierto. Y para señal de esto sabe que tendrá otro hijo de ella. Cuando oyó esto la mujer, quedó espantada y, no queriendo negar su mal propósito, confesó su pecado. Y después acaeció todo según se lo dijera el santo varón. LINK

De San Martin de Porras:
En una ocasión andando buscándole por todo el convento algunos religiosos, habían tocado la puerta de su celda y abriéndola no estaba adentro… Y buscándole se lo halló que en el tejado de la iglesia en un escondido rincón, muy solitario, haciendo oración, hincado de rodillas y puestas las manos con grandísima devoción, mirando a la parte donde estaba colocado el Santísimo Sacramento. Estaba suspendido en el aire más de dos tercios en alto de la tierra y tan transportado y fuera de sí que, aunque se le llamó tres veces, no respondió cosa alguna y que parecía inmóvil, con lo que, por no interrumpirle, se le dejó. LINK

De San Nicolás de Tolentino:
Una testigo menciona: Un Jueves Santo quería confesar a fray Nicolás un pecado que había cometido muy secretamente y que no quería confesar a otro sino a él, pero un fraile de la Comunidad, fray Simone de Tolentino, me dijo: “Si quieres, confiésate con otro. Nicolás no está disponible, porque está indispuesto”. Le respondí: “Estaré aquí hasta que pueda confesarme con él o regresaré, pero no me confesaré con otro”. Y he aquí que, mientras lo decía, viene Nicolás con su bastón sin que nadie le hubiese avisado. Me llamó y, con espíritu de profeta, me dijo: – Tú te avergüenzas de confesar el pecado que has cometido. No debes tener vergüenza. Tú has hecho tal pecado. Y me reveló el pecado que de verdad había cometido antes de que lo dijese. Y ese pecado ninguno podía conocerlo sino Dios. LINK

De Santa Gema Galgani:
El padre Germán cuenta algo que él mismo presenció: En cierta ocasión asistía yo a Gema, enferma de gravedad. Encontrábame en un ángulo de la habitación, rezando en mi breviario, cuando vi cruzar, corriendo por entre mis piernas un enorme gato negro, de figura horrible, que, después de dar una vuelta por toda la habitación, fue a colocarse sobre el respaldar inferior de la cama de hierro, frente por frente de la enferma sobre quien lanzaba miradas feroces. A mí se me helaba la sangre en las venas en tanto que Gema seguía tan tranquila. Ocultando mi turbación, le pregunté;
– ¿Qué hay de nuevo?
– No se asuste, es ese cosaco de demonio que quiere molestarme, pero esté tranquilo que no le hará daño alguno.
Me acerqué temblando con el agua bendita, rocié el lecho y desapareció la aparición, quedando la enferma tranquilísima como si nada hubiese pasado. LINK

De Santa Rita:
Una noche oyó una voz que la invitaba al monasterio. Rita vio a san Juan Bautista que se encaminaba hacia un altísimo peñasco. Allí fue por breve tiempo abandonada para que comprendiera la altitud del lugar y la sublimidad de la perfección religiosa a la que Dios la llamaba y viera el horror de la caída. Mientras estaba allí, tímida y ansiosa, fue consolada por san Juan Bautista, que llegó en compañía de san Agustín y de san Nicolás de Tolentino. Estos tres santos la tomaron y la colocaron, de modo incomprensible para ella, dentro del monasterio y desaparecieron. A la mañana siguiente, las religiosas la encontraron dentro del claustro sin saber cómo había entrado, estando las puertas cerradas. Pero ella les contó de modo sencillo lo que había sucedido y, reunidas en Capítulo y por divina disposición, la aceptaron como religiosa. LINK

De Santa Rosa de Lima:
Rosa debía adornar el anda de santa Catalina de Siena. Y, estando la bendita Rosa y esta testigo en la huerta de casa de su padre mirando todas las matas de los claveles, no vieron en ninguno de ellos ni botón ni vara, porque no era tiempo de ellos ni los podía haber. Y la bendita Rosa dijo: “Si Dios Nuestro Señor nos diese a honra de la Santísima Trinidad tres clavelinas para la santa imagen, del todo sería galana”. Y, al día siguiente, que debían celebrar la fiesta de la santa, por la mañana, dijo la bendita Rosa a esta testigo que fuese a la huerta. Esta testigo le dijo: “Hermana, si ayer paseamos la huerta y vimos las matas y ninguna de ellas tenía clavelina alguna, ¿cómo me envía por ellas? Y la bendita Rosa le respondió: “Válgame Dios, hermana de mi corazón, vaya por ellas que Dios nos las ha dado”. Y esta testigo fue y halló tres clavelinas en una vara y muy hermosísimas. LINK

De San Juan de Vianney:
Sobre las modas indecentes manifestaba: Vean esa madre que no piensa más que en su hija y que se preocupa más de si lleva bien puesto el sombrero que de preguntarle si ha dado su corazón a Dios. Le dice que no ha de parecer huraña, que ha de procurar hacerse grata a todo el mundo para poder relacionarse y colocarse bien. Y la hija procura enseguida atraerse las miradas de todos. Con sus atavíos rebuscados e indecentes pronto dará a entender que es un instrumento del mal para perder las almas. Sólo en el tribunal de Dios conocerán los pecados de que habrán sido causa, madre e hija. LINK

De Santo Tomas de Villanueva:
En la ciudad de Burgos vino un día tan grande tempestad de vientos y torbellinos que derribó algunas casas y destejó muchas de ellas con grande daño de aquel lugar. Se fue el padre Tomás a la capilla del santo Crucifijo, y suplicó con mucha devoción y fervor a Nuestro Señor que se apiadase de aquel trabajo y alzase la mano de aquel azote. Avisado en la oración de lo que era, se subió al campanario con otro religioso y vio, en diferentes y feísimas figuras a los demonios que iban por el aire, causando aquellos daños, y les mandó en nombre de Nuestro Señor Jesucristo que se fuesen y no hiciesen más daño ni mal en aquel lugar. Y en el mismo punto se fueron y cesó toda tempestad, por la palabra y mandamiento de este siervo de Dios y la virtud y poder que tuvo sobre los demonios. LINK

De Sor Mónica de Jesús:
Una hermana religiosa escribe: Un Jueves Santo, no recuerdo el año, a eso de las doce de la noche, le decía yo a sor Mónica que se fuera a acostar. Ella, sin decir nada, se acostó y, a eso de la una y media a las dos de la madrugada, yo me di una vuelta por la celda de sor Mónica a ver cómo estaba. Encontré a sor Mónica en el suelo todo lo largo que era. La cama tenía toda la ropa echada atrás y desordenada. Por eso, al entrar y ver todo aquello, me dio ya mala impresión. Sor Mónica hablaba muy bajito y yo no lograba entenderla. Me arrodillé junto a ella y, aplicando el oído a su boca, entendí estas palabras: “Agua bendita, agua bendita”.
Antes de echar agua bendita, yo intenté levantarla y no pude ni moverla por el enorme peso. Intenté también poder meterla en la cama, pero no pude ni siquiera meter las manos. Aquello me resultaba en verdad muy extraño. Entonces, tomé el agua bendita que sor Mónica tenía siempre en la celda y la fui echando con abundancia por todas partes. Sólo de ese modo, cuando intenté levantar otra vez a sor Mónica, ella elevó los brazos, se apoyó en mí y pude meterla en la cama, dejándola bien abrigada. Sor Mónica estaba muy helada, aunque con la ventana cerrada. No noté ninguna señal externa de malos tratos, solamente la enormidad que pesaba y la imposibilidad de meter manos y brazos por ningún lado hasta que le eché agua bendita que fue bastante, porque tuve que ir a la puerta del coro a cogerla. De esta forma, deje a sor Mónica en la cama bien abrigada, aunque ella quedó sin dormir nada hasta la hora de levantarse con las demás religiosas. Nadie notó nada. Esto no le dije a nadie, porque sor Mónica me impuso silencio. LINK

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