La Llamada a Mateo


Mateo está quieto, no sé si avergonzado o disgustado por todas las miradas que le lanzan, o incluso por algún epíteto poco agradable que le dirigen. Dos fariseos togados recogen premeditadamente sus amplios mantos, como si temieran pescarse la peste con sólo rozarlos con el vestido de Mateo.

Jesús, al entrar, lo mira fijamente durante un instante, y durante un instante se detiene. Mateo se limita a bajar la cabeza. Pedro, apenas traspasada la puerta, le dice en voz baja a Jesús:

¿Sabes quién es ese hombre más enrizado y perfumado que una mujer? Es Mateo, nuestro exactor… ¿A qué viene aquí? Es la primera vez. Quizás no ha encontrado a los compañeros, y sobre todo a las compañeras, con los que pasa el sábado, gastándose en orgías lo que nos chupa en tasas duplicadas y triplicadas… para el fisco y para el vicio.

Jesús mira a Pedro tan severamente, que Pedro se pone más colorado que una amapola y baja la cabeza, deteniéndose, de modo que, de primero, pasa a ser último en el grupo apostólico.


Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que se habían detenido prudentemente a la distancia de unos metros.

-JS: Venid, amigos. Mi primo Santiago ahora forma parte de mis íntimos y por tanto es nuestro amigo. ¡Cuánto he deseado esta hora, este día, para él, mi perfecto amigo de infancia, mi buen hermano de juventud!
Los discípulos acogen con alegría al nuevo llegado y a Judas, que hacía días que no lo veían.

Hemos estado en casa. Te buscábamos. Pero estabas en el lago.

-JS: Sí, en el lago, durante dos días con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿No es cierto?

Sí, y ahora – esto me disgusta – tendré que dar muchos didracmas a aquel ladrón… – y señala al recaudador Mateo, cuyo banco está asediado por gente que paga la tierra – creo – o las mercancías.

-JS: Digo Yo que todo será proporcionado. Cuanto más pescas, más pagas, pero también ganas más.

No, Maestro. Si pesco más, gano más; pero si pesco el doble de peso, ése no es que me haga pagar el doble, sino que me hace pagar el cuádruplo… ¡Aprovechado!

-JS: ¡Pedro!… Pues vamos a ir exactamente allí al lado. Deseo hablar. Siempre hay gente junto a aquel banco de recaudación.

¡Hombre claro! – dice Pedro mascullando -, gente y maldiciones.

-JS: Pues bien, Yo iré a introducir bendiciones. Quién sabe… a lo mejor entra un poco de honestidad en el recaudador.

No, Tú tranquilo, que tu palabra no pasará a través de su piel de cocodrilo.

-JS: Lo veremos.

¿Qué le piensas decir?

-JS: Directamente, nada. Pero, por mi modo de expresarme, él será también destinatario de mis palabras.

¿Vas a decir que tan ladrón es el salteador de caminos como el que despelleja a los pobres que trabajan para obtener el pan y no mujeres o borracheras?

-JS: Pedro, ¿quieres hablar tú en vez de mí?

No, Maestro. No sabría hablar bien.

-JS: Y con la acritud que tienes dentro, te dañarías a ti y lo dañarías a él.

Ya están cercanos al banco de los impuestos.
Pedro tiene intención de pagar. Jesús lo detiene y dice:

-JS: Dame las monedas; hoy pago Yo.

Pedro lo mira atónito y le da una bolsa de piel, con dinero.
Jesús espera su turno y, cuando se encuentra frente al recaudador, dice:

-JS: Pago por ocho canastas de pescado de Simón de Jonás. Las canastas están allí, a los pies de los peones. Comprueba, si lo crees oportuno; de todas formas entre hombres honestos debería bastar la palabra, y creo que tú me consideras tal. ¿Cuánto es la tasa?

Mateo, que estaba sentado detrás de su banco, en el momento en que Jesús dice «creo que tú me consideras tal», se pone en pie. Es bajo y más bien anciano, más o menos como Pedro. Su rostro muestra el cansancio propio de quien se goza la vida. Muestra también Mateo un claro estado de turbación. Primero tiene la cabeza agachada, luego la levanta y mira a Jesús. Y Jesús lo mira fijo, serio, dominándolo con toda su imponente estatura.

-JS: ¿Cuánto? – repite Jesús después de un poco.

No hay tasa para el discípulo del Maestro – responde Mateo, y añade en voz más baja:
Ruega por mi alma.

-JS: La llevo en mí, porque recojo a los pecadores. Pero tú… ¿por qué no la cuidas?

Dicho esto, Jesús le vuelve la espalda y torna adonde Pedro, que se ha quedado de piedra, como también los demás.


Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo, y empieza a hablar.

-JS: El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios. En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes…, de todo hay.

El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia. Pero, ¿cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes? Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas, y pensando en su ley, que dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo”.

Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro, ¿puede, acaso, usarlas en la otra vida? No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos. En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bendito Job, privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos. Os digo más, ¡escuchad, escuchad! En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se gana el Cielo – antes al contrario, generalmente con ellas se pierde, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia.

¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas. No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo, negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre.

Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia; se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego, sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan – ¡ah, pensad esto! -, mientras que el bien realizado no nos abandona jamás.

Todos querríamos ser llamados “justos” y que nos creyeran tales, ser premiados como tales por Dios. Pero, ¿cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo puede decir “te perdono”, si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu? No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado.
Cuando uno, en cambio, se humilla, -se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: “Por ti, Señor, no más de esto”, entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios lo acoge diciendo: “Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe”.


Jesús va derecho hacia el banco de las tasas, donde Mateo está haciendo sus cuentas y controlando si corresponden con las monedas (las cuales divide por categorías, metiéndolas en saquitos de distinto color y colocando éstos en un arca de hierro). Dos siervos esperan para transportar el arca a otro lugar. En el preciso momento en que la sombra proveniente del alto cuerpo de Jesús se extiende sobre el banco, Mateo alza la cabeza para ver quién es el retardatario que viene a pagar. Pedro, mientras tanto, dice, tirando a Jesús de una manga:

No hay nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?

Pero Jesús no le hace caso. Mira fijamente a Mateo – el cual se ha puesto en pie inmediatamente con un acto reverente – Otra mirada perforadora – no obstante, ya no se trata de la mirada del juez severo de la otra vez; es una mirada de llamada y de amor – Lo en-vuelve, lo satura de amor. Mateo se pone colorado, no sabe qué hacer, qué decir…

-JS: Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. Ven. ¡Sígueme! – impone Jesús majestuosamente.

¿Yo? Maestro, ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por ti, no por mí…

-JS: Ven, sígueme, Mateo, hijo de Alfeo – repite más dulce.

¡Oh!, ¿cómo puedo haber encontrado gracia ante Dios? Yo… Yo…

-JS: Mateo, hijo de Alfeo, Yo te he leído el corazón. Ven, sígueme – La tercera invitación es una caricia.

¡Enseguida, mi Señor! – Mateo, llorando, sale de detrás del banco, sin ni siquiera ocuparse de recoger las monedas esparcidas encima, ni de cerrar el arca; nada.

¿A dónde vamos, Señor? – pregunta ya junto a Jesús – ¿A dónde me llevas?

-JS: A tu casa. ¿Quieres recibir en ella al Hijo del hombre?

¡Oh!… pero… pero ¿qué dirán los que te odian?

-JS: Yo escucho lo que se dice en el Cielo, y allí se dice: “¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!”, y el Padre dice: “Eternamente la Misericordia se alzará en los Cielos y se cernirá sobre la Tierra, y, puesto que con un eterno amor, con un perfecto amor, Yo te amo, también contigo uso misericordia”. Ven. Y que yendo Yo a tu casa ésta se santifique además de tu corazón.


Yo, Mateo, era un pecador, un gran pecador. Vivía en el error completo. Me había endurecido en el error y no sentía desazón. Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o reprensiones, recordándome al Dios Juez implacable, experimentaba un momento de terror… y luego me arrellanaba en la necia idea: “Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”. Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm. También para mí era un desconocido. Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión. Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente. 

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen. Esto fue lo primero que me impresionó. Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor; su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder. Hacía milagros. Dije: “Es un exorcista. Un santo”. Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él. Él me buscaba. Ésa era mi impresión. No había vez que pasara cerca de mi banco que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste. Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor. Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres. Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados… Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados. Hacía las cosas en secreto… Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Y luego,… y luego… ¡oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando! Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma, la atormentó con su amor exigente… y mi alma fue nueva. Fui a Él con arrepentimiento y deseo. No esperó a que le dijera: “¡Señor, piedad!”. Dijo Él: “¡Sígueme!”. El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador. Que esto os diga, si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él, sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.



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