El Perdón a una Meretriz

Jesús va a la orilla del lago y se sienta en el borde de la barca de Pedro. Se ve inmediatamente rodeado de gente de la ciudad que lo acoge en modo festivo, por haber vuelto, y le hace mil preguntas, a las que Jesús responde con su insuperable paciencia, sonriente y calmo, como si todo ese vocerío fuera una armonía celeste. Viene también el arquisinagogo. Jesús se levanta para saludarlo. Es un recíproco saludo lleno de respeto oriental.

Maestro, ¿puedo esperar que vengas para la instrucción al pueblo?

-JS: Sin duda, si tú y el pueblo lo deseáis.

Lo hemos deseado durante todo este tiempo. Ellos te lo pueden decir.

El pueblo, efectivamente, asiente con nuevos gritos.

-JS: Si es así, iré durante el crepúsculo. Ahora marchaos todos. Tengo que ir a ver a una persona que está deseosa de mí.

La gente se aleja a regañadientes, mientras Jesús, Pedro y Andrés emprenden la travesía por el lago. Los otros discípulos se quedan en la orilla.
La barca navega a vela por un breve espacio. Luego los dos pescadores la dirigen hacia una pequeña ensenada, entre dos bajas colinas que originalmente parecen haber sido una sola. Andrés salta al agua para arrastrar la barca lo más posible contra la orilla y atarla a un tronco, mientras Pedro ata la vela y asegura una tabla como puente para Jesús.

-JS: ¿Dónde está? – pregunta Jesús.

Se habrá adentrado en la espesura al oír voces. Ya sabes… con lo que tiene encima y con su pasado…

– JS: Llámala.

Pedro grita fuerte: –¡Soy el discípulo del Rabí de Cafarnaúm! ¡Está aquí el Rabí! ¡Ven fuera!

Nadie da señales de vida.

No se fía – explica Andrés – Un día hubo quien la llamó diciendo: “Ven, que hay comida”, y luego le tiró piedrasNosotros la vimos entonces por primera vez, porque, yo al menos, no me la recordaba cuando era la meretriz de Corazín.

– JS: ¿Y qué hicisteis entonces?

Le arrojamos un pan y algo de pescado y un trapo (un pedazo de vela rota que teníamos para secarnos), porque estaba desnuda. Luego huimos para no contaminarnos.

– JS: ¿Cómo es que volvisteis entonces?

Maestro… Tú estabas fuera y nosotros pensábamos que podíamos hacer para darte a conocer cada vez más. Pensamos en todos los enfermos, en todos los ciegos, lisiados, mudos… y también en ella. Dijimos: “Probemos”. Ya sabes… muchos… por culpa nuestra claro, nos han considerado locos y no nos han querido escuchar. Otros, por el contrario, nos han creído. A ella le he hablado yo en persona. He venido solo con la barca durante varias noches de luna. La llamaba, le decía: “Encima de la piedra, al pie del olivo, hay pan y pescado. Ven sin miedo”, y me marchaba. Ella yo creo que debía esperar a verme desaparecer para venir, porque nunca la veía. La sexta vez la vi en pie sobre la orilla, exactamente ahí donde estás Tú. Me estaba esperando…

¡Qué horror! No me eché a correr porque pensé en ti… dijo: “¿Quién eres? ¿Por qué esta piedad?“. Dije: “Porque soy discípulo de la Piedad”. “¿Quién es?” “Es Jesús de Galilea.” “¿Y os enseña a tener piedad de nosotros?” “De todos”. “¿Sabes quién soy?

“Eres la meretriz de Corazín; ahora, la leprosa”. “¿Y para mí también hay piedad?“. “Él dice que su piedad llega a todos, y nosotros, para ser como Él, la debemos tener con todos.” A1 llegar a este punto, Maestro, la leprosa blasfemó sin querer. Dijo: “Entonces también Él debe haber sido un gran pecador“. Le dije: “No. Es el Mesías, el Santo de Dios”. Entonces se echó a llorar y dijo: “Si es el Santo, no puede, no puede tener piedad de la meretriz. De la leprosa podría… pero de la meretriz no. Y yo que esperaba…“. Le pregunté: “¿Qué esperabas, mujer?”. “La curación… volver al mundo… entre los hombres… morir como una mendiga, pero entre los hombres…, no como un animal salvaje en una guarida de fieras a las que incluso causo horror“. Le dije: “¿Me juras que, si vuelves al mundo, serás honesta?”. Y ella: “Sí. Dios me ha herido justamente, por haber pecado. Estoy arrepentida. Mi alma lleva consigo su expiación, pero aborrece el pecado para siempre“.

Me pareció entonces que podía prometerle salvación en tu nombre. Me dijo: “Vuelve, vuelve… Háblame de Él. Que mi alma lo conozca antes que mi ojo...“. Y venía a hablarle de ti… como sé hacerlo.

-JS: Y Yo vengo a dar la salvación a la primera convertida de mi Andrés.

A1 fin ella muestra su hórrido rostro entre las ramas de un olivo. Ve. Se le escapa un grito.

¡Venga, baja! – exclama Pedro – ¡No quiero lapidarte! Allí está el Rabí Jesús. ¿Lo ves?

La mujer se deja caer rodando por la pendiente – digo esto por lo deprisa que baja – y llega a los pies de Jesús antes de que Pedro vuelva junto al Maestro.

Piedad, Señor!

-JS: ¿Puedes creer que Yo te la puedo dar?

Sí, porque eres santo y yo estoy arrepentida. Yo soy el Pecado, pero Tú eres la Misericordia. Tu discípulo ha sido el primero que ha tenido misericordia de mí y ha venido a darme pan y fe. Límpiame, Señor; antes el alma que la carne. Porque soy tres veces impura, y, si me concedieras una limpieza, una sola, te pido la de mi alma pecadora. Antes de oír tus palabras repetidas por él, yo decía: “Curarme para volver entre los hombres”. Ahora que sé, digo: “Ser perdonada para tener vida eterna”.

-JS: Te concedo perdón. Pero nada más aparte de esto…

¡Bendito seas! Viviré en la paz de Dios en mi escondrijo… libre… libre de remordimientos y de temores. ¡No más temor a la muerte, ahora que he sido perdonada; no más miedo a Dios, ahora que Tú me has absuelto!

-JS: Ve al lago y lávate. Estate dentro hasta que te llame.

Ella, misérrimo espectro de mujer esquelética, corroída, de cabellera despeinada, dura, canosa, se levanta del suelo y baja y se mete en el agua del lago, con su pingajo de vestido que bien poco cubre.

¿Por qué le has dicho que se lave? Es cierto que su hedor apesta, pero… no comprendo – dice Pedro.

-JS: Mujer, sal y ven aquí. Coge ese pedazo de tela que está en esa rama.

La mujer obedece y emerge, completamente desnuda – habiendo quedado despojada de su andrajo dentro del agua, para coger el pedazo de tela seco. Pedro, que la estaba mirando, es el primero que grita; Andrés, más huidizo, le había dado la espalda, pero ante el grito de su hermano se vuelve y grita a su vez. La mujer, que tenía los ojos tan fijos en Jesús, que no se ocupaba de nada más, ante esos gritos, ante esas manos que la señalan, se mira… y ve que con su vestido hecho jirones se ha quedado en el lago también su lepra. No se echa a correr, como parecería lógico; se agacha, acurrucándose en la orilla, llena de vergüenza por su desnudez, emocionada hasta tal punto, que sólo se siente capaz de llorar con un lamento largo y extenuado, que es más desgarrador que cualquier grito.
Jesús se dirige hacia ella… llega… le echa por encima el pedazo de tela, le acaricia ligeramente la cabeza, le dice:

-JS: Adiós. Sé buena. Has merecido la gracia por la sinceridad de tu arrepentimiento. Crece en la fe del Cristo, y obedece a la ley de la purificación.

La mujer sigue llorando, llorando, llorando… Sólo al oír el roce que hace la tabla al meterla Pedro de nuevo en la barca, levanta la cabeza, tiende los brazos y grita:

Gracias, Señor. Gracias, bendito. ¡Oh, bendito, bendito!…


Satanás, enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, le dijo a Dios:

Tus criaturas serán mías para siempre. Ni siquiera el castigo, ni la Ley que quieres darles, nada, las hará capaces de ganarse el Cielo, y esta Morada tuya, de la cual me expulsaste (a mí, que soy el único inteligente entre los seres creados por ti), esta Morada, se te quedará vacía, inútil, triste como todas las cosas inútiles“.

Y el Eterno respondió al Maldito:

Podrás esto mientras tu veneno, solo, reine en el hombre. Pero Yo mandaré a mi Verbo y su palabra neutralizará tu veneno, sanará los corazones, los curará de la demencia con que los has manchado o convertido en diablos, y volverán a Mí. Como ovejas que, descarriadas, vuelven a encontrar al pastor, volverán a mi Redil, Y el Cielo será poblado: para ellos lo he hecho.
Rechinarán tus horribles dientes de impotente rabia, allí, en tu hórrido reino, prisionero y maldito; sobre ti los ángeles volcarán la piedra de Dios y la sellarán. Tinieblas y odio os acompañarán a ti y a los tuyos; los míos tendrán, sin embargo, luz y amor, canto y beatitud, libertad infinita, eterna, sublime“.

Satanás, con risotada burlesca juró:Juro por mi Infierno que vendré cuando llegue la hora. Omnipresente estaré junto a los evangelizados, y veremos si eres Tú el vencedor o lo soy yo“.

Satanás os insidia y yo, vuestro Salvador, os rodeo. Los contendientes somos dos: Yo y él; vosotros estáis en el medio. El duelo del Amor y el Odio, de la Sabiduría y la Ignorancia, de la Bondad y el Mal, está sobre vosotros y en torno a vosotros. Yo soy suficiente para repeler los malvados golpes dirigidos a vosotros. Me coloco en medio entre el arma satánica y vuestro ser y acepto ser herido en lugar de vosotros, porque os amo. Pero, en vuestro interior, vosotros debéis repeler, con vuestra voluntad, los golpes, corriendo hacia mí, poniéndoos en mi Camino, que es Verdad y Vida. Quien no anhela el Cielo no lo tendrá.



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