Traición de Judas Iscariote

Podéis marcharos, si lo estimáis oportuno, donde queráis. Yo me quedo aquí con Judas y Santiago. Tienen que venir las discípulas – dice Jesús a sus apóstoles, que están reunidos en torno a Él bajo el pórtico de la casa. Y añade: -Pero estad aquí antes de la puesta de1 sol. Y sed prudentes. Tratad de pasar desapercibidos para evitar represalias contra vosotros.

¡Yo no! ¡Yo me quedo! ¿Qué tengo que hacer en Jerusalén? – dice Pedro.

Yo sí que voy. Mi padre seguro que me espera. Quiere ofrecer el vino. Es una antigua promesa, antigua pero mantenida como siempre, y es que mi padre es un hombre honesto. ¡Vais a ver qué vino en el banquete pascual! ¡Los viñedos de mi padre en Ramá! ¡Célebres en la comarca! – dice Tomás.

También estos de Lázaro son vinos extraordinarios. Se me ha quedado grabado el banquete de las Encenias… – dice, involuntariamente goloso, Mateo.

Pues entonces mañana más que nunca se te refrescará el recuerdo, porque creo que para mañana Lázaro va a disponer una gran cena. ¡He visto unos preparativos…! – dice Santiago de Zebedeo.

¿Sí? ¿Vendrán también otros? – pregunta Andrés.

No. Se lo he preguntado a Maximino y me ha contestado que no.

¡Ah, porque en el caso contrario me pondría la túnica nueva que me ha mandado mi mujer! – dice Felipe.

Yo me la pondré. Quería hacerlo para Pascua, pero me la voy a poner mañana. Sin duda, estaremos más tranquilos aquí mañana que no dentro de unos días… – dice Bartolomé, e interrumpe sus palabras pensando.

Yo me visto con ropa nueva para la entrada en la ciudad. ¿Y Tú, Maestro? – pregunta Juan.

Yo también. Me pondré la túnica teñida de púrpura.

¡Parecerás un rey! – dice admirado el Predilecto, que ya lo ve, con el pensamiento, vestido con esa túnica espléndida…

¡Sí, pero si no hubiera sido por mí! Esa púrpura la he procurado yo, hace años… – se jacta el Iscariote.

¿De verdad? No, no lo habíamos pensado… El Maestro es siempre tan humilde

Demasiado. Ahora es el momento de que sea rey. ¡Basta de esperar! Si no es rey de tronos, al menos que, por su dignidad, tenga vestiduras acordes con su grado. Yo estoy en todo.

Tienes razón, Judas. Tú tienes conocimiento del mundo. Nosotros… somos unos pobres pescadores… – dicen humildemente los del lago… Y, como siempre sucede a la luz del mundo -la falsa, crepuscular luz del mundo-, la aleación de baja ley del metal de Judas parece metal más noble que el basto pero puro, sincero, honesto oro de los corazones galileos…

Jesús, que estaba hablando con el Zelote y los hijos de Alfeo, se vuelve y mira a Judas Iscariote, y también a estos hombres honestos, tan humildes y apesadumbrados por estar tan… poco dotado respecto a Judas… y menea la cabeza sin decir nada. Pero, al ver a éste atándose los cordones de las sandalias y colocándose el manto como en actitud de ponerse en camino, le dice:

¿A dónde vas?

A la ciudad.

He dicho que te retengo aquí con Santiago

¡Ah! Pensaba que te referías a Judas tu primo… Entonces… Yo… soy como un prisionero… ¡Ja! ¡Ja! Se ríe con mala compostura

Betania no tiene cadenas ni rejas; al menos, eso creo. Tiene sólo el deseo de tu Maestro, y yo estaría muy contento de estar prisionero de su deseo – observa el Zelote.

¡Claro! Yo estaba de broma… Es que… quisiera tener noticias de mi madre. Seguro que han llegado a Jerusalén peregrinos de Keriot y

No. Dentro de dos días estaremos todos en Jerusalén. Ahora tú te quedas aquí – dice autoritario Jesús.

Judas no insiste. Se quita el manto diciendo:
¿Y entonces? ¿Quién va a la ciudad? Sería conveniente saber también cómo están los ánimos… Lo que hacen los discípulos… Quería también informarme a través de amigos… Se lo había prometido a Pedro

No importa. Te quedas. No es necesario nada de eso que dices. No es estrictamente necesario

Pero si va Tomás

Maestro, también yo quisiera ir. Porque también lo he prometido. Tengo amigos en casa de Anás y… – dice Juan.

¿Irías allí, hijo mío? ¿Y si te apresan? – pregunta Salomé, que se ha acercado.

¿Si me apresan? ¿Qué he hecho de malo? Nada. Por tanto, no debo temer al Señor. Por eso, aunque me apresen, no me echaré a temblar.

¡Oh, el leoncito arrogante! ¿No te vas a echar a temblar? ¿Pero no sabes cómo nos odian? Apresarnos significa la muerte, ¿eh? – dice Judas Iscariote queriendo amedrentar.

¿Y tú, entonces, por qué quieres ir? ¿Es que tú tienes la inmunidad? ¿Qué has hecho para tenerla? Dímelo y yo también lo haré.

Judas reacciona con un ademán de miedo e ira; pero el rostro de Juan es tan nítido, que el traidor se calma. Comprende que no hay asechanzas ni sospechas en esas palabras y dice:

Nada he hecho. Lo que sucede es que tengo algunos amigos buenos que están cerca del Procónsul, por eso

¡Bien! El que quiera venir que venga, dado que ya no llueve. Aquí perdemos el tiempo y quizás para la hora sexta vuelva la lluvia. El que quiera venir que no se demore – exhorta Tomás.

¿Voy, Maestro? – pregunta Juan.

Ve.

¡Claro! ¡Siempre así! Él sí. Los otros sí. Yo no. ¡Siempre no!

Trataré de tener noticias de tu madre – dice Juan para calmarlo.

Y también yo. Voy contigo y con Tomás – dice el Zelote, y añade:

Mi edad frenará a los jóvenes, Maestro. Y conozco bien a los de Keriot. Si veo a alguno me acerco a él. Te traeré noticias de tu madre, Judas. ¡Sé bueno! ¡Estáte tranquilo! Es la Pascua, Judas. Todos sentimos la paz de esta fiesta, la alegría de esta solemnidad. ¿Por qué quieres ser tú sólo el que esté siempre tan inquieto, tan sombrío y malcontento, sin paz? Pascua es paso de Dios… Pascua es para nosotros los hebreos fiesta de liberación de un duro yugo. Nos liberó de él Dios Altísimo.

Ahora, no pudiendo repetir el antiguo acontecimiento, permanece su símbolo individual… Pascua: liberación de los corazones, purificación, bautismo puedes decir, con la sangre del cordero, para que las fuerzas enemigas no causen el mal al que lleve su señal. ¡Qué hermoso empezar el nuevo año con esta fiesta de purificación, de liberación, de adoración a Dios Salvador nuestro!… ¡Oh, perdona, Maestro! He hablado cuando en realidad habría debido guardar silencio porque estás Tú para corregir nuestros corazones

Eso es lo que estaba pensando yo, Simón. Justo eso: que ahora tengo dos maestros en vez de uno. Y me parecían demasiados – dice airado Judas Iscariote.

Pedro… ¡ah, Pedro esta vez no se puede contener!, y reacciona:
Y, si no te callas pronto, vas a tener un tercero, que voy a ser yo. Y te juro que voy a tener argumentos más persuasivos que las palabras.

¿Alzarías la mano contra un compañero? ¿Después de tanto esfuerzo por sujetar en el fondo al viejo galileo, aflora de nuevo tu verdadera naturaleza?

No aflora de nuevo. Siempre ha estado clara en la superficie. No uso ficciones. Lo que sucede es que para los asnos salvajes, como tú, para domarlos, sólo hay un argumento: los trallazos. ¡Deberías avergonzarte de abusar de su bondad y de nuestra paciencia! ¡Ven, Simón! ¡Ven, Juan! Ven, Tomás. Adiós, Maestro. Me voy yo también porque si me quedo… no, ¡viva Dios que ya no me contengo!

Pedro agarra su manto, que estaba encima de un asiento, y se lo pone a toda prisa; tan inquieto, que no ve que se lo ha puesto al revés, abajo la parte de arriba, de forma que debe advertirle Juan del error, y ayudarle a vestirse bien. Y se marcha a toda prisa, pegando un fuerte golpe con el pie en el suelo para descargar así un poco de su ira: parece un torillo encabritado.

¿Y los otros?… Los otros parecen libros abiertos en que se puede leer lo que tienen escrito. Bartolomé levanta su afilado rostro de anciano hacia el cielo todavía borrascoso y parece estudiar los vientos para no tener que estudiar los rostros: demasiado apenado el de Cristo, demasiado pérfido el de Judas Iscariote.

Mateo y Felipe miran a Judas Tadeo, que tiene fosforescencias de ira en sus ojos, tan parecidos a los de Jesús, y toman la misma decisión: lo ponen en medio de ellos y le incitan a salir, hacia el paseo interior que lleva a la casa de Simón, diciendo:

Tu madre nos requería para aquel trabajo. Ven también tú, Santiago de Zebedeo – y se llevan consigo también al hijo de Salomé.

Andrés mira a Santiago de Alfeo, y Santiago lo mira a él: dos caras que reflejan el mismo, contenido sufrimiento, y que no sabiendo qué decir, como dos niños, y se alejan tristes.

Salomé es la única discípula presente, y no se atreve ni a moverse ni a hablar, pero tampoco sabe decidirse a marcharse, como si con su presencia quisiera frenar otras palabras del indigno apóstol. Por suerte no está presente ninguno de la familia de Lázaro. Está ausente también María Santísima.

Judas se ve solo con Jesús y Salomé. No quiere estar con ellos y les vuelve la espalda para alejarse hacia el cenador de jazmines. Jesús lo mira mientras se marcha. Lo vigila. Ve que, después de haber fingido que se sentaba en el cenador, Judas desaparece a hurtadillas por la parte de atrás y se adentra entre los setos de rosas, laureles y bojes, que separan al verdadero jardín de los cuadros de las especias, en el lugar donde están las colmenas.

Los ojos de Jesús, que se alza cuanto puede y se mueve cuanto necesita para ver lo que hace Judas Iscariote, echan llamas.

María Salomé los ve e intuye -aunque por su estatura poco alta no pueda ver-, intuye lo que sucede hacia el extremo del parque, y susurra: –¡Misericordia de nosotros, Señor!

Jesús oye ese suspiro y se vuelve un instante para mirar a esta buena, sencilla discípula. La buena y humilde Salomé trata de consolar al Maestro, de aplacar la sospecha que le hace sufrir, diciendo:

¿Ves? No se marcha lejos. Ha dejado ahí su manto y no lo ha recogido. Irá por los prados a descargar su estado de ánimo… Nunca iría Judas a la ciudad sin estar perfectamente arreglado

Hasta desnudo iría, si quisiera ir. Y así es… ¡Mira! ¡Ven aquí! ¡Está tratando de abrir la cancilla! ¡Pero está cerrada! ¡Y llama a un criado de las colmenas!

Jesús grita fuerte:
¡Judas! ¡Espérame! Tengo que hablar contigo – y quiere ponerse en camino.

¡Por el amor de Dios, Señor! Voy a llamar a Lázaro… a tu Madre… ¡No vayas solo!

Jesús, aun caminando rápido, se vuelve un poco y dice:
Te ordeno que no lo hagas. A1 contrario: guarda silencio con todos. Si preguntan por mí, di que he salido con Judas cerca. Si vienen las discípulas, que esperen. Vuelvo pronto.

Salomé no reacciona, como tampoco lo hace Judas Iscariote. Ella junto a la casa y él junto a la cerca, se quedan en el sitio donde la voluntad de Jesús los ha detenido. Y lo miran: ella, mientras se aleja; él, mientras se acerca.

Abre la puerta, Jonás. Salgo un poco con mi discípulo. Si te quedas por aquí, no hace falta que la cierres cuando salgamos. Vuelvo pronto – dice con bondad al criado agricultor, que se había quedado sin saber cómo reaccionar, con la voluminosa llave en la mano.

El portillo, de hierro pesado, chirría al abrirse, de la misma forma que rechina la llave para mover el dispositivo.

Una puerta que se abre raras veces – dice el criado sonriendo – ¡Claro, te has oxidado! Cuando uno está ocioso se deteriora… La herrumbre, el polvo,… los gamberros… A nosotros nos pasa lo mismo… ¡Si no trabajamos continuamente nuestra alma!

¡Muy bien, Jonás! Has tenido un pensamiento sabio. Muchos rabíes te lo envidiarían.

Son mis abejas las que me los sugieren… y tus palabras. Verdaderamente son tus palabras. Pero luego también las abejas me las hacen comprender. Porque nada carece de voz, si se sabe oír. Y yo digo que si ellas, que son abejas, obedecen la orden del que las ha creado, y son animalitos que no sé dónde pueden tener cerebro y corazón, yo, que tengo corazón, cerebro y espíritu, y que oigo al Maestro, también deberé saber hacer lo que hacen ellas, y trabajar continuamente, hacer siempre lo que el Maestro dice que hay que hacer, y poner así hermoso mi espíritu, esplendoroso, sin herrumbre ni polvo ni barro, y sin pajas, que hayan metido en las cerraduras los enemigos infernales, ni piedras ni otras asechanzas.

Es exactamente como dices. Imita a tus abejas y tu alma será una rica colmena llena de preciosas virtudes, y Dios descenderá a recrearse en ella. Adiós, Jonás. La paz sea contigo.

Pone la mano en la cabeza entrecana del criado, que está frente a Él inclinado, y sale al camino en dirección hacia los prados de trébol rojo, prados hermosos como alfombras tupidas y gruesas, de colores verde y carmesí, donde las abejas, volando de flor en flor, introducen reflejos y zumbidos.

Cuando están suficientemente lejos de la cerca como para no ser oídos por nadie que estuviera en el jardín de Lázaro, Jesús dice.

¿Has oído a ese criado? Es un labriego. Ya es mucho si sabe leer alguna palabra… Y, no obstante… lo que ha dicho habría podido salir de mis labios sin que mis palabras de Maestro parecieran necias. Ese hombre siente que hay que velar para que el espíritu no se vea corrompido por sus enemigos… Yo… por esos enemigos te retengo a mi lado, ¡y tú me odias por esto!

Quiero defenderte de ellos y de ti mismo, y tú me odias. Te ofrezco el medio para salvarte -puedes hacerlo todavía- y tú me odias. Te lo digo una vez más: vete, Judas; vete lejos. No entres en Jerusalén. Estás enfermo. No es mentira el decir que estás tan enfermo, que no puedes participar en la Pascua. Harás la Pascua suplementaria. La Ley permite hacer la Pascua suplementaria cuando una enfermedad u otra grave razón impiden hacer la Pascua solemne. Le pediré a Lázaro -es un amigo prudente y no preguntará nada- que te lleve hoy mismo al otro lado del Jordán.

No. Te he dicho muchas veces que me echaras. No has querido. Ahora soy yo el que no quiere.

¿No quieres? ¿No quieres salvarte? ¿No tienes piedad de ti mismo? ¿No tienes piedad de tu madre?

Deberías decirme: “¿No tienes piedad de mí?”. Serías más sincero.

Judas, infeliz amigo mío, no te ruego por mí. Por ti, por ti te ruego. “¡Mira! Estamos solos. Tú sabes quién soy Yo, Yo sé quién eres tú. Es el Último momento de gracia que aún se nos concede para impedir tu ruina… ¡Oh, no te rías tan satánicamente, amigo mío! No te burles de mí como si estuviera loco porque digo: “tu ruina” y no la mía.

Lo mío no es ruina; lo tuyo, sí… Estamos solos, Yo y tú, y sobre nosotros está Dios… Dios que no te odia todavía, Dios que asiste a esta lucha suprema entre el Bien y el Mal que se disputan tu alma. Sobre nosotros está el Empíreo, observándonos, ese Empíreo que pronto se llenará de santos, que ya, en su lugar de espera, sienten la emoción porque presienten la alegría… Judas, entre ellos está tu padre

Era un pecador. No está.

Era un pecador, pero no un réprobo. Por eso la alegría se acerca también a él. ¿Por qué quieres causarle un dolor en medio de su alegría?

Está al margen del dolor. Está muerto.

No. No está al margen del dolor de verte a ti culpable, a ti… ¡oh, no me arranques esa palabra!

¡Sí, hombre, sí, dila! ¡Yo hace meses que me la digo a mí mismo! Réprobo. Lo sé. Ya nada puede ser cambiado.

¡Todo! Judas, Yo lloro. ¿Quieres, pues, hacer brotar tú las extremas lágrimas del Hombre?… Judas, te lo ruego. Piensa, amigo: el Cielo asiente a mi oración; tú, tú… ¿me dejarás orar en vano? Piensa que delante de ti, orando, tienes al Mesías de Israel, al Hijo del Padre… ¡Judas, escúchame!… ¡Detente mientras puedes!

¡No!

Jesús se tapa la cara con las manos y se deja caer en el linde del prado. Llora sin clamor, pero llora mucho. Sus hombros se estremecen con los profundos sollozos…

Judas lo mira, ahí, a sus pies, destrozado, llorando… y por el deseo de salvarlo… y siente un momento de piedad. Dice, dejando el tono duro, de verdadero demonio, que tenía antes:

No puedo irme… He dado mi palabra

Jesús alza su cara llena de aflicción. Le interrumpe:
¿A quién? ¿A quién? ¡A unos pobres hombres! ¿Y de ellos, de aparecer sin honor ante ellos, te preocupas? ¿Y no me habías dado a mí tu propio ser hace tres años? ¿Y piensas en los comentarios de un puñado de malhechores y no en el juicio de Dios? ¡Oh, qué debo hacer, Padre, para resucitar en él la voluntad de no pecar?

Baja de nuevo su cabeza, abatido, deshecho… Parece ya el penante Jesús de la agonía del Getsemaní.

Judas siente piedad y dice:
Me quedo. ¡No sufras de ese modo! Me quedo… ¡Ayúdame a quedarme! ¡Defiéndeme!

¡Siempre! ¡Siempre! Basta con que tú lo quieras. Ven. No hay culpa de la que no sienta conmiseración y no perdone. Di “quiero” y te habré redimido

Jesús se ha levantado y tiene a Judas abrazado. El llanto de Jesús-Dios cae entre los cabellos de Judas, pero la boca de Judas permanece cerrada. No dice la palabra requerida.

No dice ni siquiera “perdón” cuando Jesús le susurra entre sus cabellos “¡Mira si te quiero! ¡Habría debido reprenderte! Te beso. Tendría derecho de decirte: “Pide perdón a tu Dios” y te pido sólo que tengas el deseo del perdón. ¡Estás tan enfermo…! No se puede pedir mucho a uno que está muy enfermo. A todos los pecadores que han venido a mí les he pedido el absoluto arrepentimiento para poder perdonarlos. A ti, amigo mío, te pido sólo el deseo de arrepentirte; después…corre de mi cuenta.

Judas calla…

Jesús lo suelta. Dice:
Quédate aquí al menos hasta el día siguiente del sábado.

Me quedaré… Vamos a volver a casa. Notarán nuestra ausencia Quizás te esperan las mujeres. Son mejores que yo y no debes descuidarlas por mí.

¿No recuerdas la parábola de la oveja perdida? Tú eres esa oveja… Ellas, las discípulas, son las ovejas buenas que están dentro del aprisco. No corren peligro, aunque busque tu alma durante todo el día para llevarla de nuevo al redil

¡Bien, de acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Vuelvo al redil! Me voy a encerrar en la biblioteca de Lázaro, a leer. No quiero que me molesten, no quiero ver ni saber nada. No temas. No voy a escaparme. Puedes ir a comprobarlo cuando quieras – y, volviéndole la espalda, se va con largos pasos.

Jesús, altura blanca vestida de lino en la linde del prado verde – rojo, alza los brazos al cielo sereno y alza su afligidísimo rostro y alza su alma al Padre suyo gimiendo:

¡Oh, Padre mío! ¿Podrás recriminarme el haber dejado de hacer algo que pudiera salvarlo? Tú sabes que es por su alma y no por mi vida por la que lucho por impedir su delito… ¡Padre! ¡Padre mío! ¡Te lo suplico!: acelera la hora de las tinieblas, la hora del Sacrificio, porque demasiado atroz me es vivir junto al amigo que no quiere ser redimido… ¡El mayor dolor! – y Jesús se sienta entre el tupido, alto, hermosísimo trébol, agacha la cabeza y la pone entre sus rodillas dobladas y apretadas entre sus brazos. Y llora…

Pasa el tiempo, Jesús deja de llorar. Alza la cabeza para oír… Un ruido de ruedas y cascabeles viene del camino de primer orden; luego cesa el ruido de las ruedas, pero no el de los cascabeles.

Jesús dice:
¡Padre mío, hágase como Tú quieres! Te ofrezco el sacrificio de este deseo mío de Salvador y de Amigo. ¡Está escrito! Él lo ha querido. Es verdad. Pero deja, Padre mío, que continúe mi obra por él hasta que todo termine. Ya desde ahora te digo: Padre, cuando ore por los pecadores, siendo ya víctima impotente para la acción directa, Padre, toma Tú mi sufrimiento y presiona con él en el alma de Judas.

-Jesús se encamina de nuevo a la puerta de la cerca. Entra. La cierra con el cerrojo y se adentra hacía la casa. El criado de antes lo ve y acude presuroso a tomar la voluminosa llave que Jesús tiene en sus manos.

Continúa. Ve a Lázaro, que dice:
Maestro, han venido las mujeres. Las he pasado a la sala blanca, porque en la biblioteca está Judas leyendo, con aspecto atribulado.

Lo sé. Gracias. ¿Y esas voces de niños?

Ana ha traído a los hijos de su hijo; Juana a los suyos; Valeria a la suya. Los he llevado al patio interno.

Transcurre el tiempo y la cena ha sido preparada en esa sala enteramente blanca donde esperaban las discipulas. Lázaro entra al lado de Jesús. Detrás, de dos en dos o en grupos más nutridos, los apóstoles. Por último, las dos hermanas de Lázaro con Maximino.

Jesús, al pasar cerca de un ánfora llena de ramas, observa:
Tenían ya los primeros pequeños frutos. ¡Fíjate! Arriba hay flores y más abajo se ha caído ya la flor y se está agrandando el ovario.

Ha sido María la que ha querido cogerlas. Ha llevado también otros haces como éstos a tu Madre. Se ha levantado con el alba, creo, por miedo a que un día más de sol consumiera estas frágiles corolas. Yo, hace poco, he tenido noticia de este estrago. Pero no he sentido el rechazo que sintieron los criados agricultores; al contrario, he pensado que era justo ofrecerte todas las bellezas de la Creación a ti, Rey de todas las cosas.

Jesús se sienta en su sitio sonriendo, y mira a María, la cual, junto con su hermana, se apresta a servir cual si fuera una criada, y acerca los cuencos de la purificación y los paños para secarse, y luego echa vino en las copas y pone sobre la mesa las bandejas con la comida, a medida que los criados las van trayendo de las cocinas o las acercan después de haber trinchado en los aparadores.

María de Lázaro sale de la estancia mientras Marta pone en la mesa unas bandejas colmadas de higos nuevos, de verdes tallos de hinojo, de frescas almendras peladas, y fresones o frambuesas, no lo sé, que parecen aún más rojos estando en medio de esas pálidas esmeraldas de los hinojos y de los higos, y del color lácteo de las almendras; y bandejas colmadas de pequeños melones u otro fruto similar y de doradas naranjas.

¿Ya estas frutas? En ningún lugar he visto estas frutas ya maduras – dice Pedro abriendo desorbitadamente los ojos y señalando a las fresas y los melones.

Han venido, en parte, de las riberas de más allá de Gaza, donde tengo un huerto de estos productos, y, otra parte, de las terrazas solaneras que tengo encima de la casa, los invernaderos de las plantas más delicadas, las que hay que proteger del frío intenso.

Regresa María Magdalena. Trae en las manos un recipiente de cuello estrecho y terminado en un piquito, elegante como el cuello de un ave. El alabastro es de un precioso color amarillo-rosado.

Los apóstoles la miran, quizás pensando que trae alguna gollería rara. Pero María no va al centro, a donde está su hermana, al interior de la “U” que forman las mesas. No. Pasa por detrás de los triclinios y va a colocarse entre el de Jesús y Lázaro y el de los dos Santiagos.

Destapa el recipiente de alabastro y pone la mano debajo del pico y recoge algunas gotas de un líquido de aspecto filamentoso que sale lentamente del esenciero abierto. Un penetrante olor de tuberosas y de otras esencias, un perfume intenso y exquisito, se esparce por la sala.

Pero María no se siente satisfecha con eso poco que sale. Se agacha y rompe con un golpe seguro el cuello del esenciero contra el ángulo del triclinio de Jesús. El estrecho cuello cae al piso esparciendo sobre los mármoles del suelo gotas perfumadas. Ahora el recipiente tiene una amplia boca y la exuberancia del ungüento fluye en densos hilos.

María se pone detrás de Jesús y extiende sobre la cabeza de Él el espeso óleo; unta todos los bucles de los cabellos de Jesús, los extiende y luego los ordena con un peine que se quita de sus propios cabellos, y repeina la cabeza adorada.

La cabeza rubio-rosada de Jesús resplandece como oro viejo brillantísimo después de esta unción. La luz de la lámpara que los criados han encendido se refleja en la cabeza rubia de Cristo como en un casco de un bronce cobreño hermosísimo. El perfume es embriagador. Penetra en las fosas nasales, sube a la cabeza; tan penetrante es, esparcido de esa manera, sin medida, que casi irrita como polvo estornutatorio.

Lázaro, que tiene la cabeza vuelta hacia atrás, sonríe al ver con qué esmero María unge y peina los bucles de Jesús, para que su cabeza, después de la olorosa fricción, se vea ordenada, mientras que no se preocupa de que sus propios cabellos, no sujetos ya por el ancho peine que ayudaba a las horquillas en su función, estén descendiendo cada vez más por el cuello y ya estén próximos a soltarse del todo y caer sobre los hombros. También Marta mira y sonríe.

Los demás hablan entre sí, en voz baja y con distintas expresiones de sus caras. Pero María no está satisfecha todavía. Hay todavía mucho ungüento en el esenciero roto, y los cabellos de Jesús, a pesar de ser tupidos, están ya saturados.

Entonces María se arrodilla a los pies del triclinio, suelta las hebillas de las sandalias de Jesús y le descalza los pies; luego, hundiendo los largos dedos de su mano en el recipiente, saca toda la cantidad que puede de ungüento, y lo extiende, lo distribuye sobre los pies desnudos, dedo por dedo; luego en la planta y el calcañar; y, más arriba, en el tobillo, que ha descubierto retirando la túnica de lino; por último, sobre el empeine de los pies, y se detiene allí, en los metatarsos, en el lugar por donde entrarán los clavos tremendos, e insiste hasta que ya no encuentra bálsamo en el hueco del recipiente.

Judas alza su voz. Hasta este momento había guardado silencio, observando con mirada impura de lujuria y de envidia a la hermosísima mujer y al Maestro, cuya cabeza y cuyos pies estaban siendo ungidos por ella. Es la única voz de abierto reproche; los otros, no todos, pero sí algunos, habían susurrado algo o habían expresado algún gesto de sorprendida, aunque tímida, desaprobación. Pero Judas, que incluso se había puesto en pie para ver mejor la unción derramada sobre los pies de Cristo, dice con desaire:

¡Qué inútil y pagano derroche! ¿Qué necesidad había de hacerlo? ¡Y luego no queremos que los Jefes del Sanedrín murmuren que hay pecado! Éstos son gestos propios de una cortesana lasciva y desdicen, mujer, de la nueva vida que llevas. ¡Demasiado recuerdan tu pasado!

El insulto es de tal naturaleza, que todos se quedan atónitos; es tal, que todos se agitan (unos se sientan en los triclinios, otros se ponen bruscamente en pie, todos miran a Judas como a uno que, al improviso, se hubiera vuelto loco).

Marta se pone roja. Lázaro se pone en pie como movido por un resorte y pega un puñetazo en la mesa, y dice:

¡En mi casa…! – pero luego mira a Jesús y se contiene.

Sí. ¿Me miráis? Todos habéis murmurado en vuestro corazón. Pero ahora, por haberme hecho eco vuestro y haber dicho abiertamente lo que pensabais, sin titubear os oponéis a mí. Repito lo que he dicho. No quiero, ciertamente, decir que María sea la amante del Maestro. Pero sí digo que ciertos actos no sintonizan ni con Él ni con ella. Es una acción imprudente.

Y también injusta. Sí. ¿Por qué este derroche? Si ella quería destruir los recuerdos de su pasado, hubiera podido darme a mí ese esenciero y ese ungüento. ¡Era al menos una libra de nardo puro! Y de gran valor. Yo lo habría vendido por lo menos por trescientos denarios. Un nardo de ese valor ahora se cotiza a ese precio.

Y hubiera podido vender el recipiente, que era hermoso y de valor. Habría dado a los pobres, que nos asedian, esos denarios. Nunca son suficientes. Y mañana en Jerusalén no se contarán los que pidan una limosna.

¡Eso es verdad! – asienten los otros – Hubieras podido usar un poco para el Maestro y lo demás

María de Magdala… como si estuviera sorda. Sigue enjugando los pies de Cristo con sus cabellos sueltos, que también ahora están espesos en la parte de abajo por el ungüento, y están más oscuros que en la parte alta de la cabeza.

Los pies de Jesús están lisos y suaves, de un color de marfil viejo, como si estuvieran cubiertos por una epidermis nueva. María calza las sandalias a Cristo y besa los dos pies antes y después de haberlos calzado, sorda ante cualquier otra cosa que no sea su amor por Jesús.

Y Jesús la defiende, poniéndole una mano sobre la cabeza, que tiene agachada para el último beso, y diciendo:

Dejadla. ¿Por qué la apenáis y la molestáis? No sabéis lo que ha hecho. María ha cumplido conmigo una acción obligada y buena. Pobres siempre tendréis entre vosotros. Yo estoy para marcharme. A ellos los tendréis siempre, pero a mí pronto ya no me tendréis.

A los pobres podréis siempre darles una limosna. A mí, dentro de poco, al Hijo del hombre entre los hombres, no será posible ya dar honor alguno, por voluntad de hombres y porque la hora ha llegado. El amor, a ella, le es luz; ella siente que estoy para morir y ha querido anticiparle a mi cuerpo las unciones para la sepultura.

En verdad os digo que en cualquier parte que se predique la Buena Nueva será recordado este acto suyo de amor profético. En todo el mundo. Durante todos los siglos. ¡Pluguiera a Dios hacer de cada una de las criaturas otra María, que no calcula precios, que no abriga apegos, que no guarda el más mínimo recuerdo del pasado, sino que destruye y pisotea todo lo relativo a la carne y al mundo, y se quebranta y se difunde como ha hecho con el nardo y el alabastro, sobre su Señor y por amor a Él! No llores, María.

En esta hora te repito las palabras que dije a Simón el fariseo y a tu hermana Marta: “Todo te queda perdonado porque has sabido amar totalmente”. “Tú has elegido la parte mejor. Y no te será arrebatada”. Ve en paz, dulce oveja mía hallada. Ve en paz. Los pastos del amor serán tu alimento por toda la eternidad.

Álzate. Besa también estas manos mías que te han absuelto y bendecido… ¡A cuántos han absuelto, bendecido, curado, favorecido estas manos mías! Y, no obstante, os digo que ese pueblo al que he favorecido está preparando la tortura para estas manos

Marta, emocionada, se acerca a María y le recoge los cabellos sueltos, los trenza luego acariciándola y extendiéndole el llanto sobre las mejillas intentando secarlo…

Ninguno tiene ya ganas de seguir comiendo… Las palabras de Cristo ponen pensativos a los presentes.

El primero en levantarse es Judas de Alfeo. Pide permiso para retirarse. Santiago, su hermano, hace lo mismo, y lo mismo hacen Andrés y Juan.

Judas, pasando por delante de la mesa, se dispone a salir… Jesús lo sigue con la mirada y, en el momento justo en que lo ve que está saliendo, le pregunta:

¿A dónde vas?

Afuera… – responde evasivamente Judas.

¿Fuera de esta sala o fuera de esta casa?

Afuera… Sin más… Para andar un poco.

No vayas, Judas. Quédate aquí conmigo, con nosotros

Se han marchado tus hermanos y Juan con Andrés. ¿Por qué yo no?

Tú no vas al descanso como ellos

Judas no responde, sino que, testarudamente, sale. Las palabras han callado en la sala. Los huéspedes y los cuatro apóstoles que quedan -Pedro, Simón, Mateo y Bartolomé- se miran.

Jesús mira afuera. Se ha levantado y ha ido a una ventana para seguir los movimientos de Judas. Cuando lo ve salir de la casa con el manto ya puesto, y encaminarse hacia la cancilla que desde aquí no se ve, lo llama con fuerte voz:

¡Judas! Espérame. Tengo que decirte una cosa – y aparta delicadamente a Lázaro, quien, intuyendo el dolor de su Maestro, había rodeado su cintura con un brazo; y sale de la estancia y alcanza a Judas, que había seguido andando, aunque más lento.

Lo alcanza a un tercio largo de la distancia que hay entre la casa y la cerca del jardín, y, agarrando todavía con su mano el antebrazo de Judas, le pregunta de nuevo:

¿A dónde vas, Judas? ¡Te lo ruego, quédate aquí!

¿Por qué me lo preguntas, Tú que sabes todo? ¿Qué necesidad tienes de preguntar, Tú que lees el corazón de los hombres? Sabes que voy donde mis amigos. No me concedes ir. Ellos solicitan mi presencia. Yo voy.

¡Tus amigos! ¡Tu perdición has de decir! Vas a la perdición. Vas donde tus verdaderos asesinos. ¡No vayas, Judas! ¡No vayas! A cometer un delito vas… Tú

¡Ah! ¡¿Tienes miedo?! ¡¿Por fin tienes miedo?! ¡Por fin te sientes hombre, nada más que un hombre! Porque sólo el hombre tiene miedo de la muerte. Dios sabe que no puede morir. Si te sintieras Dios, sabrías que no podrías morir y no tendrías miedo. Porque Tú, ahora, ahora que sientes próxima tu muerte, tienes ese miedo que es común a todos los hombres, y tratas, con todos los medios, de alejarlo, y ves en todas partes y en todas las cosas un peligro. ¿Dónde está tu maravillosa audacia?

¿Dónde, esas firmes declaraciones de estar contento, sediento, de llevar a cabo el Sacrificio? ¡De eso no tienes en tu corazón ni un vestigio! Pensabas que esta hora no iba a llegar nunca, y entonces te mostrabas fuerte, generoso, y decías frases solemnes.

¡Venga ya! ¡No te quedas corto respecto a los que tachas de hipócritas! Nos has halagado y traicionado. ¡Y nosotros que habíamos dejado todo por ti! ¡Nosotros que somos odiados por causa tuya! Tú eres la causa de nuestra perdición

Bueno, basta. ¡Ve! ¡Ve! No han pasado muchas horas desde que me has dicho: “Ayúdame a quedarme. ¡Defiéndeme!”Lo he hecho. ¿De qué ha servido? Dime una última cosa. Reflexiona antes de decirla. ¿Es ésta tu pura voluntad? ¿La de ir donde tus amigos, la de preferirlos a mí?

Sí. Es ésta. No necesito reflexionar, porque ya hace tiempo que no tengo otra voluntad.

Pues ve entonces. Dios no fuerza la voluntad del hombre – y Jesús le vuelve la espalda y regresa lentamente hacia la casa.

Por su parte, Judas llega de noche a la casa que Caifás tiene en el campo. Pero hay Luna, una Luna que hace de cómplice al asesino iluminándole el camino. Debe estar bien seguro de encontrar allí, en aquella casa de fuera de las murallas, a quienes busca, porque, en el caso contrario, pienso que habría tratado de entrar en la ciudad e ir al Templo. Sin embargo, sube seguro entre los olivos del pequeño collado.

Ya está Judas delante de la puerta de la casa, que albea con la luz de la Luna. Llama. Tres golpes, un golpe, tres golpes, dos golpes… ¡Sabe a las mil maravillas hasta la señal convencional! Y debe ser verdaderamente una señal segura, porque la puerta se entreabre sin que previamente el portero mire por el ventanillo practicado en la puerta.

Judas se introduce rápidamente, y, al criado portero que lo saluda con deferencia, le pregunta: –¿La asamblea está reunida?

Sí, Judas de Keriot. Podría decir que está completa.

Llévame a ellos. Tengo que hablar de cosas importantes. ¡Rápido!

El hombre cierra con todos los cerrojos la puerta y precede a Judas por el pasillo semioscuro. Se para ante una pesada puerta y llama. El rumor de las voces cesa en la sala cerrada y es sustituido por el ruido de la cerradura y el chirriar de la puerta, que al abrirse proyecta un cono de luz viva en el pasillo oscuro.

¿Tú? ¡Entra! – dice el que ha abierto la puerta (no sé quién es). Y Judas entra en la sala mientras el que le ha abierto cierra con llave de nuevo.

Hay una reacción de estupor, o, por lo menos, de turbación, al ver entrar a Judas. Pero lo saludan en coro: –La paz a ti, Judas de Simón.

La paz a vosotros, miembros del Sanedrín santo – saluda Judas

Acércate. ¿Qué quieres? – le preguntan.

Deciros algo… Hablaros del Cristo. Ya no es posible continuar así. Yo ya no puedo seguir sirviéndoos de ayuda, si no os decidís a tomar decisiones extremas. Ese hombre ya sospecha.

¿Te has dejado descubrir, necio? – le interrumpen.

No. Necios vosotros, vosotros que por una estúpida prisa habéis dado pasos errados. ¡Bien sabíais que os habría servido! No os habéis fiado de mí.

¡Tienes memoria lábil, Judas de Simón! ¿No recuerdas cómo nos dejaste la última vez? ¿Quién podía pensar que nos eras fiel, a nosotros, proclamando de esa manera que no podías traicionarlo? – dice Elquías, irónico, más que nunca serpentino.

¿Y creéis que es fácil llegar a engañar a un amigo, al único que verdaderamente me ama, al Inocente? ¿Creéis que es fácil llegar al delito?

Judas está ya turbado.
Tratan de calmarlo. Emplean la lisonja. Y lo seducen, o, al menos, tratan de seducirlo, haciéndole observar que eso suyo no es un delito.

Si es verdad lo que Él dice -lejos de nosotros el creerlo-, ¿no eres tú el colaborador de la Redención? Tu nombre estará asociado al suyo para todos los siglos venideros, y la Patria te contará entre sus hombres de pro, y te honrará con los más altos cargos. Tienes preparado un sitial entre nosotros.

Y si luego Jesús de Nazaret no fuera más que un falso Mesías -aunque, en realidad, no se le podría condenar a muerte, porque sus acciones no son las de un bandolero sino las de un demente-, te recordamos las palabras inspiradas de Caifás pontífice -tú sabes que quien lleva el efod y el racional habla por inspiración divina y profetiza el bien y lo que hay que hacer para el bien-, Caifás, ¿recuerdas?, Caifás dijo: “Conviene que un hombre muera por el pueblo y no perezca toda la Nación”. Fueron palabras de profecía.

Judas está sugestionado, seducido… pero todavía una pequeña raíz de buen sentido, si no de bondad, queda en él, y le retiene para no pronunciar las palabras fatales.

Rodeándolo con deferencia, con simulado afecto, le apremian:
¿No nos crees? Mira: somos los jefes de las veinticuatro familias sacerdotales, los Ancianos del pueblo, los escribas, los más encumbrados fariseos de Israel, los sabios rabíes, los magistrados del Templo. Lo más selecto de Israel está aquí, en torno a ti, y estamos dispuestos a aclamarte, y, a una voz, te decimos: “Haz esto, que es santo”.

Nosotros te amamos, Judas, nuevo Macabeo salvador de la Patria.

Macabeo combatió la buena batalla. Yo… cometo una traición.

No observes las particularidades del acto, sino la justicia del fin. Habla tú, Sadoq, escriba de oro. De tu boca fluyen valiosísimas palabras.

Ese mal bicho de Sadoq se acerca, y con él el decrépito Cananías: un zorro esqueletado y moribundo junto a un astuto chacal fuerte y feroz.

¡Escucha, hombre de Dios! – empieza pomposamente Sadoq tomando una pose inspirada y retórica: el brazo derecho, extendido hacia delante; el izquierdo ocupado en sujetar todo ese embarazo de pliegues que constituye su vestidura de escriba. Y luego levanta también el brazo izquierdo, dejando que su monumento de vestiduras se desarregle y desordene. Y así, cara y brazos alzados hacia el techo de la estancia, dice con voz potente:

¡Yo te lo digo! ¡Te lo digo ante la Altísima Presencia de Dios!

¡Maran-Athá! (expresión que significa “Así sea”)- hacen coro todos, inclinándose como si un soplo supremo los plegara, para enderezarse luego con los brazos recogidos sobre el pecho.

Yo te lo digo: ¡Está escrito en las páginas de nuestra historia y de nuestro destino! ¡Está escrito en los signos y en las figuras transmitidos por los siglos! ¡Está escrito en el rito que no conoce interrupción desde aquella noche fatal para los egipcios! ¡Está escrito en la figura de Isaac! Está escrito en la figura de Abel. Y… lo que está escrito cúmplase.

¡Maran-Athá! – dicen los otros haciendo coro, un coro bajo y lúgubre, sugestionador, con los gestos de antes, iluminadas caprichosamente sus caras por la luz de las dos lámparas encendidas en los extremos de la sala, unas lámparas de mica pálidamente violácea que emanan una luz fantasmagórica.

La palabra de Dios ha descendido a los labios de los profetas para signar este decreto. ¡Debe morir! ¡Está escrito!

¡Está escrito! ¡Maran-Athá!

¡Como Redentor o como falso profeta, Él debe morir!

¡Debe morir. ¡Maran-Athá!

¡La hora ha llegado! ¡Yeohveh lo quiere! ¡Yo oigo su voz! Esa voz grita: ¡Cúmplase esto!”.

¡El Altísimo ha hablado! ¡Cúmplase! ¡Cúmplase! ¡Maran-Athá!

Se eleva la ronca voz senil de Cananías: –¡El que titubea ante la orden sagrada queda condenado al deshonor y a la muerte!

Queda condenado. ¡Maran-Athá!

Si no quieres escuchar la voz del Señor Dios tuyo, y no llevas a cabo su mandato y lo que Él por boca nuestra te ordena, ¡véngante todas las maldiciones!

¡Todas las maldiciones! ¡Maran-Athá!

Que el Señor te castigue con todas las maldiciones mosaicas, y te disgregue entre las gentes.

¡Te castigue y te disgregue! ¡Maran-Athá!

Un silencio de muerte sigue a esta escena sugestionadora… Todo queda suspendido en una inmovilidad terrorífica. Y al fin se oye alzarse la voz de Judas, y casi, de tan transformada como está, cuesta reconocerla:

Sí. Yo lo haré. Lo debo hacer. Y lo haré. Ya la última parte de las maldiciones mosaicas es mi parte y debo salir de ellas porque ya demasiada demora he tenido. Estoy volviéndome loco y no tengo tregua ni descanso; mi corazón está amedrentado; mi mirada, perdida; mi alma, consumida por la tristeza.

Temiendo ser descubierto en mi doble juego y fulminado por Él -yo no sé, yo no sé hasta qué punto conoce Él mi pensamiento-, veo mi vida pendiente de un hilo, y mañana, tarde y noche invoco que termine este momento por el terror que amedrenta mi corazón. Por el horror que debo llevar a cabo. ¡Oh, acelerad este momento! ¡Sacadme de estas angustias mías! Cúmplase todo. ¡Enseguida! ¡Ahora! ¡Y yo sea liberado! ¡Vamos!

La voz de Judas, a medida que ha ido hablando, se ha ido afirmando y haciendo fuerte. El gesto, antes automático e inseguro, como de sonámbulo, se ha hecho libre, voluntario. Se yergue en toda su altura, satánicamente bello, y grita:

¡Suéltense los lazos del demencial terror! Libre estoy de la sujeción aterradora. ¡Cristo, ya no te temo y te entrego a tus enemigos! ¡Vamos!

Un grito de demonio victorioso. Y verdaderamente se encamina con arrogancia hacia la puerta. Pero lo paran:

¡Calma! Respóndenos: ¿Dónde está Jesús de Nazaret?

En la casa de Lázaro. En Betania.

No podemos entrar en esa casa que cuenta con siervos fieles. Es la casa de un favorito de Roma. Nos buscaríamos complicaciones seguras.

A1 amanecer vendremos a la ciudad. Poned la guardia en el camino de Betfagé, cread tumulto y prendedlo.

¿Cómo sabes que viene por ese camino? Podría tomar el otro…

No. Ha dicho a sus seguidores que entrará por ese camino en la ciudad, por la puerta de Efraím, y que estuvieran esperándolo en En Rogel. Si lo capturáis antes

No podemos. Deberíamos entrar en la ciudad con Él entre la guardia, y todos los caminos que conducen a las puertas y todas las calles de la ciudad están llenos de gente desde el alba hasta la noche. Se produciría tumulto, y eso no debe suceder.

Subirá al Templo. Llamadlo para interrogarlo en una sala. Llamadlo en nombre del Sumo Sacerdote. Él irá porque tiene más respeto hacia vosotros que hacia su vida. Una vez que esté solo con vosotros… no os faltará la manera de llevarlo a lugar seguro y condenarlo en la hora propicia.

Igualmente se produciría tumulto. Habrías debido darte cuenta de que la multitud está fanática por Él. Y no sólo el pueblo, sino también los grandes y los que son las esperanzas de Israel. Gamaliel pierde sus discípulos. Lo mismo Jonatán ben Uziel. Y otros de entre nosotros. Todos, seducidos por Él, nos dejan. Hasta los gentiles lo veneran, o le temen -lo cual es ya veneración-, y están dispuestos a alzarse contra nosotros si lo maltratamos.

¿Y entonces qué queréis hacer? Yo estaba ya bien decidido para esta noche, pero vosotros titubeáis… – dice Judas.

Mira: deberías llevarnos donde Él a una hora en que esté solo. Tú conoces sus costumbres. Nos has escrito que a ti, de todos, es al que más cerca tiene. Por tanto, sabrás lo que Él quiere hacer. Estaremos siempre preparados. Cuando juzgues propicia la hora y el lugar, vienes y nosotros vamos.

Así quedamos. ¿Cuál será mi retribución?

Ya Judas habla fríamente, como si se tratara de un trato comercial cualquiera.

Lo que dicen los profetas, para ser fieles a la palabra inspirada: treinta monedas…

¿Treinta monedas por matar a un hombre, y además a ese Hombre? ¡¿El precio que tiene un cordero común en estos días de fiesta?! ¡Estáis locos! No es que yo tenga necesidad de dinero. Tengo buenas reservas. Así que no penséis que me convencéis por ansia de dinero. Pero es demasiado poco para pagar mi dolor de traicionar a Aquel que me ha amado siempre.

¡Pero si ya te hemos dicho que recibirás de nosotros gloria y honores! Lo que esperabas de Él y no has recibido. Nosotros medicaremos tu desilusión. ¡Pero el precio está fijado por los profetas! ¡Es una formalidad! Es un símbolo, nada más. El resto vendrá después…

¿Y el dinero cuándo?

En el momento en que nos digas: “Venid”. No antes. Nadie paga antes de tener en sus manos la mercancía. ¿Es que no te parece justo?

Es justo. Pero, al menos, triplicad la suma...

No. Así está dicho por los profetas. Así se debe hacer. ¡Oh, sí que sabremos obedecer a los profetas! No omitiremos ni una iota de lo que han escrito acerca de Él. ¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Nosotros somos fieles a la palabra inspirada! Je! ¡Je! ¡Je! – se ríe ese nauseabundo esqueleto que es Cananías.

Y muchos le hacen coro con risas lúgubres, bajas, insinceras, verdaderos caquinos de demonios que no saben sino reírse burlonamente. Porque la sonrisa es propia del corazón sereno y amante; la risa burlona, de los corazones turbados y saturados de malignidad.

Todo está dicho. Puedes marcharte. Esperaremos a1 alba para regresar a la ciudad por distintos caminos. Adiós. La paz sea contigo, oveja perdida que vuelves al rebaño de Abraham. ¡La paz a ti! ¡La paz a ti! ¡Y el reconocimiento de todo Israel!

¡Cuenta con nosotros! Tus deseos son leyes para nosotros. ¡Que Dios te acompañe, como acompañó a todos sus siervos más fieles! ¡Que desciendan sobre ti todas las bendiciones!

Le acompañan, con abrazos y manifestaciones de amor, hasta la puerta… lo miran mientras se aleja por el pasillo semioscuro… oyen el ruido de hierros de los cerrojos del portón que se abre y después se cierra.

Por su parte, los apóstoles -con Judas Iscariote ya de regreso- se dedican intensamente a preparar el Cenáculo donde esta por celebrarse la ultima cena pascual.

Judas, encaramado encima de la mesa, observa si hay aceite en todas las ampollas de la lámpara, que es grande y parece una corola de fucsia doble. Luego baja de un salto y ayuda a Andrés a colocar la vajilla en la mesa con arte. Sobre ésta se ha extendido un finísimo mantel.

Oigo que Andrés dice:
¡Qué espléndido lino!

Y Judas Iscariote:
Uno de los mejores manteles de Lázaro. Marta se ha empeñado en traerlo.

¿Y estas copas? ¿Y estas jarras, entonces? – observa Tomás, que ha puesto el vino en las preciosas jarras y las mira una y otra vez con ojos de experto.

¿Quién sabe lo que costarán, eh? – pregunta Judas Iscariote.

Está trabajado con martillo. A mi padre le encantarían. La plata y el oro en hojas se pliegan con facilidad cuanto están calientes. Pero tratado así… Para estropearlo basta un momento; es suficiente a un golpe mal dado. Se necesitan fuerza y ligereza al mismo tiempo.

¿Ves las asas? Sacadas del bloque, no soldadas. Cosas de ricos… Fíjate que toda la limadura y lo desbastado se pierden. No sé si entiendes lo que te digo.

¡Claro que entiendo! En pocas palabras, es como uno que hace una escultura.

Exactamente.

Todos observan con admiración. Luego vuelven a su trabajo: quién coloca los asientos, quién prepara los aparadores. Entran juntos Pedro y Simón.

¡Oh, por fin habéis venido! ¿A dónde habéis ido otra vez? Habéis llegado con el Maestro y con nosotros y os habéis escapado de nuevo – dice Judas Iscariote.

Una gestión que había que hacer antes de la hora» responde escuetamente Simón.

¿Sientes melancolías?

Creo que con lo que hemos oído durante estos días, y en esos labios que nunca hemos encontrado falaces, hay buenas razones para sentirlas.

Y con ese tufo de… Bien, cállate, Pedro – masculla Pedro entre dientes.

¿Tú también?… Me pareces un desquiciado desde hace algunosdías. Tienes cara de conejo agreste cuando siente tras sí al chacal – responde Judas Iscariote.

Y tú tienes morros de garduña. Tú tampoco estás muy guapo desde hace unos días. Miras de una manera… Hasta se te han torcido los ojos… ¿A quién esperas, o qué esperas ver? Pareces seguro. Quieres parecerlo. Pero se te ve como a uno temeroso de algo – replica Pedro.

¡En cuanto a miedo!… ¡Tampoco tú eres ningún héroe!

¡Ninguno lo somos, Judas. Tú llevas el nombre del Macabeo, pero no lo eres. El mío significa: “Dios otorga gracias”, pero te juro que tiemblo por dentro como quien se supiera portador de desgracia y, sobre todo, tengo miedo de caer en desgracia ante Dios. Simón de Jonás, a pesar de su nuevo nombre de “piedra”, ahora se manifiesta blando como cera en el fuego.

Ya no es estable en su voluntad. ¡Y yo nunca lo vi con miedo en medio de desatadas tempestades! Mateo, Bartolmái y Felipe parecen sonámbulos. Mi hermano y Andrés no hacen más que suspirar. Los dos primos, en quienes se une el dolor de la sangre con el del amor al Maestro, pues ya los ves: parecen hombres ya viejos. Tomás ha perdido su jovialidad. Y Simón está tan ajado por el dolor -yo diría: tan corroído, lívido y abatido-, que parece otra vez el leproso consumido de hace tres años – le responde Juan.

Sí. Nos ha sugestionado a todos con su melancolía – observa Judas Iscariote.

Mi primo Jesús, el Maestro y Señor mío y vuestro, está y no está melancólico. Si con esta palabra quieres decir que está triste por el exceso de dolor que todo Israel le está dando – y nosotros vemos este dolor- y por el otro, oculto dolor que sólo Él ve, te digo: “Tienes razón”; pero si usas ese término para decir que está desquiciado, eso te lo prohíbo – dice Santiago de Alfeo.

¿Y no es demencia una idea fija de melancolía? Yo he estudiado también lo profano, y tengo conocimientos. Jesús ha dado demasiado de sí, y ahora tiene la mente cansada.

Lo cual significa “demente”, ¿no es verdad? – pregunta el otro primo, Judas, que está aparentemente calmo.

¡Justamente eso! ¡Había visto con claridad tu padre, justo de santa memoria, a quien tú tanto te pareces en justicia y sabiduría! Jesús -triste destino de una ilustre casa demasiado vieja y que padece senilidad psíquica- ha tenido siempre una tendencia a esta enfermedad. Suave al principio, luego cada vez más agresiva. Tú mismo has visto cómo ha atacado a fariseos y escribas, saduceos y herodianos. Él se ha hecho imposible la vida, como un camino sembrado de esquirlas de cuarzo. Y se las ha sembrado Él solo.

Nosotros… lo hemos amado tanto, que el amor nos ha puesto un velo delante de nuestros ojos. Pero los que lo amaron sin idolatrarlo: tu padre, tu hermano José, y primero Simón, vieron las cosas con equilibrio… Hubiéramos debido abrir los ojos ante sus palabras. Sin embargo, su dulce hechizo de enfermo nos sedujo. Y ahora… ¡En fin!

-Judas Tadeo, que -de la misma altura de Judas Iscariote- está justo frente a él y parece oírlo con calma, reacciona violentamente. Con un fuerte revés arroja a Judas, supino, a uno de los asientos, y con una cólera contenida en la voz, inclinándose sobre la cara del cobarde que no reacciona -quizás temiendo que Judas Tadeo esté al corriente de su crimen- le dice con voz penetrante:

¡Esto por la demencia, reptil! Y si no te estrangulo es porque Jesús está allí y es noche de Pascua. ¡Pero piensa, piénsalo bien! Si le ocurre algo malo y ya no está Él para detener mi fuerza, nadie te salva. Es como si ya tuvieras el nudo corredizo en el cuello; y serán estas manos mías honradas y fuertes de artesano galileo y de descendiente del hondero de Goliat, las que te lo hagan.¡Levántate, enervado libertino! Y atento a lo que haces, ¡eh!

Judas se alza, lívido, sin la más mínima reacción. Y lo que me maravilla es que ninguno reacciona ante este gesto nuevo de Judas Tadeo. A1 contrario… está claro que todos lo aprueban.

Vuelve el ambiente a la normalidad y un instante después Jesús entra. Se asoma en el umbral de la pequeña puerta por la que su alto físico apenas pasa. Pone pie en el tan reducido descansillo, y, con su mansa, triste sonrisa, abriendo los brazos, dice:

La paz sea con vosotros.

Es una voz cansada, como la de uno que estuviera languideciendo en lo físico o en lo moral. Baja. Acaricia la cabeza rubia de Juan, que ha ido a su encuentro. Sonríe, como si no supiera nada, a su primo Judas, y dice al otro primo:

Tu madre te ruega que seas dulce con José. Ha preguntado por mí y por ti hace poco a las mujeres. Siento no haberle saludado.

Lo vas a hacer mañana.

¿Mañana?… Bueno… tendré tiempo de verlo

¡Oh, Pedro, por fin estaremos un poco juntos! Desde ayer me pareces un fuego fatuo: te veo y luego no te veo. Hoy casi puedo decir que te he perdido. Tú también, Simón.

Nuestro pelo más blanco que negro te puede dar la seguridad de que no nos hemos ausentado por apetito carnal – dice serio Simón.

Aunque… a todas las edades se pueda tener esa hambre… ¡Los viejos! Son peores que los jóvenes… – dice ofensivo Judas Iscariote.

Simón lo mira. Ya iba a replicar. Pero también lo mira Jesús y dice: –¿Te duele una muela? Tienes el carrillo derecho hinchado y rojo.

Sí. Me duele. Pero no tiene mayor importancia. Los otros no dicen nada y la cosa muere así.

¿Habéis hecho todo lo que había que hacer? ¿Tú, Mateo? ¿Y tú, Andrés? ¿Y Tú, Judas, has pensado en la ofrenda al Templo?

Tanto los dos primeros como Judas Iscariote dicen: –Todo hecho, todo lo que dijiste que había que hacer para hoy. No te preocupes.

Yo he visto a Nicodemo y a José – dice Tomás.

¿Los has visto? ¿Has hablado con ellos? – pregunta Judas Iscariote con exagerado interés.

Sí, ¿qué hay de raro en ello? José es un buen cliente de mi padre.

No lo habías dicho antes… ¡Por eso me he asombrado!

Judas trata de remediar la impresión que ha dado, una impresión de ansiedad, por el encuentro de José y Nicodemo con Tomás.

Me resulta extraño que no hayan venido a presentarte su obsequioso saludo. Ni ellos ni Cusa ni Manahén… Ninguno de los...

Pero Judas Iscariote se ríe con una falsa carcajada interrumpiendo a Bartolomé, y dice:
El cocodrilo vuelve a su madriguera en el momento apropiado.

¿Qué quieres decir? ¿Qué insinúas? – pregunta Simón con una agresividad como nunca ha tenido.

¡Calma, calma! ¿Qué os sucede? ¡Es la noche de Pascua! Nunca hemos tenido aparejo tan digno para consumir el cordero. Celebremos, pues, la cena con espíritu de paz. Veo que os he turbado mucho con mis instrucciones de estas últimas noches. Pero, ¿veis? ¡He terminado! Ahora ya no os voy a causar más turbación. No está todo dicho en cuanto a mí se refiere.

Sólo lo esencial. El resto… lo comprenderéis después. Se os dirá… ¡Sí, vendrá el que os lo dirá! Juan, ve con Judas y algún otro por las copas para la purificación. Y luego nos sentamos a la mesa.

La dulzura de Jesús verdaderamente parte el corazón.
Juan con Andrés, Judas Tadeo con Santiago, traen una copa grande, echan agua en ella y ofrecen a Jesús la toalla, y también a los compañeros, los cuales hacen luego lo mismo con ellos. Y ponen la copa (en realidad es una palangana de metal) en un rincón.

Y ahora cada uno a su sitio. Yo aquí, y aquí, a la derecha, Juan; al otro lado, mi fiel Santiago: los dos primeros discípulos. Después de Juan mi Piedra fuerte. Y después de Santiago el que es como el aire, que no se advierte pero siempre está y consuela: Andrés. A su lado mi primo Santiago. ¿No te duele, dulce hermano, el que asigne el primer puesto a los primeros? Eres el sobrino del Justo, cuyo espíritu, más que nunca en esta hora, late en suspendido vuelo sobre mí.

¡Ten paz, padre de mi debilidad de niño, encina a cuya sombra hallaron alivio la Madre y el Hijo! ¡Ten paz!… Después de Pedro, Simón… Simón, ven un momento aquí. Quiero mirar fijamente tu rostro leal. Después te veré ya sólo mal, porque otros me cubrirán tu honesto rostro. Gracias, Simón. Por todo – y lo besa.

Simón, dejado ya, va a su sitio y, un instante, se lleva las manos a la cara con un gesto de aflicción.

En frente de Simón mi Bartolmái. Dos honradeces y sabidurías que se reflejan recíprocamente. Están bien juntos. Y, al lado, tú, Judas, primo mío. Así te veo… y me parece estar en Nazaret… cuando alguna fiesta nos reunía a todos en torno a una mesa… También en Caná… ¿Recuerdas? Estábamos el uno al lado del otro. Una fiesta… una fiesta de boda… el primer milagro… el agua transformada en vino… También hoy una fiesta… y también hoy habrá un milagro… el vino cambiará de naturaleza… y será

– Jesús se sume en su pensamiento. Con la cabeza baja, está como aislado en su mundo secreto. Los demás lo miran sin decir nada.

Alza de nuevo la cabeza y mira fijamente a Judas Iscariote, y le dice: –Tú estarás frente a mí.

¿Tanto me quieres? ¿Más que a Simón, que siempre quieres tenerme enfrente?

Mucho. Tú lo has dicho.

¿Por qué, Maestro?

Porque eres el que más ha hecho de todos para esta hora.

Judas mira al Maestro y a sus compañeros con una mirada muy cambiante: al primero con una cierta, irónica compasión; a los otros, con aire de triunfo.

Y a tu lado, en una parte, Mateo; en la otra, Tomás.

Entonces Mateo a mi izquierda y Tomás a mi derecha.

Como quieras, como quieras – dice Mateo – Me basta con tener bien de frente a mi Salvador.

Por último, Felipe. ¿Veis? El que no está a mi lado en el lado de honor, tiene el honor de estar frente a mí.

Jesús, en pie en su sitio, vierte en la amplia copa que está colocada delante de Él -todos tienen altas copas, pero El tiene una mucho más grande, además de la que tienen todos; debe ser la copa ritual-, vierte el vino. Alza la copa, la ofrece, la pone en la mesa.

Luego todos juntos preguntan con tono de salmo: –¿Por qué esta ceremonia? Pregunta formal, de rito, está claro. A la cual Jesús, como cabeza de familia, responde:

Este día recuerda nuestra liberación de Egipto. Bendito sea Yeohveh, que ha creado el fruto de la vid.

Bebe un sorbo de este vino ofrecido y pasa el cáliz a los demás. Luego ofrece el pan, lo parte, lo distribuye; luego las hierbas empapadas en la salsa rojiza que hay en cuatro salseras.

Terminada esta parte de la comida cantan salmos, todos en coro. Se lleva a la mesa, desde el aparador, la amplia bandeja del cordero asado, y la ponen delante de Jesús.

Pedro, que desempeña el papel de… primera parte, de coro, si le gusta más, pregunta: –¿Por qué este cordero, así?

Como recuerdo de cuando Israel fue salvado por el cordero inmolado. No murió ningún primogénito donde la sangre brillaba en las jambas y el dintel. Y, después, mientras todo Egipto lloraba a los primogénitos varones muertos, desde el palacio del faraón hasta los tugurios, los hebreos, capitaneados por Moisés, se movieron hacia la tierra de la liberación y la promesa. Ceñidas ya sus cinturas, calzados los pies, cayado en mano, fue diligente el pueblo de Abraham para ponerse en marcha cantando los himnos del júbilo.

Todos se ponen en pie y entonan:
Cuando Israel salió de Egipto y la casa de Jacob de un pueblo bárbaro, Judea vino a ser su santuario» etc., etc. (en la Neovulgata Salmo 114).

Ahora Jesús corta el cordero, llena un nuevo cáliz, bebe de él y lo pasa. Luego entonan otro canto:

Niños, alabad al Señor; bendito sea el Nombre del Eterno, ahora y por los siglos de los siglos. De Oriente a Occidente debe ser alabado» etc. (Salmo 113).
Jesús da los trozos de cordero cuidando de que todos queden bien servidos, justamente como haría un padre de familia rodeado de los amados hijos de su corazón. Solemne, un poco triste, mientras dice:

He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua. Ha sido para mí el deseo de los deseos, desde que fui -ab aeterno- “el Salvador”. Sabía que esta hora precedería a esa otra. Mas la alegría de darme infundía, anticipadamente, este consuelo a mi padecer… He deseado ardientemente comer con vosotros esta Pascua, porque ya nunca comeré del fruto de la vid hasta la llegada del Reino de Dios. Entonces me sentaré nuevamente con los elegidos en el Banquete del Cordero, para el desposorio de los Vivientes con el Viviente. Pero vendrán a él solamente los que hayan sido humildes y limpios de corazón como Yo soy.

Maestro, hace un momento has dicho que el que no tiene el honor del sitio lo tiene por estar enfrente de ti. ¿Cómo podemos saber, entonces, quién es el primero de entre nosotros? – pregunta Bartolomé.

Todos y ninguno. Una vez… volvíamos cansados… nauseados por el odio farisaico. Pero no estabais cansados de discutir entre vosotros acerca de quién era el mayor… Un niño vino a mí rápido… un pequeño amigo mío… Y su inocencia endulzó la desazón que Yo tenía por muchas cosas (no la última, vuestra humanidad obstinada).

¿Dónde estás ahora, pequeño Benjamín que tuviste aquella sabia respuesta que te vino del Cielo porque -ángel como eras- el Espíritu te hablaba? En aquel momento os dije: “Si uno quiere ser el primero, sea el último y el servidor de todos”. Y os puse como ejemplo al sabio niño. Ahora os digo:

“Los reyes de las naciones las dominan. Y los pueblos oprimidos, aun odiándolos, los aclaman, y los reyes son llamados “Benefactores”, “Padres de la Patria”. Mas el odio se anida bajo el falso obsequio”. Pero entre vosotros no debe ser así. Que el mayor sea como el menor; el que es cabeza, como uno que sirve. Efectivamente: ¿quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? El que está a la mesa.

Yo, sin embargo, os sirvo; y, dentro de poco, os serviré más. Vosotros sois los que habéis estado conmigo en las pruebas. Y Yo dispongo para vosotros un puesto en mi Reino de la misma forma que en Él Yo seré Rey según la voluntad del Padre-, para que comáis y bebáis en mi mesa eterna y estéis sentados en tronos juzgando a las doce tribus de Israel. Habéis permanecido a mi lado en mis pruebas… Esto y no otra cosa es lo que os hace grandes ante los ojos del Padre.

¿Y los que vendrán después? ¿No tendrán un lugar en el Reino? ¿Sólo nosotros?

¡Oh, cuántos príncipes habrá en mi Casa! Todos los que hayan sido fieles a Cristo en las pruebas de la vida serán príncipes en mi Reino. Porque los que hayan perseverado hasta el final en el martirio de la existencia serán como vosotros, que conmigo habéis perseverado en mis pruebas.

Yo me identifico en mis creyentes. A los predilectos les doy, como enseña, ese Dolor que abrazo por vosotros y por todos los hombres. El que me sea fiel en el Dolor será un bienaventurado mío; como vosotros, mis amados.

Nosotros hemos perseverado hasta el final.

¿Tú crees, Pedro? Pues te digo que la hora de la prueba debe llegar todavía. Simón, Simón de Jonás, mira que Satanás ha pedido cribaros como al trigo. He orado por ti, para que tu fe no vacile. Tú, una vez enmendado, confirma a tus hermanos.

Sé que soy un pecador. Pero te seré fiel hasta la muerte. Este pecado no lo tengo. Nunca lo tendré.

No seas soberbio, Pedro mío. Esta hora cambiará muchas cosas que antes eran de un modo y ahora serán distintas.

¡Cuántas!… Y esas cosas traen y comportan necesidades nuevas. Vosotros lo sabéis. Siempre os he dicho, incluso cuando íbamos por lugares lejanos recorridos por bandoleros: “No temáis. No nos sucederá nada malo, porque los ángeles del Señor están con nosotros. No os preocupéis de nada”. ¿Os acordáis de cuando os decía: “No estéis preocupados por lo que comeréis o por el vestido. El Padre sabe qué necesitamos”?

También os decía: “El hombre es mucho más que un pájaro y que una flor que hoy es hierba y mañana heno. Y veis que el Padre cuida también de la flor y del pajarillo. ¿Podréis, entonces, dudar de que cuide de vosotros?”. Y os decía: “Dad a quien os pida, a quien os hiera presentadle la otra mejilla”. Os decía: “No llevéis ni bolsa ni cayado”. Porque he enseñado amor y confianza. Pero ahora… ahora ya no es ese tiempo. Ahora os digo: “¿Os ha faltado alguna vez algo hasta ahora? ¿Alguna vez os han hecho algún daño?”.

Nada, Maestro. Y sólo a ti te lo han hecho.

Así veis que mi palabra era veraz. Pero ahora los ángeles son, todos, convocados por su Señor. Es hora de demonios… Con las alas de oro, los ángeles del Señor se tapan los ojos, se vendan, y les duele el color de sus alas, porque no es color de amargura y ésta es hora de luto, y de un luto cruel, sacrílego… Esta noche no hay ángeles en la Tierra.

Están junto al trono de Dios para cubrir con su canto las blasfemias del mundo deicida y el llanto del Inocente. Y nosotros estamos solos… Yo y vosotros: solos. Los demonios son los dueños de esta hora. Por eso nuestro aspecto ahora y nuestra actitud serán como los de los pobres hombres que recelan y no aman.

Ahora el que tenga una bolsa tome consigo también una alforja, el que no tenga espada venda su manto y cómprese una. Porque también se dice de mí en la Escritura, (Isaías 53, 12) y debe cumplirse: “Fue contado entre los malhechores”. En verdad, todo lo que a mí se refiere toca a su fin.

Simón, que se ha alzado y ha ido al arquibanco donde había dejado su rico manto -y es que esta noche todos visten sus mejores indumentos, y, por tanto, llevan puñales, damasquinados pero muy cortos (más cuchillos que puñales), colgados de los ricos cinturones-, coge dos espadas, dos verdaderas espadas, largas, levemente curvadas, y se las lleva a Jesús:

Yo y Pedro nos hemos armado esta noche. Tenemos éstas. Pero los demás tienen sólo el puñal corto.

Jesús toma las espadas, las observa, desenvaina una y prueba su tajo contra una uña. Es una extraña visión, y produce una impresión todavía más extraña el ver ese fiero instrumento en las manos de Jesús.

¿Quién os las ha dado? – pregunta Judas Iscariote mientras Jesús observa y calla. Judas parece muy inquieto…

¿Quién? Te recuerdo que mi padre era noble y muy poderoso.

Pero Pedro

¿Pero qué? ¿Desde cuándo tengo que dar cuentas de los regalos que quiero hacer a mis amigos?

Jesús alza la cabeza. Antes ha metido el arma en su vaina y ahora devuelve las dos espadas al Zelote.

Está bien. Son suficientes. Has hecho bien en cogerlas. Pero ahora, antes de beber el tercer cáliz, esperad un momento.

Os he dicho que el mayor es como el menor y que Yo estoy como quien sirve en esta mesa y que más os serviré. Hasta ahora os he dado alimentos. Es un servicio en orden al cuerpo. Ahora quiero daros un alimento para el espíritu. No es un plato del rito antiguo; es del nuevo rito. Yo quise bautizarme antes de ser el “Maestro”. Para esparcir la Palabra bastaba ese bautismo.

Ahora será derramada la Sangre. Vosotros necesitáis otro lavacro, aunque os hayáis purificado (con Juan el Bautista en su momento y hoy también, en el Templo). No es suficiente. Venid para que os purifique. Suspended la comida. Hay algo más importante que la comida que se da al vientre para que se llene, aunque sea alimento santo, como este del rito pascual; y ello es un espíritu puro, en disposición de recibir el don del cielo que ya desciende para hacerse un trono en vosotros y daros la Vida. Dar la Vida a quienes están limpios.

Jesús se levanta -debe también alzarse Juan, para dejar a Jesús salir mejor de su sitio-, va a un arquibanco y se quita la túnica roja; la pone doblada encima del manto, ya doblado, se ciñe a la cintura una toalla grande, luego va a otra palangana, que todavía está vacía y limpia. Echa en ella agua, lleva la palangana al centro de la habitación, junto a la mesa, y la pone encima de un taburete. Los apóstoles lo miran estupefactos.

¿No me preguntáis que qué hago?

No lo sabemos. Te digo que ya estamos purificados – responde Pedro.

Y Yo te repito que eso no importa. Mi purificación le sirve al que ya está purificado para estarlo más.

Se arrodilla. Desata las sandalias a Judas Iscariote y le lava los pies; uno primero, otro después. Es fácil hacerlo, porque los triclinios están hechos de tal manera que los pies quedan hacia la parte externa. Judas está estupefacto.

No dice nada. Pero, cuando Jesús, antes de calzar el pie izquierdo y levantarse, pone el gesto de besarle el pie derecho ya calzado, Judas retrae bruscamente el pie y da un golpe con la suela en la boca divina.

Jesús sonríe, y, al apóstol, que le dice: «¿Te he hecho daño? Ha sido sin querer… Perdona», le responde: –No, amigo. Lo has hecho sin malicia y no hace daño.

-Judas lo mira… Es una mirada inquieta, huidiza…

Jesús pasa a Tomás, luego a Felipe… Rodea el lado estrecho de la mesa y va donde su primo Santiago. Lo lava, y lo besa en la frente al levantarse. Pasa a Andrés, que está rojo de vergüenza y hace esfuerzos por no llorar; lo lava, lo acaricia como a un niño. Luego está Santiago de Zebedeo, que no hace sino susurrar: « ¡Oh, Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Anonadado y sublime Maestro mío!». Juan se ha desatado ya las sandalias y, mientras Jesús está agachado secándole los pies, él se inclina y lo besa en el pelo.

¡Pero, a Pedro!… ¡No es fácil convencerlo para este rito!

¿Tú lavarme a mí los pies? ¡Ni por asomo! Mientras viva, no te lo permitiré. Yo soy un gusano, Tú eres Dios. Cada uno en su lugar.

Lo que Yo hago tú no puedes comprenderlo por ahora. Más adelante lo comprenderás. Déjame.

Todo lo que Tú quieras, Maestro. ¿Quieres cortarme el cuello? Hazlo. Pero no me lavarás los pies.

¡Oh, mi Simón! ¿No sabes que si no te lavo no tendrás parte en mi Reino? ¡Simón, Simón! Necesitas esta agua para tu alma y para el mucho camino que debes recorrer. ¿No quieres venir conmigo? Si no te lavo, no vienes a mi Reino.

¡Oh, Señor mío bendito! ¡Pues entonces lávame todo! ¡Los pies, las manos y la cabeza!

El que, como vosotros, se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque ya está enteramente purificado. Los pies… El hombre con los pies camina sobre cosas sucias. Y ello sería poco, pues ya os dije que lo que ensucia no es lo que entra y sale con el alimento, ni contamina al hombre lo que se pega a los pies por el camino. No. Lo que le contamina es lo que incuba y madura en su corazón y de allí sale y contamina sus acciones y sus miembros.

Y los pies del hombre de corazón no limpio se dirigen hacia la crápula, la lujuria, los tratos ilícitos, los delitos… Por tanto, son, de entre los miembros del cuerpo, los que tienen mucha parte que purificar… como también los ojos, y la boca… ¡Oh, hombre!, ¡hombre!, ¡perfecta criatura un día, el primero, y luego tan corrompido por el Seductor! ¡Y no había en ti malicia, oh hombre, ni pecado!… ¿Y ahora? ¡Eres todo malicia y pecado y no hay parte en ti que no peque!

Jesús ha lavado los pies a Pedro. Los besa. Y Pedro llora y toma con sus gruesas manos las dos manos de Jesús, se las pasa por los ojos y las besa luego.

También Simón se ha quitado las sandalias y, sin decir nada, se deja lavar. Pero luego, cuando Jesús está ya para pasar a Bartolomé, Simón se arrodilla, le besa los pies y dice:

¡Límpiame de la lepra del pecado como me limpiaste de la lepra del cuerpo, para no quedar confundido en la hora del juicio, Salvador mío!

No temas, Simón. Vendrás a la Ciudad celeste, blanco como nieve alpina.

¿Y yo, Señor? ¿A tu viejo Bartolmái qué le dices? Me viste a la sombra de la higuera y leíste mi corazón. ¿Ahora qué ves?, ¿dónde me ves? Tranquiliza a este pobre anciano que teme no tener ni fuerza ni tiempo para llegar a como quieres que seamos.

Se le ve muy emocionado a Bartolomé.
Tampoco temas tú. En aquel momento dije: “He aquí a un verdadero israelita en quien no hay engaño”. Ahora digo: “He aquí a un verdadero cristiano digno del Cristo”. ¿Que dónde te veo? Sentado en un trono eterno, vestido de púrpura. Yo estaré siempre contigo.

Le toca el turno a Judas Tadeo, el cual, cuando ve a sus pies a Jesús, no sabe contenerse y reclina la cabeza sobre el brazo que tiene apoyado en las mesa y llora.

No llores, dulce hermano. Te sientes como uno que debiera soportar que le arrancasen un nervio, y te parece que no puedes soportarlo. Pero será un dolor breve. Luego… ¡serás feliz, porque me quieres! Te llamas Judas. Y eres como nuestro gran Judas (1 Macabeos 3, 1-9): como un gigante. Eres el protector. Tus acciones son de león y cachorro de león rugientes.

Desanidarás a los impíos, que ante ti retrocederán, y los inicuos sentirán terror. Yo sé las cosas. Sé fuerte. Una eterna unión estrechará y hará perfecto nuestro parentesco, en el Cielo – Lo besa también a él, en la frente, como a su otro primo.

Yo soy pecador, Maestro. A mí no…

Eras pecador, Mateo. Ahora eres el Apóstol. Eres una “voz” mía. Te bendigo. ¡Cuánto camino han recorrido estos pies para avanzar sin cesar, hacia Dios!… El alma los incitaba y ellos han abandonado todo camino que no fuera mi camino. ¿Sabes dónde termina el sendero? En el seno del Padre mío y tuyo.

Jesús ha terminado. Deja la toalla, se lava en agua limpia las manos, se pone de nuevo la túnica, vuelve a su sitio y, al sentarse, dice:

Ahora estáis limpios, aunque no todos. Sólo los que han tenido la voluntad de estarlo.

Mira fijamente a Judas de Keriot, que ha hecho como si no hubiera oído. Jesús vierte vino por tercera vez en el cáliz común. Bebe. Ofrece de beber. Luego canta, y los otros le siguen en coro:

«Amo porque el Señor escucha la voz de mi oración, porque inclina su oído hacia mí. Le invocaré durante toda mi vida. Me rodeaban dolores de muerte» etc. (Según la numeración de la Neovulgata, se recitan por orden: Salmo 116 (que agrupa el 114 y el 115 de la Vulgata), Salmo 117, Salmo 118 (largo himno), Salmo 119.

Un momento de pausa. Luego sigue cantando: «Tuve fe y por eso hablé. Me había humillado profundamente y en medio de mi turbación decía: “Todo hombre es mentiroso“». Mira fijo a Judas.

La voz de mi Jesús, esta noche cansada, recobra fuerza cuando exclama: «Valiosa es ante los ojos de Dios la muerte de los santos» y «Has roto mis cadenas. Te ofreceré un holocausto de alabanza invocando el nombre del Señor» etc. (Salmo 115).

Otra breve pausa en el canto, y luego continúa: «Alabad todas al Señor, naciones, todos los pueblos alabadlo. Porque se ha afianzado en nosotros su misericordia y la verdad del Señor permanece eterna».

Otra breve pausa y luego un largo himno: «Celebrad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia…».

Judas de Keriot canta tan desentonado, que Tomás dos veces lo conduce al tono con su potente voz de barítono y lo mira fijamente. También los otros lo miran, porque, por lo general está siempre bien entonado, y de su voz, como de todas las otras cosas se siente orgulloso. ¡Pero esta noche! Ciertas frases le turban, hasta el punto de que le salen gallos, y lo mismo ciertas miradas de Jesús que subrayan las frases.

Una de estas frases es: «Es mejor confiar en el Señor que confiar en el hombre». Otra es: «Se me empujó y vacilaba, y estaba para caer. Pero el Señor me sujetó». Otra es: «No moriré, sino que viviré y referiré las obras del Señor». Y, en fin, estas dos que voy a decir, le estrangulan la voz al Traidor en la garganta: «La piedra desechada por las constructores ha venido a ser piedra angular» y «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!».

Acabado el salmo, mientras Jesús corta y de nuevo pasa trozos de cordero, Mateo pregunta a Judas de Keriot:

¿Te encuentras mal?

No. Déjame tranquilo. No te preocupes de mí.

-Mateo se encoge de hombros.

Juan, que ha oído esto, dice:
Tampoco el Maestro está bien. ¿Qué te sucede, Jesús mío? Tienes la voz quebrada; como la de un enfermo o la de uno que haya llorado mucho – y lo abraza, estando con la cabeza apoyada en el pecho de Jesús.

Sólo es que ha hablado mucho; y yo, lo único es que he andado mucho y he cogido frío – dice Judas nervioso.

Y Jesús, sin responderle a él, dice a Juan:
Tú ya me conoces… y sabes qué es lo que me cansa

E1 cordero está casi terminado.
Jesús, que ha comido poquísimo y ha bebido sólo un sorbo de vino por cada cáliz -sin embargo, como si se sintiera febril, ha bebido mucha agua- continúa hablando:

Quiero que comprendáis mi gesto de antes. Os he dicho que el primero es como el último, y que os daría un alimento que no es corporal. Os he dado un alimento de humildad. Para vuestro espíritu. Vosotros me llamáis: Maestro y Señor. Decís bien, porque lo soy. Entonces, si Yo os he lavado los pies, también debéis lavároslos vosotros los unos a los otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que Yo he hecho. En verdad os digo: el siervo no es más que su señor, ni el apóstol más que Aquel que lo ha constituido apóstol. Tratad de comprender estas cosas. Y si, comprendiéndolas, las ponéis por obra, seréis bienaventurados. Pero no seréis todos bienaventurados.

Yo os conozco. Sé a quiénes he elegido. No de la misma manera me refiero a todos. Pero digo la verdad. Por otra parte, debe cumplirse lo que en relación a mí fue escrito (Salmo 41, 10): “Aquel que come conmigo el pan ha alzado contra mí su calcañar”. Os digo todo antes de que suceda, para que no abriguéis dudas respecto a mí. Cuando todo esté cumplido, creeréis todavía más que Yo soy Yo. El que me recibe a mí recibe al que me ha enviado: al Padre santo que está en los Cielos. Y el que reciba a los que Yo envíe me recibirá a mí mismo. Porque Yo estoy con el Padre y vosotros estáis conmigo… Pero ahora vamos a cumplir el rito.

Vierte de nuevo vino en el cáliz común y, antes de beber de él y de pasarlo para que beban, se levanta, y con Él se levantan todos, y canta otra vez uno de los salmos de antes: «Tuve fe y por eso hablé ».
¡Hermoso… pero eterno!. Lo cantan así: un trozo todos juntos; luego, por turnos, uno dice un dístico y los otros, juntos, un trozo; y así hasta el final.

Jesús se sienta. No se recuesta; se queda sentado, como nosotros. Y habla:
Ahora que el antiguo rito ha sido cumplido, voy a celebrar el nuevo. Os he prometido un milagro de amor. Es la hora de realizarlo. Por esto he deseado esta Pascua. De ahora en adelante, ésta será la hostia inmolada en perpetuo rito de amor. Os he amado durante toda la vida de la Tierra, amigos amados.

Os he amado durante toda la eternidad, hijos míos. Y quiero amaros hasta el final. No hay cosa mayor que ésta. Recordadlo. Yo me marcho. Pero permaneceremos siempre unidos mediante el milagro que voy a cumplir ahora.

Jesús toma un pan todavía entero. Lo pone encima del cáliz, que está completamente lleno. Bendice y ofrece ambos, luego parte el pan y toma de él trece trozos. Se los da, uno a uno, a los apóstoles, y dice:

Tomad y comed. Esto es mi Cuerpo. Haced esto en memoria mía, que me marcho.

Pasa el cáliz y dice:

Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre. Éste es el cáliz del nuevo pacto en la Sangre y por la Sangre mía, que será derramada por vosotros para el perdón de vuestros pecados y para daros la Vida. Haced esto en memoria mía.

Jesús está tristísimo. Toda huella de sonrisa, de luz, de color, lo han abandonado. Su rostro es ya de agonía. Los apóstoles lo miran angustiados. Jesús se levanta y dice:

No os mováis. Vuelvo enseguida». Toma el trozo decimotercero de pan y el cáliz y sale del Cenáculo.

Va donde su Madre – susurra Juan.

Y Judas Tadeo suspira: –¡Pobre mujer!

Pedro pregunta en voz baja: –¿Crees que Ella sabe?

Sabe todo. Siempre lo ha sabido todo.

Que Dios nos dé la fuerza de ser fieles – dice el Zelote.

¡Oh! Yo… – Pedro está para decir algo, pero Juan, que está alerta, dice: –¡Chss! Está aquí.

Jesús vuelve. Trae en la mano el cáliz vacío. En su fondo, una mínima señal de vino, que, bajo la luz de la lámpara, parece realmente sangre.

Judas Iscariote, que tiene ante sí el cáliz, lo mira como hechizado, y luego desvía la mirada. Jesús lo observa y se estremece. Juan, estando apoyado en el pecho de Jesús, siente este estremecimiento, y exclama:

Dilo, ¿no?! Estás temblando

No. No tiemblo por fiebre… Todo os lo he dicho y todo os lo he dado. Más no podía daros. Os he dado a mí mismo.

Hace ese dulce gesto suyo de las manos, las cuales, antes unidas, ahora se separan y abren, mientras agacha la cabeza, como queriendo decir: “Perdonad si más no puedo. Así es.”

Os he dicho todo y os he dado todo. Y repito que el nuevo rito se ha cumplido. Haced esto en memoria mía. Os he lavado los pies para enseñaros a ser humildes y puros como el Maestro vuestro. Porque en verdad os digo que los discípulos deben ser como es el Maestro. Recordadlo, recordadlo.

Incluso cuando estéis en una posición superior. Ningún discípulo está por encima de su Maestro. De la misma manera que Yo os he lavado, hacedlo entre vosotros. O sea, amaos como hermanos, ayudándoos los unos a los otros, venerándoos recíprocamente, siendo ejemplo los unos para los otros. Y sed puros. Para ser dignos de comer el Pan vivo que ha bajado del Cielo y tener dentro de vosotros, por su virtud, la fuerza de ser mis discípulos en el mundo enemigo que os odiará por causa de mi Nombre. Pero uno de vosotros no es puro. Uno de vosotros me traicionará.

Por este motivo estoy intensamente conturbado en el espíritu… La mano del que me traiciona está conmigo en esta mesa. Ni mi amor, ni mi Cuerpo y mi Sangre, ni mi palabra, lo convierten y le hacen arrepentirse. Yo lo perdonaría yendo a la muerte también por él.

Los discípulos se miran aterrorizados, se escrutan, no sin recelos los unos de los otros. Pedro, despertándose todas sus dudas, mira fijamente a Judas Iscariote. Judas Tadeo se pone en pie como impulsado por un resorte, para mirar también a Judas por encima del cuerpo de Mateo.

¡Pero éste se muestra tan seguro! A su vez, clava sus ojos en Mateo, como si sospechara de él. Luego fija su mirada en Jesús. Sonríe y pregunta:

¿Soy yo, acaso, ése?

Parece el más seguro de su honestidad, y parece que si hace esta pregunta es sólo porque no se interrumpa la conversación.

Jesús repite su gesto y dice:
Tú lo dices, Judas de Simón. No Yo. Tú lo dices. Yo no te he nombrado. ¿Por qué te acusas? Pregúntale a tu voz interior, a tu conciencia de hombre, a esa conciencia que Dios Padre te ha dado para que vivas como hombre, y mira a ver si te acusa. Tú, antes que ningún otro, lo sabrás. Pero, si ella te tranquiliza, ¿por qué dices palabras que son malditas con sólo decirlas, y piensas en un hecho igualmente maldito con sólo pensarlo, aunque sea por juego?

Jesús habla con calma. Parece sostener la tesis propuesta como lo podría hacer un maestro con sus alumnos. La agitación es fuerte, pero la calma de Jesús la aplaca.

De todas formas, Pedro, que es el que más sospecha de Judas -, tira de una manga a Juan, y cuando Juan, que se había pegado, le susurra: –Pregúntale que quién es.

Juan vuelve a su postura de antes. Lo único es que alza levemente la cabeza, como para besar a Jesús, y entretanto le susurra al oído:

¿Maestro, quién es?

Y Jesús, con voz bajísima, devolviéndole el beso entre los cabellos:

Aquel al que dé un pedazo de pan untado.

Toma un pan todavía entero, no el resto del usado para la Eucaristía; separa un buen trozo, lo unta en el jugo que ha dejado el cordero en la bandeja, alarga por encima de la mesa el brazo y dice:

Toma, Judas. Esto te gusta.

Gracias, Maestro. Sí que me gusta – y, sin saber lo que es ese bocado, se lo come, mientras Juan, horrorizado, hasta cierra los ojos para no ver la horrenda sonrisa que tiene Judas mientras muerde con sus fuertes dientes el pan acusador.

Bien. Ahora que te he dado esta satisfacción, márchate – dice Jesús a Judas. – Todo está cumplido, aquí. Lo que en otro lugar queda por hacer hazlo pronto, Judas de Simón.

Te obedezco enseguida, Maestro. Luego me reuniré contigo en el Getsemaní. ¿Vas allí, verdad?, ¿como siempre?

Voy allí… como siempre… sí.

¿Qué tiene que hacer? – pregunta Pedro – ¿Va solo?

No soy ningún niño – dice en tono socarrón Judas, que se está poniendo el manto.

Déjalo que se marche. Yo y él sabemos lo que se debe hacer – dice Jesús.

Pedro guarda silencio. Quizás piensa que ha pecado de desconfianza hacia su compañero. Con la mano en la frente, piensa.

Jesús aprieta contra su corazón a Juan y le susurra otra cosa entre sus cabellos:

No digas nada a Pedro, por ahora. Sería un inútil escándalo.

Adiós, Maestro. Adiós, amigos – Judas se despide.

Adiós – dice Jesús.

Y Pedro:
Adiós, muchacho.

Juan, con la cabeza casi en el regazo de Jesús, susurra: –¡Satanás! Sólo Jesús lo oye, y suspira.

Hay unos minutos de absoluto silencio. Jesús está cabizbajo, mientras mecánicamente acaricia los rubios cabellos de Juan. Luego reacciona. Alza la cabeza, mira alrededor de sí, sonríe (una sonrisa consoladora para los discípulos). Dice:

Quitamos la mesa. Vamos a sentarnos todos bien juntos, como hijos en torno a su padre.

No os dejaré huérfanos. Ya os he dicho que volveré a vosotros. Pero antes de que llegue la hora de venir a recogeros para ir a mi Reino Yo vendré; a vosotros vendré. Dentro de poco el mundo ya no me verá. Pero vosotros me veis y me veréis.

¡Amaos! Éste es mi mandamiento nuevo. Amaos unos a otros más de lo que cada uno ame a sí mismo. No hay mayor amor que el del que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos y Yo doy la vida por vosotros. Haced lo que os enseño y mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, mientras que vosotros sabéis lo que Yo hago.

Todo lo sabéis acerca de mí. Me he manifestado a vosotros, pero no sólo esto, sino que también os he revelado al Padre y al Paráclito y todo lo que he oído a Dios.

No os habéis elegido a vosotros mismos, sino que os he elegido Yo, y os he elegido para que vayáis a los pueblos y deis fruto en vosotros y en los corazones de los evangelizados y vuestro fruto permanezca, y el Padre os dé todo lo que en mi Nombre le pidáis.

No digáis: “Y entonces, si nos has elegido, ¿por qué has elegido a un traidor? Si lo sabes todo, ¿por qué has hecho esto?”. No os preguntéis ni siquiera quién es ése. No es un hombre. Es Satanás. Si Satanás no se hubiera encarnado -el eterno, torpe remedador de Dios, en una carne mortal-, este poseído no hubiera podido quedar al margen de mi poder de Jesús. He dicho: “poseído”. No. Es mucho más: es uno que está anulado en Satanás».

¿Por qué, Tú que has expulsado los demonios, no lo has liberado? – pregunta Santiago de Alfeo.

¿Lo preguntas por amor a ti, temiendo ser él? No temas eso.

¿Yo, entonces?

¿Yo?

¿Yo?

Callad. No digo ese nombre. Uso misericordia. Haced vosotros lo mismo.

¿Pero por qué no lo has vencido? ¿No podías?

Podía. Pero para impedir a Satanás encarnarse para matarme habría debido exterminar a la raza humana antes de la Redención. ¿Qué habría redimido, entonces?

¡Dímelo, Señor, dímelo!

Pedro ha caído de rodillas ante Jesús y lo zarandea frenéticamente, como si el delirio se hubiera apoderado de él.

¿Soy yo? ¿Soy yo? ¿Me examino? No me parece serlo. Pero Tú… has dicho que te negaré… Y tiemblo… ¡Qué horror ser yo!…

No, Simón de Jonás, tú no.

¿Por qué me has quitado mi nombre de “Piedra”? ¿Entonces soy de nuevo Simón? ¿Lo ves? ¡Lo estás diciendo! … ¡Soy yo! ¿Cómo he podido llegar a esto? Decidlo… decidlo vosotros… ¿Cuándo me he hecho traidor?… ¿Simón?… ¿Juan?… ¡Hablad!…

¡Pedro! ¡Pedro! ¡Pedro! Te llamo Simón porque pienso en el primer encuentro, cuando eras Simón. Y pienso en cómo has sido leal desde el primer momento. No eres tú. Lo digo Yo: Verdad.

¿Quién, entonces?

¡Pues Judas de Keriot! ¿No lo has entendido todavía? – grita Judas Tadeo, que ya no es capaz de seguir conteniéndose.

¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Por qué? – grita también Pedro.

Silencio. Es Satanás. No tiene otro nombre. ¿A dónde vas, Pedro?

A buscarlo.

Deja inmediatamente ese manto y esa arma. ¿O es que tengo que expulsarte y maldecirte?

¡No, no! ¡Oh, Señor mío! Pero yo… pero yo… ¿estaré enfermo de delirio? ¡Oh! ¡Oh! Pedro llora arrojado al suelo a los pies de Jesús.

Os doy el mandamiento de que os améis. Y que perdonéis ¿Habéis comprendido? Aunque en el mundo haya odio, en vosotros haya sólo amor. Hacia todos. ¡Cuántos traidores encontraréis en vuestro camino! Pero no debéis odiarlos y devolverles mal por mal. Si eso hiciereis, el Padre os aborrecerá a vosotros.

Antes de vosotros, fui odiado y traicionado Yo. Y ya veis que Yo no odio. El mundo no puede amar lo que no es como él. Por tanto, no os amará. Si fuerais suyos, os amaría; pero no sois del mundo, pues que Yo os he tomado de entre el mundo. Y por esto sois odiados.

Os he dicho: el siervo no es más que su señor. Si me han perseguido a mí os perseguirán también a vosotros. Si me han escuchado a mí os escucharán también a vosotros. Pero todo lo harán por causa de mi Nombre, porque no conocen, no quieren conocer al que me ha enviado. Si no hubiera venido y no hubiera hablado, no serían culpables, pero ahora su pecado no tiene disculpa. Han visto mis obras, oído mis palabras, y, no obstante, me han odiado, y conmigo a mi Padre.

Porque Yo y el Padre somos una sola Unidad con el Amor. Pero estaba escrito (Salmos 35, 19; 69, 5): “Me odiaste sin motivo”. Mas cuando venga el Consolador, el Espíritu de verdad que del Padre procede, dará testimonio de mí, y también vosotros lo daréis, porque desde el principio estuvisteis conmigo.

Os digo esto para que cuando sea la hora no quedéis abatidos y escandalizados. Pronto llegará el momento en que os echen de las sinagogas y en que el que os mate pensará que con ello está dando culto a Dios. No han conocido al Padre y tampoco a mí. En esto está su atenuante. Estas cosas no os las he dicho con tanta amplitud antes de ahora porque erais como niños recién nacidos. Pero ahora la madre os deja. Yo me marcho. Deberéis habituaros a otro alimento. Quiero que lo conozcáis.

Hacéis comentarios entre vosotros y en vuestro corazón. Escuchad una parábola. La última de vuestro Maestro.

Cuando una mujer ha concebido y le llega la hora del parto, se encuentra muy afligida porque sufre y gime. Pero, cuando da a luz a su hijito y lo estrecha contra su corazón, cesa toda pena y la tristeza se transforma en alegría porque un hombre ha venido al mundo.

Lo mismo vosotros. Lloraréis y el mundo reirá a costa de vosotros. Pero luego vuestra tristeza se transformará en alegría, una alegría que el mundo nunca conocerá. Vosotros ahora estáis tristes.

Pero cuando volváis a verme vuestro corazón se llenará de un gozo que ninguno podrá arrebataros, una alegría tan plena, que acallará toda necesidad de pedir, tanto para la mente como para el corazón como para la carne. Sólo os alimentaréis de verme de nuevo, y olvidaréis todas las demás cosas. Y, precisamente desde ese momento, podréis pedir todo en mi Nombre, y el Padre os lo dará, para que vuestra alegría sea cada vez mayor.

Los apóstoles lloran más o menos visible y ruidosamente. Por último, cantan un himno. Jesús los bendice. Luego ordena:

Vamos a ponernos los mantos, ahora. Y vámonos. Andrés, di al dueño de la casa que deje todo así, por deseo mío. Mañana… os agradará volver a ver este lugar. Jesús lo mira. Parece bendecir las paredes, los muebles, todo. Luego se pone el manto y se encamina, seguido de los discípulos.

A su lado, Juan, en quien se apoya.

¿No saludas a tu Madre? – le pregunta el hijo de Zebedeo.

No. Todo está ya hecho. Es más, caminad cautelosos.

Simón, que ha encendido un cirio del candelabro, ilumina el vasto pasillo que conduce a la puerta. Pedro abre cautelosamente la puerta de fuera y salen todos a la calle; luego, accionando un mecanismo, cierran desde fuera. Y se ponen en camino.

Mucho despues, ya celebrada la Cena Pascual y muy entrada la noche, Jesus en el Huerto de los Olivos, dice:

Ahora vamos a separarnos. Yo voy arriba, a orar. Quiero conmigo a Pedro, Juan y Santiago. Vosotros quedaos aquí. Y si os vierais en grave apuro, llamad. Y no temáis. No os tocarán ni un pelo. Orad por mí. Deponed el odio y el miedo. Será sólo un momento… Luego el júbilo será completo. Sonreíd. Que lleve Yo en mi corazón vuestras sonrisas. Y, una vez más, gracias por todo, amigos. Adiós. Que el Señor no os abandone

Jesús se echa a andar y se separa de los apóstoles, mientras Pedro pide la antorcha a Simón, después de que éste ha encendido con ella ramas secas resinosas, que arden crujiendo en el extremo del olivar y expanden olor de enebro.

Prosiguen hasta el límite del primer desnivel del rústico anfiteatro del olivar, cuya entrada sería el calvero irregular y cuyas gradas serían las terrazas, que ascienden formando escalones de olivos en el monte. Luego Jesús dice:

Deteneos, esperadme aquí mientras oro. Pero no os durmáis. Podría necesitaros. Y os lo pido por caridad: ¡orad! Vuestro Maestro está muy abatido.

Pedro responde por los tres:
Puedes estar tranquilo, Maestro. Vigilaremos y estaremos en oración. Sólo tienes que llamarnos e iremos.

Y Jesús los deja mientras los tres se agachan para recoger hojas y ramos secos y encender así una hoguerita que sirva para mantenerlos despiertos y combatir el relente, que empieza a descender abundante.

Camina, dándoles la espalda, de occidente a oriente; de forma que tiene de frente la luz lunar. Un gran sufrimiento dilata aún más sus ojos. Quizás es un bistre de cansancio lo que los agranda, o quizás es la sombra del arco superciliar; no lo sé. Sé que tiene los ojos más abiertos y hundidos. Sube cabizbajo. Sólo de vez en cuando alza la cabeza, suspirando como si le costara esfuerzo y jadeara, y entonces recorre con su mirada tristísima el plácido olivar. Sube algunos metros. Luego tuerce por detrás de una elevación que queda entre Él y los tres dejados más abajo.

Este saliente de la ladera, que al principio tiene una altura de pocos decímetros, es cada vez más alto, y, después de un pequeño trecho tiene ya una altura de más de dos metros, de forma que resguarda completamente a Jesús de toda mirada más o menos discreta y amiga. Jesús prosigue hasta una voluminosa piedra que en un determinado punto corta el senderillo.

Jesús se detiene allí. No mira a la ciudad, que aparece abajo, blanca toda bajo la luz lunar. Antes al contrario, le vuelve las espaldas. Y ora con los brazos abiertos en cruz, alzada la cara hacia el cielo. No veo su cara porque está en la sombra (tiene la Luna casi en la vertical de su cabeza, pero los tupidos ramajes del olivo están entre Él y la Luna, que se filtra apenas entre unas y otras hojas, formando aritos y agujas de luz en constante movimiento).

Es una larga, ardiente oración. De vez en cuando, un suspiro y alguna palabra más nítida. No es un salmo, no es un Pater; es una oración hecha del amor y necesidad que de Él brotan: verdadera elocución dirigida a su Padre.

«Tú lo sabes… Soy tu Hijo… Todo. Pero ayúdame… Ha llegado la hora… Yo ya no soy de la Tierra. Cesa toda necesidad de ayuda a tu Verbo… Que el Hombre te aplaque como Redentor, de la misma forma que la Palabra te ha sido obediente… Lo que Tú quieras… Para ellos te pido piedad. ¿Los salvaré? Esto te pido. Así lo quiero: salvados del mundo, de la carne, del demonio… ¿Puedo pedir aún? Es una petición justa, Padre mío. No para mí. Para el hombre, que es creación tuya y que quiso transformar en barro también su alma.

Yo echo en mi dolor y en mi Sangre ese barro, para que vuelva a ser esa incorruptible esencia del espíritu grato a ti… Y está por todas partes. Él es rey esta noche. En el palacio y en las casas. Entre los soldados y en el Templo… La ciudad está henchida de él, y mañana será un infierno

Jesús se vuelve, apoya su espalda en la roca y cruza los brazos. Mira a Jerusalén. La cara de Jesús va tomando una expresión cada vez más triste. Susurra:

Parece de nieve… y es toda ella un pecado. ¡A cuántos he curado también en ella! ¡Cuánto he hablado!… ¿Dónde están los que parecían serme fieles?

Jesús agacha la cabeza y mira fijamente al suelo, cubierto de hierba corta, brillante de rocío. Pero, aunque tenga la cabeza baja, comprendo que está llorando, porque algunas gotas, al caer de la cara al suelo, brillan. Luego levanta la cabeza, separa los brazos y une las manos más arriba de la cabeza, y las mueve manteniéndolas unidas.

Luego anda. Regresa donde los tres apóstoles, que están sentados alrededor de su hoguerita de hornija. Los encuentra medio dormidos.

¿Dormís? ¿No habéis sabido velar una hora tan sólo? ¡Tengo mucha necesidad de vuestro consuelo y vuestras oraciones!

Los tres se sobresaltan, confundidos. Se restriegan los ojos. Susurran una disculpa. Atribuyen la primera causa de este estado suyo de duermevela al esfuerzo de digerir:

Es el vino… la comida… Pero se pasa ahora. Ha sido un momento. No sentíamos ganas de hablar y esto nos ha llevado al sueño. Pero ahora vamos a orar en voz alta y no se va a repetir esto.

Sí. Orad y velad. También para vosotros lo necesitáis.

Sí, Maestro. Te obedeceremos.

Jesús se marcha de nuevo. La Luna de tan fuerte claror de plata, que va haciendo ver cada vez más pálida la túnica roja, como si la cubriera de un blanco polvo brillante-, ilumina su rostro y me lo muestra desconsolado, doliente, envejecido.

Sus ojos siguen bien abiertos, pero parecen empañados; su boca presenta un frunce de cansancio Vuelve a su piedra, aún más lento y encorvado. Se arrodilla y apoya los brazos en la roca, en el que ha nacido una plantita, con hojitas pequeñas, redondas pero denticuladas, y carnosas, de florecillas muy pequeñas en sus delgadísimos tallos): parecen pequeños copos de nieve, y salpican el gris de la roca y las hojitas verde oscuro. Jesús apoya las manos ahí al lado. Las florecillas le acarician la mejilla, porque apoya la cabeza en las manos juntas y ora. Pasado un poco de tiempo, siente el frescor de las pequeñas corolas, alza la cabeza, las mira, las acaricia, les dice:

¡También estáis vosotras!… ¡Me aliviáis! Había florecillas como éstas también en la gruta de mi Madre… y Ella las quería, porque decía: “Cuando era pequeña, decía mi padre: “Eres una azucena diminuta toda llena de rocío celeste”… ¡Oh, mi Madre! ¡Oh, Mamá!

Rompe a llorar. Reclinada la cabeza en las manos unidas, un poco apoyado en los calcañares, lo veo y oigo llorar, mientras las manos aprietan los dedos y los mortifican, la una a la otra. Oigo que dice:

También en Belén… y te las llevé, Mamá. ¿Pero éstas quién te las llevará?

Luego prosigue en su oración y meditación. Debe ser muy triste su meditación, angustiosa más que triste, porque para evitarla se alza y va y viene, susurrando palabras que no capto, alzando la cara, bajándola de nuevo, gesticulando, pasándose las manos por los ojos, las mejillas, el pelo, con mecánicos y agitados movimientos, propios de quien está sumido en una gran angustia: decirlo no es nada, describirlo es imposible, verlo es entrar en su angustia. Gesticula hacia Jerusalén. Luego vuelve a alzar los brazos hacia el cielo como para invocar ayuda.

Se quita el manto como si tuviera calor. Lo mira… Pero ¿qué ve? Sus ojos no miran sino su tortura, y todo contribuye a esta tortura, a aumentarla. Hasta el manto tejido por su Madre. Lo besa y dice:

¡Perdón, Mamá! ¡Perdón!

Parece como si se lo pidiera al paño hilado y tejido por el amor materno…
Vuelve a ponérselo. Está lleno de congoja. Quiere orar para superarla. Pero con la oración vuelven los recuerdos, los temores, las dudas, las añoranzas… Es un alud de nombres… ciudades… personas… hechos… Es rápido y entrecortado. Es su vida evangélica lo que desfila ante Él… y le trae el recuerdo de Judas el traidor.

Es tanta la congoja, que grita, para vencerla, el nombre de Pedro y Juan. Y dice:

Ahora vendrán. ¡Ellos son muy fieles! Pero “ellos” no vienen. Llama de nuevo. Parece aterrorizado, como viendo algo que no sabemos.

Huye rápidamente hacia donde están Pedro y los dos hermanos, y los encuentra más cómoda e intensamente dormidos, alrededor de unas pocas brasas que, ya mortecinas, presentan sólo algunos zigzagues de color rojo entre el gris de la ceniza.

¡Pedro! ¡Os he llamado tres veces! ¿Pero qué hacéis? ¿Dormís todavía? ¡Pero no sentís cuánto sufro! Orad. Que la carne no venza, en ninguno. Que no os venza. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Ayudadme

Los tres se despiertan con mayor lentitud. Pero al final lo hacen, y con ojos atónitos se disculpan. Se ponen en pie, primero sentándose, luego irguiéndose del todo.

¡Pues fíjate! – dice Pedro en tono quedo – ¡No nos ha sucedido nunca esto! Debe haber sido ese vino, sin duda. Era fuerte. Y también este fresco. Nos hemos tapado para no sentirlo.

¿Dices que has llamado? Es curioso, no me parecía dormir tan profundamente… Arriba, Juan, vamos a buscar algunas ramitas, vamos, pongámonos en movimientos. Se nos pasará. Estáte seguro, Maestro, que a partir de ahoraestaremos en pie… – y arroja a las brasas un puado de hojitas secas, y sopla hasta que la llama resucita; luego la alimenta con las ramas de zarza que ha traído Juan. Mientras, Santiago trae una gruesa rama de enebro, o de un árbol similar, que ha cortado de una espesura poco lejana, y la une al resto.

La llama se alza, alta y festiva, e ilumina la pobre faz de Jesús. ¡Una faz de una tristeza… de una tristeza, que no se puede mirar sin llorar! Toda la luminosidad de ese rostro ha quedado diluida en un cansancio mortal.

Dice: –¡Estoy en una angustia que me mata! ¡Oh, sí! Mi alma está triste hasta el punto de morir. ¡Amigos… ¡Amigos! ¡Amigos!

Pero los tres están demasiado cargados de sueño. Y se mueven con pasos inciertos y ojos semicerrados, tanto que parecen casi ebrios… Jesús los mira… No los mortifica con reproches. Menea la cabeza, suspira y vuelve a marcharse, al lugar de antes.

Ora de nuevo, en pie con los brazos en cruz; luego de rodillas, como antes., curvado el rostro sobre las florecillas.

Piensa. Calla… Luego da en gemir y sollozar fuertemente, tan abatido sobre los calcañares, que está casi prosternado. Llama al Padre, cada vez con más congoja…

¡Oh! – dice – ¡Es demasiado amargo este cáliz! ¡No puedo! ¡No puedo! Está por encima de lo que Yo puedo. ¡Todo lo he podido! Pero no esto… ¡Aléjalo, Padre, de tu Hijo! ¡Piedad de mí!… ¿Qué he hecho para merecerlo?

Luego, cobrando nuevas fuerzas, dice:
Pero, Padre mío, no escuches mi voz si pide algo contrario a tu voluntad. No recuerdes que soy Hijo tuyo, sino sólo servidor tuyo. No se haga mi voluntad, sino la tuya.

Permanece así durante un rato. Luego emite un grito ahogado y levanta la cara: es un rostro desencajado. Un instante sólo. Luego se derrumba, rostro en tierra, y se queda así.

Un deshecho de hombre sobre el que pesa todo el pecado del mundo, sobre el que se abate toda la Justicia del Padre, sobre el que desciende la tiniebla, la ceniza, la hiel, esa tremenda, tremenda, tremendísima cosa que es el abandono de Dios mientras Satanás nos tortura…

Es la asfixia del alma, es estar sepultados vivos en esta cárcel que es el mundo cuando ya no puede sentirse que entre nosotros y Dios hay una ligazón, es sentirse encadenados, amordazados, lapidados por nuestras propias oraciones que caen sobre nosotros cuajadas de agudas puntas y llenas de fuego, es chocar de plano contra un Cielo cerrado en que no penetran ni voz ni mirada de nuestra angustia, es estar “huérfanos de Dios”, es la locura, la agonía, la duda de habernos engañado hasta ese momento, es la persuasión de ser rechazados por Dios, de estar condenados. ¡Es el infierno!…

Jesús gime, entre estertores y suspiros agónicos:
¡Nada!… ¡Nada!… ¡Fuera!… ¡La voluntad del Padre! ¡Eso! ¡Sólo eso!… Tu voluntad, Padre; la tuya, no la mía… Inútil. No tengo sino un Señor: Dios santísimo. Una ley: la obediencia. Un amor: la redención… No. Ya no tengo ni Madre ni vida ni divinidad ni misión.

Inútilmente me tientas, demonio, con la Madre, la vida, mi divinidad, mi misión. Tengo por madre a la Humanidad y la amo hasta morir por ella. La vida se la devuelvo a quien me la dio y ahora me la pide, supremo Señor de todo viviente. La divinidad la afirmo siendo capaz de esta expiación. La misión la cumplo con mi muerte. No tengo nada más. Nada, aparte de hacer la voluntad del Señor, mi Dios.

¡Retrocede, Satanás! Lo dije la primera y la segunda vez. Vuelvo a decirlo la tercera: “Padre, si es posible pase de mí este cáliz. Pero, hágase tu voluntad, no la mía”. Retrocede, Satanás. Yo soy de Dios.

Luego ya no habla. Sólo para decir entre jadeos: « ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!». Lo llama a cada latido de su corazón, y parece rezumar la sangre a cada latido. La tela, estirada sobre los hombros, se embebe de sangre y adquiere de nuevo un tono oscuro, a pesar del intenso claror lunar que todo lo envuelve.

Y, no obstante, un claror más vivo se forma sobre su cabeza, suspendido a un metro de Él aproximadamente; un claror tan vivo, que incluso el Postrado lo ve filtrarse entre las ondas de sus cabellos, ya densos de sangre, y tras el velo que la sangre pone en los ojos. Alza la cabeza… Resplandece la Luna sobre esta pobre faz, y aún más resplandece la luz angélica, semejante a la del diamante blanco-azul de la estrella Venus. Aparece toda la tremenda agonía en la sangre que rezuma a través de los poros.

Las pestañas, el pelo, el bigote, la barba están asperjados y rociados de sangre. Sangre rezuma en las sienes, sangre brota de las venas del cuello, gotas de sangre caen de las manos; y, cuando tiende las manos hacia la luz angélica y las anchas mangas se deslizan hacia los codos, aparecen los antebrazos de Cristo también llenos de sudor de sangre. En la cara sólo las lágrimas forman dos líneas netas sobre la máscara roja.

Se quita otra vez el manto y se seca las manos, la cara, el cuello, los antebrazos. Pero el sudor continúa. Él presiona varias veces la tela contra la cara, y la mantiene apretada con las manos; y cada vez que cambia el sitio aparecen nítidamente en la tela de color rojo oscuro las señales, las cuales, estando húmedas, parecen negras. La hierba del suelo está roja de sangre.

Jesús parece próximo al desfallecimiento. Se desata la túnica en el cuello, como si sintiera ahogo. Se lleva la mano al corazón y luego a la cabeza y la agita delante de la cara como para darse aire, manteniendo entreabierta la boca. A rastras, se pega a la roca, pero más hacia el borde del desnivel del terreno. Apoya la espalda contra la piedra, de forma que -como si estuviera ya muerto- quédanle colgando los brazos, paralelos al cuerpo; y la cabeza, contra el pecho. Ya no se mueve.

La luz angélica va decreciendo poco a poco, para acabar como absorbida en el claror lunar.

Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira. Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano. Arrima hacia sí el manto que había dejado abandonado en la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, el pelo. Coge una hoja ancha, nacida justo en el borde del desnivel, empapada de rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite, repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor.

Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada. La mira y menea la cabeza. Mira también el manto, y lo ve demasiado manchado; lo dobla y lo pone encima de la piedra, en el lugar en que ésta forma una concavidad, junto a las florecillas.

Con esfuerzo -como por debilidad- se vuelve y se pone de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos. Luego, tomando como apoyo la roca, se alza y, todavía tambaleándose ligeramente, va donde los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que de costumbre.

Los tres duermen sabrosamente. Bien arrebujados en sus mantos, echados del todo, junto a la hoguera apagada. Se les oye respirar profundamente, con comienzo incluso de un sonoro ronquido.

Jesús los llama. Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme? – dice Pedro mientras sale, atónito y asustado, de su manto verde oscuro.

Nadie. Te llamo Yo.

¿Es ya por la mañana?

No. Ha terminado casi la segunda vigilia.

Pedro está todo entumecido. Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma.

¡Oh… me parecías muerto!

Da unos meneos a Santiago, el cual, creyendo que lo llama su hermano, dice: -¿Han apresado al Maestro?

-… Todavía no, Santiago – responde Jesús – Pero, alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca.

Los tres, todavía atónitos, se alzan. Miran a su alrededor… Olivos, Luna, ruiseñores, leve viento, paz… nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar. También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego ya apagado.

¡Levantaos! – dice Jesús con voz potente – ¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!

¡Sí, Maestro!

¡Dónde está, Maestro?

Jesús, yo…

¿Pero ¿qué ha sucedido?

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos… El tiempo justo de aparecer en orden a la vista de la chusma capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas: son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña afeadas por sonrisas maliciosas demoníacas; hay también algún que otro representante del Templo.

Los apóstoles, súbitamente, se hacen a un lado. Pedro delante y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus días mejores. Y no baja la cara. Es más, se acerca con una sonrisa de hiena y lo besa en la mejilla derecha.

Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?

Judas agacha un instante la cabeza, luego vuelve a levantarla… Muerto a la reprensión como a cualquier invitación al arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura.

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de apoderarse de los apóstoles – excepto de Judas Iscariote, se entiende- además de tratar de prender a Cristo.

¿A quién buscáis? – pregunta Jesús calmo y solemne.

A Jesús Nazareno.

Soy Yo.

La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de sí este testimonio abierto, leal, seguro.

¡Ah!, pero si de Él hubiera emanado un rayo no habría hecho más: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo.

Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente se retira -huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela-, con el tiempo justo de evitar el golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada.

Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros.

A Jesús Nazareno.

Os he dicho que soy Yo – dice con dulzura Jesús. Sí: con dulzura.

Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás

Mientras Él habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, lo habría degollado como a un carnero. Así, lo único que ha hecho ha sido arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre.

El hombre grita que lo han matado. Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. Y tú, queda sano. En el alma lo primero, si puedes.

Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura. Los apóstoles gritan alteradamente… Quién dice una cosa; quién, otra. Quién grita: « ¡Nos has traicionado!», y quién: « ¡Pero ha perdido la razón!», y quién dice: « ¿Quién puede creerte?». Y el que no grita huye… Y Jesús se queda solo… Él y los esbirros… Y empieza el calvario…

Mientras tanto se ve a Judas Iscariote. Está solo. Vestido de amarillo claro. Lleva un cordón rojo a la cintura, ahora está a merced de un contraste de pensamientos. Efectivamente, parece una fiera furiosa acosada por una jauría de mastines.

Un leve soplo del viento entre las frondas, o el rumor de alguna cosa en las calles, el hilo de agua de una fuentecilla, le hacen sobresaltarse y volverse con sospecha y terror como si se sintiera alcanzado por un verdugo.

Tuerce la cabeza yendo cabizbajo, encogido el cuello, tuerce los ojos como quien quisiera ver y tuviera miedo de ver; y, si un juego de luz lunar crea una sombra de apariencia humana, sus ojos se abren como platos, da un salto hacia atrás, se pone más pálido de lo que ya de por sí está, se detiene un instante, para huir luego precipitadamente, volviendo sobre sus pasos, se escurre por entre otras callejuelas, hasta que otro ruido u otro juego de luz le hace detenerse y huir en otra dirección.

Con este paso suyo de demente va hacia el interior de la ciudad. Pero el clamor del pueblo le advierte de que está cerca de la casa de Caifás. Entonces, llevándose las manos a la cabeza y agachándose como si esos gritos fueran piedras lanzadas contra él, huye y huye. Y, huyendo, toma una callejuela que lo lleva directamente hacia la casa donde ha tenido lugar la Cena.

Se da cuenta cuando está delante de ella, por una fuente que en ese lugar de la calle libera su hilo de agua. El llanto del agua que gotea y cae en la pequeña pila de piedra, y un leve silbido del viento, que introduciéndose por la estrecha calle forma como un reprimido lamento, deben parecerle el llanto del Traicionado y el lamento del Torturado.

Se tapa los oídos para no oír, y se aleja, cerrando los ojos para no ver esa puerta por la que pocas horas antes ha pasado con el Maestro, y por la que ha salido para ir por los soldados que lo apresaran.

Corriendo así, con los ojos cerrados, va a chocar contra un perro callejero, un perro grande, gris, hirsuto, que se aparta gruñendo, preparado para lanzarse contra este que lo molesta. Judas abre los ojos y ve las dos pupilas fosforescentes que lo miran fijamente, y ve los blancos colmillos descubiertos, que tienen apariencia de risa diabólica. Pega un grito de terror.

El perro, tomándolo quizás por un grito de amenaza, arremete contra Judas. Los dos ruedan entre el polvo: Judas debajo, paralizado por el miedo; el perro encima.

Cuando el animal deja a su presa, juzgada quizá indigna de una lucha, Judas sangra a causa de dos o tres mordiscos, y su manto presenta algunos, grandes desgarrones.

Un mordisco le ha clavado los dientes justamente en la mejilla, en el sitio exacto donde él besó a Jesús. La mejilla sangra, y la sangre ensucia el cuello de la túnica amarillenta de Judas: empapando el cordón rojo que cierra su túnica por el cuello y haciéndolo más rojo aun, es como si le pusiera un collar de sangre.

Judas se lleva la mano a la mejilla y mira al perro, que se ha separado pero está aguardándolo bajo el entrante de una puerta, susurra: « ¡Belcebú!» y lanzando un nuevo grito huye, seguido durante un tiempo por el perro. Huye hasta el puentecillo de cerca del Getsemaní. Ahí, o porque esté cansado de seguirle, o porque tenga hidrofobia y el agua lo aleje, el perro deja a su presa y se vuelve gruñendo.

Judas, que se había metido en el torrente para coger piedras y lanzárselas al perro, cuando ve que se aleja, mira a su alrededor, se ve con el agua hasta mitad de las pantorrillas. Sin preocuparse de la túnica, cada vez más mojada, se agacha hacia el agua y bebe como padeciendo ardor febril, y se lava la mejilla que sangra y debe dolerle.

Bajo la luz de un primer claror de alba, remonta el guijarral: por la otra parte, como si tuviera todavía miedo del perro y no se atreviera a volver hacia la ciudad. Recorre algunos metros. Se ve a la entrada del Huerto de los Olivos. Grita: «¡No! ¡No!», al reconocer el lugar. Pero luego -no sé por qué fuerza irresistible o por qué sadismo satánico y criminal- avanza por ese lugar.

Busca el sitio donde se ha producido la captura. La tierra del sendero, revuelta por muchas pisadas, la hierba pisoteada en un determinado lugar, sangre en el suelo -quizás la de Malco-, le señalan de que allí ha identificado al Inocente ante los verdugos.

Mira, mira… Luego emite un grito ronco y da un salto hacia atrás. Grita: «¡Esa sangre, esa sangre!… – y la señala con el brazo extendido, apuntando con el índice. Bajo la luz, que va aumentando, su cara aparece térrea y espectral.

Parece un loco: se le salen los ojos de las órbitas, unos ojos brillantes como por delirio; el pelo, desordenado por la carrera y el terror, parece hirsuto; la mejilla, que se va hinchando, desvía su boca dándole expresión sardónica. La túnica desgarrada, ensangrentada, mojada, lodosa (porque la tierra se ha pegado a la humedad y se ha transformado en barro), le hace parecer un mendigo.

El manto, también hecho jirones y lodoso, le pende de un hombro como un trapajo, en que él se enreda cuando, gritando aún: «¡Esa sangre, esa sangre!», retrocede como si esa sangre se hiciera un mar que sube y sumerge.

Judas cae hacia atrás. Se hiere la cabeza, detrás, contra una piedra. Emite un gemido de dolor y miedo. «¿Quién es?» grita. Debe haber pensado que alguien le ha hecho caer para agredirle. Se vuelve aterrorizado. ¡Nadie! Se levanta.

Ahora la sangre gotea también sobre la nuca. El círculo rojo se ensancha en la túnica. No cae al suelo porque es poca. Se la bebe la túnica.

Anda. Encuentra los restos de la pequeña hoguera que había encendido Pedro al pie de un olivo. Pero no sabe que ha sido obra de Pedro y debe creer que allí ha estado Jesús. Grita: « ¡Fuera! ¡Fuera!» y con las dos manos extendidas hacia delante parece rechazar a un fantasma que lo atormentara. Huye, para terminar justo contra la piedra de la Agonía.

Ya el alba ha roto, y permite ver bien y pronto. Judas ve el manto de Jesús. Está doblado sobre la piedra. Lo conoce.

Quiere tocarlo. Tiene miedo. Alarga y retira la mano. Quiere, no quiere. Pero ese manto lo cautiva. Gime: «No, no». Luego dice:

«¡Sí, por Satanás! Sí, quiero tocarlo. ¡No tengo miedo!». Dice que no tiene miedo, pero le castañean de terror los dientes, y el ruido producido sobre su cabeza por una rama de olivo que, movida por el viento, choca contra un tronco cercano le hace gritar de nuevo.

No obstante, se esfuerza y coge el manto. Se ríe. Una risa de loco, de demonio. Una risa histérica, espasmódica, lúgubre, inacabable, porque ha superado su miedo. Y de hecho lo dice:

No me das miedo, Cristo. Se acabó el miedo. Tenía mucho miedo de ti porque te creía un Dios y un hombre fuerte. Ahora ya no me das miedo porque no eres Dios. Eres un pobre loco, un hombre débil. No has sabido defenderte. No me has reducido a cenizas, como tampoco has leído en mi corazón la traición. ¡Mis miedos!

¡Qué necio! Cuando hablabas, incluso ayer por la noche, creía que sabías; pero no sabías nada. Era mi miedo el que daba tono de profecía a tus palabras corrientes. Eres una nada. Te has dejado vender, identificar, capturar como un ratón en la hura. ¡Tu poder! ¡Tu origen! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Payaso! ¡El fuerte es Satanás! Más fuerte que Tú. ¡Te ha vencido! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡El Profeta! ¡El Mesías! ¡El Rey de Israel!

¡Y me has tenido subyugado tres años! ¡Con miedo siempre en el corazón! ¡Y tenía que mentir para engañarte con finura cuando quería gozar de la vida! Pero, aunque hubiera robado y fornicado sin toda la astucia que usaba, no me habrías hecho nada.

¡Imbele! ¡Loco! ¡Cobarde! ¡Ten! ¡Ten! ¡Ten! Mi error ha sido no hacer contigo lo que hago con tu manto para vengarme del tiempo en que me has tenido esclavo del miedo. ¡Miedo a un conejo!… ¡Ten! ¡Ten! ¡Ten!

A cada “Ten!” Judas muerde y trata de desgarrar la tela del manto. Lo arruga entre sus manos. Pero, al hacer esto, lo desdobla, y aparecen las manchas que lo humedecen. Se le bloquea la furia a Judas. Se fija en esas manchas. Las toca. Las huele.

Son sangre… Desdobla todo el manto. Se ven bien las marcas que han dejado las dos manos ensangrentadas cuando apretaban la tela contra la cara.

¡Ah!… ¡Sangre! ¡Sangre! Su sangre… ¡No!

Judas suelta el manto y mira alrededor. También en la piedra en la que Jesús ha apoyado su espalda cuando el Ángel lo consolaba hay una oscura señal de sangre que ya se está secando.

¡Ahí!… ¡Ahí!… ¡Sangre! ¡Sangre!

Baja los ojos para no ver, y ve la hierba toda roja por la sangre que ha goteado sobre ella y que, por el rocío que la ha mantenido licuada, parece sangre recién vertida. Es roja y brilla bajo los primeros rayos de sol.

¡No! ¡No! ¡No! ¡No quiero verla! ¡No puedo ver esa sangre! ¡Auxilio! – y se lleva las manos a la garganta y gesticula como si se estuviera ahogando en un mar de sangre.

¡Atrás! ¡Atrás! ¡Déjame! ¡Déjame! ¡Maldito! ¡Es un mar de sangre! ¡Cubre toda la Tierra! ¡La Tierra! ¡La Tierra! Y en la Tierra no hay sitio para mí, porque no puedo ver esta sangre que la cubre. ¡Soy el Caín del Inocente!

La idea del suicidio debe haber surgido en este momento en ese corazón. La cara de Judas produce miedo.

Baja del desnivel de un salto y huye por el olivar por otro camino distinto del recorrido para ir. Parece perseguido por fieras. Vuelve a la ciudad. Se envuelve como puede en el manto y trata de cubrirse lo más posible la herida y la cara.

Se dirige al Templo. Pero yendo en esa dirección, en un cruce de calles se encuentra de frente a la gentuza que arrastra a Jesús donde Pilato. No puede retirarse, porque más gente, que acude a ver, lo empuja por detrás. Y, siendo alto, por fuerza descuella, y ve.

Y encuentra la mirada de Cristo… Las dos miradas se entrelazan un momento. Luego Cristo pasa, atado, recibiendo golpes. Y Judas cae supino, como desvanecido. La masa lo pisotea sin piedad, y él no reacciona: debe preferir ser pisoteado por todo un mundo antes que toparse con esa mirada.

Una vez que ha pasado con el Mártir la gritería deicida y la calle está vacía, se levanta y corre hacia el Templo. Choca contra un guardia que está en la puerta del recinto, y casi lo derriba. Otros guardias vienen para impedir entrar al energúmeno.

Pero él, como un toro furioso, arrolla a todos. A uno que se echa sobre él para impedirle entrar en el aula del Sanedrín, donde están todavía todos reunidos y discutiendo, lo agarra por el cuello, aprieta y lo arroja abajo por los tres escalones; si no muerto, sin duda, moribundo.

¡No quiero vuestro dinero, malditos! – grita erguido en medio del aula, en el lugar donde antes estaba Jesús. Parece un demonio de improviso salido del infierno.

Ensangrentado, despeinado, encendido por el delirio, echando baba por la boca, las manos como garras, grita, y tan estridente es su voz, ronca, aulladora, que parece que ladra – ¡Vuestro dinero, malditos, no lo quiero!.

¡Habéis sido mi perdición! ¡Me habéis hecho cometer el mayor de los pecados! ¡Maldito soy, maldito como vosotros! ¡He traicionado la Sangre inocente! ¡Caiga sobre vosotros esa Sangre y mi muerte! ¡Sobre vosotros!… ¡No! ¡Ay!

Judas ve el suelo mojado de sangre.
¿También aquí?, ¿también aquí hay sangre? ¡En todas partes! ¡Su sangre está en todas partes! ¡Pero cuánta sangre tiene el Cordero de Dios, para cubrir de este modo la Tierra sin morir! ¡Y yo la he derramado! Por instigación vuestra.

¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos para siempre! ¡Maldición a estas paredes! ¡Maldición a este Templo profanado! ¡Maldición al Pontífice deicida! ¡Maldición a los sacerdotes indignos, a los doctores falsos, a los fariseos hipócritas, a los judíos crueles, a los escribas arteros! ¡Maldición a mí! ¡A mí!

¡Tened vuestro dinero y que os estrangule el alma como a mí el dogal – y arroja la bolsa a la cara de Caifás y se marcha emitiendo un grito, mientras las monedas suenan desparramándose por el suelo después de haber golpeado a Caifás en la boca haciéndole sangre.

Ninguno se atreve a retenerlo. Sale. Corre por las calles. Y fatalmente vuelve a cruzarse  con Jesús, que va a la casa de Herodes y vuelve.

Abandona el centro de la ciudad, entrando al azar por las callejuelas más míseras. Y otra vez acaba en la casa del Cenáculo, que está toda cerrada, como abandonada. Se para. La mira. –¡La Madre! – susurra – ¡La Madre!

Se queda pensativo…
¡Yo también tengo una madre! ¡Y le he matado un hijo a una madre!… No obstante… Quiero entrar… Volver a ver esa habitación. Allí no hay sangre

Llama con un golpe en la puerta… otro golpe… otro… La dueña de la casa va a abrir y entreabre la puerta. Una rendija…

A1 ver a ese hombre desfigurado, irreconocible, lanza un grito y trata de cerrar de nuevo la puerta. Pero Judas, empujando bruscamente con el hombro, la abre de par en par y, arrollando a la mujer aterrada, pasa adentro.

Corre hacia la puertecita que da acceso al Cenáculo. La abre. Entra. Un bonito sol entra por las ventanas, completamente abiertas. Judas suelta un respiro de alivio.

Entra en la sala. Aquí todo está en calma y silencioso. Las piezas de la vajilla siguen como las dejaron. Se comprende que hasta ahora nadie se ha ocupado de ello. Se podría pensar que vayan a sentarse personas a la mesa. A ésta se acerca Judas. Mira si hay vino en las ánforas. Hay. Bebe ávidamente directamente del ánfora, levantándola con las dos manos. Luego se deja caer sentado.

Apoya la cabeza sobre los brazos cruzados, encima de la mesa. No se da cuenta de que se ha sentado justo en el sitio de Jesús y que tiene delante el cáliz usado para la Eucaristía. Está inmóvil un rato, hasta que el jadeo de esta gran carrera se calma. Luego levanta la cabeza. Ve el cáliz. Y reconoce dónde se ha sentado.

Se levanta como poseído. Pero el cáliz lo cautiva. Un poco de vino rojo hay todavía en el fondo, y el sol, hiriendo el metal -parece plata- enciende ese líquido.

¡Sangre! ¡Sangre! ¡Sangre también aquí! ¡Su Sangre! ¡Su Sangre!… “¡Haced esto en memoria mía!… Tomad y bebed. Ésta es mi Sangre… La Sangre del nuevo testamento, que será derramada por vosotros…”. ¡Ay! ¡Maldición a mí! Por mí ya no puede ser derramada para remisión de mi pecado. No pido perdón porque Él no puede perdonarme. ¡Fuera, fuera! No existe ya ningún lugar donde el Caín de Dios pueda conocer la paz. ¡La muerte! ¡La muerte!

Sale. Se encuentra a María enfrente, en pie, en la puerta de la habitación donde Jesús la ha dejado. Ella, al oír un ruido, se ha asomado, quizá esperando ver a Juan, que falta desde hace muchas horas. Está pálida como una desangrada. Sus ojos, por el dolor, son todavía más parecidos a los de su Hijo.

Judas se encuentra con esa mirada que lo mira con la misma afligida y consciente cognición con que Jesús lo ha mirado en la calle, y, con un « ¡oh!» cargado de miedo, se pega a la pared.

¡Judas! – dice María – Judas, ¿qué has venido a hacer?

-Las mismas palabras de Jesús. Y dichas con amor doloroso. Judas las recuerda y grita.

Judas – repite María – ¿qué es lo que has hecho? ¿A tanto amor has correspondido traicionando?

La voz de María es caricia trémula. Judas hace ademán de huir. María lo llama con una voz que hubiera debido convertir a un demonio.

¡Judas! ¡Judas! ¡Detente! ¡Detente! ¡Escucha! Te lo digo en su nombre: arrepiéntete, Judas; Él perdona

Judas ya ha huido. La voz de María, su aspecto, han sido el golpe de gracia, es decir, de desgracia, porque él la resiste.

Va a todo correr. Se topa con Juan, que viene raudo hacia la casa a recoger a María. La sentencia está pronunciada.

Jesús va a salir para el Calvario. Es hora de llevar a la Madre donde el Hijo. Juan reconoce a Judas, a pesar de que quede bien poco del bien parecido Judas de poco tiempo antes.

¿Tú aquí? – le dice Juan con visible repulsa – ¿Tú aquí? ¡Maldito seas, asesino del Hijo de Dios! El Maestro ha sido condenado. Alégrate, si puedes. Pero deja libre el camino, que voy a recoger a la Madre; que Ella, tu otra Víctima, no te vea, reptil.

Judas huye. Lleva envuelta la cabeza en los harapos del manto. Ha dejado sólo una abertura para los ojos. La gente, la poca gente que no ha ido hacia el Pretorio, se aparta como si viera a un loco; y es lo que parece.

Vaga por los campos. El viento, de vez en cuando, trae el eco del clamor de la turba, que sigue imprecando contra Jesús. Y Judas, cada vez que este eco le llega, lanza un grito parecido al aullido de un chacal.

Realmente ha enloquecido, porque va, rítmicamente, golpeando la cabeza contra los muretes de piedra; o es que está hidrófobo, porque cuando ve un líquido cualquiera (agua, o la leche que lleva un niño en un recipiente, o el aceite que rezuma de un odre) emite un chillido, emite un chillido y grita: « ¡Sangre! ¡Sangre! ¡Su Sangre!

Quisiera beber en los regatos y en las fuentes. No puede porque el agua le parece sangre, y lo dice:

¡Es sangre! ¡Es sangre! ¡Me ahoga! ¡Me quema! ¡Llevo fuego dentro! ¡Su Sangre, la que me ha dado ayer, se ha transformado en fuego dentro de mí! ¡Maldición a mí y a ti!

Sube y baja por las lomas que rodean Jerusalén. Y su mirada, sin que pueda evitarlo, se le va hacia el Gólgota. Dos veces ve la fila que serpea por la subida. Mira y grita.

Ya está en la cima. También Judas está en la cima de un pequeño collado cubierto de olivos. Ha entrado en él abriendo una barrera rústica como si él fuera el amo, o, por lo menos, como conociendo bien el lugar.

Erguido, debajo de un olivo que está en el límite de un ribazo, mira hacia el Gólgota. Ve que levantan las cruces y comprende que Jesús ha sido crucificado. No puede ver ni oír, pero el delirio o un maleficio de Satanás le hacen ver y oír como si estuviera en la cima del Calvario.

Mira, mira como alucinado. Gesticula violentamente:

¡No! ¡No! ¡No me mires! ¡No me hables! No lo soporto. ¡Muere, muere, maldito! Que la muerte te cierre esos ojos que me dan miedo, esa boca que me maldice. Pero yo también te maldigo, porque no me has salvado.

La cara está tan desfigurada que ya uno no puede mirarla. Dos hilos de baba cuelgan de la boca, de esa boca que grita.

La mejilla mordida está amoratada e hinchada, de forma que la cara se ve deformada. El pelo apelmazado. La barba, muy oscura, que ha crecido – los carrillos durante esas horas, dibuja en éstos y en el mentón una mordaza lúgubre. ¡Y los ojos!… Giran, se mueven espasmódicos, tienen fosforescencia. Como un verdadero demonio.

Arranca de su cintura el cordón de ruda lana roja que le ciñe con tres vueltas. Prueba su solidez enroscándolo en torno a un olivo y tirando con toda su fuerza. Resiste. Es fuerte. Elige un olivo que valga para ese fin.

Trepa al árbol. Asegura fuertemente un cabo a la rama más fuerte y que más sobresale hacia el vacío. Ya ha hecho el nudo corredizo. Mira por última vez hacia el Gólgota. Luego mete la cabeza en el nudo corredizo. Ahora parece tener dos collares rojos en la base del cuello. Se sienta en el límite del ribazo. Luego, de golpe, se deja caer en el vacío.

El nudo lo estrangula. Forcejea unos minutos. Pone en blanco los ojos, se pone negro por la asfixia, abre la boca, las venas del cuello se hinchan, se ponen negras. Pega cuatro o cinco patadas al aire en las últimas convulsiones. Luego la boca se abre para pender de ella la lengua oscura y babosa. Los globos oculares quedan al descubierto, saltones, mostrando el bulbo blanquecino inyectado de sangre. El iris desaparece hacia arriba. Está muerto.

El fuerte viento que se ha levantado por la inminente borrasca cimbrea el macabro péndulo y lo hace girar como una horrenda araña colgando del hilo de su telaraña.


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