La Resurrección de Cristo Jesús

En el huerto donde esta el sepulcro custodiado, todo es silencio y titileo del rocío. Encima, un cielo que va adquiriendo color zafiro cada vez más claro, donde algunas estrellitas se resisten todavía a morir, y parpadean, cada vez más débilmente bajo la onda de luz del alba.

Y naufragan, sumergidas por la ola del alba, como tierra sobrepujada por el agua. Y ya hay una menos… y luego otra menos… y otra, y otra: el cielo va perdiendo sus rebaños de estrellas… Ya sólo, en el extremo occidente, hay tres; luego, dos; luego una, que sigue contemplando ese prodigio cotidiano que es el surgimiento de la aurora.

Los soldados que están de guardia, aburridos, enfriados, en varias posturas, vigilan el Sepulcro, cuya puerta ha sido reforzada, en los bordes, con una gruesa capa de argamasa, como si fuera un contrafuerte. Sobre el fondo blanco opaco de la argamasa resaltan las anchas rosetas de cera roja del sello del Templo, estampadas junte a otros sellos directamente en la argamasa fresca.

Los soldados deben haber encendido un pequeño fuego durante la noche, porque hay en el suelo ceniza y tizones mal quemados; y deben haber jugado y comido, porque hay todavía restos de comida diseminados, y pequeños huesos limpios, usados, sin duda, para algún juego semejante a nuestro dominó o a nuestro infantil juego con canicas, jugados sobre un rudimentario trazado dibujado en el sendero. Luego se han cansado y han abandonado todo para buscar posturas más o menos cómodas, según fuera para dormir o para velar.

En el cielo, aparece, procedente de profundidades desconocidas, un meteoro lleno de resplandor. Y el meteoro baja -bola de fuego de irresistible resplandor- seguido de una estela rutilante. Baja velocísimo hacía la Tierra, esparciendo una luz tan intensa, fantasmagórica, aterradora dentro de su belleza, que la rosada de la aurora queda anulada, superada por esta incandescencia blanca.

Los soldados alzan, estupefactos, la cabeza (incluso porque con la luz llega un estampido potente, armónico, solemne, que llena con su sonido toda la Creación). Viene de profundidades paradisíacas. Es el aleluya, el gloria angélico, que sigue al Espíritu del Cristo en su regreso a su Carne gloriosa.

El meteoro se abate contra la piedra que inútilmente cierra el Sepulcro. La arranca de cuajo, la echa al suelo. Paraliza, por el terror y el fragor, a los soldados puestos como carceleros del Dueño del Universo. Y, a su regreso a la Tierra, al igual que había producido un terremoto cuando huyó de la Tierra, el Espíritu del Señor produce un nuevo terremoto. Entra en el oscuro Sepulcro, el cual, con esta indescriptible luz, se llena de claridad; y mientras la luz permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu se reinfunde en el inmóvil Cuerpo bajo la mortaja.

Todo esto ha sido rapidísimo: no en un momento, sino en una fracción de momento. E1 «Quiero» del divino Espíritu a su fría Carne no tiene sonido. Lo dice la Esencia a la Materia inmóvil. Pero ningún oído humano percibe esa palabra. La Carne recibe ese imperativo y obedece con profundo respiro… Durante unos momentos, nada más.

Debajo del sudario y de la sábana, la Carne gloriosa se recompone vestida de eterna belleza, se despierta del sueño de la muerte, regresa de la “nada” en que estaba, vive después de haber estado muerta. Ciertamente el corazón se despierta y da su primer latido, impulsa en las venas la helada sangre que quedaba y, inmediatamente, crea la medida total de sangre en las arterias vaciadas, en los pulmones inmóviles, en el cerebro entenebrecido, y aporta nuevo calor, salud, fuerza, pensamiento.

Otro instante, y se produce un repentino movimiento bajo la pesada sábana. Tan repentino, que, desde el instante en que El mueve las manos cruzadas, hasta el momento en que aparece, majestuoso, en pie, lleno de resplandor con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente bello y majestuoso, con una gravedad que lo transforma y eleva sin anularle su identidad, la vista casi no tiene tiempo de captar los momentos sucesivos. Y ahora la vista lo admira.

¡Qué distinto de como la mente recuerda! Pulcro, sin heridas ni sangre; sólo resplandeciente, con el resplandor de la luz que mana a chorros de las cinco llagas y rezuma por todos los poros de su epidermis.

Cuando da el primer paso y, al moverse, los rayos que irradian las Manos y los Pies lo aureolan de haces de luz: desde la Cabeza, nimbada con un halo constituido por las innumerables pequeñas heridas de 1a corona, que ya no manan sangre sino sólo fulgor, hasta el borde del vestido-, cuando, abriendo los brazos que tenía juntos en el pecho, descubre la zona de luminosidad vivísima que pasa a través del vestido encendiéndolo con un sol a la altura del Corazón, entonces realmente es la “Luz” que ha tomado cuerpo.

No la pobre luz de la Tierra, no la pobre luz de los astros, no la pobre luz del Sol. Es la Luz de Dios: todo el fulgor paradisíaco reunido en un solo Ser.

Cuando se mueve, viniendo hacia la salida, y la vista puede ver más allá del fulgor, entonces aparecen dos luminosidades hermosísimas (sólo como estrellas comparadas con el Sol): una hacia dentro y otra hacia afuera de la puerta, postradas en acto de adoración a su Dios que pasa envuelto en su luz, espirando beatitud con su sonrisa; y sale. Abandona la fúnebre gruta y vuelve a pisar la tierra, la cual se despierta de alegría y resplandece toda en su rocío, en los colores de las hierbas y los rosales, en las infinitas corolas de los manzanos que se abren por un prodigio al recibir los primeros rayos del Sol, que las besan, y ante la presencia del Sol eterno que bajo ellas camina.

Los soldados se han quedado paralizados donde estaban… Las fuerzas corrompidas del hombre no ven a Dios, mientras que las fuerzas puras del universo -las flores, las hierbas, los pájaros- admiran y veneran al Poderoso, que pasa nimbado con su propia Luz y rodeado de un nimbo de luz solar.

Su sonrisa, la mirada que deposita en las flores, en las frondas, o que se alza al cielo sereno, hace aumentar la belleza de todo: y más suaves, y teñidos de un esfumado, sedoso colorido rosáceo, aparecen los millones de pétalos que forman una espuma florecida sobre la cabeza del Vencedor; y más vivos aparecen los diamantes del rocío; y más azul el cielo, que refleja sus Ojos refulgentes; y más festivo el Sol, que pone pinceladas de alegría en una nubecita movida por una brisa ligera que viene a besar a su Rey con fragancias arrebatadas a los jardines y caricias de pétalos sedosos.

Jesús alza la Mano y bendice. Luego, mientras cantan más fuerte los pájaros y más intensamente el viento perfuma, desaparece.


María Stma. está postrada rostro en tierra. Parece un pobre ser abatido. Parece esa flor de que ha hablado, esa flor muerta a causa de la sed. La ventana cerrada se abre con un impetuoso golpeo de las recias hojas, y, bajo el primer rayo del Sol, entra Jesús.

María, que se ha estremecido con el ruido y que alza la cabeza para ver qué ráfaga de viento ha abierto la ventana, ve a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso que cuando todavía no había padecido; sonriente, vivo, más luminoso que el Sol, vestido con un blanco que parece luz tejida. Y lo ve avanzar hacia Ella.

María se endereza sobre sus rodillas y, uniendo las manos sobre el pecho, dice con un sollozo que es risa y llanto: «Señor, mi Dios». Y se queda arrobada, contemplándolo con su rostro lavado todo en lágrimas, pero sereno ahora, sosegado por la sonrisa y el éxtasis.

Pero El no quiere ver a su Madre de rodillas como una sierva. Y la llama tendiéndole las Manos, cuyas heridas emanan rayos que hacen aún más luminosa su Carne gloriosa: « ¡Mamá!». Y no es esa palabra afligida de los coloquios y despedidas anteriores a la Pasión, ni el lamento desgarrado del encuentro en el Calvario y de la agonía. Es un grito de triunfo, de alegría, de liberación, de fiesta, de amor, de gratitud. Y se inclina hacia su Madre, que no osa tocarlo, y le pone sus Manos bajo los codos doblados, la pone en pie, la aprieta contra su Corazón y la besa.

¡Oh, entonces María comprende que no es una visión, sino que es su Hijo realmente resucitado; que es su Jesús, el Hijo que sigue amándola como Hijo! Y, con un grito, se le arroja al cuello y lo abraza y lo besa, riendo y llorando. Lo besa en la Frente, donde ya no hay heridas; en la Cabeza, que ya no está despeinada ni sangra; en los Ojos fúlgidos; en las Mejillas ahora sanas; en la Boca que ya no está hinchada. Y luego toma sus Manos y besa los dorsos y las palmas, en las radiosas heridas. Y, con un impulso repentino, se agacha a sus Pies, retira el vestido resplandeciente que los cubre, y los besa.

Luego se levanta, lo mira, no se atreve… Pero Él comprende y sonríe. Retira levemente su vestido en la parte del pecho y dice:

¿Y esta llaga, Mamá, no la besas; esta que tanto te ha hecho sufrir y que sólo tú eres digna de besar? Bésame en el Corazón, Mamá. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que significa dolor, y me dará ese gozo que todavía le falta a mi Gozo de Resucitado.

Y toma entre sus manos la cara de su Madre y apoya los labios de Ella en los labios de la herida del Costado, de donde manan chorros de luz vivísima. El rostro de María, sumergido en ese torrente de rayos, aparece aureolado por esa luz.

Ella besa, besa, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que ha pegado su boca a la fuente y de la fuente esté bebiendo esa vida que se le escapaba. Ahora Jesús habla.

Todo ha terminado, Mamá. Ya no tienes que llorar por tu Hijo. La prueba está consumada. La Redención se ha producido.

Mamá, gracias por haberme concebido, criado, ayudado en 1a vida y en la muerte. He sentido llegar a mí tus oraciones, que han sido mi fuerza en el dolor, mis compañeras en mi viaje por este mundo y más allá de este mundo; tus oraciones han estado conmigo en la Cruz y en el Limbo. Eran el incienso que precedía al Pontífice que iba a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi Cielo.

Tus oraciones han venido conmigo al Paraíso, precediendo como voz angélica al cortejo de los redimidos guiados por el Redentor, para que los ángeles estuvieran preparados para saludar al Vencedor que volvía a su Reino. El Padre y el Espíritu Santo las han oído y visto, y han sonreído como a 1a flor más hermosa y al más dulce canto nacidos en e1 Paraíso. Las han conocido los Patriarcas y los nuevos Santos, los nuevos, primeros, ciudadanos de mi Jerusalén. Y Yo te traigo el “gracias” de ellos, Mamá, junto con el beso de tus padres y su bendición, y la de tu esposo de alma, José.

¡Todo el Cielo entona su hosanna para ti, Madre mía, Mamá santa! Un hosanna que no muere, que no es falso como el que hace unos días la gente entonó para mí. Ahora voy al Padre con mi figura humana. El Paraíso debe ver al vencedor en esa figura de Hombre con que ha vencido al Pecado del Hombre. Pero luego regresaré. Tengo que confirmar en la Fe a quien no cree todavía y necesita creer para llevar a otros a creer; debo fortalecer a los pequeños, que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir al mundo.

Luego subiré al Cielo. Pero no te dejaré sola. Mamá, para ti cumplo otro milagro. Tú me tendrás, en el Sacramento, real como cuando me llevabas dentro de ti.

Nunca estarás sola. En estos días lo has estado. Pero mi Redención requería también este dolor tuyo. Mucho ha de añadirse continuamente a la Redención, porque mucho será creado continuamente en el orden del Pecado. Llamaré a todos mis siervos a esta coparticipación redentora. Y tú eres aquella que, por si sola, hará más que todos los santos juntos. Por eso, se requería también este largo abandono.

A partir de ahora, ya no. Ya no estoy escindido del Padre. Tú ya no estarás escindida del Hijo. Y, teniendo al Hijo, tienes a la Trinidad nuestra. Tú, Cielo viviente, serás portadora de la Trinidad en la Tierra, en medio de los hombres, y santificarás a la Iglesia, tú, Reina del Sacerdocio y Madre de los Cristianos. Luego Yo vendré a recogerte. Y ya no seré Yo en ti, sino que serás tú en mí, quien, en mi Reino, haga más hermoso el Paraíso.

Ahora me marcho, Madre. Voy a hacer feliz a la otra María. Luego subo al Padre. Luego vendré a quien no cree. Mamá, tu beso por bendición, y mi Paz a ti por compañía. Adiós.

Y Jesús desaparece en el sol, que desciende a chorros del cielo matutino y sereno.


Entretanto las mujeres pias, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.

¿Estarán abiertas ya las puertas? – pregunta Susana.

Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras.

Va al mercado – responde Salomé.

¿Nos dirán algo? – Es también Susana la que hace esta pregunta.

¿Quién? – pregunta la Magdalena.

Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta… entran pocos y, menos todavía, salen… Crearemos recelos

¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de la Pascua regresan a sus pueblos.

Pero… Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos siguiendo el muro bien pegadas a él?

Alargamos el camino.

Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua

Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que darnos prisa y volver pronto.

La que habla tan resueltamente es la Magdalena.

Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer… – le ruegan todas.

De acuerdo. Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde ella

¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia… Ella es conocida y se la teme

Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio.

¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta, más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto -ya lo he previsto yo (y enseña una bolsa llena de monedas)-nos dejarán hacer todo.

Se lo decimos también a Juana. Tienes razón.

Entonces marchaos. Y yo también.

¿Vas sola, María? Voy contigo – dice Marta, temerosa por su hermana.

No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós.

Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el pecho. Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para…

La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste. Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de la aurora que va avanzando en el cielo, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno.

Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se pliega un poco susurrando: « ¡Mi Señor!», y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz, corre hacia el huerto.

Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.

María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas. María Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo: –¡Ay, se lo han llevado!

Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa.

Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre presurosa por las calles, que ahora tienen un poco más de gente. Llega donde la dueña de casa.

¿Dónde están Juan y Pedro? – pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.

Allí – y la mujer señala hacia el Cenáculo.

María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):

¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¿Quién sabe dónde lo habrán puesto? – y por primera vez se tambalea y vacila y, para no caerse, se agarra donde puede.

¡Cómo! ¿Qué dices? – preguntan los dos.

Y ella, jadeante: –Yo me adelanté… para comprar a los soldados que estaban de guardia… para que nos permitieran embalsamar. Ellos están allí como muertos… El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo… ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos corriendo

Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro.

Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos…. Se asoman a la entrada y, en la oscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente, saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto incandescente esplendor, se desvanece. Caen de rodillas, aturdidas por el estupor.

Pero el ángel les habla dulcemente:

No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado.

¡Ya no está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí lo veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho.

Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y susurran: –¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!

Vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden ver a María… Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que «no puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de allí». Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla…

Mientras tanto, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.

Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la Sábana.

¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra mira.

Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho: «No me voy a atrever a acercarme a ese sitio». Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso lo llama, como si pudiera estar escondido en algún rincón oscuro.

La oscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena… Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que tiene que ayudarse con las manos… Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…

¡No está, Juan! ¡No está!… ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz.

Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado; y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.

Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto… Y nosotros les hemos dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido

¡Oh! ¿Dónde lo habrán puesto!

Pedro… Pedro… ahora sí que ya no hay nada que hacer.

Los dos discípulos salen abatidos por completo.

Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre

Yo no me marcho. Me quedo aquí… Alguno vendrá… No, no me voy… Aquí hay todavía algo que de Él. Tenía razón su Madre… Respirar el aire donde Él ha estado es el único consuelo que nos queda.

María se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan lentamente.

Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles, sentados el uno en la cabecera y el otro en los pies de la piedra de la unción. Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas la mujer fuerte que con heroísmo ha resistido todo.

¿Por qué lloras, mujer? – pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos adolescentes).

Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.

María habla con ellos sin miedo. No pregunta: « ¿Quiénes sois?». Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva.

El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos manzanos del pomar.

María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:

Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerlo.

Y María, entre sollozos:

¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarlo en espera de que resucitara… He tenido recogido todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor… y ahora ya no lo encuentro… No, más bien he puesto mi amor en torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlos de los hombres… ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi Amor, y con Él me han arrebatado todo

¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde lo has puesto! Y yo iré por Él… No se lo diré a nadie… Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré. ¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia Él, descárgalo sobre mí. Pero devuélvemelo.

¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!… ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces. ¡Dime! Dime dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor… señor… ya lo ves… hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios… No añadas la Profanación al Delito

¡María!

Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.

¡Rabhuní!

El grito de María es verdaderamente “el gran grito” que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús.

Jesús, tocándola apenas con 1a punta de los dedos en la frente, la separa:

¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos.

Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece. María besa el suelo donde Él estaba y corre hacía la casa. Entra como un rayo -la puerta está entornada para dejar paso al amo de la casa, que se dirige hacía la fuente-, abre la puerta de la habitación de María Stma. y se deja caer en el corazón de Ella, gritando: –¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! – y llora llena de dicha.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s