El Martirio de Perpetua y Felicitas

En un tugurio, que elimina aun la más pequeña idea de libertad, está una joven morena; está sentada en un jergón que le sirve de lecho, asiento y mesa.

Tiene en su regazo a un niñito de pocos meses, al que está amamantando. Le mece, le mima con infinito amor. El pequeñuelo juega con su joven madre y frota su carita tan cetrina contra el moreno seno materno; se prende y se desprende de éste con avidez y con súbitas risitas rebosantes de leche.

La joven es muy hermosa. Tiene un rostro regular, más bien redondo, bellísimos ojos grandes, negros y aterciopelados, boca carnosa y pequeña en la que resaltan los dientes blanquísimos y parejos; los cabellos son negros y algo rizados y están sujetados en trenzas estrechas que lleva envueltas alrededor de la cabeza. Su tez es morena, olivácea, aunque no lo es excesivamente. Cuando se levanta para pasear al niño por la celda a fin de hacerle dormir, se ve que es alta y con un porte lleno de dignidad, parece una reina.

Enseguida, entra un anciano; también él es moreno. El carcelero abre la pesada puerta y le hace entrar. Luego se retira. La joven se vuelve y sonríe. El anciano la mira y llora. Por algunos instantes permanecen así. Luego estalla todo el dolor del anciano. Suplica acongojado a la hija que tenga piedad de su sufrimiento.

Le dice: “No te di la vida para esto. Te amé entre todos mis hijos como luz y alegría de mi casa. Y ahora quieres perderte y perder a tu pobre padre, que siente la muerte en el corazón por el dolor que le das. Hace meses que te suplico, hija mía. Te has obstinado en resistir y tú, que naciste en la holgura, has conocido la cárcel.

Doblegué mi espalda ante los poderosos y logré que, si bien como prisionera, pudieras estar aún en tu casa. Le había prometido al juez que conseguiría plegarte con mi autoridad paterna.

Ahora él se burla de mí porque ve que de esa autoridad no te importó nada. No es esto lo que tendría que enseñarte la doctrina que, según tu opinión, es perfecta.

¿Qué Dios es el que sigues, si te inculca que no respetes a quien te dio la vida y que no le ames, pues si me amaras no me darías este enorme dolor? Gracias a tu obstinación, que ni siquiera la piedad por ese pobre inocente logró vencer, te arrebataron de tu casa y te encerraron en esta prisión. Pero ahora ya no se habla de prisión, se habla de muerte. Es atroz.

¿Morir por qué causa? ¿Morir por quién? ¿Por quién quieres morir? ¿Necesita tu Dios tu sacrificio, nuestro sacrificio, el mío y el de tu criatura, que quedará sin madre? ¿Para lograr su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto? Pero, ¿cómo es posible? El animal feroz ama a sus cachorros y los ama tanto más cuanto más los ha amamantado.

Yo tenía esta esperanza y por eso obtuve que te permitieran nutrir a tu niño. Pero no cambias: tras haberle nutrido, tras haberle abrigado, tras haber hecho de ti almohada para su sueño, ahora le rechazas, le abandonas sin añoranzas. No te suplico por mí. Te suplico en su nombre. No tienes el derecho de dejarle huérfano. Tampoco tu Dios tiene ese derecho. ¿Cómo puedo creer que es más bueno que nuestros dioses, si pretende sacrificios tan crueles? Tú haces que no le ame, que le maldiga cada vez más.

¡Pero no, no! ¿Qué estoy diciendo? ¡Perdóname, Perpetua! Perdona a tu anciano padre, al que el dolor hace perder la razón. ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate con nosotros.

Dile al juez que obedecerás. Luego amarás al que quieras entre los dioses terrenos. Luego harás de tu padre lo que quieras. No te llamaré hija, no seré más tu padre. Seré tu siervo, tu esclavo; tú serás mi ama. Señora mía, ordena y te obedeceré. Pero ten piedad, piedad. Sálvate mientras puedas hacerlo. Ya no se puede aguardar más. Sabes que tu compañera ya ha dado a luz a su criatura y que ahora nada puede detener la sentencia.

Te arrebatarán a tu hijo, no le volverás a ver. Puede ocurrir mañana, quizás hoy mismo. ¡Ten piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que aún no sabe hablar pero que ya ves cómo te mira y sonríe! ¡Ves cómo invoca tu amor! ¡Oh, señora, señora mía, luz y reina de mi corazón, luz y alegría de tu hijo, piedad, piedad!”.

El anciano está de rodillas y besa el ruedo del vestido de su hija, le abraza las rodillas, intenta cogerle la mano que ella tiene apoyada en el corazón para reprimir su congoja. Pero nada la doblega.

Responde: “Permanezco fiel a mi Señor propio por el amor que siento por ti y por él. Ninguna gloria terrena otorgará a tu cabeza blanca y a este inocente tanta dignidad como mi muerte.

Vosotros alcanzaréis la Fe. ¿Y, entonces, qué diríais de mí si, por la vileza de un momento, hubiera renunciado a la Fe?

Para triunfar, mi Dios no tiene necesidad de mi sangre ni de tus lágrimas. Pero, en cambio, tú tienes necesidad de la sangre y el llanto para alcanzar la Vida. Y también este inocente los necesita para permanecer en ella. Por la vida que me diste y por el júbilo que mi hijo me ha dado, obtengo para vosotros la Vida verdadera, eterna, bienaventurada.

No, mi Dios no enseña el desamor hacia los padres y hacia los hijos. Enseña el amor verdadero. Padre, en este momento el dolor te hace delirar. Pero luego la luz se hará en ti y me bendecirás. Desde el Cielo, yo te la enviaré. En cuanto a este inocente, no es que le ame menos ahora que he dado mi sangre para nutrirle.

Si la crueldad pagana no se hubiera ensañado con nosotros, los cristianos, habría sido para él una madre amantísima y él habría sido la finalidad de mi vida.

Pero Dios es más grande que la carne que ha nacido de mí y el amor que hay que consagrarle es infinitamente mayor. Ni siquiera en nombre de la maternidad puedo posponer el amor hacia Él por el amor de una criatura.

No. No eres el esclavo de tu hija. Sigo siendo, siempre, tu hija, que te obedece en todo menos en esto: en renunciar por ti al verdadero Dios. Deja que se cumpla la voluntad humana. Y, si me amas, sígueme en la Fe. En ella encontrarás a tu hija, y será para siempre, porque la verdadera Fe concede el Paraíso y mi Pastor santo ya me ha dado la bienvenida en su Reino”.

Despues en la celda se ve entrar a otros personajes: son tres hombres y una mujer muy joven. Se besan y abrazan recíprocamente. También entran los carceleros para llevarse al hijo de Perpetua.

Ésta vacila como si hubiera recibido un golpe. Su compañera Felicitas la consuela; le dice: “Yo también he perdido a mi criatura. Pero no está perdida. Dios ha sido bueno conmigo. Me ha concedido que la engendrase para Él y su bautismo se engalana con mi sangre como con piedras preciosas. Era una niña… hermosa como una flor. También tu niño es hermoso, Perpetua. Pero para hacerles vivir en Cristo, estas flores necesitan nuestra sangre. De este modo, les daremos doblemente la vida”.

Perpetua coge al pequeñuelo, que había acostado en el jergón y que ahora duerme contento y saciado, y se lo da al padre, tras haberle besado levemente para no despertarle. Luego le bendice, baña sus dedos en las lágrimas que brotan de sus ojos y traza una cruz sobre la frente y otra sobre las manecitas, sobre los piececitos, sobre el pecho. Hace todo esto con tal dulzura, que el niño sonríe en el sueño como si recibiera una caricia.

Luego los condenados salen, los soldados les rodean y les acompañan a una oscura cávea del anfiteatro a la espera del martirio.

Transcurren las horas rezando y cantando himnos sacros y exhortándose recíprocamente al heroísmo. La multitud rumorea sobre las gradas, se agita. A pesar del velario que han tendido de la parte en que da el sol, la luz es intensa.

En la arena ya ha habido juegos crueles porque está manchada de sangre; hacen entrar en ella a los seis mártires, van en fila. La multitud silba e impreca. Perpetua está a la cabeza de los mártires, que avanzan cantando. Se detienen en medio de la arena y uno de ellos se dirige a la multitud.

Sería mejor que demostrarais vuestro coraje siguiéndonos en la Fe, en lugar de insultar a gente inerme que devuelve vuestro odio rezando por vosotros y amándoos.

¡Oh, embusteros que pretendéis ser civiles y aguardáis que una mujer dé a luz para matarla luego tanto en el cuerpo como en el alma, porque la separáis de su criatura!

¡Oh, crueles que mentís para matar, porque sabéis que ninguno de nosotros os hace daño y que menos que nadie os lo hará una madre, pues piensa sólo en su criatura!

Las varas con que nos habéis azotado, la prisión, las torturas, el haber arrebatado los hijos a dos madres, no mudarán nuestro corazón; no lo cambiarán en cuanto al amor a Dios y tampoco en cuanto al amor al prójimo. Tres veces, siete veces, cien veces, daríamos la vida por nuestro Dios y por vosotros; la ofreceríamos para que llegarais a amarle.

Por eso rezamos por vosotros mientras el Cielo ya se abre sobre nuestras cabezas: Padre nuestro que estás en los cielos…”. Los seis santos mártires rezan de rodillas.

Se abre una puerta baja e irrumpen las fieras; creo que son toros o búfalos salvajes por lo impetuoso de su carrera, que les hace asemejar a bólidos. Embisten el grupo inerme como si fuera una catapulta adornada por puntiagudos cuernos. Levantan los cuerpos con sus cuernos, los arrojan por el aire como si fueran harapos, vuelven a estrellarlos contra el suelo, los pisotean. Como ebrios por la luz y el clamor, huyen y luego vuelven a embestir.

Con una cornada, un toro alza a Perpetua como si fuera una pajuela y la arroja a muchos metros de distancia. Pero, a pesar de estar herida, se levanta y su primer gesto es el de ajustarse las ropas, desgarradas a la altura del seno.

Sosteniendo la túnica con la mano derecha, se arrastra hacia Felicitas, que está tendida cara al cielo, con el cuerpo desgarrado, y la cubre, la sostiene, haciendo escudo a la herida con su cuerpo.

Las fieras vuelven a herir hasta que los seis agonizantes quedan tendidos en la arena. Entonces los bestiarios hacen volver a las fieras a sus cubiles y los gladiadores, a fuerza de armas, rematan la obra.

Pero el que le toca a Perpetua no sabe matar; no se comprende si es por piedad o inexperiencia. La hiere, pero no en el punto justo. Con un hilo de voz y una sonrisa dulcísima, Perpetua le dice: “Ven aquí, hermano, a que te ayude”. Luego apoya la punta de la espada contra la carótida derecha, dice: “¡Jesús, me encomiendo a Ti! Empuja, hermano, yo te bendigo” y vuelve la cabeza hacia la espada para ayudar al inexperto y turbado gladiador.


Dice Jesús:

«Éste es el martirio de mi mártir Perpetua, de su amiga Felicitas y de sus compañeros. Sólo era rea de ser cristiana, aunque aún era catecúmena. Mas, ¡cuán intrépido era su amor por Mí! Al martirio de la carne unió el del corazón, y así también Felicitas. Si sabían amar a sus verdugos, ¿cómo habrán sabido amar a sus propios hijos?

Eran jóvenes y felices con el amor del esposo y de los padres, en el amor de su criatura. Mas hay que amar a Dios por sobre todas las cosas. Y ellas le aman así. Se desgarran las entrañas al separarse de su pequeñuelo, mas la Fe no muere. Ellas creen, creen firmemente, en la otra vida. Saben que sólo la logrará quien fue fiel y vivió según la Ley de Dios.

El amor es ley en la ley, ya sea el amor a Dios o el amor al prójimo. ¿Qué amor puede ser más grande que el de dar la vida por quienes se ama, así como la dio el Salvador por la humanidad que amaba? Ellas ofrecen su vida porque me aman y para llevar a otros a amarme y a poseer, de este modo, la Vida eterna.

Ellas quieren que alcancen la Vida de mi Reino los hijos, los padres, los esposos, los hermanos, y todos aquellos a quienes aman – por amor vinculado a la sangre o por amor vinculado al espíritu – y, entre ellos, también los verdugos, pues Yo he dicho: “Amad a quienes os persiguen”. Y para guiarles a mi Reino, trazan con su sangre un signo que va de la Tierra al Cielo, un signo que resplandece, un signo que llama.

¿Qué es sufrir? ¿Qué es morir? Es sólo un instante fugaz. En cambio, la vida eterna no acaba. Ese instante de dolor no es nada respecto al futuro de gozo que las espera. ¿Qué son las fieras? ¿Qué son las espadas? ¡Son algo bendito, porque dan la Vida!

La única preocupación que las inquieta – pues el que es santo debe serlo en todo – es la de conservar la pudicia. En el momento del martirio, no se cuidan de la herida sino de las ropas desordenadas pues, aunque no son vírgenes, no por eso dejan de ser púdicas.

El verdadero cristianismo lleva siempre a la virginidad del espíritu. Por eso esta sublime pureza se mantiene aun donde el matrimonio y la prole han quitado ese sello que hace ángeles a los vírgenes.

El cuerpo humano lavado por el Bautismo es un templo del Espíritu Santo. Por lo tanto, no debe ser violado con modas desvergonzadas, con desvergonzados usos. Sobre todo de la mujer que no respeta a sí misma, no puede descender sino una prole viciosa y una sociedad corrupta; de ella se aparta Dios y en ella Satanás ara y siembra sus tormentos, que os llevan a la desesperación».


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