La Madre de Judas Iscariote

En una habitación, yace una mujer sobre un lecho; irreconocible ella, de tan desfigurada como está a causa de una mortal angustia. Su rostro aparece consumido, devorado por la fiebre que enciende los pómulos, salientes de tan ahondados como están los carrillos. Los ojos, dentro de un círculo negro, rojos de fiebre y llanto, están semicerrados bajos los párpados hinchados.

Donde no hay enrojecimiento de fiebre hay amarillez intensa, verdastra, como por bilis esparcida en la sangre. Los brazos descarnados, las manos afiladas, están desmayados sobre las mantas que un veloz jadeo levanta.

Junto a la enferma, que no es sino María de Simón la madre de Judas, está la madre de Yoana, Ana, secando lágrimas y sudor, agitando un abanico, cambiando en la frente y la garganta de la enferma paños impregnados en un vinagre aromatizado, acariciando a la enferma las manos y los sueltos cabellos, esos cabellos que, en poco tiempo, han pasado a ser más blancos que negros y que están esparcidos sobre la almohada o aglutinados por el sudor tras las orejas ahora transparentes.

Y llora también Ana, diciendo palabras de consuelo: –¡Así no, María! ¡Así no! ¡Basta! Él… él ha pecado. Pero tú, tú sabes cómo el Señor Jesús...

¡Calla! Ese Nombre… diciéndomelo a mí… se profana… ¡Soy la madre… del Caín… de Dios! ¡Ay!

El llanto quedo se transforma en extremo, lacerante sollozo. La mujer siente ahogarse, se agarra al cuello de su amiga, que la socorre; un vómito bilioso le sale por la boca.

¡Cálmate! ¡Cálmate, ¡María! ¡Así no! ¡Oh!, ¿qué puedo decirte para convencerte de que Él, el Señor, te quiere? ¡Te lo repito! ¡Te lo juro por las cosas para mí más santas: por el Salvador y por mi hija! Él me lo dijo cuando lo condujiste a mí. Él tuvo para ti palabras y detalles de un amor infinito. Tú eres inocente. Él te quiere. Estoy segura, segura estoy de que se entregaría otra vez por darte paz, pobre madre mártir.

¡Madre del Caín de Dios! ¿Oyes? El viento, ahí afuera… lo dice… Va por el mundo la voz… la voz del viento, y dice: “María de Simón, madre de Judas, el que traicionó al Maestro y lo entregó a sus crucifixores”. ¿Oyes? Todo lo dice… El arroyo, ahí afuera… Las tórtolas… las ovejas… Toda la Tierra grita que soy yo… No, no quiero curarme. ¡Morir es lo que quiero!… Dios es justo y no descargará su mano contra mí en la otra vida. Pero aquí, no. El mundo no perdona… no distingue… Me vuelvo loca porque el mundo grita…: “¡Eres la madre de Judas!”.

Vuelve a caer, exhausta, sobre la almohada. Ana la coloca y sale para llevarse los paños ya sucios… María, con los ojos cerrados, exangüe después del esfuerzo realizado, gimiendo, dice:

¡La madre de Judas!, ¡de Judas!, ¡de Judas!

Jadea. Luego continúa:

Pero ¡qué es Judas? ¿Qué di a luz? ¿Qué es Judas? ¡Qué di…?

Jesús aparece en la habitación. Llama dulcemente: –¡María! ¡María de Simón!

La mujer está casi en estado de delirio y no da relevancia a la voz. Está ausente, enajenada dentro de los torbellinos de su dolor, y repite las ideas que obsesionan su cerebro, monótonamente, como el tictac de un péndulo:

¡La madre de Judas! ¿Qué di a luz? El mundo grita: “¡La madre de Judas!”...

Jesús tiene dos lágrimas en el lagrimal de sus ojos dulcísimos. Asombra mucho que Jesús pudiera llorar después de su resurrección… Se agacha. ¡La cama es tan baja para Él tan alto…! Pone la mano en la frente febril, apartando los paños impregnados en vinagre, y dice:

Un desdichado. Esto. Nada más. Si el mundo grita, Dios cubre el grito del mundo diciéndote: “Ten paz, porque Yo te quiero”. ¡Pobre madre, mírame! Recoge tu espíritu desorientado y ponlo en mis manos. ¡Soy Jesús!...

María de Simón abre los ojos como saliendo de una pesadilla y ve al Señor, siente su Mano en su frente, se lleva las manos temblorosas a la cara y, gimiendo, dice: –¡No me maldigas! Si hubiera sabido lo que engendraba, me habría arrancado las entrañas para impedir que naciera.

Y habrías pecado. ¡María! ¡Oh, María! No te apartes de tu justicia por el pecado de otro. Las madres que han cumplido con su tarea no deben considerarse responsables del pecado de sus hijos. Tú has cumplido con tu deber, María. Dame tus pobres manos. Pobre madre, tranquilízate.

Soy la madre de Judas. Impura estoy como todo lo que ese demonio tocó. ¡Madre de un demonio! No me toques. Forcejea tratando de evitar las Manos divinas, que quieren sujetarla.

Las dos lágrimas de Jesús le caen a la mujer en la cara, que otra vez está encendida de fiebre.

Yo te he purificado, María. Tienes en ti mis lágrimas de piedad. Por ninguno he llorado desde que consumí mi dolor. Pero por ti lloro con toda mi amorosa piedad.

Ha logrado tomarle las manos y se sienta en el borde la cama, y tiene esas manos temblorosas entre las suyas. La piedad amorosa de sus fúlgidos ojos acaricia, envuelve, a la infeliz, que se calma y llora quedamente, y susurra:

¿No me guardas rencor?

Te tengo amor. He venido por esto. Ten paz.

¡Tú perdonas! ¡Pero el mundo! ¡Tu Madre! Me odiará.

Ella piensa en ti como en una hermana. El mundo es cruel. Es verdad. Pero mi Madre es la Madre del Amor, y es buena. Tú no puedes ir por el mundo, pero Ella vendrá a ti cuando todo esté en paz. El tiempo pacifica...

Hazme morir, si me quieres...

Todavía un poco. Tu hijo no supo darme nada. Tú dame un tiempo de tu sufrimiento. Será breve.

Mi hijo te dio demasiado… Te dio el horror infinito.

Y tú el dolor infinito. El horror ha pasado. Ya no tiene utilidad Tu dolor sí; se une a estas llagas mías, y tus lágrimas y mi Sangre lavan al mundo. Todo el dolor se une para lavar al mundo. Tus lágrimas están entre mi Sangre y el llanto de mi Madre, y alrededor está todo el dolor de los santos que sufrirán por Cristo y por los hombres, por amor mío y amor a los hombres. ¡Pobre María!

La recuesta dulcemente, le cruza las manos, la mira mientras se tranquiliza… Vuelve Ana. Se queda atónita en la puerta.

Jesús, que de nuevo se ha alzado, la mira diciendo: –Has obedecido a mi deseo. Para los obedientes, paz. Tu alma me ha comprendido. Vive en mi paz.

Baja de nuevo los ojos hacia María de Simón, que lo mira detrás de un fluir de lágrimas ahora más serenas; y le sonríe y le dice todavía:

Pon todas tus esperanzas en el Señor. El te dará todas sus consolaciones.

La bendice y hace ademán de marcharse. María de Simón emite un grito apasionado:

¡Se dice que mi hijo te traicionó con un beso! ¿Es verdad, Señor? Si es así, deja que yo lo lave besándote las Manos. ¡No puedo hacer otra cosa! No puedo hacer otra cosa para borrar… para borrar...

El dolor le vuelve, más fuerte. Jesús, no es que le dé a besar las Manos -esas Manos que quedan semicubiertas por la ancha manga de la cándida túnica, que pende hasta la mitad del metacarpo y esconde las heridas-, lo que hace es que toma la cabeza de la mujer entre sus manos y se agacha para rozar con los labios divinos la frente ardiente de esta mujer desdichadísima entre todas las mujeres.

Y al alzarse le dice: –¡Mis lágrimas y mi beso! Ninguno ha recibido tanto de mí. Quédate, pues, con la paz de saber que entre tú y Yo no hay sino amor.

La bendice y, cruzando rápidamente la habitación, sale detrás de Ana, que no se ha atrevido a entrar ni a hablar, sino que sólo llora de emoción. Pero, una vez en el pasillo que lleva a la puerta de casa, Ana se atreve a hablar, a hacer la pregunta que tiene en su corazón:

¿Mi Yoana?

Desde hace quince días goza en el Cielo. No lo he dicho ahí porque demasiado grande es el contraste entre tu hija y su hijo.

¡Es verdad! ¡Gran congoja! Creo que morirá de ello.

No. No enseguida.

Ahora tendrá más paz. La has consolado. ¡Tú, Tú que más que nadie…!

Yo que más que nadie me compadezco de ella. Yo soy la divina Compasión. Soy el Amor. Te digo, mujer, que hubiera bastado con que Judas me hubiera dirigido una mirada de arrepentimiento para que le hubiera obtenido el perdón de Dios...

¡Qué tristeza hay en el rostro de Jesús! La mujer se siente impresionada por esta tristeza. Palabras y silencio luchan en sus labios, pero es mujer, y la curiosidad la vence. Pregunta:

Pero fue una… un… Sí, lo que quiero decir es que si ese desdichado pecó de repente o…

Hacía meses que pecaba. Y tan fuerte era su voluntad de pecar, que ninguna palabra mía ni acto mío valieron para frenarlo. Pero no le digas esto a ella...

¡No se lo diré!… ¡Señor! Fíjate, cuando Ananías, que en la misma noche de la Parasceve había huido de Jerusalén sin siquiera concluir la Pascua, entró aquí gritando: “¡Tu hijo ha traicionado al Maestro y lo ha entregado a sus enemigos! Con un beso lo ha traicionado. Y yo he visto al Maestro cargado de golpes y esputos, flagelado, coronado de espinas, cargando con la cruz, crucificado y muerto por obra de tu hijo. Y los enemigos del Maestro gritan nuestro nombre con un repugnante sentido de triunfo. Y se narran las hazañas de tu hijo, que ha vendido al Mesías por menos de lo que cuesta un cordero y lo ha señalado ante la gente armada con un beso de traición”.

María cayó al suelo, ennegrecida de repente. Y el médico dice que se esparció su hiel y se rompió su hígado, quedando corrompida toda su sangre. Y… el mundo es malo… ella tiene razón… Tuve que traerla aquí, porque en Keriot se acercaban a la casa para gritar: “¡Tu hijo deicida y suicida! ¡Se ha ahorcado! Belcebú ha atrapado su alma, y hasta ha ido por el cuerpo Satanás”. ¿Es verdad que ha sucedido este horrendo prodigio?

No, mujer. Fue hallado muerto colgado de un olivo...

¡Ah! Y gritaban: “Cristo ha resucitado y es Dios. Tu hijo ha traicionado a Dios. Eres la madre del traidor de Dios. Eres la madre de Judas”. De noche, con Ananías y un criado fiel, el único que me ha quedado, porque ninguno ha querido permanecer al lado de ella… la traje aquí. Pero María oye esos gritos en el viento, en el rumor de la tierra, en todo.

¡Pobre madre! Es horrendo, sí.

¿Pero ese demonio no pensó en esto, Señor?

Era una de las razones que yo usaba para pararlo. Pero no fue eficaz. Judas, que nunca había amado con verdadero amor ni a su padre ni a su madre ni a ningún prójimo suyo, llegó a odiar a Dios.

¡Sí, nunca había amado!

Adiós, mujer. Que mi bendición te conforte para soportar los ultrajes del mundo por tu piedad con María. Besa mi mano. A ti te la puedo enseñar; a ella le habría hecho demasiado daño el ver esto (retira la manga, descubriendo así la muñeca traspasada).

Ana emite un gemido mientras roza apenas con los labios la punta de los dedos. Se oye el ruido de una puerta que se abre y un grito ahogado: –¡El Señor! Un hombre ya entrado en años se arrodilla y permanece postrado.

Ananías, bueno es el Señor. Ha venido a confortar a tu pariente y también a nosotros – dice Ana, que quiere también confortar al anciano en su demasiada gran emoción.

Pero el hombre no se atreve a hacer movimiento alguno. Llora mientras dice: –Somos de una sangre horrible. No puedo mirar al Señor.

Jesús se acerca a él. Le toca la cabeza y dice las mismas palabras ya dichas a María de Simón:

Los parientes que han cumplido con su deber no deben considerarse responsables del pecado de su pariente. ¡Ánimo, Ananías! Dios es justo. La paz a ti y a esta casa. Yo he venido y tú irás a donde te envío.

Para la Pascua suplementaria los discípulos estarán en Betania. Irás a ellos y les dirás que el duodécimo día después de su muerte viste en Keriot al Señor, vivo y verdadero, en Carne y Alma y Divinidad. Te creerán, porque ya mucho he estado con ellos. Pero los confirmará en la fe en mi Naturaleza divina el saber que estoy en todas partes en el mismo día.

Y antes, hoy mismo, irás a Keriot y le pedirás al arquisinagogo que reúna al pueblo, y dirás en presencia de todos que Yo he venido aquí, y que recuerden las palabras de mi despedida. Te dirán: “¿Por qué no ha venido a nosotros?”. Responderás así: “El Señor me ha dicho que os diga que, si hubierais hecho lo que Él os había dicho que hicierais respecto a la madre no culpable, se habría mostrado. Habéis faltado contra el amor y el Señor no se ha mostrado por eso”. ¿Lo harás?

¡Es difícil esto, Señor! ¡Difícil de hacer! Todos nos consideran leprosos del corazón… No me escuchará el arquisinagogo y no me dejará que hable al pueblo. Quizás me pegue… De todas formas, puesto que Tú lo quieres, lo haré.

El anciano no alza la cabeza; habla permaneciendo inclinado en actitud de postración profunda.

¡Mírame, Ananías!

El hombre alza un rostro trémulo de veneración. Jesús refulge y está hermoso como en el Tabor… La luz lo cubre, celando su aspecto y su sonrisa… Y vacío de Él se queda el pasillo, sin que ninguna puerta se haya movido para abrirle paso.

Los dos adoran, siguen adorando, en adoración viviente convertidos por la divina manifestación.


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