Corderos de Roma

Es tiempo de persecuciones, pero de una de las más grandes persecuciones, porque los cristianos son torturados en masa y no individualmente. El lugar es la cávea de un Circo.

Es un local amplio y oscuro, porque la luz entra solamente por una puerta que da a un pasillo y por una pequeña ventana, que más parece un tragaluz, que está al nivel del suelo del Circo y por la que llega el rumor de la multitud. En este local amplio y oscuro están amontonados numerosos cristianos de todas las edades, desde niños pequeñísimos, todavía en los brazos de las respectivas madres, hasta viejos decrépitos.

También hay gladiadores, ya vestidos con el yelmo y esa coraza que tendría que defender y, en realidad, no defiende porque deja al descubierto partes vitales como la yugular y zonas del abdomen vecinas al hígado y al bazo. Llevan esta armadura parcial y tienen en la mano la corta y ancha daga, de forma semejante a la de la hoja del castaño.

Hay un gladiador de casi dos metros de altura, un verdadero coloso rubio como la miel, de ojos claros entre azul y gris, de mirada mansa a pesar del reflejo metálico que produce en su rostro la visera del yelmo. Se dirige a un anciano completamente vestido de blanco, muy digno y austero; diría más aún: un anciano ascético al que todos los cristianos veneran con el máximo respeto.

«Padre blanco, tendré que matarte si las fieras no lo hacen. Tal es la orden. Y me duele, porque en Panonia dejé a un viejo padre como tú».

«No te duelas, hijo. Tú me abres el Cielo. Y en mi larga vida, nadie me ha hecho un don más hermoso que el que me haces».

«También en el Cielo, donde por cierto estará tu Dios como en el mío están nuestros dioses y en el de Roma están los de los romanos, todavía hay muerte y lucha. ¿Acaso quieres sufrir por el odio de los dioses como sufres aquí?».

«Mi Dios es uno solo. En su Cielo, reina con amor y justicia. Y el que llega a su Cielo, conoce solamente el gozo eterno»

«Ya les he oído decir esto a miles de cristianos durante esta persecución. Y le dije a una doncella que me sonreía mientras yo estaba a punto de herirla con mi daga… y a la que fingí matar pero que no maté para salvarla, porque era tierna y rubia como un joven brezo de mis bosques… mas fue inútil… No pude sacarla fuera de aquí y el día después… ese cuerpo de leche y de rosas fue arrojado a las serpientes…». El hombre calla y su rostro refleja pesadumbre.

El viejo le pregunta: «¿Qué le dijiste, hijo?».

«Le dije: “¿Ves? No soy malo. Pero ésta es mi tarea. Soy un esclavo de guerra. Si es verdad que tu Dios es justo, dile que se acuerde de Álbulo – en Roma me llaman así- y que se manifieste con todo su bien”. Me dijo: “Sí”. Pero hace días que murió y aún no ha venido nadie».

«Hasta que no se es cristiano, Dios se muestra sólo a través de sus siervos. ¡Cuántos de ellos te ha traído! Cada cristiano es un siervo de Dios, cada mártir es un amigo y lo es hasta tal punto que vive entre los brazos de Dios».

«¡Oh sí! me ha traído a muchos… y no sólo yo, sino también Dacio e Ilírico y otros de entre nosotros que compartimos esta triste suerte, hemos sido contagiados por vuestro júbilo… y lo quisiéramos también nosotros… Vosotros estáis encadenados… nosotros no. Pero ni siquiera nuestro aliento es libre. Si César lo quiere, encadenan también nuestro aliento matándonos. ¿Te disgusta hablarnos de Dios?».

«Es mi único gozo en la tierra, hijo mío, y es un gozo inmenso. Que Jesús, mi Dios y Maestro, te bendiga por este gozo. Álbulo, yo soy sacerdote y me he pasado la vida predicando su nombre y llevando a Él tantas criaturas. Y ya no esperaba volver a tener este gozo. Escucha…» y el viejo comienza a repetirles, tanto a él como a los demás gladiadores que se han agrupado a su alrededor, la vida de Jesús desde el nacimiento hasta la muerte en la cruz y a explicarles concisamente los dictámenes esenciales de la Fe.

Está sentado sobre una piedra que le sirve de banco y habla serenamente, solemnemente; hay un absoluto candor en sus largos cabellos, en la barba mosaica, en la túnica y hay un absoluto ardor en la mirada y en la palabra. Se interrumpe solamente dos veces para bendecir a dos grupos de cristianos llevados a la arena para ser arrojados a los cocodrilos durante los juegos náuticos.

Luego vuelve a hablar circundado por esos robustos gladiadores – casi todos rubios y rubicundos – que le escuchan con la boca abierta.

Termina diciéndoles: «Esencialmente, esto es lo que hay que creer para recibir el Bautismo y el Cielo».

Las voces sonoras de unos diez gladiadores retumban en la baja bóveda: «Lo creemos. Danos a tu Dios».

«Aquí no tengo nada para bautizaros, ni siquiera unas gotas de agua o de otro líquido, y ha llegado mi hora. Pero ya vais a encontrar el modo… ¡Me lo dice Dios! Hay un líquido ya listo para vosotros».

El carcelero ordena: «¡Que todos los cristianos sean arrojados a los leones!». Todos entran cantando en la arena; a la cabeza va el anciano sacerdote, los otros van detrás y, entre ellos están las madres, que llevan a sus pequeños dormidos sobre el pecho.

¡Cuán grande es la multitud! ¡y qué luz, qué vocerío, cuántos colores! La arena está repleta hasta lo inverosímil de gente de todas las clases sociales. En la zona en la que pega el sol, están los de bajo rango, que son los más rumorosos; a la sombra están los patricios. Togas y más togas, abanicos de avestruz, joyas, conversaciones irónicas en voz baja.

En el centro de la zona en penumbra, está el podio imperial con su baldaquín purpúreo, su balaustrada, cubierta por lienzos y toda llena de flores y sus muelles asientos para el descanso del César y de los patricios y cortesanos, que son sus invitados.

A los cristianos se les empuja hacia la parte soleada. En primer lugar, solo, avanza el anciano sacerdote con los brazos abiertos. Dice: «¡Oh, romanos!, que la paz y la bendición sean con mis hermanos y conmigo. Que por este gozo que nos dais al permitirnos confesarlo con nuestra sangre, Jesús os conceda Luz y Vida eterna. Nosotros le rezamos para que así sea, porque os estamos agradecidos por la púrpura eterna con la que nos vestís con…».

Un león, que se le ha acercado arrastrándose casi aplastado contra el suelo, se le abalanza, le hace caer y le clava los dientes en el hombro. Y en un instante se enrojecen la túnica y los cabellos blancos como la nieve.

Ésta es la señal para el feroz ataque. Las fieras se lanzan en tropel con furiosos saltos sobre el rebaño de los mansos. Con un zarpazo, una leonesa arrebata a una madre uno de los niñitos adormecidos y su arañazo es tan fuerte que arranca también parte del seno de la mujer y, probablemente, desgarra su corazón, porque se desploma en la arena y muere.

La fiera defiende su tierna comida con zarpazos y golpes de cola y se la devora en un abrir y cerrar de ojos. En la arena queda una pequeña mancha roja como única huella del mártir pequeñito, mientras la fiera se levanta lamiéndose el hocico.

Pero, en comparación, los cristianos son numerosos y las fieras pocas. Puede que ya estén saciadas pues, más que devorar, matan por matar. Derriban, degüellan, destripan, lamen un poco y luego se van, pasan a otra presa.

La multitud se inquieta por la falta de reacción de los cristianos y porque las bestias no son lo bastante feroces. Y por eso gritan: «¡A muerte! ¡A muerte! ¡A muerte también el intendente! ¡Éstos no son leones, son perros bien nutridos! ¡Muerte a los traidores de Roma y de César!».

El emperador imparte una orden y se hace volver a los animales a su antro. Entran los gladiadores para dar el golpe de gracia. La multitud repite a gritos el nombre de los preferidos: «Álbulo, Ilírico, Dacio, Hércules, Polifemo, Tracio» y aún otros más.

No se trata solamente de aquellos a quienes habló el anciano mártir, que ahora agoniza en la arena con un pulmón casi puesto al descubierto por un zarpazo. Hay también otros, que entran por otros accesos.

Álbulo corre hacia el anciano sacerdote.

La muchedumbre grita: «¡Hazle sufrir! ¡Álzale, que se pueda ver la herida! ¡Ánimo, Álbulo!».

Pero, en cambio, Álbulo se inclina para pedirle algo al anciano y, cuando éste le hace un gesto de asentimiento, llama a esos compañeros que antes habían escuchado las palabras del viejo sacerdote.

Una mano senil ya vacilante se alza sobre el grupo de cabezas estrechadas la una a la otra y las rocía con la sangre que le colma la mano como si fuera una copa. Luego vuelve a caer.

Rociados por esa sangre, los gladiadores se ponen de pie de golpe y levantan la daga, que brilla a la luz. Gritan con fuerza: «Ave César, emperador. Los triunfadores te saludan» y luego, veloces como un rayo, se precipitan hacia la construcción que está en medio del circo, saltan sobre ella, derriban los ídolos y los trípodes, los pisotean.

La muchedumbre vocea como si estuviera enloquecida. Algunos querrían defender al gladiador preferido; otros invocan una muerte atroz para los nuevos cristianos. Por su parte, éstos han vuelto a la arena y están allí, alineados, serenos, como magníficas estatuas de gigantes, con una sonrisa nueva en el rostro intrépido.

César está rodeado por sus patricios, que visten completamente de blanco, excepto algunos que llevan una franja roja; se levanta. La multitud calla esperando su palabra. César tiene a todos en suspenso por unos instantes y luego, con el pulgar hacia abajo, exclama: «Que reciban la muerte por mano de sus compañeros».

Mientras tanto, los gladiadores no convertidos han degollado a los cristianos moribundos con la exactitud con la que un carnicero degüella a los corderos. Y ahora se vuelven y con la misma frialdad y exactitud les cortan la garganta a los compañeros, a la altura de la yugular.

Como un manojo de espigas que la hoz corta tallo por tallo, los diez cristianos nuevos, rociados por la sangre del sacerdote mártir, se visten de púrpura eterna con su propia sangre y caen boca arriba, con una sonrisa, mirando el cielo en el que ya amanece el día beato de todos ellos.


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