Misa de Mártires.

Hay una especie de pozo circular de varios metros cuadrados de superficie. Debe de tener un diámetro de unos cuatro o cinco metros a lo más y una altura semejante; no hay ventanas.

En el robusto muro de casi un metro de espesor está empotrada una pequeña y estrecha puerta de hierro. En el centro del techo hay una abertura circular de medio metro de diámetro al máximo, que sirve para la aereación de dicho pozo. En su piso de tierra batida el pozo presenta otra abertura, de la que llega el borbotear de aguas profundas, como si allí cerca hubiera un río, y un notable hedor, como si allí abajo pasara una cloaca que va a desembocar en el río.

Es un lugar malsano, húmedo, fétido. Los muros trasudan agua, el suelo está impregnado de materias repugnantes, pues me doy cuenta de que el orificio del techo es el desaguadero de los deshechos de la celda superior.

En esta cárcel horrible, envuelta en una densa penumbra que permite ver apenas lo esencial, hay dos personas. Una está acostada en el húmedo suelo, cerca de la pared, y está encadenada por un pie. No se mueve. La otra está sentada allí cerca, con la cabeza entre las manos. Se trata de un viejo, pues veo que la parte alta de la cabeza es completamente calva.

Arriba, en la otra celda, debe de haber más personas, porque oigo voces y traqueteo. Son voces de hombre y de mujer. Son voces de niños y de viejos mezcladas con frescas voces juveniles y sonoras voces de adultos.

De tanto en tanto cantan melancólicos himnos que, aun en su tristeza, tienen un dejo de auténtica paz. Contra esas paredes espesas, las voces resuenan como en una sala armónica. Es muy bello el himno que dice:

«Guíanos a tus frescas aguas.
Llévanos a tus huertos florecidos.
Concede tu paz a los mártires
Que esperan, que esperan en Ti.
En tu santa promesa
Hemos fundado nuestra fe.
¡Oh, Jesús Salvador!, no nos desilusiones,
porque hemos esperado en Ti.
Vamos gozosos al martirio
Para seguirte en el hermoso Paraíso.
Lo dejamos todo por esa Patria
Y lo único que queremos, lo único que queremos eres Tú».

Cuando este último canto se va extinguiendo lentamente, aparece una luz en el orificio y se asoma, balanceándose, un brazo que sostiene una pequeña lámpara y tras él el rostro de un hombre. Mira hacia abajo. Advierte que el hombre acostado no se mueve y que el otro que tiene la cabeza entre las manos no ve la luz, y entonces llama:

«¡Diomede! ¡Diomede! Ha llegado la hora».

El que estaba sentado se levanta y, arrastrando su larga cadena, se sitúa debajo de la abertura.

Dice: «Que la paz sea contigo, Alejandro».

«Y contigo, Diomede».

«¿Tienes todo?».

«Sí, todo. Priscila ha osado venir, disfrazada de hombre. Se ha rapado para parecer un sepulturero. Nos ha traído lo necesario para celebrar el Misterio. ¿Qué hace Agapito?».

«Ya no se lamenta. No sé si duerme o si ha expirado. Quisiera poder ver… para decir sobre su cuerpo las plegarias de los mártires».

«Espera. Te bajamos la lámpara. Será un gozo para él recibir el Misterio».

Con un cordón formado por cinturones anudados, bajan la lámpara hasta las manos de Diomede que, ahora que le veo bien, es un anciano de rostro afilado y austero. Tiene pocos cabellos, ojos que aún conservan una luminosa expresión y está muy pálido. Aun en su mísera situación de prisionero encadenado en esa fétida cueva, tiene la majestad de un rey.

Desata la lámpara del cordón y va hacia su compañero. Se inclina. Le observa. Le toca. Y, tras haber posado la lámpara en el suelo, abre los brazos en un amplio gesto de conmiseración. Luego toma las manos ya casi rígidas del cadáver y las cruza sobre el pecho.

Son pobres manos amarillentas y esqueléticas de un viejo muerto de privaciones. Se vuelve hacia el que está esperando cerca del orificio y dice:

«Agapito ha muerto. ¡Gloria al mártir de la pútrida fosa! ».

Los de la celda superior responden:

«¡Gloria! ¡Gloria! Gloria al fiel en Cristo».

«Bajad lo necesario para el Misterio. No nos falta el altar. El sostén ya no lo forman sus manos extendidas, pero lo hace su pecho inmóvil, que hasta la última hora palpitó por Jesús, nuestro Señor».

Bajan una bolsa de tela preciosa y Diomede extrae de ella un pequeño paño de lino, un pan achatado, un ánfora y un pequeño cáliz. Lo prepara todo sobre el pecho del muerto, celebra y consagra diciendo de memoria las oraciones mientras los que están arriba responden.

Después de celebrar la Misa y Consagrar el Pan y el Vino, Diomede vuelve a vertir en el ánfora el vino del cáliz; pone el Pan en la bolsa y lleva todo al punto donde el cordón está esperando para volver a llevar arriba la bolsa. Y mientras ésta va siendo alzada con la debida precaución, Diomede absuelve a sus compañeros. Entonces se reinicia el canto con un coro casi exclusivamente de jóvenes voces femeninas y, mientras tanto, los cristianos comulgan.

Cuando cesa el canto, Diomedes habla:

«Hermanos, comprendo que ha llegado la hora del circo y de la victoria eterna. Para Agapito ya ha llegado. Para vosotros, será mañana. Sed fuertes, hermanos. El tormento durará sólo un instante. La beatitud no tendrá pausas. Jesús está con vosotros. No os abandonará ni siquiera cuando en vosotros ya las Especies estén consumidas.

Él no abandona nunca a sus confesores. Por el contrario, se queda con ellos para recibir sin vacilaciones el alma de cada uno de ellos, lavada por el amor y la sangre. Id. En la hora de la muerte rezad por los verdugos y por vuestro sacerdote. Por mi mano el Señor os da la última absolución. No temáis. Vuestras almas son más cándidas que un copo de nieve que desciende del cielo».

«¡Adiós, Diomede!», «¡Oh tú, santo, asístenos con tus plegarias!», «Le diremos a Jesús que venga por ti», «Vamos antes que tú para prepararte el camino», «Ruega por nosotros». Los cristianos se asoman a turno al orificio, saludan, son saludados a su vez y desaparecen…

Al final vuelven a subir la pequeña lámpara y la oscuridad se hace aún mayor en ese antro en el que uno muere lentamente junto al que ya está muerto, entre el hedor y el profundo borboteo de las aguas subterráneas. Arriba vuelven a cantar los himnos lentos y suaves.


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