Santas Mártires de España.

En el medio de la habitación se ve un pesado bloque de piedra en cuyo centro hay un grueso anillo de hierro. El suelo está apisonado.

Conducen allí a una jovencita muy bella. Tiene las manos atadas a la espalda y la empujan, casi hasta hacerla caer, por los peldaños que llevan al pasillo que precede este lúgubre cuarto, donde la espera paseando nerviosamente un personaje de vestiduras exóticas.

«Te lo pregunto por última vez: ¿quieres abandonar la religión de los perros hebreos y volver a la santa fe del Profeta?».

«No».

«Piénsalo bien. Sabes que en tierra de Moros no se venera más que a uno solo, a Mahoma, ¡el verdadero profeta de Alá! Y ya conoces la suerte que les espera a los apóstatas».

«Ya lo sé. Mas permaneced fieles a vuestra fe, yo permaneceré fiel a la mía. Vosotros sois fieles a la vuestra, que es falsa; yo soy fiel a la mía, que es verdadera».

«Haré que te quiten la vida por medio de tormentos».

«Mas no me quitarás el Cielo y sus gozos».

«Perderás la salud, la vida, la alegría, lo perderás todo».

«Pero encontraré a Dios y a su Madre, la Virgen María, y a mi madre, que me engendró para Dios».

El hombre patea el suelo con ira y ordena que la azoten con varas de hierro. A la jovencita le arrancan los vestidos, queda desnuda hasta la cintura; las ropas se deslizan por sus flancos y le cubren las manos, dado que no se las han desatado.

Le rodean el cuello con una soga como si fuera un collar y, tras haberla hecho arrodillar junto al pesado bloque, atan la soga al anillo, de modo que su barbilla toca la dura piedra; luego, dos fornidos verdugos, escogidos entre los de la escolta que la ha arrastrado hasta allí, comienzan a azotarla ferozmente en los tiernos hombros, en el cuello, en la cabeza.

Cada golpe origina una ampolla sangrienta en las carnes blancas y delicadas. Cuando azotan la cabeza, la barbilla golpea duramente contra la piedra y se hiere y, por consiguiente, los dientes baten entre sí y le causan dolor. Como está arrodillada más bien lejos del bloque, con las manos atadas a la espalda y obligada a estar encorvada casi en ángulo recto, no puede encontrar alivio de ningún modo; y, además de los golpes, ya la misma posición es una tortura.

Pero el juez aún no está satisfecho y, mientras sigue controlando la tortura con los brazos cruzados y como si estuviera contemplando un agradable espectáculo, ordena que aumenten los golpes en la cabeza “para que sea más semejante a su maldito Cristo”, dice riendo sarcásticamente.

Los verdugos golpean y golpean con las varas sutiles, casi flexibles, que, tras haber silbado en el aire, caen de plano sobre la pobre cabeza. Los cabellos se enredan en las varas y son arrancados a mechones; los que quedan van enrojeciéndose por la sangre, pues la piel se resquebraja y deja ver el cráneo, mientras la sangre cuela a lo largo del cuello, por detrás de las orejas, hasta el pecho desnudo y se detiene en la cintura, donde la absorben las ropas.

«¡Basta!», ordena el juez.

La desatan, la vuelven a vestir, la depositan en el suelo porque está medio desvanecida.

El juez la zarandea con el pie y cuando la joven abre los ojos con una mirada mansa y dolorosa, como de cordero torturado, le dice: «¿Reniegas?».

«No».

Tras haberle dado el último puntapié, el juez se va…

Ahora la joven está con otra persona de su misma edad; ambas son conducidas a una suntuosa sala, donde esta el juez anterior, que está circundado por otros musulmanes, probablemente siervos o jueces de rango inferior.

«¡Pues bien, aún tengo que interrogaros! Es la última vez. ¿Qué es lo que queréis?».

«Morir por Jesucristo».

«¡Morir por Jesucristo! Pero tú, Flora, ¿sabes qué quiere decir tortura?».

«Sé qué quiere decir Jesús».

«¿Sabéis que podría teneros por toda la vida entre mis mujeres de mala vida, así como lo habéis estado en estos días? ¿Qué llevaríais entonces a vuestro Cielo? Pues, llevaríais fango y suciedad».

Habla la otra joven: «Te engañas. La suciedad se queda aquí, contigo. Yo creo firmemente que, por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, de su Madre María Santísima, de la que llevo el nombre, de todos los santos del Paraíso, el último de los cuales es mi hermano diácono, que has hecho martirizar, una vez que hayamos subido al Cielo podremos hacer germinar la semilla echada en tantos pobres corazones encerrados en una carne infame y redimir de este modo a las desdichadas hermanas entre las cuales nos has hecho vivir esperando que nos corrompieran y que se quebrara la firmeza de nuestra fe.

Debes saber que, por el contrario, hemos salido de allí aún más puras y firmes y más deseosas que nunca de morir para agregar nuesta sangre a la sangre de Cristo y redimir a nuestras infelices compañeras».

«Llamad al verdugo. Que sean decapitadas».

«Que el Dios verdadero te recompense por abrirnos el Cielo y que toque tu corazón. Ven, Flora. Encaminémonos cantando».

Mientras salen, en medio de la escolta, cantan el Magnificat…


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