Justina y Cipriano

Una joven, algo más que adolescente, está con un joven de unos treinta años. La joven es bellísima: es alta, morena, bien formada. También el joven es muy hermoso pero, del mismo modo que en el aspecto de la joven, aun en su gravedad, hay tanta dulzura, es poco simpático el aspecto del joven, no obstante su forzada sonrisa.

Parecería que, bajo una apariencia benévola, albergara un ánimo odioso y siniestro. Está insistiendo en sus declaraciones de afecto y afirma que está dispuesto a hacer de ella una esposa feliz, la reina de su corazón y de su casa.

Pero la joven, a la que oigo llamar “Justina”, rechaza estas propuestas amorosas con serena constancia.

Pero tú, Justina, podrías hacer de mí un santo de tu Dios, visto que, como sé, eres cristiana. No soy un enemigo de los cristanos. No permanezco incrédulo en cuanto a las verdades de ultratumba. Creo en la otra vida y en la existencia del espíritu. Creo que hay seres espirituales que velan sobre nosotros y se manifiestan y nos ayudan. Me ayudan también a mí.

Como ves, creo en lo que tú crees y jamás podría acusarte, pues entonces tendría que acusarme de tu mismo pecado. A diferencia de muchos, no creo que los cristianos sean hombres que ejercitan malvadas hechicerías. Y estoy convencido de que nosotros dos, juntos, haremos cosas importantes”.

No insistas, Cipriano. No discuto tus creencias. Y también quiero creer que juntos haremos cosas importantes. Tampoco niego que soy cristiana y llego a admitir que amas a los cristianos.

Rezaré porque llegues a amarles hasta el punto de convertirte en un paladín entre ellos. Entonces, si Dios así lo quiere, estaremos unidos en una misma suerte, pero en una suerte completamente espiritual, pues me niego a otro tipo de uniones: quiero conservar toda mí misma para el Señor, al fin de obtener esa Vida en la que afirmas creer tú también, y así llegar a poseer la amistad de esos espíritus que velan sobre nosotros – como tú mismo admites – y que realizan, en nombre del Señor, obras de bien”.

¡Pon atención, Justina! Mi espíritu protector es potente. Te obligará a ceder”.

¡Oh, no! Si es un espíritu del Cielo, querrá sólo lo que Dios quiere. Y Dios quiere para mí la virginidad y, espero, también el martirio. Por lo tanto, tu espíritu no podrá inducirme a algo que es contrario a la voluntad de Dios. Y si no fuera un espíritu del Cielo, nada podría contra mí, pues sobre mí se alza el signo vencedor.

Ese signo está vivo en la mente, en el corazón, en el espíritu, en la carne y, por eso, la carne, la mente, el corazón, el espíritu, saldrán victoriosos sobre todas las voces que no sean la de mi Señor. Ve en paz, hermano, y que Dios te ilumine para que conozcas la verdad. Rezaré por la luz de tu alma”.

Cipriano abandona la casa mascullando amenazas que no comprendo bien. Justina derrama lágrimas de piedad mientras le ve partir. Luego se retira para rezar, pero antes tranquiliza a dos viejecitos, que seguramente son sus padres y que han acudido tan pronto como el joven se ha marchado.

No temáis. Dios nos protegerá y hará que Cipriano sea de los nuestros. Rezad también vosotros y tened fe”.

Justina reza postrada ante una cruz desnuda, trazada entre dos ventanas. En el aire, sobre Justina que está rezando de rodillas, veo suspendida una dulce claridad que, a pesar de ser incorpórea, tiene la apariencia de un ser angelical.

En cambio, en el cuarto de Cipriano, se encuentra éste en medio de instrumentos y signos cabalísticos y mágicos; está ocupado en echar en un trípode unas substancias, que me parecen resinosas, que provocan densas espirales de humo.

Sobre ellas Cipriano traza ciertos signos mientras murmura las palabras de algún rito misterioso. El ambiente se satura de una niebla azulada que vela los contornos de las cosas y hace aparecer el cuerpo de Cipriano como tras lejanas aguas trémulas.

Entonces, en este ámbito se forma un punto fosforescente, que poco a poco va agrandándose hasta alcanzar un volumen semejante al de un cuerpo humano. Oigo algunas palabras, pero no comprendo su significado. En cambio, veo que Cipriano se arrodilla y hace gestos de veneración, como si le rogara a un ser potente. La niebla desaparece lentamente y Cipriano vuelve a estar solo.

Mientras tanto, en el cuarto de Justina se produce un cambio. Un punto, que brilla y danza como un fuego fatuo, traza círculos cada vez más estrechos en torno a la joven que está rezando.

Es la hora de la tentación para Justina y que tras esa luz se oculta un ser maligno que, suscitando sensaciones y visiones mentales, intenta despertar los sentidos de la virgen de Dios.

Sufre y, cuando está por ser avasallada por la potencia oculta, la vence haciéndose la señal de la cruz y repitiéndola en el aire con una pequeña cruz que lleva. Y cuando por tercera vez sufre la tentación – y en este caso debe de ser violenta -, Justina se apoya a la cruz trazada en el muro y con las dos manos levanta ante sí la otra cruz, la pequeña.

Parece un luchador aislado que se defiende a la espalda apoyándose a un reparo indestructible y por delante con un escudo invencible. La luz fosforescente no resiste a este doble signo y desaparece. Justina sigue rezando.


Aquí se produce un salto en los eventos, ahora Justina esta junto a Cipriano, ahora mucho más adulto y con los signos sacerdotales: lleva el palio y sus cabellos ya no son más bien largos, como antes, ni están adornados: ahora tiene la típica tonsura redondeada.

Están esperando el suplicio en la prisión de Antioquía y Cipriano recuerda a su compañera una vieja conversación.

Pues bien, ahora va a cumplirse lo que, de modo diverso, profetizamos que sucedería. Ha triunfado tu cruz, Justina. Has sido mi maestra y no mi esposa. Me has librado del Mal y me has conducido a la Vida. Lo comprendí cuando el siniestro espíritu que yo adoraba me confesó que su poder no era suficiente para vencerte.

Me dijo:Ella triunfa por la Cruz. Mi poder queda anulado ante ella. Su Dios Crucificado es más potente que todo el Infierno reunido. Ya me venció infinitas veces y me vencerá siempre. Quien cree en Él y en su Signo está a salvo de toda insidia. Sólo el que no cree en Él y desprecia su Cruz cae en nuestro poder y perece en nuestro fuego’.

No quise arder en ese fuego; quise conocer el Fuego de Dios, que te hacía tan bella y pura, tan potente y santa. Eres la madre de mi alma y, puesto que lo eres, te ruego que en esta hora nutras mi debilidad con tu fuerza para que juntos subamos a Dios”.

Hermano mío, ahora tú eres mi obispo. En nombre de Cristo, nuestro Señor, absuélveme de toda culpa para precederte, más pura que un lirio, en la gloria”.

Yo no te absuelvo porque en ti no hay culpa, te bendigo. Y tú, perdona a tu hermano todas las insidias que te tendió. Ruega por mí, que cometí tantos errores”.

Tu sangre y tu amor actual lavan toda huella de error. Recemos juntos: Padre Nuestro…”. Pero entran los carceleros y turban la augusta plegaria.

¿Aún no os bastan los tormentos? ¿Resistís aún? ¿No ofreceréis sacrificios a los dioses?”.

Ofrecemos a Dios el sacrificio de nuestro proprio ser; se lo ofrecemos al Dios verdadero, único, eterno, santo. Dadnos la Vida, la que queremos. Dadnos la muerte por Jesucristo, Señor del mundo y de Roma; por el rey potente ante quien César es sólo polvo mezquino; por el Dios ante el cual se inclinan los ángeles y tiemblan los demonios”.

Los verdugos, airados, les arrojan al suelo, les arrastran sin lograr separarles, pues las manos de los dos héroes de Cristo están como saldadas la una a la otra. Así van al lugar del martirio y los dos mandobles, asestados por dos musculosos justicieros, cortan las dos heroicas cabezas y dan alas para el Cielo a las almas.


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