Santa Fenícula

La doncella Fenícula habla con un joven romano: “Es inútil que insistas, Flaco. Agradezco tu respeto y el recuerdo que conservas de mi amiga muerta. Pero no puedo consolar tu corazón. Si Petronila ha muerto, es señal de que no debía ser tu esposa. Y tampoco yo puedo serlo.

Hay tantas jóvenes de Roma que estarían dichosas de llegar a ser las amas de tu casa. Yo, no; no puedo serlo. Y no por ti, sino porque he decidido no contraer nupcias”.

¿También tú eres víctima del necio frenesí de tantos secuaces de un puñado de hebreos?”.

He decidido no contraer nupcias, y no creo estar loca”.

¿Y si yo te quisiera?”.

Si es verdad que me amas y respetas, no creo que quieras forzar mi libertad de ciudadana romana; creo que me dejarás seguir mi deseo y que retribuirás la buena amistad que siento por ti”.

¡Ah, no! Ya se me ha escapado una. Tú no me escaparás”.

Ella ha muerto, Flaco. La muerte es una fuerza superior a nosotros, no es una fuga que decidimos para huir de nuestro destino. Ella no se ha matado. Ha muerto…”.

Ha muerto por culpa de vuestros sortilegios. Sé que sois cristianas y tendría que haberos denunciado al Tribunal de Roma. Pero he preferido pensar en vosotras como en esposas mías.

Ahora te lo pido por última vez: ¿quieres ser la esposa del noble Flaco? Te juro que es mejor para ti entrar como ama en mi casa y abandonar el culto demoniaco de tu pobre dios, en lugar de conocer el rigor de Roma, que no permite que sus dioses sean insultados. Sé mi esposa y serás feliz. De lo contrario…”.

No puedo ser tu esposa. Estoy consagrada a Dios, a mi Dios. Yo, que adoro al verdadero Dios, no puedo adorar los ídolos. Haz de mí lo que quieras. De mi cuerpo puedes hacer todo lo que quieras. Pero mi alma es de Dios y no la vendo por las dichas de tu casa”.

¿Es tu última palabra?”.

Es la última”.

¿Sabes que mi amor puede mudarse en odio?”.

Dios te lo perdone. Por mi parte, te amaré siempre como a un hermano y rezaré por tu bien”.

Y yo haré tu mal. Te denunciaré. Te torturarán. Entonces me llamarás. Entonces comprenderás que es mejor la casa de Flaco que las necias doctrinas de que te nutres”.

“Comprenderé que el mundo necesita de estas doctrinas para no tener más a otros Flacos. Y haré tu bien rezando por ti desde el Reino de mi Dios”.

¡Maldita cristiana! ¡Irás a la cárcel! ¡Morirás de hambre! ¡Que te sacie tu Cristo, si puede!”.

Mucho tiempo después de ser denunciada y encarcelada, sacan a Fenícula de la prisión en que se encontraba y ahora la llevan al centro de una sala.

Se la ve agotada, sin fuerzas, pero aún conserva tanta dignidad. Debido a su debilidad y también a que ya se ha acostumbrado a la oscuridad de la prisión, la luz la deslumbra; pero, por mucho que lo haga, no le impide estar erguida y sonreír.

Se oyen las consabidas preguntas y las consabidas ofertas y luego las consabidas respuestas: “Soy cristiana. No hago sacrificios a ningún otro dios que no sea mi Señor Jesucristo”.

La condenan a la columna.

Ante el pueblo, le desgarran las vestiduras y la atan de manos y pies, completamente desnuda, detrás de una de las columnas del Tribunal. Pero, para hacerlo, le dislocan la cadera y los brazos.

Debe de ser una tortura atroz. Y no se detiene allí: retuercen las sogas en las muñecas y los tobillos, la golpean con varas y flagelos en el pecho y en el vientre desnudo, le atormentan las carnes con tenazas, practican otros suplicios atroces difíciles de describir.

Cada tanto le preguntan si quiere dedicar sacrificios a los dioses. Fenícula responde con voz cada vez más débil: “No, hago sacrificios a Cristo. Los hago solamente a Él. ¿Queréis que le pierda ahora que empiezo a verle y que cada tortura me le acerca más? Cumplid vuestra obra. Que se cumpla también mi amor: ¡dulces bodas en las que Cristo es el esposo y yo su esposa! ¡Que se cumpla el sueño de toda mi vida!”.

Cuando la desatan, cae al suelo como muerta. Los miembros dislocados o, quizás, fracturados, ya no la sostienen, no responden a ninguna orden de la- mente. Las pobres manos, que la soga ha ceñido fuertemente hasta formar dos brazaletes de sangre viva, penden como muertas.

También los pies presentan los maléolos lacerados hasta el punto de descubrir los nervios y los tendones y, por el modo innatural con que están plegados, es evidente que los han fracturado. Pero el rostro refleja una felicidad angelical y total. Las lágrimas ruedan por las mejillas, pero los ojos ríen, absortos en una visión que los extasía.

Los carceleros, o mejor, los verdugos, le dan de puntapiés y a puntapiés la empujan hacia el estrado del Magistrado, como si fuera un saco tan inmundo que no se lo puede tocar.

¿Aún estás viva?”.

Sí, lo estoy por voluntad de mi Señor”.

¿Aún insistes? ¿De verdad quieres la muerte?”.

Quiero la Vida. ¡Oh, Jesús mío, ábreme el Cielo! ¡Ven, Amor eterno!”.

¡Arrojadla al Tíber! El agua calmará sus ardores”.

Los verdugos la levantan de mal modo. La tortura que provocan los miembros destrozados debe de ser atroz. Pero ella sonríe. La envuelven en sus vestidos; por cierto, no lo hacen por pudor sino para impedir que pueda sostenerse en el agua.

¡Es un cuidado inútil! Con los miembros en ese estado no se puede nadar. Sólo la cabeza queda fuera de la maraña de las ropas. Su pobre cuerpo, que un verdugo se ha echado sobre los hombros, pende como si ya estuviera muerta. Pero a la luz de las antorchas, que han encendido porque ya ha caído la noche, se la ve sonreír.

Cuando llegan al Tíber, la cogen y la arrojan a las aguas oscuras desde lo alto del puente, como si fuera un animal que deben suprimir; vuelve a aflorar por dos veces y luego se hunde en las profundidades sin un grito.


¡Oh, vosotros, los cristianos del siglo veinte, que escucháis como si fueran fábulas las narraciones de los mártires y os decís: “¡No puede ser verdad! ¿Cómo podría serlo? ¡Al fin de cuentas, también ellos eran hombres y mujeres! Es toda una leyenda”, debéis saber que no es una leyenda, sino que es historia.

Si creéis en las virtudes cívicas de los antiguos atenienses, espartanos, romanos, y sentís que vuestro espíritu se exalta por el heroísmo y la grandeza de los héroes civiles, ¿por qué no queréis creer en estas virtudes sobrenaturales y no sentís que vuestro espíritu se exalta y es impulsado a una selecta imitación al escuchar la narración de las grandezas y los heroísmos de estos héroes?

Decís que, en resumidas cuentas, eran hombres y mujeres. Lo eran, por cierto. Eran hombres y mujeres. Decís una gran verdad pero os imponéis una gran condena. Eran hombres y mujeres y vosotros no. Gracias al vicio y el delito, sois seres degradados de la semejanza con Dios, de la condición de hijos de Dios; degradados a nivel de animales guiados sólo por el instinto y emparentados con Satanás.

Eran hombres y mujeres estos héroes. Habían vuelto a ser “hombres y mujeres” por medio de la Gracia.

Ya no sabéis interrogar a vuestra alma sobre las verdades celestiales. Si vuestra alma estuviera viva, que sublimes verdades os diría. Vuestra alma, cuando vive en la Gracia, está sostenida como una flor entre las manos de vuestro ángel; vuestra alma, cuando vive en la Gracia, es como una flor besada por el sol y regada por el rocío, porque el Espíritu Santo le da calor y la ilumina, la riega y la orna con luces celestiales.

¡Cuántas verdades os diría vuestra alma si supierais conversar con ella, si la amarais considerándola la que introduce en vosotros la semejanza con Dios, que es Espíritu, como espíritu es vuestra alma!

¡Qué espléndida amiga tendríais, si amarais vuestra alma en lugar de odiarla hasta matarla! ¡Qué grande y sublime amiga tendríais, para hablar con ella de cosas celestes, oh vosotros, los que tenéis avidez de palabras y os arruináis recíprocamente con amistades que pueden no ser malignas (aunque algunas veces lo son), pero que son casi siempre inútiles y se transforman en un vano o nocivo estruendo de palabras y más palabras, referidas totalmente a cosas terrenas!

¿No esta dicho acaso: “El que me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada”? El alma que vive en la Gracia posee el amor y, al poseer el amor, posee a Dios, o sea, al Padre, que la conserva; al Hijo, que la instruye; al Espíritu, que la ilumina. Por lo tanto, posee el Conocimiento, la Ciencia, la Sabiduría. Posee la Luz.

Por eso, pensad qué conversaciones sublimes podría entablar con vosotros vuestra alma. Son las conversaciones que han poblado el silencio de las prisiones, el silencio de las celdas, el silencio de las ermitas, el silencio del aposento de los enfermos santos. Son las conversaciones que han consolado a los prisioneros que esperaban el martirio; a los que vivían en el claustro buscando la Verdad; a los ermitaños, que anhelaban conocer anticipadamente a Dios; a los enfermos, que anhelaban el amor de su cruz.

No olvidéis que tenéis un alma, vuestra alma es el verdadero ser vuestro, no vuestro cuerpo del que tanto os ocupáis y que de todas formas cual vestido viejo, se gasta y perece. Mientras que vuestra alma persiste en esta vida y mas allá de esta vida, en la luz para los que han amado y querido la Luz o en las tinieblas para los que han despreciado la Luz de Dios en esta vida.


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