Endemoniados de Gadara

Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el sendero casi a pico. Los apóstoles lo siguen por la penosa senda hasta la cima, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar! – exclama Bartolomé.

No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos – responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: –Que Dios os pague vuestra amabilidad.

Los porquerizos – gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados – lo miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: –A lo mejor no es israelita. A lo cual los otros contestan: –¿No ves las franjas de la túnica?

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

¿No es aquello Gamala? – pregunta el Zelote.

Sí, es Gamala. ¿La conoces? – dice Jesús.

Pasé ahí una noche ya muy lejana cuando era un fugitivo; luego vino la lepra y ya no salí de los sepulcros.

¿Hasta aquí te persiguieron? – pregunta Pedro.

Venía de la Siria, adonde me había encaminado buscando protección; pero… fui descubierto y tuve que huir hacia estas tierras para evitar ser capturado. Luego, lentamente, siempre bajo amenaza, fui descendiendo hasta el desierto de Tecua, y desde allí, ya leproso, hasta el valle de los Muertos. La lepra me salvaba de mis enemigos

¿Éstos son paganos, verdad? – pregunta Judas Iscariote.

Casi todos. Pocos hebreos, mercantes; y luego un sincretismo de creencias, y de falta completa de creencia… Pero no trataron mal al fugitivo.

¿Lugares de bandidos! ¡Qué quebraduras! – exclaman muchos.

– dice Juan -, pero hay más bandidos al otro lado, creedlo.

En el otro lado hay bandidos también entre los que llevan el nombre de justos – concluye su hermano.

Jesús toma la palabra:
Y, no obstante, los tratamos sin estremecernos, mientras que aquí habéis vuelto la cabeza cuando habéis tenido que pasar al lado de unos animales.

Son impuros.

Mucho más lo es el pecador. Éstos son animales hechos así y no se les debe culpar por ello. Sin embargo, el hombre es responsable de ser impuro por el pecado.

¿Y entonces por qué nos han sido clasificados como impuros? – pregunta Felipe.

Hay razón sobrenatural y razón natural de este orden. La primera consiste en enseñar al pueblo elegido a saber vivir teniendo presente su elección y la dignidad del hombre incluso en una acción tan común como es comer.

El salvaje se alimenta de todo, le basta con llenarse el vientre. El pagano, aunque no sea un salvaje, come también todo, sin pensar que comer exageradamente fomenta vicios y tendencias que rebajan al ser humano. Es más, los paganos persiguen este frenesí de placer que para ellos es casi una religión.

Los más instruidos de entre vosotros tienen noticia de fiestas obscenas, en honor de sus dioses, que degeneran en una orgía de libídine. El hijo del pueblo de Dios debe saber contenerse, y, en obediencia y prudencia, perfeccionarse a sí mismo, teniendo presentes su origen y su fin: Dios y el Cielo.

La razón natural es el no estimular la sangre con alimentos que conducen a ardores indignos del hombre, al cual no se le niega el amor carnal, pero debe templarlo siempre con el frescor del alma orientada al Cielo; hacer, por tanto, amor – no sensualidad – de ese sentimiento que une al hombre a su compañera, en quien debe ver la congénere y no la hembra.

Los pobres animales, sin embargo, no son culpables de ser puercos, ni de los efectos que su carne pueden a la larga producir en la sangre; y menos culpa todavía tienen los hombres que cuidan de los cerdos.

Si son honestos, ¿qué diferencia habrá, en la otra vida, entre ellos y el escriba que está concentrado en sus libros y que, por desgracia, no aprende en ellos la bondad? En verdad os digo que veremos a porquerizos entre los justos y a escribas entre los injustos.

Pero… ¡avalancha!

Se separan todos de la ladera del monte porque están rodando y rebotando pendiente abajo piedras y tierra, y miran en torno a sí perplejos.

¡Allí!, ¡allí!, ¡mirad allí! Dos… completamente desnudos… vienen hacia aquí gesticulando. Locos

O endemoniados – responde Jesús a Judas Iscariote, que ha sido el primero en ver a los dos posesos que vienen hacia Jesús.

Deben haber salido de alguna caverna del monte. Vienen gritando. Uno de ellos, el que más corre, se lanza hacia Jesús: parece un pajarraco extraño desplumado, pues mucho corre y mucho bracea. Se desploma a los pies de Jesús gritando:

¿Has venido aquí, Amo del mundo? ¿Qué tengo que ver contigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? ¿Ha llegado ya la hora de nuestro castigo? ¿Por qué has venido antes de tiempo a atormentarnos?

El otro endemoniado, bien porque tenga impedida la capacidad de hablar, bien porque esté poseído por un demonio que lo hace lento, lo único que hace es echarse de bruces contra el suelo y llorar bajo, para luego, sentado, quedarse como inerte, sólo jugando con las piedras y con sus pies desnudos.

El demonio sigue hablando por boca del primero, que se retuerce en el suelo en un paroxismo de terror. Parece como si quisiera oponerse y no pudiera hacer otra cosa sino adorar, atraído y repelido al mismo tiempo por el poder de Jesús. Grita:

¡Te conjuro en nombre de Dios, no me atormentes más. Déjame marcharme!

Sí. Pero fuera de éste. Espíritu impuro, sal de éstos. Di tu nombre.

Legión es mi nombre, porque somos muchos. Tenemos poseídos a éstos desde hace años, con sus miembros deshacemos lazos y rompemos cadenas, y no hay fuerza humana que los pueda tener sujetos. Siembran el terror por causa nuestra, de ellos nos servimos para que contra ti se blasfeme; en ellos nos vengamos de tu maldición.

Rebajamos al hombre a nivel inferior al de las fieras, para escarnecerte; no hay lobo, chacal o hiena, buitre o vampiro, que se pueda equiparar a los que están poseídos por nosotros. Pero, no nos eches. ¡El infierno es demasiado horrendo!

¡Salid!.

Jesús habla con voz de trueno, sus ojos centellean.

Déjanos, al menos, entrar en esa piara que has visto antes.

Id.

Con un alarido bestial los demonios se separan de los dos desgraciados, y, entre un improviso remolino de viento que hace cimbrearse a las encinas como si fueran tallos herbáceos, caen sobre los numerosísimos cerdos, los cuales, emitiendo chillidos verdaderamente demoníacos, dan en correr por entre las encinas como posesos; se chocan unos con otros, se hieren, se muerden y, llegados al borde del alto cantil, no teniendo ya más amparo que el agua del fondo, se arrojan al lago.

Mientras los porquerizos, trastornados y desolados, gritan aterrorizados, los animales, a centenares, en una sucesión de golpes sordos, zambullen su cuerpo en las aguas serenas, y las rompen en multitud de borbollones de espumas; se hunden, vuelven a emerger, mostrando ora los redondeados vientres, ora los morros puntiagudos en cuyos ojos se lee el terror, para acabar ahogándose.

Los pastores, gritando, se echan a correr hacia la ciudad. Los apóstoles, que han ido al lugar del desastre, vuelven y dicen:

¡Ni uno se ha salvado! ¡Les has procurado un triste servicio!

Jesús, sereno, responde: –Es mejor que perezcan dos mil cerdos que no un solo hombre.


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