¡Lázaro! ¡Sal fuera!

Jesús va hacia Betania. Deben haber hecho una marcha verdaderamente fatigosa por los altos, empinadísimos senderos de los montes Adomín. Los apóstoles, jadeantes, a duras penas logran seguir a Jesús, que va raudo, como si el amor lo llevara en sus alas de fuego, y tiene una sonrisa radiante mientras camina precediendo al grupo, con la cabeza alta bajo los suaves rayos del sol de mediodía.

Antes de que lleguen a las primeras casas de Betania, lo ve un muchachito descalzo que va con un ánfora de cobre vacía hacia la fuente de los aledaños del pueblo. El muchacho grita, deja en el suelo el ánfora y se echa a correr con toda la velocidad de sus piernecitas hacia el interior del pueblo.

Está claro que va a avisar de tu llegada – observa Judas Tadeo quien, como todos los demás, ha sonreído por la resolución… enérgica del muchachito, que ha dejado incluso su ánfora a la merced del primero que pase.

Están casi a mitad de trayecto cuando perciben detrás de ellos al muchachito de antes, que los adelanta corriendo y luego se planta en medio de la calle y mira, pensativo, a Jesús…

Paz a ti, pequeño Marcos. ¿Por qué te has marchado corriendo? ¿Es que tenías miedo de mí? – pregunta Jesús acariciándolo.

Yo no, Señor. Yo no he tenido miedo. Pero como durante muchos días Marta y María han mandado a criados suyos a los caminos que vienen aquí, para ver si venías, pues ahora que te he visto he ido corriendo a decir que venías

Has hecho bien. Las hermanas prepararán su corazón para verme.

No, Señor. Las hermanas no se prepararán nada porque no saben nada. No han querido que lo dijera. Me han agarrado cuando he dicho al entrar en el jardín: “Está el Rabí”, y me han echado afuera diciendo: “Eres o un mentiroso o un estúpido. Él ya no viene, porque a estas alturas está seguro de que ya no puede hacer el milagro”. Y como yo decía que sí que eras Tú, me he llevado dos tortazos como nunca hasta ahora me había llevado…

Mira qué rojos tengo los carrillos. ¡Me queman! Y me han echado a empujones diciendo: “Esto para que te purifiques de haber mirado a un demonio”. Y yo te miraba para ver si te habías vuelto un demonio. Pero no lo veo… Sigues siendo mi Jesús, tan guapo como los ángeles de que me habla mi mamá.

Jesús se agacha a besarlo en los carrillos que han recibido las bofetadas y dice: Así se te pasará el picor. Me duele que hayas sufrido por mí

Yo no, Señor, porque esos tortazos han hecho que me dieras dos besos – y se agarra a las piernas de Jesús esperando otros besos.

Respóndeme, Marcos. ¿Quién te ha echado? ¿Los de Lázaro? – pregunta Judas Tadeo.

No. Los judíos. Vienen para el duelo todos los días. ¡Son muchos! Están en casa y en el jardín. Vienen pronto y se marchan tarde. Parecen los amos. Maltratan a todos. ¿Ves como no hay nadie por las calles? Los primeros días la gente observaba… pero luego… Ahora sólo nosotros, los niños, estamos en las calles… ¡Ay, mi ánfora! Mi mamá esperando el agua… ¡Ahora me va a pegar también ella!

Sonríen todos al ver la desolación del niño ante la perspectiva de otros bofetones. Jesús dice: Ve pues, rápido…

Es que… quería entrar contigo y verte hacer el milagro… – y termina: – y ver sus caras… para vengarme de los tortazos

Eso no. No debes desear venganza. Debes ser bueno y perdonar… Pero tu mamá está esperando el agua

Voy yo, Maestro. Sé dónde vive Marcos. Le explico a la mujer lo que ha sucedido y luego te alcanzo… – dice Santiago de Zebedeo, y se marcha rápidamente.

Reanudan el camino lentamente. Jesús lleva de la mano al niño, que va todo alborozado…

Ya están delante del vallado del jardín. Lo orillan. Hay muchas cabalgaduras atadas a él, vigiladas por los criados de cada uno de los propietarios. El bisbiseo que se alza capta la atención de algún judío, que se vuelve hacia la cancilla abierta, justo en el momento en que Jesús cruza el umbral del jardín.

¡El Maestro! – dicen los primeros que lo ven. Y esta palabra corre, como el frufrú del viento, de un grupo a otro, y se propaga y va -llevada por los muchos judíos presentes, o por algún fariseo, rabí o escriba o saduceo esparcidos por el lugar-, va, cual ola lejana que viene a romperse en la orilla, a chocar contra las paredes de la casa, y penetra en ésta.

Jesús se adentra muy lentamente, a la par que todos, aun acudiendo de todas las partes, se apartan del paseo por el que Él va. Se ha limitado a un gesto de inclinación no personalizado, al poner pie en el paseo; luego ha seguido recto, como ajeno a la mucha gente que tiene ahí.

El muchachito sigue a su lado, vestido como un labradorcito, descalzos sus pies como un niño pobre, pero con una cara luminosa, propia de uno que está de fiesta, y con sus ojitos negros, vivos, bien abiertos para verlo todo… y para desafiar a todos…

Marta sale de la casa, rodeada de un grupo de judíos venidos de visita, entre los cuales están Elquías y Sadoq. Pone la mano como visera, para ayudar a los ojos cansados de llanto, dolorosamente sensibles a la luz, para ver dónde está Jesús. Lo ve.

Se separa de quienes la acompañan y corre hacia Jesús, que está a pocos pasos del estanque brillante de reflejos por el sol que en él incide. Se arroja a los pies de Jesús después de la primera reverencia, y le besa los pies mientras, en medio de un fuerte estallido de llanto, dice: ¡La paz a ti, Maestro!

También Jesús le ha dicho, en cuanto la ha visto cerca: ¡La paz a ti! – y ha levantado su mano para bendecir. Para ello, ha soltado la mano del niño, al cual Bartolomé toma y retira un poco hacia atrás.

Marta prosigue: Pero ya no hay paz para tu sierva.

Levanta la cara hacia Jesús, siguiendo de rodillas, y, con un grito de dolor que se oye bien en el silencio que se ha creado, exclama:

¡Lázaro ha muerto! Si hubieras estado aquí, no habría muerto. ¡Por qué no has venido antes, Maestro?

Expresa un involuntario tono de reproche al hacer esta pregunta. Luego vuelve al tono abatido de una persona que ya no tiene fuerzas para reprochar y cuyo único consuelo es el poder recordar los últimos movimientos y deseos de un hermano al que se ha tratado de dar lo que deseaba:

¡Te ha llamado muchas veces Lázaro, nuestro hermano!… Ahora, ya lo ves. Yo estoy acongojada y María llora y no encuentra resignación. Y él ya no está aquí. ¡Tú sabes cómo lo queríamos! ¡Esperábamos todo de ti!

Un murmullo de compasión hacia la mujer y de censura hacia Jesús, un asentimiento al pensamiento implícito: “y podías habernos escuchado, porque nosotras lo merecemos por el amor que te profesamos, y, sin embargo, has quebrado nuestra esperanza” va de un grupo a otro de gente, de personas que menean la cabeza y miran burlonamente.

Sólo los pocos, ocultos discípulos que están esparcidos entre la numerosa gente congregada tienen miradas de compasión hacia Jesús, que escucha, muy pálido y triste, a esta Marta angustiada que le está hablando. Gamaliel, cruzados sus brazos, vestido con su amplia y rica túnica de lana finísima adornada con caireles azules, un poco aparte, rodeado de un grupo de jóvenes entre los que están su hijo y José Bernabé, mira fijamente a Jesús, sin odio ni amor.

Marta, habiéndose enjugado la cara, sigue diciendo: Pero sigo esperando, porque sé que el Padre te concederá cualquier cosa que Tú le pidas.

Una dolorosa, heroica profesión de fe, expresada con voz temblorosa de llanto, con ansia temblorosa en la mirada, con la última esperanza, temblorosa, en el corazón.

Tu hermano resucitará. Levántate, Marta.

Marta se levanta, aunque permanece inclinada ante Jesús en señal de veneración, y responde: Lo sé, Maestro. Resucitará en el último día.

Yo soy la Resurrección y la Vida. El que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y quien crea y viva en mí no morirá para siempre. ¿Crees tú todo esto?

Jesús, que antes había hablado con voz más bien baja únicamente a Marta, alza el tono de la voz para decir estas frases con que proclama su potencia de Dios, y el perfecto timbre de aquélla resuena como tañido de oro en el vasto jardín.

Un estremecimiento, casi de espanto, sacude a los presentes; pero luego algunos hacen sonrisas maliciosas y menean la cabeza.

Marta -a quien Jesús, teniendo apoyada una mano sobre su hombro, parece querer transfundirle una esperanza cada vez más fuerte- que tenía baja la cabeza, alza la cara. La alza hacia Jesús, y fija sus ojos afligidos en las luminosas pupilas de Cristo. Entonces, apretando las manos contra el pecho con un ansia distinta, responde:

Sí, Señor, Yo creo esto. Creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que ha venido al mundo. Y que puedes todo lo que quieres. Creo. Voy a avisar a María – y se marcha rápida. Desaparece dentro de la casa.

Jesús permanece donde está. Es decir, da algunos pasos hacia delante y se acerca al cuadro de jardín que rodea al estanque, cuadro todo sembrado de brillantes por ese lado, debido al fino polvillo acuoso del surtidor, inclinado, como si fuera una plumita de plata, hacia ese lado por un leve vientecillo; y parece perderse, Jesús, contemplando los zigzagueos de los peces bajo el velo de agua cristalina. Y sus juegos, que ponen comas de plata y visos de oro en el cristal de esa agua en que el sol incide.

Los judíos lo observan. Involuntariamente, se han separado formando grupos bien distintos. Por una parte, frente a Jesús, todos los enemigos suyos, habitualmente divididos entre sí por espíritu sectario pero que ahora se armonizan en hostigarlo.

A su lado, detrás de los apóstoles, José, Nicodemo y los otros de espíritu benévolo. Más allá, Gamaliel, que sigue en su sitio y en su postura de antes, y que está solo, porque su hijo y sus discípulos se han separado para distribuirse entre los dos grupos principales para estar más cerca de Jesús.

Con su grito habitual: « ¡Rabbuní!», María sale de la casa y corre hacia Jesús extendiendo hacia delante los brazos. Se arroja a sus pies. Le besa los pies entre fuertes sollozos. Una serie de judíos, que estaban en casa con ella y que la han seguido, unen sus llantos, de dudosa sinceridad, al de ella.

También Maximino, Marcela, Sara y Noemí han seguido a María, y lo mismo todos los dependientes de casa. Los lamentos son fuertes y altos. Creo que dentro de la casa no ha quedado nadie. Marta, al ver llorar así a María, llora fuertemente también.

¡La paz a ti, María. ¡Álzate! ¡Mírame! ¿Por qué este llanto, como el de uno que no tiene esperanza?

Jesús se inclina, para decir en tono bajo estas palabras, sus ojos en los ojos de María, que, estando de rodillas, relajada sobre sus talones, tiende hacia Él las manos en un gesto de invocación; y que, debido a su fuerte sollozo, no puede hablar.

¿No te dije que esperaras más allá de lo creíble para ver la gloria de Dios? ¿Acaso ha cambiado tu Maestro, para que hubiera motivo de angustiarse de esa manera?

Pero María no recoge estas palabras que quieren prepararla ya a una alegría demasiado fuerte después de tanta angustia. Grita, por fin dueña de su voz:

¡Oh, Señor! ¿Por qué no has venido antes? ¿Por qué te has alejado tanto de nosotros? ¡Sabías que Lázaro estaba enfermo! Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano., ¿Por qué no has venido? Tenía que mostrarle todavía que le amabas. Él debía vivir. Yo debía mostrarle que perseveraba en el bien. ¡Mucho angustié a mi hermano! ¿Y ahora? ¡Ahora que podía hacerlo feliz, me ha sido arrebatado! Tú podías conservármelo.

Podías haber dado a la pobre María la alegría de consolarlo después de haberle causado tanto dolor. ¡Oh! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Maestro mío! ¡Salvador mío! ¡Esperanza mía! – y cae otra vez al suelo, con la frente sobre los pies de Jesús, que reciben otra vez el lavacro del llanto de María. Y gime:

¿Por qué has hecho esto, Señor? Incluso por los que te odian y gozan de todo esto que está sucediendo… ¿Por qué has hecho esto, Jesús?

Pero no hay reproche en el tono de María, como lo ha habido en el de Marta. María tiene sólo esa angustia de quien, además de su dolor de hermana, siente también el de discípula que percibe menoscabado en el corazón de muchos el concepto de su Maestro.

Jesús, muy agachado para recoger estas palabras susurradas rostro en tierra, se yergue y dice fuerte:

¡María, no llores! También tu Maestro sufre por la muerte del amigo fiel… por haber debido dejarlo morir

¡Oh, qué risitas y miradas de rencoroso júbilo hay en las caras de los enemigos de Cristo! Lo sienten vencido, y exultan, mientras que los amigos se ponen cada vez más tristes.

Jesús dice aún más fuerte:
Pero Yo te digo: no llores. ¡Álzate! ¡Mírame! ¿Crees tú que Yo, que te he amado tanto, he hecho esto sin motivo? ¿Eres capaz de pensar que te he dado este dolor inútilmente? Ven. Vamos donde Lázaro. ¿Dónde lo habéis puesto?

Jesús, más que a María y a Marta -las cuales, llorando ahora más violentamente, no hablan-, pregunta a todos los demás, especialmente a los que han salido de la casa con María y parecen los más turbados. Quizás son parientes más mayores, no lo sé.

Y éstos responden a Jesús, que está visiblemente compungido:
Ven y velo tú – y se encaminan hacia el sitio del sepulcro, que está en el extremo del huerto, en un lugar en que el suelo tiene ondulaciones y vetas de roca calcárea que afloran a la superficie.

Marta, al lado de Jesús, que ha forzado a María a ponerse en pie y la está guiando porque está cegada por el fuerte llanto, indica con la mano a Jesús dónde está Lázaro; y, llegados al lugar, dice:

Ahí es, Maestro, donde tu amigo está sepultado – y señala hacia la piedra que está puesta oblicuamente contra la boca del sepulcro.

Jesús contempla la pesada piedra, que hace de puerta del sepulcro y de pesado obstáculo entre Él y el amigo fenecido, y llora. El llanto de las hermanas aumenta, como también el de los íntimos y familiares.

¡Quitad esta piedra! – grita Jesús al improviso, habiendo enjugado antes su llanto.

En todos se manifiesta un gesto de estupor. Un murmullo recorre la aglomeración de gente, que ha crecido con algunos de Betania que han entrado en el jardín y se han agregado a los convocados. Veo a algunos fariseos que se tocan la frente meneando la cabeza como diciendo: « ¡Está loco!».

Nadie ejecuta la orden. Hasta los más fieles titubean y sienten repulsa por hacerlo. Jesús repite más fuerte su orden, haciendo estremecerse más todavía a la gente, la cual, experimentando dos sentimientos opuestos, hace ademán como de huir y, inmediatamente después, de acercarse más, para ver, desafiando el inminente hedor del sepulcro que Jesús quiere ver abierto.

Maestro, no se puede – dice Marta esforzándose en contener el llanto para hablar – Hace ya cuatro días que está ahí abajo. ¡Y Tú sabes de qué enfermedad ha muerto! Sólo nuestro amor podía cuidarlo… Ahora, sin duda alguna y a pesar de los ungüentos, olerá fuertemente… ¿Qué quieres ver? ¿Su podredumbre?… No se puede… incluso por la impureza de la corrupción y

¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios? Quitad esta piedra. ¡Lo quiero! Es un grito de voluntad divina…

Un « ¡oh!» quedo brota de todos los pechos. Palidecen las caras Alguno tiembla, como si hubiera pasado por todos un viento gélido de muerte.

Marta hace una señal a Maximino, y éste ordena a los dependientes de la casa que cojan las herramientas que se requieren para quitar la pesada piedra. Ellos se marchan, a buen paso. Vuelven con picos y fuertes palancas. Y trabajan: introducen las puntas de los relucientes picos entre la roca y la piedra; sustituyen luego los picos por las palancas; en fin, retiran cuidadosamente la piedra haciéndola rodar por un lado para correrla luego cautamente hasta la pared rocosa.

Un hedor pestilente sale de la galería oscura y hace retroceder a todos. Marta pregunta en voz baja:

Maestro, ¿quieres bajar ahí? Si quieres bajar, se necesitan antorchas… Pero el pensamiento de tener que hacerlo la pone pálida.

Jesús no le responde. Alza los ojos al cielo, abre los brazos en cruz y ora con voz fortísima, recalcando bien las palabras:

¡Padre! Te doy gracias por haberme escuchado. Sabía que siempre me escuchas. Pero lo he dicho por estos que están aquí, por la gente que tengo a mi alrededor, ¡para que crean en ti, en mí, en que Tú me has enviado!

Permanece así unos momentos. Tan transfigurado está, que parece raptado en éxtasis. Mientras, sin sonido de voz, dice otras, secretas palabras de oración o adoración, no sé. Lo que sí sé es que está tan espiritualizado, que no se le puede mirar sin sentirse temblar el corazón en el pecho.

Está así un rato. Luego vuelve a ser Él, el Hombre, aunque con una majestad poderosa. Se acerca hasta el umbral del sepulcro. Él hunde en esa negrura muda el fuego azul de sus ojos, cuyo fulgor de milagro es hoy insostenible; y, con voz potente, grita:

¡Lázaro! ¡Sal fuera!

La voz, por el eco, se refleja en la cavidad sepulcral, y se expande, para salir luego a todo el jardín; y retumba en los desniveles de las ondulaciones de Betania: « ¡fuera! ¡fuera! ¡fuera!».

Todos sienten un estremecimiento más intenso, y, si la curiosidad tiene clavados a todos en sus sitios, las caras palidecen y los ojos se dilatan, mientras las bocas se entreabren involuntariamente con el grito de estupor ya en la garganta.

Marta, un poco hacia atrás y al lado, está como hechizada mirando a Jesús. María cae de rodillas; ella, que no se ha separado nunca de su Maestro, cae de rodillas en el umbral del sepulcro, con una mano en el pecho para frenar los latidos del corazón y la otra agarrada, inconsciente y convulsamente, a un extremo del manto de Jesús (y se comprende que tiembla, porque el manto recibe leves vibraciones de la mano que lo aferra).

Algo, de color blanco, parece surgir del fondo profundo de la galería. Primero es una casi imperceptible, pequeña línea convexa; luego se transforma en una forma oval; luego a este óvalo se le añaden líneas más amplias, más largas, cada vez más largas… Y el que estaba muerto, envuelto en su mortaja, va acercándose lentamente, va siendo cada vez más visible, espectral, impresionante.

Jesús retrocede, retrocede, insensiblemente, pero continuamente a medida que el otro avanza; la distancia entre los dos es, por tanto siempre igual.

María debe soltar el borde del manto, pero no se mueve de donde está. La alegría, la emoción, todo, la clavan al sitio en que estaba. Un «¡oh!» cada vez más nítido sale de las gargantas, cerradas antes por un espasmo de espera: de susurro casi imperceptible, pasa a ser voz; de voz, a grito potente.

Lázaro está ya en el umbral. Ahí se para, rígido, mudo, semejante a una estatua de yeso apenas esbozada (por tanto, informe); una forma larga, estrecha en la cabeza, estrecha en las piernas, más ancha en el tronco, macabra como la misma muerte, espectral con el blancor de la mortaja sobre el fondo oscuro del sepulcro. A la luz del sol que incide en él, se ve que la mortaja ya chorrea podredumbre por varios puntos.

Jesús grita fuerte:
¡Desatadlo y dejadlo libre! ¡Dadle ropa y comida!

¡Maestro!… – dice Marta, y quizás querría decir más. Pero Jesús la mira fijamente y la subyuga con su fúlgida mirada; dice:

¡Aquí ¡Enseguida! ¡Traed una túnica! ¡Vestidlo en presencia de todos y dadle de comer!

Da órdenes, pero no se vuelve ni una sola vez a mirar a los que tiene detrás y en torno. Sus ojos miran sólo a Lázaro, a María, que está cerca del resucitado y sin preocuparse del asco que da a todos la mortaja purulenta, y a Marta, que jadea como si se le estallase el corazón y no sabe si gritar su alegría o si llorar…

Los criados se apresuran a ejecutar las órdenes. Noemí es la primera que se pone en movimiento, rápida, y la primera que vuelve, con la ropa colgada en el brazo. Algunos desatan los lazos de las vendas, después de haberse remangado y haberse ceñido las túnicas para que no toquen la podredumbre que fluye. Marcela y Sara vuelven con ánforas de perfumes, seguidas de criados, unos con barreños y ánforas que despiden vapor de agua, otros con bandejas, tazas llenas de leche, y vino, fruta, tortas cubiertas de miel.

Las vendas, estrechas y larguísimas, con bordes en los dos lados, tejidas, claro está, para ese uso, se desenrollan como rollos de cinta de una gran bobina, y se van acumulando en el suelo, cargadas de ungüentos aromáticos y de podredumbre.

Los criados las apartan haciendo uso de palos. Han empezado por la cabeza, donde también hay materia purulenta (sin duda, supurada por la nariz, las orejas y la boca). El sudario colocado sobre la cara está todo empapado de estas supuraciones que ensucian el rostro de Lázaro.

Va cayendo lentamente la sábana, el sudario colocado en torno al cuerpo, a medida que las vendas van bajando, bajando, bajando, liberando así el tronco que habían tenido oprimido durante días, devolviendo así forma humana a lo que antes habían hecho parecer una gran crisálida.

Los osudos hombros, los brazos esqueletados, las costillas apenas cubiertas de piel, el vientre hundido van apareciendo lentamente. Y a medida que las vendas van cayendo, las hermanas, Maximino, los criados, dan en quitar el primer estrato de suciedad y de bálsamos, e insisten hasta que – cambiando continuamente el agua y añadiendo a ellas productos aromáticos que las hacen detergentes- la piel aparece limpia.

Lázaro, cuando le liberan la cara y puede mirar, dirige su mirada a Jesús, antes incluso que a sus hermanas, y, mirando a su Jesús con una sonrisa de amor en los pálidos labios y un brillo de llanto en las profundas órbitas, se olvida y abstrae de todo lo que sucede.

También Jesús le sonríe con un brillo de llanto en el lagrimal de los ojos, y, sin hablar, dirige la mirada de Lázaro al cielo; Lázaro comprende, y mueve los labios en una silenciosa oración.

Marta piensa que quiere decir algo y que todavía no tiene voz, y pregunta:
¿Qué me dices, Lázaro mío?

Nada, Marta. Daba gracias al Altísimo.

La pronunciación es segura, fuerte la voz. La gente exhala un nuevo «¡oh!» de estupor. Ya le han liberado hasta las caderas (liberado y limpiado). Ya pueden vestirlo con la túnica corta, una especie de camisón que supera la ingle y cuelga sobre los muslos.

Le sugieren que se siente para desatarlo y lavarle las piernas. En cuanto quedan éstas al descubierto, Marta y María, señalando piernas y vendas, gritan fuerte. Y, a pesar de que en las vendas que ciñen las piernas y en la sábana puesta debajo de aquéllas la supuración es tan abundante que forma pequeños regueros en la tela, las piernas aparecen completamente cicatrizadas.

Las cicatrices rojo-cianóticas son el único indicio que señala dónde estaban las gangrenas. La gente, toda, grita más fuerte, estupefacta. Jesús sonríe, y sonríe a Lázaro, que mira un instante sus piernas curadas, para abstraerse luego de nuevo mirando a Jesús. Parece no poder saciarse de verlo. Los judíos, fariseos, saduceos, escribas, rabíes, se acercan, cautos para no contaminarse la ropa.

Miran bien de cerca a Lázaro. Miran bien de cerca a Jesús. Pero ni Lázaro ni Jesús se ocupan de ellos. Se miran, y todo lo demás no cuenta.

Le ponen las sandalias a Lázaro. Él se pone en pie, ágil, seguro. Toma la túnica que Marta le ofrece. Se la pone él solo, se abrocha el cinturón, se coloca los pliegues. Ahí está, delgado y pálido, pero igual que todos. Se lava otra vez las manos y los brazos hasta el codo arremangándose. Y luego, con agua nueva, otra vez se lava cara y cabeza, hasta que se siente completamente limpio. Se seca pelo y cara, devuelve la toalla al criado y va derecho hacia Jesús. Se postra. Le besa los pies.

Jesús se agacha, lo pone en pie, lo estrecha contra su corazón y le dice:
¡Bienvenido de nuevo, amigo mío! La paz sea contigo, y la alegría. Vive para cumplir tu feliz destino. Alza tu cara para darte el beso de saludo.

Y lo besa en las mejillas. Lázaro corresponde en igual manera al beso de Jesús. Sólo después de haber venerado y besado al Maestro, Lázaro habla con sus hermanas y las besa. Luego besa a Maximino y a Noemí, que lloran de alegría, y a algunos de los que creo que están emparentados con la casa o son amigos muy íntimos. Luego besa a José, a Nicodemo, a Simón Zelote y a algún otro.

Jesús va personalmente hacia uno de los criados, que tiene en sus brazos una bandeja con comida, y toma una torta con miel, una manzana, una copa de vino, y se las da a Lázaro -antes las ofrece y bendice- para que coma y beba. Y Lázaro come con el sano apetito de una persona que goza de salud. Todos exhalan otro «¡oh!» de estupor.

Jesús parece ver sólo a Lázaro, pero en realidad observa todo y a todos, y, al ver que, con gestos de ira, Sadoq, Elquías, Cananías, Félix, Doras, Cornelio y otros están para marcharse, dice fuerte:

Espera un momento, Sadoq. Debo decirte una palabra. A ti y a los tuyos.

Ellos se paran, con facha de delincuentes. José de Arimatea se asusta y hace una señal al Zelote para que retenga a Jesús.

Pero Él ya está yendo hacia el grupo rencoroso, y ya está diciendo con voz fuerte:

¿Te basta, Sadoq, lo que has visto? Me dijiste un día que para creer necesitabais, tú y los que son como tú, ver que un muerto descompuesto se recompusiera y recuperara la salud.

¿Te ha saciado la podredumbre que has visto? ¿Eres capaz de confesar que Lázaro estaba muerto y que ahora está vivo y tan sano como no lo estaba desde hacía años? Lo sé: vosotros habéis venido aquí a tentar a éstos, a crear en ellos duda y mayor dolor. Habéis venido aquí a buscarme, esperando encontrarme escondido en la habitación del moribundo.

Habéis venido aquí no por un sentimiento de amor y por el deseo de honrar al difunto, sino para aseguraros de que Lázaro estaba realmente muerto, y habéis seguido viniendo, cada vez más contentos a medida que el tiempo pasaba. Si las cosas hubieran ido según vuestras esperanzas -como ya creíais que iban- habríais tenido motivo para estar jubilosos.

El Amigo que cura a todos pero no cura al amigo; el Maestro que premia todas las fes, pero no las de sus amigos de Betania; el Mesías impotente ante la realidad de una muerte. Esto era lo que os daba motivo para estar jubilosos. Pero Dios os ha respondido. Ningún profeta pudo nunca reunir lo que estaba deshecho, además de muerto.

Dios lo ha hecho. Ahí tenéis el testimonio vivo de lo que Yo soy. Hubo un día en que Dios tomó barro e hizo con él una forma y exhaló en él el espíritu vital y el hombre comenzó a ser. Dije Yo: “Hágase al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Porque Yo soy el Verbo del Padre. Hoy, Yo, Verbo, he dicho a lo que es aún menos que fango, a la materia descompuesta: “Vive”, y la materia descompuesta se ha vuelto a componer formando carne, carne íntegra, viva, palpitante. Ahí la tenéis, os está mirando.

Y con la carne he reunido el espíritu que yacía desde hacía días en el seno de Abraham. Lo he llamado con mi voluntad, porque todo lo puedo, Yo, el Viviente, Yo, el Rey de reyes al que están sujetas todas las criaturas y las cosas. ¿Ahora qué me respondéis?

Está frente a ellos, alto, radiante de majestad, verdaderamente Juez y Dios. Ellos no responden. Él insta:
¿Todavía no os es suficiente para creer, para aceptar lo ineluctable?

Has mantenido sólo una parte de la promesa. Ésta no es la señal de Jonás… dice Sadoq en tono áspero.

Recibiréis también esa señal. Lo he prometido y lo mantengo – dice el Señor – Y otro que está aquí presente, y que espera otra señal, la recibirá. Y la aceptará, porque es un justo. Vosotros no. Vosotros seguiréis siendo lo que sois.

Se marchan, tan vencidos ya por esta derrota que les ha sido infligida, que ya no saben ocultar bajo una hipócrita amistad el motivo de su presencia ahí. Se marchan sin saludar ni a Lázaro ni a las hermanas.

Se quedan atrás algunos que el milagro ha conquistado para el Señor. Entre éstos, José Bernabé, que se arroja al suelo, de rodillas ante Jesús y lo adora. Otro es el escriba Joel de Abías, que hace lo mismo antes de marcharse. Y otros más, que no conozco, pero que deben ser influyentes.

Lázaro, entretanto, rodeado de sus más íntimos, se ha retirado a casa. José, Nicodemo y los otros buenos saludan a Jesús y se marchan. Se marchan con profundas reverencias los judíos que estaban con Marta y María. Los criados cierran la cancilla. La casa vuelve a la calma.

Jesús mira a su alrededor. Ve humo y rojo de fuego en el fondo del jardín, en la parte del sepulcro. Jesús, solo, erguido en medio de un sendero, dice:

La podredumbre que es aniquilada por el fuego… La podredumbre de la muerte… Pero, la de los corazones… la de esos corazones ningún fuego la aniquilará… Ni siquiera el fuego del Infierno. Será eterna… ¡Qué horror!… Más que la muerte… Más que la corrupción… Y… Pero ¿quién te salvará, oh Humanidad, si tanto estimas el estar corrompida? Quieres estar corrompida. Y Yo… Yo he arrebatado al sepulcro a un hombre con una palabra… Y con un mar de palabras… y uno de dolores… no podré arrebatar al pecado al hombre, a los hombres, a millones de hombres.

Se sienta y se tapa la cara con las manos, abatido…


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