Romanos 8, 28-30


Sabemos, además, que Dios dispone, todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.


Para el que ama a Dios todas las cosas se cambian en bien, porque Dios las predispone todas para que sean medio de bien para sus santos. Incluso aquello que, por su naturaleza, les parece a los superficiales sean motivo de dolor y peligro de mal, pudiendo, con lo que son, llevar al alma al abatimiento, a la duda o a la rebeldía.

Mas no son las cosas en sí las que pueden llevar a estas consecuencias. Es el carácter no acomodado a la ley moral, aun la natural, es el alma en desacuerdo con la ley divina, es decir, carecer de una buena voluntad de servir a Dios en cuanto el proponga es lo que puede hacer de las cosas predispuestas por Dios para un fin de bondad, sea motivo de caída en imperfecciones y hasta en culpas más o menos graves.

Y si se pensase lo contrario, esto es, que Dios predispone las cosas a un fin que no es de bien, esto sería tanto como decir que la predestinación a la gracia es también un mal, porque ocurre con frecuencia lo del talento de la parábola que no se hizo fructificar, por el holgazán que tan injustamente juzgó de su amo, por lo cual este le quita el talento para dárselo a otros que sean capaces de hacerlo fructificar.

Porque, ¿acaso es Dios el que impide que los hombres, todos los hombres predestinados a la gracia, hagan uso de este tesoro de manera justa y del modo que les fue concedido poder hacerlos? No. Tanto es así que Él, aun a aquellos que nada saben del Dios verdadero, les pone en el corazón una ley natural y una conciencia por las que puedan vivir de suerte que pertenezcan, si no al Cuerpo, cuando menos al alma del Cuerpo místico y así poder gozar de los beneficios de la Gracia.

Dios sabe quiénes son, quiénes fueron y quiénes serán – y lo sabe desde siempre – los que ha de dejar improductivos los misteriosos auxilios de Dios para que el hombre alcance su fin. Como sabe igualmente quiénes fueron, son y serán los que, de forma más o menos completa, se transforman, se transformaron o se transformarán a sí mismos en la semejanza o imagen del Hombre Dios mediante el amor, la obediencia a la voz de la conciencia y a los dictados de la ley moral.

Ciertamente, en el Gran Juicio del último día, entre los que estarán a la derecha del Hijo del hombre (glorificados), se verán muchos a los que se tenían por no destinados al reino porque no pertenecían a la Iglesia, mientras que estarán a su izquierda (condenados) muchos miembros vivos del Cuerpo místico que los hombres juzgaron ciertamente coherederos del Cielo. Y grande, en verdad, será el estupor de los que así juzgaron, lo mismo que el de las dos categorías de juzgados.

Y los elegidos por misteriosas operaciones de Dios, secundadas por su recta conciencia, dirán: “¡Cómo, ¿nosotros aquí? ¡Si no te habíamos conocido ni servido como Tú dices: dándote de comer, de beber, acogiéndote y visitándote!

Y el Justo Juez, que murió para dar a todos aquellos hombres de buena voluntad, la vida eterna, responderá: “Porque, sin saberlo, me conocisteis y me servisteis mediante la caridad que hicisteis a vuestro prójimo. Me socorristeis porque, hasta un sorbo de agua suministrado con amor a un sediento, fue una muestra de amor que me hicisteis a Mí“.

Y preguntarán los rechazados: “¿Cómo puedes cerrarnos tu Reino cuando fuimos de los tuyos?“.

Y Él responderá: “Como cerrasteis vuestro corazón a vuestros hermanos necesitados, así os cierro Yo las puertas del Reino. Lo que no hicisteis al menor de entre vosotros, dejasteis de hacerlo también a Mí, y con culpa mucho más grave, por cuanto vosotros sabíais de Mí, de mi evangelio y de mi Ley. Id pues lejos de Mí, obradores de iniquidad, porque es mi hermano el que toma mi semejanza y vosotros, bajo esa careta hipócrita, no os asemejáis a Mí al carecer del Amor que constituye mi Naturaleza“.

Ved en qué estriba la semejanza: en el amor. Amor perfectísimo en el Primogénito de entre los hermanos. Amor que trató de ser el más perfecto posible en los hermanos con Cristo en la carne y en la fe. Quien no vive en el amor y practicando obras de amor, no es hermano de Cristo que amó hasta el extremo de morir por sus hermanos y, por tanto, no es su coheredero.

Les llamó asimismo también a los predestinados a la gloria. Y aquellos a quienes llamó no permanecieron ni permanecen sordos a su llamada ni se cansaron de seguirle, antes, con heroísmos, fueron y van tras sus pisadas por el áspero camino de la perfección. Ni se amilanan y desaniman si el amor de elección del Señor hacia ellos viene a resultar una sucesión de pruebas y de penas.

Como tampoco se tuvieron ni se tienen por menos amados cuando permite Dios que los hombres y los acontecimientos se abatan sobre ellos. De igual modo, no se abaten si la debilidad de la carne o un doblegamiento del espíritu les hizo o les hace caer.

Por el contrario conociendo a Aquel que les llamó, conociendo su Amor y su Misericordia, lo sienten como Padre y hermano hasta en las horas de tempestades dolorosas y, confiando en los infinitos méritos de Cristo en el que creen o creyeron, realizaron y realizan su andadura hasta el Cielo del que les viene la llamada.

Nadie puede salirse de esta norma si quiere acabar en el grado de gloria al que Dios le predestinó. Nadie, por muy amado que se sienta, debe caer en el quietismo, diciendo: “Como es tanto lo que Dios quiere verme allí, Él se cuidará de llevarme a aquel sitio“. Cada uno debe trabajar en hacer fructificar y no dejar inactivos los dones divinos.

Adán y Eva que, ciertamente, eran inocentes y estaban llenos de Gracia y de otros dones, durante siglos y siglos purgaron su infidelidad y su necio juicio de que, por ser tan amados de Dios, no debían abrigar tantos temores ni tener absoluta obediencia.

Jesús, Hombre por haber nacido de Mujer, y María, ambos inocentes, colmados de dones y amadísimos del Padre como el primer hombre Adán y la primera mujer Eva, fueron custodios fieles y solícitos de los domes recibidos, usando de ellos con justicia; y como habría sido para todos los hombres si hubieran permanecido inocentes y llenos de Gracia, no conocieron la corrupción de la carne sino que con ella unida al alma sin mancha alguna, entraron en el Reino eterno para su completa glorificación sin esperar al final de los siglos para gozar, con la carne también, del júbilo perfecto de los que han de resucitar y ser glorificados después del último Juicio.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s