Los Últimos Tiempos

Dice Jesús:

Vendré, bien a pesar mío. Digo «a pesar mío» porque mi venida será de Juicio y juicio tremendo.

Si hubiera de venir para salvaros no buscaría el alejar los tiempos de mi venida, antes, por el contrario, me apresuraría ansiosamente a salvaros todavía. Mas mi segunda venida será de Juicio severo, inexorable, general y, para la mayor parte de vosotros, será juicio de condenación.

Si por un milagro especial, todas las almas llegasen a vivir exclusivamente del espíritu, o sea, que todas fuesen dignas del Cielo, Yo pronunciaría para la Tierra la palabra «Fin» para llevaros a todos al Cielo antes de que un nuevo fermento de humanidad corrompiese de nuevo a alguno de los más débiles de entre vosotros. Mas, por desgracia, esto no sucederá jamás. Por el contrario, la espiritualidad y el amor mueren cada vez más sobre la Tierra.

Satanás, con sus demonios, se precipita sobre la Tierra para vencer a Dios a través del corazón de sus hijos. Porque cada alma que se pierde es una derrota para Dios. Y Satanás lo consigue con facilidad porque el corazón de los hombres ya no tiene llama de espíritu, y no tiene Vida de espíritu. Es un nudo de pecado en el que medra la triple lujuria que da muerte al espíritu.

Lucifer, en sus manifestaciones, ha buscado siempre imitar a Dios. Al igual que Dios da a cada Nación un ángel tutelar, Lucifer da su demonio. Y así como los distintos ángeles de las Naciones obedecen a un único Dios, los distintos demonios de las Naciones obedecen a un único Lucifer.

La consigna dada por Lucifer en la coyuntura presente a los diferentes demonios es una consigna única para todos. Esta consigna puede enunciarse así: «Sembrad horrores, desesperaciones y errores a fin de que los pueblos se aparten de Dios y le maldigan».

También mis ángeles luchan en defensa del país que se le encomendó; mas no encuentran terreno propicio. Por lo que se ven en inferioridad con los enemigos infernales. Para vencer, deberían mis ángeles ser ayudados por quienes viven en el Bien, por los que viven en Mí. No los encuentran pues son pocos comparados con los que no creen ni aman ni perdonan ni saben sufrir.

Ésta es una de las guerras preparatorias de la época del Anticristo.

No digáis: “Nosotros no estaremos allí”. Vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos, tendrán una enorme necesidad de fuerza espiritual en esa hora! En el fondo, es una ley del amor humano proveer al bien de los hijos y de los nietos.

Del mismo modo en que dais a vuestros hijos riquezas o consideráis cómo poder dárselas para que vivan días más felices que los que vosotros habéis vivido, dedicaos a prepararles una herencia de fuerza espiritual que ellos puedan modelar y multiplicar, para tener una gran cantidad de ella cuando los embates de las últimas batallas del mundo y de Lucifer flagelen de modo tan feroz la Humanidad que los hombres se preguntarán si no sería mejor el Infierno.

¡Oh, el Infierno!: la Humanidad deberá vivirlo. Luego, para los que permanecieron fieles al espíritu, vendrá el Paraíso, vendrá la Tierra que no es tierra: el Reino de los Cielos.

La Iglesia no morirá puesto que Yo estaré con Ella; pero conocerá horas de tinieblas y de horror semejantes a las de mi Pasión, multiplicadas en el tiempo, porque así debe ser.

Es preciso que la Iglesia sufra cuanto su Creador sufrió antes de morir para resucitar de forma eterna. Y que sufra por mucho tiempo por cuanto la Iglesia, en sus miembros, no es perfecta como su Creador y si Yo sufrí durante horas, Ella debe sufrir durante semanas y semanas de horas.

Como surgió de la persecución, sostenida por un poder sobrenatural en los primeros tiempos y en sus mejores hijos, así será también Ella cuando lleguen los últimos tiempos en los que existirá, subsistirá y resistirá la marea satánica y las batallas contra el Anticristo con sus mejores hijos. Selección dolorosa pero justa.

Es lógico que en un mundo en el que tantas luces espirituales se habrán apagado, se instaure abiertamente el reinado breve pero tremendo del Anticristo, hijo de Satanás, engendrado por el Odio al unirse con la triple Impureza.

Como las olivas entre las muelas de un trujal, los hijos de Cristo serán perseguidos, exprimidos, triturados por la voracidad de la Bestia. Mas no engullidos porque mi Sangre no permitirá que sean corrompidos en su espíritu.

Lo mismo que los primeros cristianos, serán segados los últimos como manojos de espigas en la persecución postrera y la tierra quedará empapada con su sangre. Mas bienaventurados para siempre, por su perseverancia, aquellos que mueran fieles al Señor.

Será tan cruel la bestial soberanía del hijo del enemigo —hijo, no de querer carnal sino por querer de alma que alcanzó la cima y la profundidad de la identificación con Satanás— que para los vivientes de aquella hora cada minuto será un día, cada día un año y cada año un siglo.

Su nombre podría ser «Negación». Porque el hijo de perdición negará a Dios, negará la Vida, negará todo. ¿Creéis encontraros ya en esto? ¡Oh, pobrecitos! Lo que vivís es rumor lejano de trueno. Entonces será estallido de rayo sobre las cabezas.

Es tal la ignominia de la tierra, que el humo de la misma, apenas diferente del que emana de la morada de Satanás, asciende con impulso sacrílego hasta los pies del trono de Dios.

Es preciso que, antes de la manifestación de mi Gloria, sea purificado el mundo de oriente a occidente y sea así digno de la aparición de mi Rostro.

Incienso que purifica y óleo que consagra, son las plegarias y los padecimientos de mis santos, de los amados de mi Corazón, de los marcados con mi señal: la Cruz bendita, antes de que los ángeles encargados los hayan contraseñado.

La señal se graba en la Tierra; pero es vuestra voluntad la que la graba. Después los ángeles la recubren de oro incandescente que ya no desaparece y que hará esplandecer vuestra frente como sol en mi Paraíso.

¿Quien sera aquel al cual el Señor barrera con el soplo de su boca?

Será persona de rango muy elevado, tan en alto como un astro. No astro humano que brille en un cielo humano sino astro de una esfera sobrenatural, el cual, cediendo a los halagos del Enemigo, conocerá la soberbia tras la humildad, el ateísmo tras la fe, la lujuria después de la castidad, el hambre de oro tras la pobreza evangélica y la sed de honores después de una vida escondida.

Es menos pavoroso ver desplomarse una estrella del firmamento que no ver precipitarse en los lazos de Satanás a esta criatura ya elegida, la cual copiará el pecado de su padre de elección.

Por su soberbia, Lucifer vino a ser el Maldito y el Tenebroso. El Anticristo, por soberbia de una hora, vendrá a ser el maldito y el tenebroso tras haber sido un astro de mi ejército.

En premio a su abjuración que conmoverá los Cielos con un estremecimiento de horror y hará temblar las columnas de mi Iglesia con el espanto que provocará su caída, obtendrá la ayuda completa de Satanás que le entregará las llaves del pozo del abismo para que lo abra y lo abra totalmente de par en par a fin de que salgan de él los instrumentos de horror que, a lo largo de milenios, fabricó Satanás para llevar a los hombres a la desesperación total, de modo que invoquen espontáneamente a Satanás Rey y corran en seguimiento del Anticristo, el único que podrá abrir de par en par las puertas del abismo del modo como Cristo abrió las puertas de los Cielos para hacer salir de ellos la gracia y el perdón que hacen a los hombres semejantes a Dios y reyes de un Reino eterno en el que el Rey de reyes soy Yo.

Como el Padre me dio a Mí todo poder, así dará Satanás a éste todo poder y, en especial, todo poder de seducción a fin de arrastrar en pos de sí a los débiles y a los corroídos por la fiebre de la ambición como él, su cabeza, lo está.

Mas, en su ambición desmedida, aún le parecerán por demás escasas las ayudas sobrenaturales de Satanás y buscará otras en los enemigos de Cristo, los cuales, provistos de armas cada vez más mortíferas, cuales su avidez de Mal les podía inducir a crear para sembrar la desesperación entre las gentes.

Cuando se haya apagado el trueno de la séptima trompeta y completado el horror del séptimo azote sin que la raza de Adán reconozca a Cristo Rey, Señor, Redentor y Dios, y haya invocado su Misericordia y su Nombre en el cual está la salvación, Yo, juro por mi Nombre y por mi Naturaleza, juro que encerraré el último instante en la eternidad.

Cesará el tiempo y comenzará el Juicio. El Juicio que divide para siempre el Bien del Mal tras milenios de convivencia sobre la tierra.

El Bien retornará a la fuente de la que brotó. El Mal se precipitará adonde lo fuera ya lanzado desde el momento de la rebelión de Lucifer y de donde salió para turbar la debilidad de Adán mediante la seducción del sentido y del orgullo.

Entonces se realizará el misterio de Dios. Entonces conoceréis a Dios. Todos, todos los hombres de la Tierra, desde Adán al último nacido, congregados como granos de arena sobre la duna de la playa eterna, verá a Dios, Señor, Creador, Juez y Rey.

Sí, veréis a este Dios al que habéis amado, blasfemado, seguido, escarnecido, servido, rechazado. Le veréis.

Entonces sabréis cuán merecedor era de vuestro amor y servicio. ¡Qué alegría para aquellos que se gastaron a sí mismos en amarle y obedecerle! ¡Qué terror para aquellos que fueron sus Judas, sus Caínes!; para aquellos que prefirieron seguir al Antagonista y al Seductor en vez de al Verbo humanado en el que se halla la Redención, el Camino, la Verdad y la Vida.


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