Transfiguración de Jesús

Llegan al pie del monte. Jesús se para y dice “Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo subirán conmigo al monte. Vosotros los demás diseminaos por la base, separándoos hacia los caminos que la bordean, y predicad al Señor. Al atardecer quiero estar de nuevo en Nazaret, así que no os alejéis mucho. La paz sea con vosotros“.

Y, volviéndose a los tres que había nombrado, dice: “Vamos“. Y empieza a subir sin volverse ya, y con un paso tan expedito, que pone a Pedro en dificultad para seguirle.

En un alto que hacen, Pedro, rojo y sudado, le pregunta con respiración afanosa: “¿Pero a dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima, aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allí?“.

Habría subido por la otra vertiente. Como puedes ver, le vuelvo las espaldas. No vamos a ir a la fortaleza, y quien esté en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre. He querido teneros conmigo porque os amo. ¡Venga, ligeros!“.

¡Oh, mi Señor! ¿Y no podríamos ir un poco más despacio, y hablar de lo que oímos y vimos ayer?“.

A las citas con Dios hay que ir siempre sin demora. ¡Ánimo, Simón Pedro! Que arriba os permitiré que descanséis“.

Y reanuda la subida… Suben más alto todavía y la mirada se expande por dilatados horizontes que un hermoso día sereno hace detalladamente nítidos hasta en las zonas más lejanas.

Suben casi hasta la cima, hasta un rellano herboso con un semicírculo de árboles hacia la parte de la ladera.

Descansad, amigos. Yo voy allí a orar“. Y señala con la mano una voluminosa roca que sobresale del monte y que se encuentra, por tanto, no hacia la ladera sino hacia dentro, hacia la cima.

Jesús se arrodilla en la tierra herbosa y apoya las manos y la cabeza en la roca, en la postura que tomará también en la oración del Getsemaní. El sol no incide en Él, porque la cima lo resguarda. Pero el resto de la explanada herbosa está toda alegre de sol, hasta el límite de sombra del borde arbolado a cuya sombra se han sentado los apóstoles.

Pedro se quita las sandalias y las sacude para quitar el polvo y las piedrecitas, y se queda así, descalzo, con sus pies cansados entre la hierba fresca, casi echado, apoyada la cabeza, como almohada, en un matojo esmeraldino que sobresale más que los demás en su trozo de prado.

Santiago hace lo mismo, pero, para estar cómodo, busca un tronco de árbol; en él apoya su manto, y en el manto la espalda.

Juan permanece sentado, observando al Maestro. Pero la calma del lugar, el vientecíllo fresco, el silencio y el cansancio lo vencen a él también, y se le caen: sobre el pecho, la cabeza; sobre los ojos, los párpados.

Ninguno de los tres duerme profundamente; están en ese estado de somnolencia veraniega que atonta.

Los despabila una luminosidad tan viva, que anula la del Sol y se esparce y penetra hasta debajo del follaje de las matas y árboles bajo los cuales se han puesto.

Abren, estupefactos, los ojos, y ven a Jesús transfigurado. Sus ropas se han transformado en adiamantado y perlino tejido inmaterial. Su Rostro es un sol de luz sideral, pero intensísima, en el cual centellean los ojos de zafiro. Parece mas alto y su luz hace fosforecente todo su alrededor y al caminar lo hace sobre una luz en evaporación, un espacio constituido únicamente por una luz, sobre el cual parece erguirse Él.

Los apóstoles sienten casi miedo y lo llaman, porque ya no les parece que sea su Maestro, de tanto como está transfigurado.

¡Maestro, Maestro!” – dicen bajo, pero con ansia. Él no oye. “Está en éxtasis” – dice Pedro temblando – “¿Qué estará viendo?“.

Los tres se han puesto en pie. Querrían acercarse a Jesús, pero no se atreven. La luz aumenta todavía más, debido a dos llamas que bajan del cielo y se colocan a ambos lados de Jesús.

Una vez asentadas en el rellano, se abre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes.

Moises tiene un aspecto más anciano, de mirada aguda y grave, de su frente salen rayos de luz. Elías se ve más joven, enjuto, con un gran porte de gravedad. Mientras que la luz de Moisés es cándida como la de Jesús, especialmente en los rayos de la frente, la que emana Elías es solar, de llama viva.

Los dos Profetas toman una postura reverente ante su Dios Encarnado, y, aunque Él les hable con familiaridad, ellos no abandonan esa su postura reverente.

Los tres apóstoles caen de rodillas temblando, cubriéndose el rostro con las manos. Querrían ver, pero tienen miedo. Por fin Pedro habla: “¡Maestro, Maestro, óyeme!“.

Jesús vuelve la mirada sonriente hacia su Pedro, el cual recobra vigor y dice: “Es hermoso estar aquí contigo, con Moisés y con Elías. Si quieres hacemos tres tiendas para ti, para Moisés y para Elías, y nosotros os servimos“.

Jesús vuelve a mirarlo y sonríe más vivamente. Mira también a Juan y a Santiago: una mirada que los abraza con amor.

También Moisés y Elías miran a los tres fijamente. Sus ojos centellean. Deben de ser como rayos que atraviesan los corazones.

Los apóstoles no se atreven a decir nada más. Atemorizados, callan.

Pero, cuando un velo, que no es niebla, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los Tres gloriosos detrás de una pantalla aún más luminosa que la que ya los circundaba, celándolos a la vista de los tres, y una Voz potente y armónica vibra y llena de sí el espacio, los tres caen con el rostro contra la hierba.

Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido. Escuchadlo“.

Pedro, al arrojarse rostro en tierra, exclama: “¡Misericordia de mí, que soy un pecador! ¡La Gloria de Dios está descendiendo!” Santiago no dice nada. Juan susurra, con un suspiro, como si estuviera próximo a desmayarse: “¡El Señor habla!“.

Ninguno se atreve a levantar la cabeza, ni siquiera cuando el silencio se hace de nuevo absoluto. No ven, por tanto, siquiera el retorno de la luz a su naturaleza de luz solar, que muestra a Jesús solo, de nuevo el Jesús de siempre, con su túnica roja.

Él anda en dirección a ellos, sonriendo; los mueve y toca y llama por su nombre. “Alzaos. Soy Yo. No temáis” – dice, porque los tres no se atreven a levantar la cara e invocan misericordia para sus pecados, temiendo que sea el Ángel de Dios queriendo mostrarles al Altísimo.

Alzaos. Os lo ordeno” – repite Jesús con tono imperioso. Alzan el rostro y ven a Jesús sonriente.

¡Oh, Maestro, Dios mío!” – exclama Pedro – “¿Cómo vamos a vivir a tu lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo vamos a vivir en medio de los hombres, y nosotros, hombres pecadores, ahora que hemos oído la voz de Dios?“.

Deberéis vivir conmigo y ver mi gloria hasta el final. Sed dignos de ello, porque el tiempo está próximo. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvemos ahora con los hombres, porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios. Vamos.

Sed santos en recuerdo de esta hora, fuertes, fieles. Participaréis en mi más completa gloria. Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros. Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre, entonces hablaréis. Porque entonces será necesario creer para tener parte en mi Reino“.


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