La Confesión.

A diferencia de lo que se pueda pensar, el sacramento de la confesión, penitencia o reconciliación no es un invento novedoso de la Iglesia Católica, este sacramento nace del mismo Jesucristo, que en el libro de Juan, capitulo 20, versículo 23, dice a sus apóstoles “A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos“.

Así como Dios Padre le ha dado todo poder a Cristo Jesús el Hijo Amado, así también Jesús comunica a la Iglesia diversos dones y carismas, entre ellos esta la facultad de perdonar en nombre de Dios y por los méritos de Cristo, cualquier pecado, cuando quien lo comete lo confiesa arrepentido.

Es muy frecuente que se excuse este sacramento bajo el pretexto de que el sacerdote es igual o mas pecador que la persona que se confiesa o que yo le pido perdón a Dios directamente. Esto es un error y una herejía, porque se invalidan y rechazan los medios y la forma que Dios ha dispuesto para hacer llegar su salvación a los hombres.

Satanás se rebelo contra Dios por un proceso similar de rechazo contra las disposiciones de Dios, este ángel siendo el mas poderoso y bello de toda la creación, inferior solo a Dios, no acepto la propuesta de obediencia a Dios y orgullosamente pretendía que Dios hiciera las cosas como el quería y he aquí porque se transformo de hermoso ángel en monstruo del abismo, por orgullo y desobediencia.

Algo similar ocurre con quienes rechazan el sacramento de la confesión tal y como lo ha propuesto el mismo Jesucristo en Juan 20,23, porque se pretende que Dios me perdone como yo quiero y de la forma que yo quiero, esto es un error grave y en si mismo imita el orgullo y la desobediencia de Lucifer.

Es verdad que un sacerdote puede ser tan o mas pecador que el penitente que acude a realizar una confesión, pero cuando cuando Dios obra a través de sus representantes, estos solo son un medio mediante el cual Dios actúa, el pecado del sacerdote es suyo y tendrá que dar cuenta de ello, pero eso no impide a Dios cumplir con su obra salvadora como Él ha dispuesto que debe de hacerse.

También es cierto que Dios no necesita intermediarios y puede obrar directamente, pero Dios busca nuestra obediencia y nuestra humildad, por eso dispone que hagamos las cosas como el nos indica (acto de obediencia) y que aceptemos los intermediarios que el propone (acto de humildad).

Alguna historias en la vida de los Siervos de Dios destacan la importancia de este sacramento para la salvación del creyente y como actúa el enemigo de Dios para hacerlo invalido y rechazado, veamos:


El Padre Del Río, refiere de una joven sirvienta que se confesaba con frecuencia, porque así lo deseaba su señora, mas por vergüenza, se obstinaba en callar los pecados deshonestos.

Cayó gravemente enferma por primera vez y a ruegos de la señora se confesó, pero sacrílegamente. Una vez que sanó, después de muchos cuidados, solía con frecuencia burlarse de sus compañeras, y poner en ridículo el celo de su ama y el del confesor, por inducirla a que se confesase bien.

Recayó por segunda vez más gravemente enferma, y la señora mandó de nuevo llamar al sacerdote, el cual vino y con toda la piedad y paciencia que Dios concede en semejantes casos procuró inducir a aquella desgraciada a que hiciera una sincera y dolorosa confesión.

Todo fue inútil. Siempre obstinada durante su larga agonía en defenderse y callar los pecados, rehusaba hasta el repetir las jaculatorias e invocaciones que le sugería el confesor, mostrándose fastidiada de aquellas cosas y aún de la presencia del sacerdote. Y cuando, por fin, éste viéndola en el término de su vida, le ruega que bese el crucifijo, ella, con un esfuerzo supremo, lo aleja de mal modo de sí y mirándolo con desprecio dice: “Quitad de mi vista ese Cristo, que no tengo necesidad de Él“.

Luego volviéndose de espaldas, con un horrible suspiro, expiró aquella alma impenitente y sacrílega.


Otro caso semejante refiere el Padre Agustín de Pusignano, del que fue testigo él mismo. Una infeliz mujer callaba en la confesión los pecados más graves. A pesar de los sermones que oía contra esta vergüenza sacrílega, las más amorosas exhortaciones y los más agudos remordimientos de conciencia, no se decidía a aprovecharse.

Agotada la misericordia de Dios, la hirió una violenta enfermedad que la puso en trance de muerte. Se llamó en seguida al confesor, mas la infeliz apenas lo vio exclamó:

Padre, habéis llegado a tiempo de ver bajar al infierno a una falsa penitente. Me confesaba con frecuencia, mas dejándome siempre los pecados más graves.

Pues bien, confiésalos ahora, le responde el sacerdote.

No puedo, no puedo, gritó desesperada. Pasó ya el tiempo de la misericordia y ha llegado ya el de la justicia.

Y enfureciéndose y contorciendo rabiosamente su cuerpo, expiró, dejando en todos los presentes la más triste y horrible impresión.


Una tarde estaba el santo sacerdote Juan Bosco confesando en el coro de la Iglesia de San Francisco de Sales, de Turín. Eran muchos los jóvenes que se habían reunido, esperando turno para confesarse.

Confesáronse diez, veinte, llega finalmente uno que, después de confesar parte de sus pecados, se detiene.

¡Adelante!, dícele Don Bosco, que por luz divina, leía la conciencia de su hijo espiritual.

¡Adelante!… ¿Y el otro?…

No tengo más. Padre. No tengo más.

No temas, hijo, continuó el santo. El confesor no te ha de reñir, ni castigar, él siempre perdona, lo perdona todo en nombre de Dios. ¡Animo!. ¡Confiésate bien!

No tengo otros pecados, ninguno más…

Pero ¿ por qué, hijo mío, quieres hacer una confesión sacrílega dar que reír al demonio y hacer llorar a Jesús?

Os lo aseguro, Padre, no tengo nada más.

Entonces Don Bosco, que comprendía, el peligro en que se hallaba aquel pobre joven, inspirado de lo alto, corta de repente la inútil porfía y le dice:

Bueno, mira quién está aquí detrás, a la espalda…

El muchacho se vuelve en seguida, exhala un grito de terror y arrojándose al cuello de Don Bosco, exclama:

Sí, Padre, tengo aún otro pecado… y confiesa el pecado que no osaba confesar.
Los compañeros que estaban en la Iglesia y que oyeron el grito, apenas salieron le rodearon, queriendo saber el porqué de aquel grito.

Lo vais a saber. Tenía un pecado que no me atrevía a declarar… Don Bosco lo leyó en mi conciencia… vi al demonio en figura de un gran mono con ojos de fuego, con largas uñas, preparado para atraparme.


Como se puede ver, la confesión al tener una naturaleza sacramental, puede ser objeto herejía cuando se lo rechaza como algo innecesario y puede ser objeto de sacrilegio cuando no se lo realiza de corazón.

¿Como hacer una buena confesión?, en esta página hay una buena guía para ello.

¿Donde hacer la confesión?, la confesión puede hacerse en cualquier Iglesia Católica solicitándolo a un sacerdote legítimamente asignado, generalmente antes o después de las misas o en la oficina parroquial en horarios de oficina (aunque en caso de emergencia, como una muerte inminente, puede ser a cualquier hora).


Para los que son de Ecuador/Manabí/Portoviejo, la Capilla del Sagrario es un excelente lugar, un sacerdote esta disponible de lunes a viernes de 9 a 11 am, es un lugar mas discreto y acogedor para los que no se sientan a gusto confesándose en una iglesia o una oficina parroquial, la dirección es en la esquina de las calles Sucre y Ricaurte, junto al Paseo Portoviejo.

sagrario

Bendiciones.


Fuentes:
http://www.catolicidad.com/2014/02/las-malas-confesiones-arrastran-muchas.html
http://es.catholic.net/op/articulos/56559/cat/375/guia-para-hacer-una-buena-confesion.html

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