Héroes Verdaderos

Veo un lugar que por el tipo de construcción y por los personajes parecen las celdas de los circos romanos en las que se encerraban a los cristianos que estaban a punto de ser arrojados a los leones.

De seguro se trata de una cárcel, de una cárcel de cristianos pero, a diferencia de los otros lugares, este ambiente lúgubre y triste no está cerrado completamente por puertas y murallas.

No hay nadie en el lugar pero hay ropas esparcidas por el suelo, que parece de granito y en el que grandes piedras sirven como asientos. No sé de dónde viene un rumor apagado, como cuando lejos de la orilla se oye el rumor del mar agitado por la tormenta.

Unas veces es débil; otras, más fuerte y algunas otras es casi como un estruendo, probablemente a causa de las paredes curvas que lo recogen y amplifican como un eco. Es un rumor extraño.

A veces me parece el sonido de las olas del mar o de las aguas de una cascada muy grande; otras me parece que está hecho de voces humanas y pienso que es la muchedumbre que grita; otras veces se producen sonidos inhumanos durante los cuales se suspenden los otros rumores, para estallar más tarde aún con mayor clamor…

Ahora el rumor de pisadas, de muchas pisadas, llega desde el pasillo elíptico, donde la luz es mucho más viva, como si hubieran llevado allí otras lámparas y al rumor de las pisadas se añade la débil queja de criaturas dolientes… Y luego veo la tremenda escena.

Precedido por dos hombres colosales, más bien ancianos, barbudos, semidesnudos, que llevan antorchas encendidas, avanza un grupo de criaturas sangrantes: algunas son ayudadas a caminar, otras ayudan y otras aún son llevadas por los compañeros.

He dicho: criaturas. Pero no me he expresado bien.

Esos cuerpos torturados, mutilados, desgarrados; esos rostros cuyas mejillas están marcadas por horrendas heridas que han lacerado la boca hasta la oreja o cortado una mejilla hasta dejar ver los dientes fijados en la mandíbula, o sacado un ojo que ahora cuelga fuera de la órbita, donde ya no existe el párpado, que falta completamente como por una bárbara ablación; esas cabezas, privadas por completo del cuero cabelludo como si un cruel artefacto las hubiera despellejado, ya no tienen aspecto de criaturas.

Son una visión macabra como una pesadilla, son como un sueño impregnado de locura… Son el testimonio que en el hombre está oculta la bestia y que está lista para aparecer y desahogar sus instintos, aprovechando cualquier pretexto que justifique la ferocidad.

En este caso, el pretexto es la religión y la razón de estado. Los cristianos son enemigos de Roma y del divino César, son quienes ofenden a los dioses y, por eso, los cristianos han de ser torturados. Y lo son.

¡Qué espectáculo! Hombres, mujeres, niños, jóvenes están allí, desordenamente, esperando morir por las heridas o por un nuevo suplicio. Sin embargo, no se oye una queja, excepto el lamento inconsciente de los que, por la gravedad de las heridas, devanean.

Los que les han conducido hasta allí se retiran, abandonándoles a su suerte y entonces se ve que los que están mejor tratan de socorrer a los más graves y que el que apenas puede hacerlo va a inclinarse sobre los moribundos y el que no puede hacerlo se arrastra manteniéndose erguido sobre las rodillas o restregándose contra el suelo para ir en busca de su ser más querido o del que sabe que es más débil en la carne y quizás en el espíritu.

El que aún puede usar las manos trata de socorrer a esas formas desnudas, cubriéndolas con las ropas esparcidas por el suelo, o bien disponiendo los miembros de los dolientes en posturas tales que no ofendan la modestia y extendiendo sobre éstos jirones de dichas prendas.

Algunas mujeres recogen en su regazo a los niños moribundos, que lloran de dolor y de miedo y que, quizás, no son los propios hijos. Otras se arrastran hacia las jovencitas cubiertas solamente con sus sueltas cabelleras e intentan cubrir las formas virginales con las cándidas prendas que están por el suelo.

Y así las prendas se empapan de sangre, el olor de sangre satura el aire de ese ambiente y se mezcla al denso humo de la lámpara de aceite. Se entremezclan en voz baja diálogos piadosos y santos.

«¿Sufres mucho, hija mía?», pregunta un viejo cuyo cráneo, privado de la piel, cuelga sobre la nuca como una cofia mal puesta, y que no puede ver porque sus ojos son sólo dos llagas sangrantes.

Se dirige a la joven que habrá sido una rozagante esposa pero que ahora no es más que un grumo de sangre; con el único brazo que puede accionar, estrecha al pecho lacerado, con un desesperado gesto de amor, al hijito que chupa la sangre materna en lugar de la leche que ya no puede descender de las mamas heridas.

«No, padre mío… El Señor me ayuda… Si, al menos, viniese Severo… El niño… No llora… quizás no esté herido… Siento que busca mi pecho… ¿Acaso estoy muy herida? Ya no siento una mano y no puedo… y no puedo mirar nada porque ya no tengo fuerzas para ver… La vida… se me escapa con la sangre… ¿Estoy cubierta, padre mío?… ».

«No lo sé, hija. Ya no tengo ojos…».

Más allá hay una mujer que arrastra su vientre contra el suelo como si fuera una serpiente. Tiene un tajo en la base de las costillas y por él se ven respirar los pulmones.

«¿Me oyes aún, Cristina?», pregunta inclinándose sobre una jovencita desnuda, que no está herida pero tiene el color de la muerte en su rostro.

Todavía lleva una corona de rosas en la frente, sobre los cabellos oscuros y sueltos. Está semidesvanecida. Pero al oír la voz y sentir la caricia materna, se estremece, reúne sus fuerzas para decir: «Mamá…».

La voz es apenas un soplo. «¡Mamá! La serpiente… me ha apretado tanto… que ya no puedo…abrazarte… Pero la serpiente… no es nada… La vergüenza… Estaba desnuda… Me miraban todos…Mamá… ¿todavía soy virgen aunque… aunque los hombres… me han visto… así?… ¿Le agrado aún a Jesús?… ».

«Estás vestida con tu martirio, hija mía. Lo afirmo: le agradas más que antes…».

«Sí… pero… cúbreme, mamá… no quiero que me vean aún… Ponme ropas, por piedad…».

«No te agites, tesoro mío… Ahora mamá te pone aquí y te esconde… No puedo buscar un vestido para ti… porque… estoy muriéndome… Alabado sea Je…».

La mujer cae sobre el cuerpo de la hija en un charco de sangre y tras un gemido, queda inmóvil.

«Mi madre está muriendo… ¿No ha quedado vivo ningún sacerdote para otorgarle la paz?» dice la jovencita esforzándose al hablar.

«Yo estoy vivo aún. Si me lleváis hasta allí…», dice desde un rincón un anciano que tiene el vientre completamente abierto.

Algunos dicen: «¿Quién puede llevar a Cleto junto a Cristina y Clementina?».

«Quizás pueda hacerlo yo, que aún soy fuerte y tengo buenas manos. Pero tendrían que guiarme, porque el león me ha quitado los ojos», dice un joven moreno, alto y fornido.

«¡Oh, Décimo! yo te ayudaré a caminar», responde un jovencito que no está muy herido, que es uno de los más ilesos.

«Mi hermano y yo te ayudaremos a llevar a Cleto», dicen dos recios hombres en la flor de la virilidad, también ellos poco heridos.

«Dios os recompense a todos», dice el viejo cura destripado mientras le transportan con precaución. Una vez que le han depositado junto a la mártir, reza inclinado sobre ella y, aunque está agonizando, aún encuentra fuerzas para encomendar el alma de un hombre que, con las piernas descarnadas, muere desangrado a su lado y para preguntarle al ciego que le ha acompañado si sabe algo de Quirino.

«Murió a mi lado. Fue el primero a quien la pantera desgarró la garganta».

«Las fieras se apresuran al principio. Luego están saciadas y sólo juegan», dice un jovencito que, poco lejos de allí, va desangrándose lentamente.

«Hay demasiados cristianos para demasiado pocas fieras», comenta un viejo mientras se tapona con un harapo la herida que le ha abierto el costado sin tocarle el corazón.

«Lo hacen de propósito, para gozar luego de un nuevo espectáculo. Por cierto lo están preparando ahora...», observa un hombre que sostiene con la mano derecha su antebrazo, casi despegado del cuerpo por la mordedura de una fiera.

Un escalofrío estremece a los cristianos. La joven Cristina gime: «¡Las sepientes no!, ¡es demasiado horror!».

«Es verdad. La serpiente se ha deslizado sobre mí lamiéndome la cara con su lengua babosa… ¡Oh! Fue preferible el zarpazo, que me abrió el pecho pero que mató la serpiente, al helado reptil. ¡Oh!».

«Se han burlado irónicamente de nuestros misterios. Primero fue Eva, seducida por la serpiente y luego, en los primeros días del mundo, todos los animales».

«Es cierto. La pantomima del Paraíso terrestre… El director del Circo fue premiado por ella», dice un joven. «Después de haber destrozado a muchas de ellas, las serpientes se arrojaron sobre nosotros hasta que abrieron las jaulas a las fieras e inició el combate».

«Nos han rociado con ese aceite y las serpientes han huido de nosotras, como si no les interesara nuestra carne… ¿Qué será de nosotras ahora? Pienso en la desnudez…», gime una adolescente.

«¡Ayúdame, Señor! Mi corazón vacila…». «Yo confío en Él…». «Yo quisiera que Severo viniese por el niño…».

«¿Está vivo tu hijo?», pregunta una mujer muy joven que llora sobre lo que era su hijo y que ahora es sólo un informe puñado de carne: un pequeño tronco, un tronco únicamente, sin cabeza, sin miembros.

«Está vivo y no tiene heridas. Me lo he puesto a la espalda. La fiera me desgarró a mí. ¿Y el tuyo?».

«Su cabecita de rizos, sus ojitos de cielo, sus pequeñas mejillas, sus manitas como flores, sus piececitos que apenas comenzaban a aprender a caminar, ahora están en el vientre de una leona… ¡Ay!, ¡era hembra y por cierto sabía qué significa ser madre, pero no supo tener piedad de mí!…».

«¡Quiero que venga mamá! ¡Quiero que venga mamá! Está allí, en el suelo, con el padre… Y a mí me duele. ¡Mamá me sanaría la pancita!…», dice llorando un niñito de seis o siete años a quien un mordisco o un zarpazo ha desgarrado por completo la pared abdominal y ahora está agonizando rápidamente.

«Ahora vas a ir con mamá. Te llevarán tus hermanitos, los ángeles del cielo, mi pequeño Lino. No llores así…», le consuela una joven, sentándose a su lado y acariciándole con la mano que está menos herida. Pero el niñito sufre al estar extendido sobre el duro suelo y entonces la joven, con la ayuda de un hombre, le pone sobre sus rodillas, le sostiene y le acuna.

«¿Dónde está vuestro padre?», pregunta Cleto a los dos hermanos que le han transportado junto con el ciego.

«Ante nuestros ojos le vimos ser comida para el león. Cuando ya la fiera estaba mordiéndole la nuca, nos dijo: “Perseverad”. No dijo nada más porque la bestia le arrancó la cabeza…»

«¡Ahora habla desde el Cielo, beato Crispiniano! ».

«¡Bienaventurados hermanos!, rezad por nosotros». «Por la última lucha». «Por la última esperanza». «Por amor de los hermanos».

«No temáis. Ellos, ya perfectos en el amor hasta el punto que el Señor les quiso en el primer martirio, ahora son sumamente perfectos porque viven en el Cielo y conocen y reflejan la Perfección del Señor altísimo. Sus despojos, que dejamos en la arena, son sólo despojos, como las ropas que nos han quitado. Mas ellos están en el Cielo. Los despojos son inertes.

En cambio, ellos están vivos, vivos y activos. Ellos están con nosotros. No temáis. No os preocupéis del modo en que vais a morir. Ya lo dijo Jesús: “No os preocupéis de las cosas de la Tierra. Vuestro Padre sabe qué os necesita”. Conoce vuestra voluntad y vuestra resistencia. Lo sabe todo y os socorrerá. ¡Oh, hermanos!, tened aún un poco de paciencia. Luego será la paz. El Cielo se conquista con paciencia y violencia: paciencia en el dolor; violencia hacia nuestros temores de hombres.

Truncadlas. Son la insidia del Enemigo infernal para arrancaros a la Vida del Cielo. Rechazad los temores. Abrid el corazón a la confianza absoluta. Decid: “El Padre nuestro que está en los Cielos nos dará nuestro pan cotidiano de fortaleza porque sabe que queremos su Reino y que morimos por él perdonando a nuestros enemigos”.

Pero no, he dicho una palabra que es pecado. Para los cristianos no existen enemigos. El que nos tortura es nuestro amigo como el que nos ama. Es más, es doblemente nuestro amigo, porque en la Tierra sirve para testimoniar nuestra fe y nos viste con el atavío nupcial para el banquete eterno.

Recemos por nuestros amigos, por estos amigos nuestros que ignoran cuánto les amamos. ¡Oh!, en verdad, en este momento somos semejantes a Cristo porque amamos a nuestro prójimo hasta llegar a morir por él.

Amamos. ¡Oh, qué palabra! Hemos aprendido qué significa ser dioses. Porque el Amor es Dios y el que ama es semejante a Dios, verdaderamente es hijo de Dios. No amamos evangélicamente a los seres de los cuales esperamos júbilo y recompensas, sino a los que nos golpean y hasta nos despojan de la vida.

Amamos con Cristo diciendo: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.

Con Cristo decimos: “Es justo que se cumpla el sacrificio porque hemos venido para cumplirlo y queremos que se cumpla.

Con Cristo decimos a los sobrevivientes: “Ahora estáis doloridos. Mas vuestro dolor mudará en júbilo cuando sepáis que estamos en el Cielo. Del Cielo os traeremos la paz en que vamos a estar.

Con Cristo decimos: “Cuando nos hayamos ido, enviaremos al Paráclito para que cumpla su misteriosa labor en el corazón de los que no nos comprendieron y nos persiguieron porque no nos habían comprendido.

Con Cristo confiamos el espíritu no a los hombres sino al Padre para que lo sostenga con su amor en la nueva prueba. Amén».

Aún destripado, moribundo, el viejo Cleto ha hablado con una voz tan fuerte y segura como no la habría tenido uno sano. Y ha infundido su espíritu heroico en todos hasta el punto que un dulce canto se eleva de esas criaturas atormentadas…

«¿Dónde está mi mujer?» pregunta una voz desde el pasillo interrumpiendo el canto.

«¡Severo! ¡Esposo mío! ¡El niño está vivo! ¡Te lo he salvado! Llegas a tiempo… porque estoy muriendo. ¡Toma, toma a nuestro Marcelino!».

El hombre se adelanta, se inclina, abraza a su esposa moribunda, toma de su mano temblorosa al niñito y las dos bocas que se amaron santamente se unen por última vez en un único beso depositado sobre la inocente cabecita.

«Cleto… bendice… me muero…». Es como si la mujer hubiera retenido la vida hasta la llegada del esposo. Ahora se desploma con un estertor en los brazos del marido y le susurra: «Ve, ve… por el niño… a Puden…».

La muerte trunca la palabra… Cleto dice: «Paz para Anicia». Todos responden: «¡Paz!».

El marido la contempla así, tendida a sus pies, desangrada, desgarrada… Sus ojos derraman lágrimas que caen sobre el rostro de la muerta. Luego dice: «¡Oh, esposa fiel, acuérdate de mí!...».

Se vuelve al anciano suegro: «La llevaré a la viña de Tito. Aquí afuera están Cayo y Sostenido con la parihuela».

«¿Os dejan pasar?».

«Sí, quien aún tiene parientes entre los vivos, tendrá sepultura…».

«¿Por dinero?».

«Con dinero… o sin él. El que quiera puede venir a recoger a los muertos y a saludar a los vivos. De este modo esperan que, viendo a los mártires, se acobarden los que aún están libres y eso les convenza a no hacerse cristianos, y esperan que nuestras palabras… os acobarden. El que no tiene parientes, irá a la fosa común… Pero nuestros diáconos buscarán los restos durante la noche…».

«¿Acaso se prepara el nuevo martirio?».

«Así es. Por eso dejan pasar a los parientes y también por eso los mártires serán sepultados durante la noche. Ellos estarán ocupados en el espectáculo…».

«¿Habrá un espectáculo tan tarde? ¿Qué espectáculo puede haber durante la noche?».

«Sí, ¿qué espectáculo?».

«La hoguera, en plena noche…».

«¡La hoguera!… ¡Oh!…».

Cleto prosigue: «Las llamas serán como el fresco rocío de la aurora para los que esperan en el Señor. Acuérdate de los jovencitos de que habla Daniel. Ellos fueron cantando entre las llamas.

¡La llama es bella! Purifica y viste de luz. No es como las inmundas fieras ni como las lascivas serpientes, ni como las impúdicas miradas hacia el cuerpo de las vírgenes.

¡La llama!, si queda un resto de pecado en nosotros, que la llama de la hoguera sea semejante al fuego del Purgatorio. Será un breve purgatorio y luego, vestidos de luz, vayamos a Dios.

¡Iremos a Dios: la Luz! Fortificad vuestros corazones. Querían ser luz para el mundo pagano. Que las llamas de la hoguera sean el inicio de la luz que daremos a este mundo de tinieblas».

Se oyen pasos pesados, metálicos, en el pasillo. Aparecen en el cuarto dos soldados y preguntan: «Décimo, ¿estás vivo aún?».

«Sí, compañeros, estoy vivo y lo estoy para hablaros de Dios. Venid, porque no puedo ir hacia vosotros, porque ya no volveré a ver la luz».

Los dos exclaman: «¡Oh, infeliz!».

«No: feliz, soy feliz. Ya no veo las fealdades del mundo. Ya no podrán tentarme las lisonjas de la carne y del oro entrando por mis pupilas. En medio de las tinieblas de la temporánea ceguera, veo ya la Luz. ¡Veo a Dios!…».

«¿Es que no sabes que dentro de poco te quemarán? ¡Es que no sabes que, porque te amamos, habíamos pedido verte para hacerte huir si aún estabas vivo?».

«¿Decís huir? ¿Me odiáis tanto que queréis quitarme el Cielo? No procedíais así en las mil batallas que, uno junto a otro, sostuvimos por el Emperador. Entonces nos estimulábamos recíprocamente para obrar como héroes.

¿Y ahora, en cambio, mientras combato por un Emperador eterno, cuya Potencia es inmensa, me aconsejáis ser vil? ¿La hoguera decís? ¿Y acaso no habría muerto de buena gana entre las llamas durante los asaltos a una ciudad enemiga, con tal de servir al emperador y a Roma, o sea, a un hombre como yo y a una ciudad que hoy existe y que mañana puede no existir?

Y ahora que, para servir a Dios, voy a asaltar al Enemigo más verdadero y la Ciudad eterna donde reinaré con mi Señor, ¿queréis que tema las llamas?».

Los dos soldados se miran desconcertados.

Cleto vuelve a hablar: «El mártir es el único héroe. Su heroísmo es eterno. Su heroísmo es santo. Con su heroísmo no daña a nadie. No imita los áridos estoicismos de los estoicos. No imita las violencias inútiles y nefastas de los crueles. No atrapa tesoros. No usurpa poderes. Da. Da lo suyo. Da sus riquezas… sus fuerzas… su vida…

Es un ser generoso que se despoja de todo para dar. Imitadle. ¡Oh, siervos supinos de un ser cruel que os manda a dar muerte y a encontrar la muerte!, pasad a la Vida, a servir a la Vida, a servir a Dios.

¿Acaso, al terminar la embriaguez de la batalla, cuando el toque impone silencio en el campo, habéis sentido el júbilo que ahora advertís en vuestro camarada? No, por cierto; allí sentíais cansancio, nostalgia, temor a la muerte, náusea por la sangre y las violencias...

Aquí… ¡mirad! Aquí mueren cantando. Aquí mueren sonriendo, porque no moriremos: viviremos. No conocemos la Muerte: conocemos la Vida, que es Jesús Nuestro Señor»,

Entran otros dos hombres vestidos con gran pompa. Los dos primeros sostienen en alto las antorchas humeantes. Los otros dos se inclinan para mirar los cuerpos…

Se consultan entre ellos diciendo: «Está muerto… También éste… Este otro está agonizando… El niño ya está helado… El viejo morirá dentro de poco… ¿Y ésta?… la serpiente le ha aplastado las costillas. Observa, ya despide su boca una espuma rosada…». «Yo diría que… les dejemos morir aquí».

«No, los juegos ya están establecidos. El Circo se está llenando nuevamente… ».

«Serían suficientes los que están en las otras cárceles».

«¡Son demasiado pocos! Próculo no supo distribuir las masas: demasiados fueron a los leones y demasiado pocos a la hoguera...».

«Así es… ¿Qué hacemos?».

«Espera». Uno de los dos avanza hasta el centro del cuarto y dice: «Pónganse de pie los que, entre vosotros, estén menos heridos».

Se levantan unas veinte personas. «¿Podéis caminar? ¿Podéis estar de pie?».

«Sí, podemos».

«Tú eres ciego», le dicen a Décimo.

«Me pueden conducir. No me privéis de la hoguera, ya que creo que estáis pensando en eso», dice Décimo.

«Así es. ¿Y quieres la hoguera?».

«Os lo pido como una gracia. Soy un soldado fiel. Mirad las cicatrices de mis miembros. Como premio por mi largo y fiel servicio al Emperador, dadme la hoguera».

«Si amas tanto al Emperador, ¿por qué le traicionas?».

«No traiciono al Emperador ni el Imperio, porque no cometo actos contra su salvación. Pero sirvo al Dios verdadero, que es el Hombre Dios y el único digno de ser servido hasta la muerte».

«¡Oh, Casiano!, con corazones semejantes las torturas son vanas. Te diré esto: no hacemos más que cubrirnos de crueldad sin lograr un fin…», dice uno de los intendentes del Circo a su compañero.

«Puede que sea verdad. Pero el divino César…».

«¡Vosotros, los que podéis caminar, salid de aquí! Aguardadnos cerca de la salida. Os daremos ropas nuevas».

Los mártires saludan a los que se quedan. Un adolescente se arrodilla para que la madre le bendiga.

Una jovencita traza con su sangre una pequeña cruz, como si fuera un crisma, en la frente de su madre, que la deja para ir a la hoguera. Décimo abraza a sus dos camaradas. Un viejo besa a la hija moribunda y se encamina con paso decidido. Antes de salir, todos le piden la bendición a Cleto, el sacerdote…

Los pasos de los que van a morir se alejan por el pasillo. Los intendentes preguntan a los dos soldados: «¿Os quedáis aún aquí?».

«Sí, nos quedamos».

«¿Por qué razón?, es… peligroso. Éstos corrompen a los ciudadanos fieles». Los dos soldados se encogen de hombros. Los intendentes se van mientras entran dos sepultureros con parihuelas para llevarse a los muertos.

Hay cierta confusión porque, junto con los sepultureros, entran también los parientes de los muertos o de los moribundos y entre ellos se cruzan lágrimas y adioses.

Los dos soldados aprovechan para decirle a un adolescente: «Finge estar muerto. Te salvaremos».

«¿Seríais capaces de traicionar al Emperador poniéndoos a salvo, mientras él confía en vosotros para custodiar su gloria?».

«No, jovencito, por cierto no lo haríamos».

«Pues, yo tampoco traiciono a mi Dios, que murió por mí en la Cruz».

Los dos soldados, completamente desconcertados, se preguntan: «Pero, ¿quién les da tanta fuerza?». Luego, sosteniéndose la cabeza con el codo apoyado en la muralla, se quedan meditabundos y observan.

Vuelven los intendentes acompañados por los esclavos y las parihuelas. Dicen: «Aún sois pocos para la hoguera. Que se sienten al menos los que están menos heridos».

¡Los que están menos heridos!… ¡si casi todos están agonizando! Y ya no pueden sentarse. Pero las voces ruegan: «¡Yo! ¡Yo! Con tal de que me llevéis…». Eligen a otros once…

Se entrecruzan saludos: «¡Oh, bienaventurados de vosotros! ¡Ruega por mí, María! ¡Hasta Dios, Plácido! ¡Oh madre, acuérdate de mí! ¡Hijo mío, llama pronto mi alma! ¡Oh esposo mío, que te sea dulce el morir!…». Se llevan las parihuelas.

«Sostengamos a los mártires con nuestras plegarias. Ofrezcamos por ellos el doble dolor de los miembros y del corazón que se ve excluido del martirio. Padre nuestro…».

Cleto, terriblemente lívido, agoniza pero recoge las últimas fuerzas para decir el Padrenuestro. Entra uno jadeante. Ve a los dos soldados. Retrocede. Sofoca el grito que ya subía a sus labios.

«Puedes hablar, hombre. No te traicionaremos. Nosotros, los soldados de Roma, pedimos ser soldados de Cristo».

Cleto exclama: «¡La sangre de los mártires fecunda la gleba!». Y, volviéndose hacia el que acaba de llegar, continúa: «¿Tienes los misterios?».

«Sí; logré dárselos a los otros un momento antes de que fueran conducidos a la arena. ¡Helos aquí!».

Los soldados miran asombrados el saco color púrpura que el hombre esconde en su pecho y acaba de extraer. «Soldados, vosotros nos preguntáis de dónde sacamos fuerzas. ¡He aquí la fuerza! Éste es el Pan de los fuertes. Éste es Dios que entra a vivir en nosotros. Éste…».

«¡De prisa! ¡Oh padre, de prisa! Muero… Jesús… ¡y moriré feliz! ¡Moriré virgen, mártir y feliz!», exclama Cristina, jadeante por los estremecimientos que la ahogan.

Cleto se apresura a partir el pan y a dárselo a la jovencita, que cierra los ojos y se queda serena. Un niño, que tiene las espaldas desgarradas y la mejilla partida desde la sien a la garganta sangrante, balbucea: «También a mí… y luego… llamad a los siervos del Circo. Quiero morir en la hoguera…».

«¿Puedes tragar?».

«¡Puedo! Puedo. No me he movido nunca ni he hablado para no morir… antes de la Eucaristía. Aguardaba… Ahora…».

El sacerdote le da una miguita del Pan consagrado. El niño intenta tragar. Pero no lo consigue. Apiadándose de él, un soldado se inclina y le sostiene la cabeza mientras el otro, que ha encontrado en un rincón un ánfora en cuyo fondo hay aún un poco de agua, trata de ayudarle a tragar virtiéndole el agua gota a gota en los labios.

Mientras tanto, Cleto parte las Especies y se la da a los que están más cerca. Luego les ruega a los soldados que le transporten para distribuir la Eucaristía a los moribundos. Después se hace llevar de nuevo adonde estaba y dice: «Que Nuestro Señor Jesucristo os recompense por vuestra piedad».

El niñito al que le costaba tragar las Especies, jadea un poco, se debate… Un soldado, apiadado, le toma en brazos, pero mientras lo hace un borbotón de sangre brota de la herida del cuello y baña la reluciente coraza..

«¡Mamá! El Cielo… Señor… Jesús…». El cuerpecito se abandona.

«Ha muerto… Sonríe…».

«¡Que la paz sea con el pequeño Fabio!», dice Cleto, cada vez más pálido. «¡Paz!», suspiran los moribundos.

Los dos soldados hablan entre ellos. Luego uno dice: «Sacerdote del Dios verdadero, termina tu vida introduciéndonos en tu milicia».

«No es mía… Es de Jesucristo… Pero… no se puede… Antes… hay que ser catecúmenos…».

«No es así. Sabemos que en caso de muerte se suministra el bautismo».

«Vosotros sois… sanos…». El anciano jadea…

«No, somos moribundos porque… Ante un Dios como el vuestro, que os hace tan santos, ¿para qué seguir sirviendo a un hombre tan corrupto? Queremos la gloria de Dios. Bautízanos: a mí dame el nombre de Fabio, como el pequeño mártir; a mi compañero el de Décimo, como nuestro glorioso camarada. Y luego volaremos a la hoguera. ¿Qué vale la vida del mundo cuando se ha comprendido vuestra Vida?».

No hay más agua… no hay ningún líquido… Cleto ahueca su trémula mano, recoge la sangre que gotea de su horrenda herida y dice: «Arrodillaos… Yo te bautizo, oh Fabio, en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo… Yo te bautizo, oh Décimo, en el nombre del… Padre… del Hijo… del Espíritu… Santo… Que el Señor sea con vosotros por la Vida… eterna… ¡Amén!…».

El viejo sacerdote ha terminado su misión, su sufrimiento, su vida… Ha muerto. Los dos soldados le miran… Se quedan mirando por algún tiempo a los que van muriendo lentamente, están serenos… sonrientes en la agonía, arrebatados en el éxtasis eucarístico.

«Ven, Fabio, No esperemos un instante más. ¡Con semejantes ejemplos, el camino es seguro! ¡Vayamos a morir por Cristo!». Corren velozmente por el pasillo al encuentro del martirio y de la gloria. En el recinto los gemidos se hacen cada vez más débiles y menos numerosos… Desde el Circo vuelve el fragor que oí al principio. La multitud vuelve a murmurar esperando el espectáculo.


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