Ayuno y Oración

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra, a quien llame se le abrirá. Cuando vuestro hijo os tiende su manita diciéndoos: “Padre, tengo hambre“, ¿acaso le dais una piedra?, ¿le dais una serpiente, si os pide un pez?

No; es más, no sólo le dais el pan y el pescado, sino que además le hacéis una caricia y lo bendecís, pues a un padre le resulta dulce alimentar a su hijo y verlo sonreír feliz.

Pues si vosotros, que tenéis un corazón imperfecto, sabéis dar buenos dones a vuestros hijos sólo por el amor natural, que también lo posee el animal hacia su prole, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los Cielos concederá a quienes se lo pidan las cosas buenas y necesarias para su bien! ¡No tengáis miedo de pedir, ni tampoco de no obtener!

Pero quiero poneros en guardia contra un fácil error: entre los creyentes hay paganos cuya religión es un amasijo de supersticiones y fe, un edificio profanado en el que han echado raíces hierbas parásitas de todo tipo, hasta el punto de que éste se va desmoronando y al final se derrumba; son paganos de la religión verdadera, débiles en la fe y el amor, que sienten que su fe muere cuando no se ven escuchados.

Sucede que pedís en un momento dado, y os parece justo hacerlo – la verdad es que para ese momento no sería injusta tampoco la gracia pedida -, pero la vida no termina en ese momento y lo que es bueno hoy puede no serlo mañana (pero vosotros, conociendo sólo el presente – esto lo desconocéis).

Sin embargo, Dios conoce también el futuro, y muchas veces no satisface una oración vuestra para ahorraros una pena mayor.

Escuchad: un niño tiene sus entrañas enfermas. La madre llama al médico y éste dice: “Necesita ayuno absoluto“. El niño se echa a llorar, grita, suplica, parece languidecer. La madre, compasiva siempre, une sus lamentos a los de su hijo; le parece una crueldad del médico esa prohibición absoluta, le parece que el ayuno y el llanto pueden perjudicar a su hijo… Y, a pesar de todo, el médico se muestra inexorable.

Al final dice: “Mujer: yo sé; tú, no; ¿quieres perder a tu hijo o que te lo salve?“. La madre grita: “¡Quiero que viva!“. “Pues entonces – dice el médico – no puedo conceder alimentosignificaría la muerte.”

Pues bien, lo mismo dice el Padre algunas veces. Dios dice: “No puedo. Te perjudicaría“. Llegará el día, o la eternidad, en que se dirá: “¡Gracias, Dios mío, por no haber escuchado mi petición!“.

Respecto al ayuno. Cuando ayunéis, no pongáis aspecto melancólico, como hacen los hipócritas, que con arte deslucen su rostro para, que el mundo sepa y crea – aunque no sea verdad – que ayunan.

Estos también han recibido ya, en la alabanza del mundo, su compensación; no recibirán ninguna otra.

Vosotros, por el contrario, cuando ayunéis, poned expresión alegre, lavaos con esmero la cara para que se vea fresca y sedosa, ungíos la barba, perfumaos el pelo, presentad esa sonrisa en los labios propia de quien ha comido bien: ¡Verdaderamente no hay alimento que sacie tanto como el amor, y quien ayuna con espíritu de amor de amor se nutre!

En verdad os digo que, aunque el mundo os llame “vanidosos” o “publicanos“, vuestro Padre verá vuestro secreto heroico y os recompensará doblemente, por el ayuno y por el sacrificio de no haber recibido alabanza.

Y ahora, nutrida el alma, id a dar alimento al cuerpo. Aquellos dos pobres que se queden con nosotros: serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan. La paz sea con vosotros.

Los dos pobres se quedan. Son una mujer muy delgada y un anciano muy viejo. No están juntos, se han encontrado allí por azar. Se habían quedado en un ángulo, acoquinados, poniendo inútilmente la mano a quienes pasaban por delante.

Ahora no se atreven a acercarse, pero Jesús va directamente hacia ellos y los coge de la mano para ponerlos en el centro del grupo de los discípulos, bajo una especie de tienda que Pedro ha montado en un ángulo.

Aquí tenéis a un padre y a una hermana nuestra. Traed todo lo que tenemos. Mientras comemos escucharemos su historia.

Y Jesús se pone personalmente a servir a los dos vergonzosos y escucha la dolorosa narración. Ambos viven solos: el viejo, desde cuando su hija se fue con su marido a un lugar lejano y se olvidó de su padre; la mujer, que además está enferma, desde que su marido murió a causa de una fiebre.

El mundo – dice el anciano – nos desprecia porque somos pobres. Voy pidiendo limosna para juntar unos ahorrillos y poder cumplir la Pascua. Tengo ochenta años. Siempre la he cumplido. Esta puede ser la última. No quiero ir con Abraham, a su seno, con algún -remordimiento. De la misma forma que perdono a mi hija, espero ser perdonado. Quiero cumplir mi Pascua.

Largo camino, padre.

Más largo es el del Cielo, si se incumple el rito.

¿Vas sólo?… ¿Y si te sientes mal por el camino?

Me cerrará los párpados el ángel de Dios.

Jesús acaricia la cabeza temblorosa y blanca del anciano, y pregunta a la mujer: –¿Y tú?

Voy en busca de trabajo. Si estuviera mejor alimentada, me curaría de mis fiebres; una vez sana, podría trabajar incluso en los campos de cereales.

¿Crees que sólo el alimento te curaría?

No. Estás también Tú… Pero, yo soy una pobre cosa, demasiado pobre cosa como para poder pedir conmiseración.

Y, si te curara, ¿qué pedirías después?

Nada más. Habría recibido ya con creces cuanto puedo esperar.

Jesús sonríe y le da un trozo de pan mojado en un poco de agua y vinagre, que hace de bebida. La mujer se lo come sin hablar. Jesús continúa sonriendo.

La comida termina pronto. Apóstoles y discípulos van en busca de sombra por las laderas, entre los matorrales. Jesús se queda bajo el cobertizo. El anciano se ha apoyado contra la pared herbosa; ahora, cansado, duerme.

Pasado un poco de tiempo, la mujer, que también se había alejado en busca de sombra y descanso, vuelve hacia Jesús, que le sonríe para infundirle ánimo. Ella se acerca, tímida, pero al mismo tiempo contenta, casi hasta la tienda; luego la vence la alegría y da los últimos pasos velozmente para caer finalmente rostro en tierra emitiendo un grito reprimido:

¡Me has curado! ¡Bendito! ¡Es la hora del temblor fuerte y no se me repite!… y besa los pies a Jesús.

¡Estás segura de estar curada? Yo no te lo he dicho. Podría ser una casualidad…

¡No! Ahora he comprendido tu sonrisa cuando me dabas el trozo de pan. Tu virtud ha entrado en mí con ese bocado. No tengo nada que darte a cambio, sino mi corazón. Manda a tu sierva, Señor, que te obedecerá hasta la muerte.

Sí. ¿Ves aquel anciano? Está solo y es un hombre justo. Tú tenías marido, pero te fue arrebatado por la muerte; él tenía una hija, pero se la quitó el egoísmo. Esto es peor. Y, no obstante, no impreca; pero no es justo que vaya sólo en sus últimas horas. Sé hija para él.

Sí, mi Señor.

Fíjate que ello significa trabajar para dos.

Ahora me siento fuerte. Lo haré.

Ve, entonces, allí, encima de ese risco, y dile al hombre que está descansando, aquél vestido de gris, que venga aquí.

La mujer va sin demora y vuelve con Simón Zelote.

Ven, Simón. Debo hablarte. Espera, mujer.

Jesús se aleja unos metros.

¿Crees que a Lázaro le supondrá alguna dificultad el recibir a una trabajadora más?

¡Lázaro! ¡Si creo que ni siquiera sabe cuántos le prestan servicio! ¡Uno más o menos…! … Pero, ¿de quién se trata?

Es aquella mujer. La he curado y…

No sigas, Maestro; si la has curado, es señal de que la amas, y lo que Tú amas es sagrado para Lázaro. Empeño mi palabra por él.

Es verdad, lo que Yo amo es sagrado para Lázaro; bien dices Por este motivo, Lázaro será santo, porque, amando lo que Yo amo ama la perfección. Deseo vincular a aquel anciano con esa mujer, y que aquel patriarca pueda cumplir con júbilo su última Pascua. Quiero mucho a los ancianos santos, y, si puedo hacerles sereno el crepúsculo de la vida, me siento dichoso.

También amas a los niños...

Sí, y a los enfermos…

Y a los que lloran…

Y a los que están solos…

¡Maestro mío!, ¿no te das cuenta de que amas a todos, incluso a tus enemigos?

Simón; amar es mi naturaleza. Mira, el patriarca se está despertando. Vamos a decirle que celebrará la Pascua con una hija a su lado, y sin necesidad de buscarse el pan.

Vuelven a la tienda, donde la mujer los está esperando. Acto seguido van los tres donde el anciano, que está sentado, atándose las sandalias.

¿Qué piensas hacer, padre?

Voy a descender hacia el valle. Espero encontrar un refugio para la noche. Mañana pediré limosna por el camino, y luego, abajo, abajo, abajo,… dentro de un mes, si no me he muerto, estaré en el Templo.

No.

¿No debo hacerlo? ¿Por qué?

Porque el buen Dios no quiere. No vas a ir solo. Esta mujer irá contigo. Te conducirá al lugar que voy a indicaros; os acogerán por amor a mí. Celebrarás tu Pascua, pero sin penalidades. Ya has llevado tu cruz, padre; pósala ahora, y recógete en acción de gracias al buen Dios.

¿Por qué esto?… ¿Por qué esto?… No… no merezco tanto… Tú… una hija… Es más que si me dieras veinte años… ¿A dónde me quieres enviar?

El anciano llora entre la espesura de su poblada barba.

Con Lázaro de Teófilo. No sé si lo conoces.

Soy de la zona confinante con Siria. ¡Claro que me acuerdo de Teófilo! ¡Oh, Hijo bendito de Dios, deja que te bendiga!

Y Jesús, que está sentado en la hierba frente al anciano, se inclina realmente para dejar que éste le imponga, solemne, las manos sobre su cabeza y pronuncie, poderoso y con voz cavernosa de anciano venerable, la antigua bendición: El Señor te bendiga y te guarde. El Señor te muestre su rostro y tenga misericordia de ti. El Señor vuelva a ti su rostro y te dé su paz.

Y Jesús, Simón y la mujer responden juntos: –Y así sea.


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