San Esteban Mártir

Es la sala del Sanedrín, igual, en cuanto a la disposición de los objetos y a las personas, que la noche del jueves al viernes, durante el proceso de Jesús. El Sumo Sacerdote y los otros están en sus escaños. En el centro, delante del Sumo Sacerdote, en el espacio vacío donde, durante el proceso, estaba Jesús, está ahora Esteban.

Debe haber hablado ya, confesando su fe y dando testimonio de la verdadera Naturaleza de Cristo y de su Iglesia; en efecto, el tumulto ha alcanzado su punto álgido, un tumulto que, en su violencia, es enteramente similar al que hervía contra Cristo en la noche fatal de la traición y el deicidio.

Puñetazos, maldiciones, blasfemias horribles lanzan contra el diácono Esteban, quien, como efecto de los brutales golpes, se tambalea y vacila, mientras, ferozmente, le dan tirones hacia uno u otro lado.

Pero él conserva su calma y dignidad. Es más, no sólo se muestra sereno y digno, sino que se le ve incluso beatífico, casi extático. Sin tener en cuenta los esputos que resbalan por su rostro, ni la sangre que desciende de su nariz, violentamente golpeada, alza en un determinado momento su rostro inspirado y su mirada luminosa y risueña para centrarse en una visión que sólo él conoce.

Abre luego en cruz los brazos, los alza y los extiende hacia arriba, como para abrazar a lo que ve. Luego cae de rodillas exclamando: –¡Veo abierto el Cielo, y, a la derecha de Dios, al Hijo del Hombre, a Jesús, al Cristo de Dios, a quien vosotros habéis matado!

Entonces el tumulto pierde ese mínimo de humanidad y legalidad que todavía conservaba y, con la furia de una jauría de lobos, de chacales, de fieras hidrófobas, todos se lanzan sobre el diácono: le muerden, lo pisotean, lo agarran, lo levantan tirándole del pelo, lo arrastran, haciéndole caer otra vez, poniendo a la furia el obstáculo de la propia furia (porque, en medio del tumulto, los que tratan de arrastrar hacia afuera al mártir se ven obstaculizados por los que tiran en la otra dirección para golpearle, para pisotearlo de nuevo).

Entre los furiosos más furiosos hay un joven bajo al que llaman Saulo; la ferocidad de su rostro es indescriptible.

En un rincón de la sala está el rabí Gamaliel, que en ningún momento ha tomado parte en el tumulto y que en ningún momento ha dirigido la palabra a Esteban ni a ninguno de los poderosos. Su desdén por la escena injusta y bestial es bien visible.

De repente -cuando ve, por tercera vez, levantar a Esteban por los cabellos-, Gamaliel se envuelve en su amplísimo manto y se dirige hacia una salida opuesta a aquella hacia la cual están arrastrando al diácono.

El acto no le pasa desapercibido a Saulo, que grita: –Rabí, ¿te marchas?

Gamaliel no responde.

Saulo, temiendo que Gamaliel no haya entendido que la pregunta iba dirigida a él, repite y especifica: –Rabí Gamaliel, ¿te abstraes de este juicio?

Gamaliel se vuelve rígidamente, con una mirada tan desdeñosa, pundonorosa y glacial, que causa terror; responde solamente: «Sí». Pero es un “sí” que dice más que un largo discurso.

Saulo comprende todo lo que hay en ese “si” y, apartándose de la jauría sanguinaria, corre adonde Gamaliel. Lo alcanza, lo para, le dice: –¿No querrás decirme, oh Rabí, que desapruebas nuestra condena?

Gamaliel no lo mira y tampoco le responde.

Saulo insiste: –Ese hombre es doblemente culpable, por haber renegado de la Ley, siguiendo a un samaritano poseído por Belcebú, y por haberlo hecho después de haber sido tu discípulo.

Gamaliel sigue sin mirarlo y guardando silencio.

Saulo entonces pregunta: –¿No serás tú, también tú, seguidor de ese malhechor llamado Jesús, no?

Gamaliel esta vez habla. Dice: –No lo soy todavía. Pero, si Él era el que decía ser -y, en verdad, hay muchas cosas que demuestran que lo era-, ruego a Dios venir a serlo.

¡Horror! – grita Saulo.

Ningún horror. Tenemos una inteligencia para usarla, y una libertad para aplicarla. Que cada uno, pues, las use según la libertad que Dios ha dado a cada hombre y según la luz que ha puesto en el corazón de cada uno. Los justos, antes o después, usarán estos dos dones de Dios en el bien, y los malos en el mal.

Y se marcha en dirección al patio donde está el gazofilacio, y va a apoyarse en la columna en que Jesús se apoyó cuando habló a la pobre viuda que da al Tesoro del Templo todo lo que tiene: dos monedas de escaso valor.

Lleva poco tiempo allí, y otra vez llega Saulo y se le planta delante. El contraste entre los dos es fortísimo.

Gamaliel es alto, de noble compostura, de hermosas facciones fuertemente semíticas: tiene frente alta; ojos negrísimos inteligentes, penetrantes, largos, y muy hundidos bajo las cejas tupidas y derechas a ambos lados de la nariz también derecha, larga y delgada. Tiene la barba y el bigote –en el pasado negrísimos- ahora muy entrecanos, y largos.

Saulo, sin embargo, es bajo, toroso: sus piernas son cortas y gruesas, un poco divergentes en las rodillas; sus brazos, como las piernas, son cortos y fornidos; tiene orejas más bien salientes, nariz chata, labios gruesos, pómulos altos y gruesos, frente convexa, ojos oscuros, más bien overos, de ninguna manera dulces ni mansos, pero muy inteligentes. Sus mejillas están cubiertas por una barba híspida, como los cabellos, y muy tupida, pero que mantiene corta.

Durante unos momentos, guarda silencio, mirando fijamente a Gamaliel. Luego le dice algo en voz baja.

Gamaliel le responde, con voz bien clara y fuerte: –No apruebo la violencia. Por ningún motivo. De mí nunca recibirás la aprobación para ningún plan violento. Esto lo dije incluso públicamente, a todo el Sanedrín, cuando apresaron por segunda vez a Pedro y a los otros apóstoles y los condujeron ante el Sanedrín para ser juzgados. Y repito lo mismo: “Si es proyecto y obra de los hombres, perecerá por sí solo; si es de Dios, no podrá ser destruido por los hombres, sino que, al contrario, los hombres podrán ser castigados por Dios”. Recuérdalo.

¿Tú, el mayor de los rabíes de Israel, eres protector de estos blasfemos seguidores del Nazareno?

Soy protector de la justicia. Y la justicia enseña a juzgar con justicia y cautela. Te repito que si esto viene de Dios resistirá; si no, caerá por sí solo. Pero yo no quiero mancharme las manos con una sangre que no sé si merece la muerte.

Tú, tú, fariseo y doctor, ¿dices eso? ¿No temes al Altísimo?

Más que tú. Pero yo pienso. Y recuerdo… Tú eras sólo un niño, aún no eras hijo de la Ley, y yo ya enseñaba en este Templo con el rabí más sabio de este tiempo… y con otros, sabios pero no justos.

Nuestra sabiduría recibió, dentro de estos muros, una lección que nos hizo pensar durante todo el resto de la vida. Tuvimos el privilegio de oír al Altísimo hablar por medio de la boca de un niño, que luego fue un hombre justo, sabio, poderoso, santo, al cual mataron precisamente por estas cualidades suyas.

Las palabras que dijo entonces se vieron confirmadas por los hechos acaecidos muchos años después, en la época anunciada por Daniel…

¡Mísero de mí, que no comprendí antes, que esperé a la última, terrible señal para creer, para comprender! ¡Pobre pueblo de Israel, que ni comprendió entonces ni comprende ahora! ¡La profecía de Daniel, y la de otros profetas y de la Palabra de Dios, continúan; y se cumplirán para este Israel obcecado, ciego, sordo, injusto, que sigue persiguiendo al Mesías en los siervos de Jesús!

¡Maldición! ¡Blasfemas! ¡Ciertamente, si los rabíes de Israel blasfeman y reniegan de Yahveh, el Dios verdadero, por exaltar a un falso Mesías y creer en Él, no habrá ya salvación para el pueblo de Dios!

No soy yo el que blasfema, sino todos los que insultaron al Nazareno y continúan despreciándolo despreciando a sus seguidores. Tú sí que blasfemas contra Él, porque lo odias, directamente y en los suyos. Pero has expresado una verdad diciendo que no hay ya salvación para Israel; mas no porque haya israelitas que se pasen a su grey, sino porque Israel ha descargado su mano, a muerte, contra Él.

¡Me causas horror! ¡Traicionas a la Ley y al Templo!

Denúnciame, entonces, al Sanedrín, para que yo siga la misma suerte de ese que va a ser lapidado de un momento a otro. Será el comienzo y compendio feliz de tu misión. Y yo, por mi sacrificio, seré perdonado de no haber reconocido y comprendido al Dios que pasaba, como Salvador y Maestro, junto a nosotros, hijos suyos y pueblo suyo.

Saulo, con un ademán de ira, se marcha con despecho, y vuelve al patio que está enfrente de la sala del Sanedrín, patio en el que aún se oye el griterío de la turba exasperada contra Esteban. Saulo se llega a los verdugos, en este patio; se une a ellos, que lo esperaban; y sale, junto con los otros, del Templo, y luego de las murallas de la ciudad. Siguen lanzándole insultos, escarnios, golpes, al diácono, que camina ya sin fuerzas, herido, vacilante, hacia el lugar del suplicio.

Fuera de las murallas hay un espacio yermo y pedregoso, absolutamente desierto. Llegados allí, los verdugos se abren en círculo, dejando solo, en el centro, al condenado, con las vestiduras desgarradas, sangrando por muchas partes del cuerpo a causa de las heridas que ya ha recibido.

Le arrancan las vestiduras antes de alejarse; sólo se queda con un sayo cortísimo. Todos se desprenden de las túnicas largas, de forma que se quedan sólo con las vestiduras cortas, como la de Saulo, al cual le dejan los vestidos, dado que él no participa en la lapidación (o porque le han afectado las palabras de Gamaliel, o porque se considera incapaz de dar bien).

Los verdugos recogen los gruesos cantos y las piedras aguzadas, que abundan en ese lugar, y empiezan a lapidar.

Esteban recibe los primeros golpes permaneciendo en pie y con una sonrisa de perdón en la boca herida, en esa boca que un instante antes del comienzo de la lapidación ha gritado a Saulo, que estaba recogiendo los vestidos de los verdugos: «Amigo mío, te espero en el camino de Cristo».

A lo cual Saulo le había respondido: «¡Puerco! ¡Endemoniado!», y había unido a las injurias una fuerte patada en las espinillas del diácono, que por poco no se había caído, por el golpe y el dolor.

Después de unas cuantas pedradas, que le llegan desde todas las partes, Esteban cae de rodillas, apoyándose en las manos heridas, y -sin duda, acordándose de un lejano episodio- susurra, tocándose las sienes y la frente heridas: –¡Como Él me había predicho! La corona… Los rubíes… ¡Oh, Señor mío, Maestro, Jesús, recibe mi espíritu!

Otra granizada de golpes en la cabeza ya herida le hacen desplomarse completamente; y el suelo queda impregnado de su sangre. Mientras distiende sus miembros en medio de las piedras, bajo otra granizada de piedras, expira susurrando: – Señor… Padre… perdónalos… No les guardes rencor por este pecado… No saben lo que…

La muerte quiebra la frase en sus labios. Una última convulsión le hace como acurrucarse, y así se queda… muerto.

Los verdugos se acercan a él. Le lanzan encima otra descarga de piedras. Casi lo sepultan bajo ellas. Luego vuelven a vestirse y se marchan. Vuelven al Templo para referir, ebrios de celo satánico, lo que han hecho.

Mientras hablan con el Sumo Sacerdote y otros poderosos, Saulo va a buscar a Gamaliel. No lo encuentra inmediatamente.

Vuelve, encendido de odio contra los cristianos, donde los sacerdotes. Habla con ellos. Solicita y obtiene un pergamino con el sello del Templo, un pergamino que le autoriza a perseguir a los cristianos. La sangre de Esteban debe haberlo enfurecido, como le sucede a un toro al ver el color rojo, o a un alcohólico si le dan un vino generoso.

Está para salir del Templo, cuando ve, bajo el Pórtico de los Paganos, a Gamaliel. Va donde él. Quizás quiere empezar una discusión o una justificación. Pero Gamaliel cruza el patio, entra en una sala y cierra la puerta ante Saulo, el cual, ofendido y furioso, sale a toda prisa del templo para perseguir a los cristianos.


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