La Mujer Adúltera

Es un día invernal, porque todos están muy arropados en sus mantos; y porque en vez de estar parados, todos caminan deprisa como para entrar en calor. Hace viento, un viento que agita los mantos y levanta el polvo de los patios.

El grupo que se apiña en torno a Jesús -único grupo parado- se abre para dejar pasar a un pelotón de escribas y fariseos, gesticulantes y más venenosos que nunca.

Lanzan veneno a través de la mirada, a través del color de la cara, por la boca. Más que conducir, arrastran a una mujer de unos treinta años, despeinada, que lleva desordenados sus vestidos como persona maltratada. La mujer llora.

La arrojan a los pies de Jesús como si fuera un montón de andrajos o despojos muertos. Y ella se queda ahí, acurrucada, apoyado el rostro en los dos brazos, oculto por éstos, que le hacen de almohada entre la cara y el suelo.

Maestro, ésta ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Su marido la amaba y no permitía que nada le faltara. Ella era reina en su casa. Y ha traicionado a su marido porque es una pecadora, una viciosa, una ingrata, una profanadora.

Adúltera es, y como tal debe ser lapidada. Moisés lo dijo. En su ley manda que las que son como ésta sean lapidadas como animales inmundos. Y son inmundas. Porque traicionan la fidelidad y al hombre que las ama y las cuida, porque como tierra nunca saciada siempre están hambrientas de lujuria.

Son peores que las meretrices, porque sin el aguijón de la necesidad se dan para dar alimento a su impudicia. Están corrompidas. Son contaminadoras. Deben ser condenadas a muerte. Moisés lo dijo. Y Tú, Maestro, ¿qué dices?.

Jesús – que había dejado de hablar al llegar tumultuosos los fariseos, y que había mirado a la jauría aviesa con mirada penetrante y luego había bajado su mirada hacia la mujer humillada, arrojada a sus pies – calla.

Se ha agachado, quedando en posición de sentado, y escribe con un dedo en las piedras del pórtico, que el polvo levantado por el viento cubre de tierrilla. Ellos hablan y Él escribe.

¡Maestro! Hablamos contigo. Escúchanos. Respóndenos. ¿No has comprendido? Esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. En su casa. En el lecho de su marido. Ella lo ha manchado con su libídine.

Jesús escribe.

¡Pero este hombre es un deficiente! ¿No veis que no entiende nada y que está trazando signos en la tierra como un pobre demente?.

Maestro, por tu buena reputación, habla. Que tu sabiduría responda a nuestra pregunta. Te repetimos: a esta mujer no le faltaba nada; tenía vestidos, comida, amor; y ha traicionado.

Jesús escribe.

Ha mentido al hombre que confiaba en ella. Con boca mendaz lo ha saludado y con la sonrisa lo ha acompañado a la puerta, y luego ha abierto la puerta secreta y ha admitido a su amante. Y, mientras su marido estaba ausente para trabajar para ella, ella, como un animal inmundo, se ha revolcado en su lujuria.

Maestro, es una profanadora, no sólo del tálamo sino también de la Ley; una rebelde, una sacrílega, una blasfema.

Jesús escribe. Escribe, y borra, con el pie calzado con sandalia, lo escrito; y escribe más allá, volviéndose despacio en torno a sí buscando espacio nuevo.

Parece un niño jugando. Pero lo que escribe no son palabras de juego; ha ido escribiendo: «Usurero», «Falso», «Hijo irreverente», «Fornicador», «Asesino», «Profanador de la Ley», «Ladrón», «Lujurioso», «Usurpador», «Marido y padre indigno», «Blasfemo», «Rebelde contra Dios», «Adúltero». Escrito una y otra vez, mientras nuevos acusadores siguen hablando.

¡Pero, en fin, Maestro! Tu juicio. Esta mujer debe ser juzgada. No puede con su peso contaminar la Tierra. Su aliento es veneno que turba los corazones.

Jesús se alza. ¡Misericordia! ¡Qué rostro!

Es todo un fulgir de relámpagos lanzados contra los acusadores. Tiene tan erguida la cabeza, que parece aún más alto. Tan severo y solemne se manifiesta, que parece un rey en su trono. El manto se le ha descolgado de un hombro y forma una ligera cola tras Él; pero Él no se preocupa de ello.

Serio el rostro, sin la más lejana huella de sonrisa en la boca y en los ojos, planta éstos en la cara de la gente, que retrocede como frente a dos puñales puntiagudos. Mira fijamente a cada uno. Con una intensidad de escudriñamiento que produce miedo.

Los mirados tratan de retroceder entre la gente y de esconderse entre ella. El círculo, así, se ensancha y se disgrega como minado por una fuerza oculta.

Hasta que habla:
Quien de vosotros esté sin pecado que tire contra la mujer la primera piedra.

Y la voz es un trueno, acompañado de un aún más vivo centelleo de la mirada. Jesús ha recogido los brazos sobre el pecho, y está así, erguido como un juez, esperando. Su mirada no da paz; hurga, penetra, acusa.

Primero uno, luego dos, luego cinco, luego en grupos, los presentes se alejan cabizbajos. No sólo los escribas y los fariseos, sino también los que estaban antes en torno a Jesús y otros que se habían acercado para oír el juicio y la condena y que, tanto aquéllos como éstos, se habían unido para injuriar a la culpable y pedir la lapidación. Se queda sólo con Pedro y Juan.

Jesús se ha vuelto a poner a escribir, mientras se produce la fuga de los acusadores; ahora escribe: «Fariseos», «Víboras», «Sepulcros de podredumbre», «Embusteros», «Traidores», «Enemigos de Dios», «Insultadores de su Verbo»…

Una vez que todo el patio se ha vaciado y se ha hecho un gran silencio, Jesús alza la cabeza y mira. Ahora su rostro se ha calmado. Es un rostro triste, pero ya no está airado.

Mira un momento a Pedro, que se ha alejado ligeramente y se ha apoyado en una columna; y también a Juan, que, casi detrás de Jesús, lo mira con su mirada cariñosa. Hay en Jesús un asomo de sonrisa al mirar a Pedro, y una sonrisa más marcada al mirar a Juan. Dos sonrisas distintas.

Luego mira a la mujer, todavía postrada y llorosa, a sus pies. La observa. Se alza, se coloca el manto, como si fuera a ponerse en camino. Hace una señal a los dos apóstoles para que se encaminen hacia la salida.

Cuando está solo, llama a la mujer.
Mujer, escúchame. Mírame.

Repite la orden, porque ella no se atreve a alzar la cara.
Mujer, estamos solos; mírame.

La desdichada alza la cara, en que el llanto y la tierra han creado una máscara de abatimiento.

¿Dónde están, mujer, los que te acusaban? Jesús habla en tono bajo, con seriedad compasiva; tiene el rostro y el cuerpo levemente inclinados hacia el suelo, hacia esa miseria. Una expresión indulgente y sanadora llena su mirada.

¿Ninguno te ha condenado?

La mujer, entre un sollozo y otro, responde:
Ninguno, Maestro.

Y tampoco Yo te condenaré. Ve. Y no peques más. Ve a tu casa. Y gánate el perdón. El de Dios y el del ofendido. No abuses de la benignidad del Señor. Ve.

Y la ayuda a levantarse tomándola de una mano. Pero no la bendice ni le da la paz. La mira mientras se pone en camino, cabizbaja, levemente tambaleante bajo el peso de su vergüenza; y luego, cuando ya no se la ve, se pone a su vez en camino con sus discípulos.


 

Jesús ha dado alcance a los diez apóstoles y a los principales discípulos en las faldas del Monte de los Olivos, cerca de la fuente de Siloán. Cuando ellos ven venir, a paso expedito, a Jesús entre Pedro y Juan, van a su encuentro, y se juntan al pie de la fuente.

Subimos al camino de Betania. Dejo la ciudad por un tiempo. Yendo, os diré lo que debéis hacer – ordena Jesús.

¿Dejas la ciudad? ¿Te ha sucedido algo? – preguntan muchos.

No. Pero hay lugares que esperan

¿Qué has hecho esta mañana?

He hablado… Los profetas… Una vez más. Pero no entienden

¿Ningún milagro, Maestro? – pregunta Mateo.

Ninguno. Un perdón. Y una defensa.

¿Quién era? ¿Quién ofendía?

Los que se creen libres de pecado acusaban a una pecadora. La he salvado.

Pero, si era pecadora, tenían razón ellos.

Su carne era ciertamente pecadora. Su alma… Mucho podría decir sobre las almas. Y no llamaría pecadoras sólo a aquellas cuya culpa es visible. Son pecadoras también aquellas que empujan a otros a pecar. Y con un pecado más astuto. Cumplen al mismo tiempo la función de la serpiente y del pecador.

Pero ¿qué había hecho la mujer?

Adulterio.

¿Adulterio? ¿Y Tú la has salvado? ¡No debías haberlo hecho! – exclama Judas Iscariote.

Jesús lo mira fijamente, luego pregunta:
¿Por qué no debía?

Pues porque… Te puede perjudicar. ¡No sabes cómo te odian y cómo buscan de qué acusarte! Es cierto… Salvar a una adúltera es ir contra la Ley.

Yo no he dicho que la salvaba. Les he dicho que sólo quien estuviera libre de pecado lanzase la piedra contra ella. Y ninguno lo ha hecho, porque ninguno estaba libre de pecado.

Así que he confirmado la Ley, que conmina con la lapidación a los adúlteros; pero también he salvado a la mujer, porque no se encontraba ya un lapidador.

Pero Tú...

¿Querías que la lapidara Yo? Habría sido justicia, porque Yo la habría podido lapidar. Pero no habría sido misericordia.

¡Ah! ¡Estaba arrepentida! Te ha suplicado y Tú

No. No estaba siquiera arrepentida. Estaba sólo humillada y con miedo.

¡Pero entonces!… ¿Por qué?… ¡Yo ya no te comprendo! Antes lograba todavía comprender tus perdones a María de Magdala, a… en definitiva, a muchos peca

Dilo: a Mateo. No me lo tomo a mal. Es más, te quedo agradecido si me ayudas a recordar mi deuda de gratitud a mi Maestro – dice Mateo, calmo y digno.

Sí, pues también a Mateo… Pero eran personas arrepentidas de su pecado, de su vida licenciosa. ¡Pero ésta!… ¡Yo ya no te comprendo! Y no soy el único que no te comprende

Lo sé. No me entiendes… Siempre me has comprendido poco. Y no sólo tú. Pero eso no cambia mi modo de actuar.

El perdón se da a quien lo pide.

¡Si Dios debiera dar el perdón sólo a quien lo pide! ¡Si debiera castigar inmediatamente a quien a la culpa no hace seguir el arrepentimiento! ¿Tú no te has sentido nunca perdonado antes de haberte arrepentido? ¿Puedes decir con certeza que te has arrepentido y que por eso has sido perdonado?.

Maestro, yo

Escuchadme todos, puesto que muchos de entre vosotros consideran que he errado y que Judas tiene razón. Aquí están Pedro y Juan.

Ellos han oído lo que he dicho a la mujer y os lo pueden referir. No he sido un insensato en el perdón. No he dicho lo que dije a otras almas, a las que perdonaba porque estaban completamente arrepentidas.

Pero he dado modo y tiempo a esa alma de llegar al arrepentimiento y a la santidad, si quiere alcanzar estas cosas. Recordadlo para cuando seáis maestros de las almas.

Vosotros debéis ser el término de parangón, la medida de lo que es Dios, de la misma forma que una moneda pequeñísima es la parte que hace comprender la riqueza de un talento.

Pero si vosotros – que sois una parte del Infinito y lo representáis – sois crueles con las almas, ¿qué creerán ellas, entonces, que es Dios? ¿Qué dureza intransigente pensarán que tiene Él?.

Judas, tú que juzgas con severidad, si en este momento te dijera: “Te denunciaré ante el Sanedrín por prácticas mágicas…

Señor! ¡No lo harás! Sería… sería… Tú sabes que eso

Sé y no sé. Pero, como puedes ver, inmediatamente invocas piedad para ti… y sabes que no serías condenado por ellos porque...

¿Qué quieres decir, Maestro? ¿Por qué dices esto? – dice, muy agitado, Judas, interrumpiendo a Jesús.

El cual, muy calmo, pero con una mirada que barrena el corazón a Judas, y al mismo tiempo frena a su turbado apóstol, en quien convergen las miradas de los otros once apóstoles y de muchos discípulos, dice:

Pues porque te estiman. Tienes buenos amigos tú allí dentro. Lo has dicho varias veces.

Judas suelta un suspiro de alivio, se seca el sudor, un sudor extraño en este día frío y ventoso, y dice:

Es verdad. Viejos amigos. Pero no creo que si pecara

¿Y entonces pides piedad?.

Ciertamente. Soy todavía imperfecto y quiero llegar a ser perfecto.

Tú lo has dicho. También aquella criatura es muy imperfecta. Le he dado tiempo para ser buena, si quiere.

Judas deja de rebatir.


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