Corpus Christi

La playa de Cafarnaúm bulle de gente que desembarca de una verdadera flotilla de barcas de todas las dimensiones. Y los primeros que echan pie a tierra se ponen a buscar entre la gente para ver si ven al Maestro, a un apóstol o, al menos, a un discípulo. Y van preguntando…

Un hombre, por fin, responde:
¿Maestro? ¿Apóstoles? No. Se han marchado después del sábado, enseguida, y no han vuelto. Pero volverán porque hay algunos discípulos.

Acabo de hablar con uno de ellos. Debe ser un discípulo importante. ¡Habla como Jairo! Ha ido hacia aquella casa que está entre los campos, costeando el mar.

El hombre que ha preguntado hace extender la voz, y todos se ponen en rápido movimiento hacia el lugar indicado.

Pero, recorridos unos doscientos metros por la orilla, encuentran a todo un grupo de discípulos que vienen hacia Cafarnaúm gesticulando animadamente.

Los saludan y preguntan: –¿El Maestro dónde está?

Los discípulos responden:
Durante la noche, después del milagro, se ha marchado con los suyos con las barcas atravesando el mar. Hemos visto las velas bajo el claror de la Luna, en dirección a Dalmanuta.

¡Ah! ¡Claro! ¡Lo hemos buscado en Magdala, en casa de María, y no estaba! ¡De todas formas… nos lo podían haber dicho los pescadores de Magdala!

No lo sabrían. Quizás había subido a los montes de Arbela a orar. Ya fue allí una vez el año pasado antes de la Pascua. Lo encontré en esa ocasión por suma gracia del Señor a su pobre siervo – dice Esteban.

¿Pero no va a volver aquí?

Ciertamente volverá. Nos debe despedir y darnos las indicaciones. Pero, ¿qué queréis?

Seguirle oyendo. Seguirlo. Hacernos suyos.

Ahora va a Jerusalén. Lo encontraréis allí. Allí, en la Casa de Dios, el Señor os hablará. Si os conviene ir tras El.

Porque debéis saber que, si bien Él no rechaza a nadie, nosotros tenemos dentro aspectos que rechazan la Luz.

De forma que quien tenga tantos aspectos de éstos que no sólo esté ya saturado, sino que esté incluso unido a ellos como a la carne de nuestro cuerpo, y los estime como a la carne de su cuerpo, entonces éste conviene que se abstenga de venir, a menos que no se destruya para rehacerse nuevo.

Meditad, pues, sobre si tenéis en vosotros la fuerza de asumir un nuevo espíritu, un nuevo modo de pensar, un nuevo modo de querer.

Y luego, si lo juzgáis conveniente, venid.

Quiera el Altísimo, que guió a Israel en su “paso”, guiaros a vosotros en este “pésac” a seguir la estela del Cordero, allende los desiertos, hacia la Tierra eterna, hacia el Reino de Dios – dice Esteban, hablando por todos sus compañeros.

¡No, no! ¡Inmediatamente! ¡Inmediatamente! Nadie hace las cosas que Él hace. Queremos seguirle – dice, agitada, la muchedumbre.

Esteban expresa con una sonrisa muchas cosas. Abre los brazos y dice:
¿Porque os haya dado pan bueno y abundante queréis venir? ¿Creéis que os va a dar siempre sólo esto?

A los que le siguen les promete aquello que constituye su acervo: dolor, persecución, martirio: no rosas sino espinas, no caricias sino bofetadas, no pan sino piedras están preparadas para los “cristos”. Y diciendo esto no blasfemo, porque sus verdaderos fieles serán ungidos con el aceite santo hecho con su Gracia, generado con su sufrimiento; nosotros seremos “ungidos” para ser víctimas en el altar y reyes en el Cielo.

Y! ¿Es que tienes celos? ¿No estás tú? Pues también queremos estar nosotros. El Maestro es de todos.

Bien. Os lo decía porque os amo y quiero que sepáis lo que significa ser “discípulos”, de forma que después no sea uno un desertor.

Vamos entonces todos juntos a esperarlo a su casa. Se está empezando a poner el sol y comienza el sábado. Vendrá para pasarlo aquí antes de partir.

Y se dirigen, conversando, a la ciudad. Muchos hacen preguntas a Esteban y a Hermas; los israelitas ven a los dos con una luz especial por ser alumnos predilectos de Gamaliel.

Muchos preguntan:
« ¿Pero qué dice Gamaliel de Él?», otros: « ¿Os ha dicho él que vinierais?», y otros: « ¿No le ha dolido perderos?», o: «¿Y el Maestro qué dice del gran rabí?».

Los dos, pacientemente, responden:
Gamaliel habla de Jesús de Nazaret como del hombre más grande de Israel.

¿Más grande que Moisés? – dicen casi escandalizados.

Dice que Moisés es uno de los muchos precursores del Cristo, pero que no es sino el siervo suyo.

¿Entonces para Gamaliel es el Cristo? ¿Es esto lo que dice? Si dice eso el rabí Gamaliel, la cosa está clara: ¡es el Cristo!

No dice eso. Todavía no es capaz de creerlo, por desgracia para él. Pero dice que el Cristo está ya en la Tierra porque habló con Él hace muchos años; él y el sabio Hil.lel. Espera una señal que aquel Cristo le prometió para reconocerlo – dice Hermas.

¡Pero por qué creyó que aquél era el Cristo? ¿Qué hacía? Yo tengo tantos años como Gamaliel y no he oído nunca que en nuestra tierra alguien hiciera las cosas que el Maestro hace. Si no se convence con estos milagros, ¿qué vio de milagroso en aquel Cristo para poder creer en El?

Vio que estaba ungido con la Sabiduría de Dios. Así dice – responde otra vez Hermas.

¿Y entonces qué es éste para Gamaliel?

El mayor de entre los hombres, maestro y precursor de Israel. Si pudiera decir: “Es el Cristo”, quedaría salvada el alma sabia y justa de mi primer maestro – dice Esteban, y termina: «Y pido porque se cumpla esto cueste lo que cueste».

Y si no cree que es el Cristo, ¿por qué os ha dicho que vinierais?

Nosotros queríamos venir. Nos ha dejado venir, diciendo que estaba bien venir.

Quizás para sacar informaciones y referírselas al Sanedrín… – insinúa uno.

¿Qué dices? Gamaliel es una persona honesta. No espía al servicio de nadie, ¡y menos al servicio de los enemigos de un inocente! – reacciona inmediatamente Esteban.

De todas formas, le habrá dolido perderos – dice otro.

Sí y no: como hombre que nos quería, sí; como espíritu muy recto, no. Porque dijo: “El es más que yo y más joven; por tanto podré cerrar los ojos en paz respecto a vuestro futuro, sabiendo que sois del Maestro de los maestros».

¿Y Jesús de Nazaret qué dice del gran rabí?

¡Sólo tiene para él palabras selectas!

¿No le tiene envidia?

Dios no envidia – dice Hermas en tono severo – No hagas suposiciones sacrílegas.

¿Pero para vosotros entonces es Dios? ¿Estáis seguros?

Y los dos, a una sola voz:
Como de que estamos vivos en este momento.

Y Esteban termina:
Y os exhorto a que queráis creerlo también vosotros para obtener la verdadera Vida.

Están otra vez en la playa, que se ha transformado en plaza; la atraviesan para ir a la casa. En la puerta está Jesús acariciando a unos niños.

Discípulos y curiosos se aglomeran y preguntan:
Maestro, ¿cuándo has venido?

Hace unos momentos.

El rostro de Jesús presenta todavía esa majestuosidad solemne un poco extática de cuando ha orado mucho.

¿Has estado en oración, Maestro? – pregunta Esteban en voz baja por reverencia.

Sí. ¿Qué te lo hace pensar, hijo mío? – pregunta Jesús mientras le pone, con una dulce caricia, la mano sobre su pelo oscuro.

Tu rostro de ángel. Yo soy un pobre hombre, pero tu aspecto es tan límpido que en él se leen los latidos y acciones de tu espíritu.

También el tuyo es límpido. Tú eres uno de esos que permanecen niños

¿Qué hay en mi rostro, Señor?

Ven aparte y te lo digo – y lo toma de la muñeca y lo lleva a un pasillo oscuro.

Caridad, fe, pureza, generosidad, sabiduría. Te las ha dado Dios. Tú las has cultivado y las cultivarás más todavía. En fin, de acuerdo con tu nombre, tienes la corona: de oro puro con una gran gema que brilla en la frente. En el oro y en la gema hay dos palabras grabadas: “Predestinación” y “Primicia”. Sé digno de tu destino, Esteban. Ve en paz con mi bendición.

Y le pone nuevamente la mano en el pelo mientras Esteban se arrodilla para luego inclinarse y besar los pies de Jesús.

Vuelven adonde los demás.

Esta gente ha venido para escucharte… – dice Felipe.

Aquí no se puede hablar. Vamos a la sinagoga. Jairo se pondrá contento.

Jesús delante, detrás el cortejo de los demás, se encaminan hacia la bonita sinagoga de Cafarnaúm. Jesús es saludado por Jairo y luego entra. Ordena que todas las puertas queden abiertas para que los que no logren entrar puedan oírle desde la calle y la plaza, que están a los lados de la sinagoga.

Jesús va a su sitio, en esta sinagoga amiga en que hoy, por buena ventura, no están los fariseos. Empieza a hablar.

En verdad os digo: me buscáis no por escucharme y por los milagros que habéis visto, sino por el abundante pan que os he dado, gratis, con que saciar vuestra hambre.

Las tres cuartas partes de vosotros por esto me buscabais, y por curiosidad, viniendo de todas las partes de nuestra patria. Es, pues, una búsqueda sin espíritu sobrenatural.

Domina el espíritu humano con sus curiosidades malsanas.

Y, con la curiosidad, quedan la sensualidad y el sentimiento viciado: la sensualidad, que se esconde, sutil como el demonio, de quien es hija, detrás de apariencias y en actos aparentemente buenos; el sentimiento viciado, que es simplemente una desviación morbosa del sentimiento y que, como todo aquello que es “enfermedad” necesita drogas, y tiende a ellas, drogas que no son el alimento sencillo suficiente para vivir, y vivir bien.

El sentimiento viciado quiere cosas extraordinarias para sentirse impresionado y sentir el estremecimiento placentero, el estremecimiento enfermo de los paralizados, que necesitan drogas para experimentar sensaciones con que creerse aún íntegros y vigorosos.

La sensualidad que quiere satisfacer sin esfuerzo la gula.

Estos regalos de Dios no son lo habitual, sino lo extraordinario. No se pueden exigir.

No se puede uno volver perezoso y decir: “Dios me los dará“. Está escrito: “Comerás el pan mojado con el sudor de tu frente“, o sea, el pan ganado con el trabajo.

Porque si Aquel que es Misericordia dijo: “Siento compasión de las turbas, que me siguen desde hace tres días y no tienen ya nada que comer y podrían desfallecer por el camino antes de llegar a Ippo, en la orilla del lago, o a Gamala o a otros ciudades“, y proveyó a esta necesidad, no quiere ello decir que deba ser seguido por esto.

A mí se me ha de seguir por mucho más que por un poco de pan, destinado a estiércol después de la digestión; no por el alimento que llena el vientre, sino por el que nutre al alma.

Porque no sois sólo animales que deben rozar y rumiar, u hozar en el plato y engordar.

¡Sois almas! ¡Esto es lo que sois! La carne es la vestidura, el ser es el alma. Es el alma la que perdura. La carne, como todo vestido, se aja y acaba, y no merece la pena ocuparse de ella cual si fuere una perfección a la que hubiera que prestar todos los cuidados.

Buscad, pues, lo que es oportuno procurarse, no lo que no lo es. Tratad de procuraros no el alimento perecedero, sino el que permanece para la vida eterna.

El Hijo del hombre os dará siempre este alimento, cuando lo queráis. Porque el Hijo del hombre tiene a su disposición todo lo que viene de Dios, y puede darlo, El, que es el dueño, magnánimo dueño, de los tesoros del Padre Dios, que ha imprimido en El su sello para que los ojos honestos no sean confundidos.

Y, si tenéis en vosotros el alimento imperecedero, siendo nutridos con el alimento de Dios, podréis hacer obras de Dios.

¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? Observamos la Ley y los Profetas. Por tanto, ya nos nutrimos de Dios y hacemos obras de Dios.

Es verdad. Observáis la Ley; más exactamente: “conocéis” la Ley. Pero conocer no es practicar.

Nosotros conocemos, por ejemplo, las leyes de Roma, y, no obstante, un fiel israelita no las practica sino en aquellas fórmulas impuestas por su condición de súbdito.

Por lo demás, nosotros – hablo de los fieles israelitas – no practicamos las costumbres paganas de los romanos aunque las conozcamos.

La Ley que todos vosotros conocéis, y los Profetas, debería, efectivamente, nutriros de Dios, y daros, por tanto, capacidad de realizar obras de Dios. Pero, para hacer esto, debería haberse hecho unidad en vosotros, como sucede con el aire que respiráis y el alimento que asimiláis, que se transforman en vida y sangre.

Sin embargo, os son extraños, a pesar de estar en vuestra casa, como lo es un objeto de la casa, que conocéis y os es útil pero que si un día faltara no os quitaría la existencia.

Mientras que… ¡privaos unos minutos de respirar, o, durante muchos días, de comer, a ver qué sucede! Veréis que no podéis vivir.

Pues así debería sentirse vuestro yo en la desnutrición y asfixia de una Ley y unos Profetas conocidos pero no asimilados y hechos unidad con vosotros.

Yo he venido a enseñar y dar esto: la savia, el aire de la Ley y los Profetas; para procurar de nuevo sangre y respiro a vuestras almas agonizantes por inanición y asfixia.

Sois semejantes a niños incapacitados, por una enfermedad, para distinguir aquello que puede nutrirlos. Tenéis ante vosotros mucha abundancia de alimentos, pero no sabéis que deben ser ingeridos para transformarse en algo vital, o sea, que debemos hacerlos verdaderamente nuestros, con una fidelidad pura y generosa a la Ley del Señor, que habló a Moisés y a los Profetas por todos vosotros.

Venir a mí para recibir aire y savia de Vida eterna es un deber. Pero este deber presupone en vosotros una fe.

Porque si uno no tiene fe no puede creer en mis palabras, y si no cree no viene a decirme: “Dame el verdadero pan“. Y si no tiene el verdadero pan no puede hacer obras de Dios, no teniendo la capacidad de realizarlas.

Por tanto, para nutriros de Dios y realizar obras de Dios es necesario que realicéis la obra base, que es ésta: creer en Aquel que Dios ha enviado.

Bien, ¿pero qué milagros haces para que podamos creer en ti como en el Enviado de Dios, y para que podamos ver en ti el sello de Dios? ¿Qué haces Tú que ya no hayan hecho los Profetas? Moisés incluso te superó, porque durante cuarenta años, y no sólo alguna que otra vez, nutrió con maravilloso alimento a nuestros padres.

Así está escrito: que nuestros padres, durante cuarenta años, comieron el maná en el desierto; y está escrito que, por eso, Moisés – él, que podía dárselo – les dio de comer pan bajado del cielo.

Estáis en un error. No Moisés, sino el Señor, pudo hacer eso. En el Éxodo se lee: “Mira: haré llover pan del cielo. Que el pueblo salga y recoja la cantidad suficiente cada día; así probaré si el pueblo camina según mi ley. Y que el sexto día recoja el doble, por respeto al séptimo día, que es el sábado.

Y los hebreos vieron que el desierto se cubría cada mañana de aquella “cosa menuda, como algo machacado en el mortero, semejante a la escarcha de la tierra, semejante a la semilla de cilantro, con agradable sabor a flor de harina mezclada con miel.

Así pues, no fue Moisés, sino Dios, quien proporcionó el maná. Dios, que todo lo puede. Todo. Castigar y bendecir. Privar de algo y concederlo.

Y os digo que de estas dos cosas prefiere siempre bendecir y conceder, antes que castigar o negar.

Dios, como dice la Sabiduría, por amor a Moisés – de quien el Eclesiástico dice que era “amado de Dios y de los hombres, de bendita memoria, hecho por Dios semejante en gloria a los santos, grande y terrible para los enemigos, capaz de suscitar prodigios y poner fin a ellos, glorioso delante de los reyes, ministro suyo ante su pueblo, conocedor de la gloria de Dios y de la voz del Altísimo, custodio de los preceptos y de la Ley de vida y ciencia” -, Dios, decía, por amor a Moisés, alimentó a su pueblo con el pan de los ángeles; le dio un pan que bajaba del cielo, ya bien hechito, sin necesidad de trabajo, y que contenía todas las delicias, todas las suavidades de sabor.

Y – tened bien presente lo que dice la Sabiduría -, y, como venía del Cielo, de Dios, y revelaba su dulzura hacia sus hijos, para cada uno tenía el sabor que cada uno quería, y en cada uno producía los efectos deseados: era útil tanto al niño, con su estómago todavía imperfecto, como al adulto, con su apetito y digestión vigorosos; tanto a la niña delicada, como al anciano caduco.

Y también, para testificar que no era obra de hombre, subvirtió las leyes de los elementos, de forma que resistió al fuego ese misterioso pan que cuando salía el sol se derretía como escarcha. O más exactamente: el fuego – sigue diciendo la Sabiduría – olvidó su propia naturaleza por respeto a la obra de Dios su Creador y a las necesidades de los justos de Dios; de forma que, mientras que lo que normalmente hace es inflamarse para consumir, aquí se hizo suave para hacer el bien a los que confiaban en el Señor.

Por eso entonces, transformándose todo, sirvió a la gracia del Señor que a todos sustentaba, según la voluntad de quien oraba al Eterno Padre, para que sus hijos amados aprendieran que no es la reproducción de los frutos lo que alimenta a los hombres, sino que es la palabra del Señor la que conserva a quien cree en Dios.

Efectivamente, el fuego no consumió – como habría podido – el suave maná, a pesar de que la llama era alta y viva, mientras que bastaba para derretirlo el suave sol de la mañana; para que los hombres recordaran y aprendieran que deben buscar los dones de Dios desde el principio de la jornada y de la vida, y que, para recibirlos, es necesario adelantarse a la luz, y erguirse para alabar al Eterno desde el rayar del día.

Esto les enseñó el maná a los hebreos. Yo os lo recuerdo porque es un deber que permanece, y permanecerá, hasta el final de los siglos. Buscad al Señor y sus dones celestes, sin ser perezosos, hasta las postreras horas del día o de la vida.

Levantaos para alabarlo antes incluso de que lo haga el naciente sol; alimentaos con su palabra, que conserva, preserva y conduce a la Vida verdadera.

No fue Moisés el que os dio el pan del Cielo; en verdad, fue el Padre Dios el que lo dio; y ahora, verdad de las verdades, es mi Padre el que os da el verdadero Pan, el Pan nuevo, el Pan eterno que baja del Cielo, el Pan de misericordia, de Vida, el Pan que da al mundo la Vida, que calma toda hambre y elimina toda flaqueza, el Pan que da, a quien lo toma, la Vida eterna y la eterna alegría.

Danos, Señor, ese pan, y ya no moriremos.

Vosotros moriréis como muere todo hombre. Pero, si os alimentáis santamente con este Pan, resucitaréis para Vida eterna, porque hace incorruptible a quien lo come.

Respecto a dároslo, será dado a quienes se lo piden a mi Padre con puro corazón, recta intención y santa caridad. Por eso he enseñado a decir: “Danos el pan de cada día.

Pero los que se nutran indignamente con este Pan vendrán a ser un hervidero de gusanos infernales, como los gomor de maná conservados en contra de la orden recibida. Ese Pan de salvación y vida se transformará para ellos en muerte y condena.

Porque el sacrilegio más grande lo cometerán aquellos que pongan ese Pan en una mesa espiritual corrompida y fétida, o lo profanen mezclándolo con la sentina de sus incurables pasiones. ¡Más les valdría no haberlo tomado nunca!

¿Pero dónde está este Pan? ¿Cómo se halla? ¿Qué nombre tiene?

Yo soy el Pan de Vida. En mí se halla. Su nombre es Jesús. Quien viene a mí no tendrá ya hambre, y quien cree en mí no tendrá ya sed, porque los ríos celestes verterán sobre él sus aguas y extinguirán toda sed material. Ya os lo he dicho.

Ya me habéis conocido. Y, a pesar de todo, no creéis. No podéis creer que todo está en mí. Y, sin embargo, es así. En mí están todos los tesoros de Dios.

Todas las cosas de la tierra me han sido dadas. De forma que en mí se reúnen el glorioso Cielo y la tierra militante; e incluso está en mí la masa, la que purga y espera, de los muertos en gracia de Dios.

Porque todo poder está en mí y a mí me es dado todo poder. Y os digo que todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y no rechazaré a quien venga a mí, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado.

Y la voluntad del Padre mío, del Padre que me ha enviado, es ésta: que no pierda ni siquiera uno de los que me ha dado, sino que los resucite en el último día.

Ahora bien, la voluntad del Padre que me ha enviado es que todo el que conoce al Hijo y cree en Él tenga la Vida eterna y Yo lo pueda resucitar en el Ultimo Día, viéndolo nutrido de la fe en mí y signado con mi sello.

Se oye no poco rumor en la sinagoga y fuera de ella por las nuevas e intrépidas palabras del Maestro, el cual, tras un momento para recuperar el aliento, vuelve sus ojos centelleantes de arrobamiento hacia el lugar donde más se murmura.

¿Por qué murmuráis entre vosotros? Sí, Yo soy el Hijo de María de Nazaret, hija de Joaquín de la estirpe de David, virgen consagrada en el Templo, luego casada con José de Jacob, de la estirpe de David.

Muchos de vosotros conocieron a los justos que dieron vida a José, carpintero regio, y a María, virgen heredera de la estirpe regia. Por ello murmuráis: “¿Cómo puede éste decir que ha bajado del Cielo?” y surge en vosotros la duda.

Os recuerdo a los Profetas, sus profecías sobre la Encarnación del Verbo. Os recuerdo también cómo – más para nosotros israelitas que para cualquier otro pueblo – es dogmático que Aquel que no osamos nombrar no podía darse una Carne según las leyes de la humanidad, y de una humanidad, además, caída.

El Purísimo, el Increado, si se ha humillado haciéndose Hombre por amor al hombre, no podía sino elegir un seno de Virgen más pura que las azucenas para revestir de Carne su Divinidad.

El pan bajado del Cielo en tiempos de Moisés fue depositado en el arca de oro cubierta por el propiciatorio, custodiada por los querubines, tras los velos del Tabernáculo.

Y con el pan estaba la Palabra de Dios. Así debía ser, porque debe prestarse sumo respeto a los dones de Dios y a las tablas de su santísima Palabra.

Pues bien, ¿qué habrá preparado entonces Dios para su misma Palabra y para el Pan verdadero venido del Cielo?

Un arca más inviolada y preciosa que el arca de oro, y cubierta con el precioso propiciatorio de su pura voluntad de inmolación, custodiada por los querubines de Dios, velada tras el velo de un candor virginal, de una humildad perfecta, de una caridad sublime, de todas las más santas virtudes.

¿Entonces? ¿No comprendéis todavía que mi paternidad está en el Cielo y que, por tanto, de allí vengo? Sí, Yo he bajado del Cielo para cumplir el decreto de mi Padre, el decreto de salvación de los hombres, según cuanto prometió en el momento mismo de la condena y repitió a los Patriarcas y Profetas.

Pero esto es fe. Y la fe la da Dios a quien tiene una disposición de buena voluntad. Por tanto, nadie puede venir a mí si mi Padre no lo trae, viéndolo en las tinieblas pero rectamente deseoso de luz.

Está escrito en los Profetas: “Serán todos adoctrinados por Dios“. Está escrito. Es Dios quien les enseña a dónde ir para ser instruidos en orden a Dios. Todo aquel, pues, que ha oído, en el fondo de su espíritu recto, hablar a Dios ha aprendido del Padre a venir a mí.

¿Y quién puede haber oído a Dios o haber visto su Rostro? – preguntan no pocos de los presentes, y empiezan a dar señales de irritación y de escándalo. Y terminan: «0 deliras o eres un iluso».

Nadie ha visto a Dios excepto Aquel que viene de Dios. Éste ha visto al Padre. Éste soy Yo. Y ahora escuchad el “credo” de la vida futura, sin el cual ninguno se puede salvar.

En verdad, en verdad os digo que quien cree en mí tiene la Vida eterna. En verdad, en verdad os digo que Yo soy el Pan de la Vida eterna.

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Porque el maná era un alimento santo pero temporal, y daba la vida en la medida necesitada para llegar a la tierra prometida por Dios a su pueblo.

Mas el Maná que Yo soy no tendrá límites ni de tiempo ni de poder. No sólo es celeste, es divino; produce aquello que es divino: la incorruptibilidad, la inmortalidad de cuanto Dios ha creado a su imagen y semejanza. Este Maná no durará sólo cuarenta días, cuarenta meses, cuarenta años, cuarenta siglos.

Durará mientras dure el tiempo, y será dado a todos aquellos que tengan hambre de él, hambre santa y grata al Señor, que exultará dándose sin medida a los hombres por quienes se ha encarnado, para que tengan la Vida que no muere.

Yo puedo darme, puedo transubstanciarme por amor a los hombres, para que el pan sea Carne y la Carne sea Pan, para saciar el hambre espiritual de los hombres, que sin este Alimento morirían de hambre y enfermedades espirituales.

Pero el que coma de este Pan con justicia vivirá eternamente. El pan que Yo daré será mi Carne inmolada para la vida del mundo, será mi Amor distribuido en las casas de Dios para que a la mesa del Señor se acerquen todos los que aman o son infelices, y encuentren la satisfacción de su necesidad de unirse con Dios o de sentir aliviada su pena.

¿Pero cómo puedes darnos de comer tu carne? ¿Por quién nos has tomado? ¿Por fieras sanguinarias?, ¿por salvajes?, ¿por homicidas? Nos repugna la sangre y el delito.

En verdad, en verdad os digo que muchas veces el hombre es peor que una fiera, y que el pecado hace al hombre más que salvaje, que el orgullo provoca sed homicida y que no a todos los presentes les repugnará ni la sangre ni el delito.

Y también en el futuro el hombre será así, porque Satanás se pone ferino con la sensualidad y el orgullo. Por tanto, más necesidad que nunca tiene y tendrá el hombre de eliminar de sí los terribles gérmenes con la infusión del Santo.

En verdad, en verdad os digo que si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre no tendréis en vosotros la Vida. Quien come dignamente mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna y Yo lo resucitaré en el último Día.

Porque mi Carne es verdaderamente Comida y mi Sangre es verdaderamente Bebida.

El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y Yo en él. Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí e irá a donde lo envíe, y hará lo que Yo deseo; vivirá austero como hombre, ardiente como serafín; será santo, porque para poder nutrirse de mi Carne y de mi Sangre se prohibirá a sí mismo los pecados y vivirá ascendiendo para acabar su ascensión a los pies del Eterno.

¡Pero éste está desquiciado! ¿Quién puede vivir así? En nuestra religión sólo el sacerdote debe ser purificado para ofrecer la víctima. Aquí Él quiere hacer de cada uno de nosotros una víctima de su demencia.

¡Esta doctrina es demasiado penosa y este lenguaje es demasiado duro! ¿Quién puede escuchar esto y practicarlo? – murmuran los presentes, y muchos son de los ya reputados discípulos.

La gente desaloja el lugar haciendo comentarios. Y muy mermadas aparecen las filas de los discípulos cuando se quedan solos en la sinagoga el Maestro y los más fieles.

Todos éstos hablan en voz baja entre sí, comentando la defección de los otros y las palabras de Jesús, que está pensativo, con los brazos cruzados y apoyado en un alto ambón.

¿Y os escandalizáis de lo que he dicho? ¿Y si os dijera que veréis un día al Hijo del hombre subir al Cielo adonde estaba antes y sentarse al lado del Padre?

¿Qué habéis entendido, absorbido, creído hasta ahora? ¿Con qué habéis escuchado y asimilado? ¿Sólo con vuestra humanidad?

Es el espíritu lo que vivifica y tiene valor. La carne nada aprovecha. Mis palabras son espíritu y vida; hay que oírlas y comprenderlas con el espíritu para que den vida. Pero muchos de vosotros tienen muerto el espíritu porque no tienen fe. Muchos de vosotros no creen con verdad.

Inútilmente permanecen conmigo. No recibirán Vida, sino Muerte. Porque están, como he dicho al principio, o por curiosidad o por humano gusto, o, peor, con fines todavía más indignos.

No los trae el Padre como premio a su buena voluntad, sino Satanás. En verdad, ninguno puede venir a mí si no le es concedido por mi Padre. Marchaos, sí, vosotros que permanecéis a duras penas porque humanamente os avergonzáis de abandonarme pero sentís más vergüenza aún de estar al servicio de Uno que os parece “loco y duro”. Marchaos. Mejor lejos que aquí para perjudicar.

Y muchos otros se separan del grupo de los discípulos. Los discípulos buenos se consultan y corren tras estos renegados tratando de pararlos.

En la sinagoga están ahora Jesús, el arquisinagogo y los apóstoles…

Jesús se vuelve a los doce – que, apesadumbrados, están en un rincón – y dice: –¿Queréis marcharos también vosotros?

Lo dice sin acritud, sin tristeza, pero sí con mucha seriedad.

Pedro, con ímpetu doloroso, le dice:
Señor, ¿y a dónde quieres que vayamos? ¿Con quién? Tú eres nuestra vida y nuestro amor. Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos conocido que eres el Cristo, Hijo de Dios. Si quieres, recházanos. Pero nosotros, por nosotros, no te dejaremos, ni aunque… ni aunque dejaras de amarnos… – y Pedro llora quedo, con grandes lagrimones…

También Andrés, Juan, las dos hijas de Alfeo, lloran abiertamente. Los otros, pálidos o rojos por la emoción, no lloran, pero sufren visiblemente.

¿Por qué habría de rechazaros? ¿No os he elegido Yo a vosotros doce?…

Jairo, prudentemente, se ha retirado para dejar a Jesús que conforte o reprenda a sus apóstoles.

Jesús, notando su silencioso alejamiento, sentándose abatido, como si la revelación que hace le costase un esfuerzo superior a lo que puede hacer, cansado, disgustado, apenado, dice:

Y, sin embargo, uno de vosotros es un demonio.

La frase cae lenta, terrible, en la sinagoga en que la única cosa alegre es la luz de las muchas lámparas… y ninguno se atreve a decir nada. Pero se miran unos a otros con pávido horror, angustiosamente inquisitivos; y cada uno, con un interrogante aún más angustioso e íntimo, se examina a sí mismo…

Pasa un tiempo en que ninguno se mueve. Jesús está ahí, solo, en su asiento, con las manos cruzadas encima de las rodillas y la cara baja. La alza, en fin, y dice:

Venid. ¡No me he vuelto leproso! ¿O creéis que lo soy?…

Entonces Juan corre adelante, se enrosca a su cuello y dice:
Contigo entonces en la lepra, mi único amor. Contigo en la condena, contigo en la muerte, si crees que te espera eso…

Pedro se arrastra hasta sus pies, los toma y los pone encima de sus hombros y dice entre sollozos: –¡Aquí, aprieta, pisa! Pero evita que piense que desconfías de tu Simón.

Los otros, viendo que Jesús acaricia a los dos primeros, se acercan y besan a Jesús en el vestido, en las manos, en el pelo… Sólo Judas Iscariote osa besarle en la cara.

Jesús se levanta de repente, y su reacción es tan improvisa que casi lo aparta bruscamente, y dice: –Vamos a casa. Mañana por la noche partiremos con las barcas hacia Ippo.


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